viernes, septiembre 23, 2005
Me disgusta este título. Dudé en utilizarlo por pudor, pues connota un egocentrismo muy difícil de resistir en este tipo de recursos digitales. Barajé frases que sospeché más inteligentes, algunas paráfrasis de grandes textos, y quizá algún título de vieja canción. Finalmente decidí darme el gusto de usarlo mientras me zancadillo a mí mismo: un weblog no es ni más ni menos que un ego binario ilustrado. El “Y ahora digo yo”, aun en cruel atentando contra mi pudor habitual, no deja de ser una patente verdad referencial. Soy yo el que dice, por lo tanto lo aclaro y hasta lo redundo para terminar de hundirme el facón.
Cuando se escribe existe una mayor posibilidad (y ventaja) de elegir las palabras que uno cree adecuadas para la expresión de lo que se quiere reseñar, narrar, adjudicar. Esta es una de las diferencias clave entre el lenguaje oral y el escrito, y una de las razones de mayor peso por las que escribir (bien) lleva más tiempo que hablar.(Ahora mismo estoy eligiendo esas palabras, rastreándolas en un repertorio mental coleccionado durante años, combinándolas, sustituyéndolas, comparándolas, acariciándolas, husmeándolas, descartando algunas, observando cómo tiendo a repetir por hábito algunos nexos o adverbios –me conozco bastante en ese sentido– [dije “bastante”, otro adverbio], probando sinónimos, alternativas, denotaciones, elipsis, eventuales giros irónicos, posibilidades sintácticas… Autorreferencia cíclica de las ruinas circulares borgeanas: acabo de escribir este párrafo varias veces; ¿cuándo empezó y cuándo terminará? Esto que leen es el producto de mi decisión final que ya, mientras examinan, estoy pensando cómo rematar).
Sigo utilizándome como objeto de análisis (algo que me fascina). En este momento estoy escribiendo en el bloc de notas. Es decir, no lo estoy haciendo directamente en el weblog. De esta manera puedo corregir, agregar, quitar con una reserva de tiempo a mi favor. Pocas veces escribo “de un tirón”. El post de las baldosas de opinión pública, por ejemplo, fue escrito sin volver atrás la mirada. Esa es la razón por la cual no me gusta cómo quedó, pero ya está, que descanse así, como foto de un momento captado sin haber preparado la esce/coreografía.
Yo no sé si Pablo escribió habiendo preparado la esce/coreografía, o si se tomó un buen rato para elegir sus palabras, o si le salió como le salió –confusiones generadas mediante– por haber narrado “de un tirón”. No me importa. Podré estar más o menos de acuerdo con lo que dice (de hecho no comparto muchas de las cosas que enuncia) pero está fenómeno así. Podría objetar una pasión desmedida que atenta contra la virtud de la templanza tan necesaria en estos casos, podría cuestionar el facilismo discursivo que implica hablar en nombre de un alumnado que no es tan homogéneo como puede parecer a primera vista (cuidado con las estereotipaciones que siempre son reduccionistas: ese es uno de los temas por excelencia de AOP), de la confusión entre facultad y universidad, de la utilización de un weblog de una cátedra específica como si fuera el libro de quejas de una universidad, de la prescripción de una falta de dialéctica en las aulas anunciada como regla matemática.
Pablo estaba enojado, se notaba, y no tengo pruritos con que lo esté y, por qué no, con que lo escriba. Porque al escribirlo puede leerse a sí mismo. Porque un weblog (a pesar de mis indicaciones de la primera clase sobre una mínima circunscripción a los temas de la cátedra) está abierto a todas las plumas y opiniones. Porque al escribirlo y dejar pasar unos días, Pablo pudo ver –también con pasión– qué dicen otros de su apasionamiento, qué dice él mismo de sus ideas escritas con la claridad que él creía que tenían o tras las denuncias que alertaban sobre su posible falta, cómo las repiensa, cómo las recanaliza, cómo las acomoda y cómo (y hasta dónde) las defiende como inobjetables expresiones de sus convicciones.Estaría yendo contra mis principios si en lugar de enseñar unos cuantos contenidos conceptuales, procedimentales y actitudinales correspondientes a una asignatura me decidiera, en cambio, a adoctrinar gente. No puedo hacerlo, soy demasiado joven e iletrado para hacerlo. Y si fuera viejo y letrado, creo hoy que tampoco lo haría.
Máximo habló por mí al momento de citar los estados por los que muchos hemos atravesado (sin conocernos en ese maravilloso entonces) en la facultad. Este es el año número 13 para mí aquí. Muchos años. Un poco menos que la mitad de mi vida.Ahora soy yo el que habla –con permiso telepático– por Máximo. Algunos de los cabrones más duros de aquel entonces estamos dando clases hoy. Y algunos (entre los que me incluyo) empezamos a dar clases a una edad casi pecaminosa. Pero cuidado, que nuestra dureza no era una rebeldía hollywoodense. No insultábamos a nadie, no hablábamos sin fundamento, no criticábamos sin argumentar, no creíamos que lo sabíamos todo y, sobre todo, que sabíamos más que nuestros profesores. No tirábamos petardos ni caíamos ebrios al aula. No, para nada. Nuestra rebeldía no era atractiva, espectacular ni televisiva. La nuestra era una guerrilla realmente aburrida. Tan aburrida que las damas preferían a los que sí sabían cómo llamar la atención con tácticas más observables en el corto plazo. Es que nuestra rebeldía consistía en ser más bien sutil, planificada y despreciable: nos pedían 75% y dábamos 150%. Precisamente porque nos quejamos de muchas carencias y obscenidades es que la estrategia fue dar más de lo que nos pidieron. Seguimos estudiando como Aristóteles cuando decidió convertirse en el discípulo magistral de Platón aunque no estuviese de acuerdo con él. Para criticarlo mejor luego y con fundamentos, Aristóteles se comió media vida dentro de la Academia de aquél. Nos pusimos a pensar, sacamos fuerzas y voluntad desde nuestros bajofondos, pasamos varios años ahí adentro, convertimos odios y desasosiegos en usinas, dormimos poco, trabajamos mucho, investigamos, optimizamos el tiempo. En ese momento no había blogs porque no había internet. Sólo había bibliotecas físicas con olor a libros de papel, fotocopias muy caras y textos que costaban una buena parte de nuestro sueldo adolescente. Es una bendición que hoy estemos tratando de cambiar muchas de esas cosas desde adentro y asumiendo con responsabilidad la libertad que nos dan para eso. Es una bendición porque aquella rebeldía sutil y nada televisiva dio sus frutos y nos dejó una base impresionante para sostenernos cuando todo, a veces, parece acontecer en contra. Aun sin todas las computadoras que debieran existir, los bares para la yunta, la tinta de la impresora o las escaleras marmoladas de una casona oscura. Hice toda mi carrera sin una computadora en la que escribir mis ideas, al enorme restaurant/bar de la sede en la que cursé lo terminaron de construir al año siguiente en el que egresé, me juntaba a debatir en esquinas extrañas y pulperías de ocasión con gente amada e impresentable a la que hace rato que no veo (y me duele el alma por eso). Al celular le llamábamos “ladrillo” y sólo lo tenían nuestros jefes y algunos profesores de avanzada. Pasaba más tiempo en el viaje de ida y vuelta a la facultad que en las 4 horas de cursada… Ni qué decir cuando tenía que venirme desde mi pueblo hasta la Biblioteca Nacional a buscar un libro, o rondar librerías para encontrar cómo se escribía el apellido de cualquier autor que hoy está en el Google.
Pero lo más importante de todo (y de lo cual hoy me siento realmente orgulloso mientras hago el guiño melancólico y respetuoso que otorga el pasado que ya no volverá) es que mis mejores profesores, aquellos pocos que me marcaron para siempre y colaboraron con lo que luego pude hacer de mí, esos profesores, sentencio, sólo me hablaron. Me hablaron y me recomendaron a muchos de los señores que leí y que cambiaron mi forma de mirar en derredor, de ver la realidad, de verme a mí mismo. Esos profesores me hablaron en sus clases, y con la palabra (aun en aulas frías, o demasiado calurosas, o llovidas, o llenas de bancos malformadores de columnas y asentaderas, aulas despojadas de cualquier incentivo edilicio, de cualquier computadora, de cualquier audiovisual, de cualquier confort), esos profesores (reitero parado en la cúspide de la Bastilla) lograron que me olvidara de todo lo anterior, del desfase, de la hostilidad, de los no-bares y de las no-computadoras. Esos profesores hicieron de su palabra la semilla que no para de germinar en mí.
Pero un weblog es un ego binario ilustrado. No quiero hablar de mí, pero hablo de mí en la escapada.
Florencia, otra vez tenés razón.
Gracias por tomarse un rato para escribir aquí. A todos.
Natalio Stecconi
viernes, noviembre 18, 2005
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