martes, febrero 28, 2006
sábado, febrero 25, 2006
Cuando le pedís que lave el guardapolvo de tu hijo, querés que quede bien blanco. Y cuando le pagás el sueldo, ¿se lo pagás en blanco?
–¿Medio o un kilo?
–Depende.
–¿Depende de qué?
–Depende.
–Te parecés al de Jarabe de Palo… dale, cantate una que sepamos todos.
Sumó diez puntos en la Discoplus y se dio cuenta de que estaba enojado.
Discutió con su seso.
–Es nada más que un aviso institucional –dijo el portador de la decena de puntos en la Discoplus.
–Estás perdiendo tu capacidad de cuestionar lo cotidiano... te desconozco –atacó el voluptuoso gris rosáceo.
–Dame una pista, no te hagas el estrecho.
–Penoso… tan orgulloso estás de mí y tanto debo sufrir yo por vos, salame.
La cosa parecía haber adquirido un ribete beligerante.
–Mirá que largo a Marechal y a Mann y te leo en voz alta El alquimista, ¿eh? –se defendió con zarpazos de ahogado el de la Discoplus.
–Sos un arrogante... me voy. Llamame luego.
-¿Luego de qué?
–Luego de que te hayas preguntado cuántas son hoy las madres que mientras envían a sus hijos a escuelas estatales (con guardapolvo blanco) pueden darse el lujo de tener a una mujer que lave, planche, limpie y cocine en sus casas. Y luego de que derives de allí hacia un pensamiento sobre la contradicción que puede suponer que esas mismas madres que mandan a sus hijos a escuelas que requieren de guardapolvos blancos y estatales sean las que efectivamente trabajan para otras madres que envían a sus hijos a escuelas que requieren de uniformes coloridos y privados. Y, finalmente, luego de que puedas concluir que ese aviso con “punch” le está diciendo que debe pagarle en blanco a su “muchacha” a la misma mujer que es la “muchacha” de aquella que no manda a sus hijos a escuelas guardapolveadas y estatales, sino a las uniformadas y privadas; y luego de que, por lo tanto, concluyas en que ese aviso es de lo más pueril que has escuchado en estos últimos años.
–Aaaahhhh… pero es un poco rebuscado –comentó el de la Discoplus con decena.
–Imbécil –escupió el seso antes de huir con paso de murga y mueca egregia.
–¿Querés un mate? Es de yerba con palo… ¡Hey! ¡Ché! ¡Pará… que empieza marzo! ¡Mirá… te compré Criollitas!
–No seas bajo… eso te lo afanaste de Bendecida.
Y la murga se apagaba ya lejos, lejos.
–¡Ché!
–…
–Carajo… ¿y ahora?
NS
viernes, febrero 24, 2006
upps, había otro post
Si yo te quiero... Sí, te quiero. De verdad. Mamá no nos quería. A vos, sí. Ella no me quería, no. A vos más. ¿Te acordás del día que escondimos las ranas? Ella las odiaba y las escondimos en este sillón. ¡Qué cómodo era el sillón! Antes era cromado y tenía un soporte... ¿Te acordás de las ranas? Las escondimos a la sombra y después las pusimos abajo del almohadón. ¿Te acordás de cómo corrimos? Yo me escondí abajo del taburete del piano de Dora, hablaban de algo... de su embarazo, no llegué a escuchar mucho porque el perro empezó a ladrar. Y así vino la vieja... me arrastró de los pelos hasta el cuarto. Vos no estabas, llegaste después, te habías escondido atrás del reloj de la abuela. Llegaste y me viste la cara así, como un payaso. Así me decía mamá. “Sos tan linda como un payaso”-eso decía. Esa fue la primera vez que me acariciaste. Me dijiste que todo iba a estar bien y yo te contesté: “bombástico”. ¿Te acordás de cómo usaba esa palabra? Me encantaba... Desde que Julieta la había dicho en el colegio, no paramos de repetirla. A vos no te gustaba, me corregías: “se dice fantástico, che”. Pero esa vez, la de las ranas te quedaste callado. Cuando escuchaste que mamá dormía fuiste hasta el living y me trajiste una de las manzanas que estaban en el centro de mesa. Dijiste que a la mañana la repondrías. No querías que pasara la noche sin comer. ¿Te acordás? Te quedaste en mi cuarto y no necesité la muñeca porque vos estabas ahí. Para espantar todo lo malo. Eso me repetía para poder dormir. Sí, desde ahí que me querías. Yo lo supe. Ahí lo supe. Yo también te quiero, ¿sabés? En una época jugábamos al capitán meteórico y a la princesa. ¿Te acordás? Viajábamos juntos por todo el mundo... ¡Qué ingenuos! Estábamos en esta misma pieza y yo me paraba en este mismo sillón y sentía una luminosidad y una frescura que nadie me podía robar. Ni siquiera mamá. Pero después te alejaste un poco. No querías jugar más conmigo. Un día escuché que hablabas con Fito de las tetas de Julieta. Sí, te espié, ¿y qué? Estaba aburrida. Pero yo no soy cobarde. ¡Vos sos el cobarde! Nunca te animaste a decir nada. Ni siquiera a mamá. Nunca te animaste. Y ahora no hablás. ¿Por qué no hablás? ¿No vas a atender el teléfono? ¿No escuchás que no para de sonar? Debe ser esa putita con la que andás, esa belleza, tu sedante, como le decís. Debe ser esa. La que te provoca el ardor, sí, yo escuché cuando se lo decías... ¿No vas a contestar? Igual yo te quiero ¿sabés? Te quiero mucho, por eso lo hice... Vos me obligaste.
Celulares en la Argentina (Clarín, 01/02/06)
Crecimiento explosivo: tres de cada cuatro argentinos ya tienen celular
Es entre los mayores de 14 años. Y su consumo fue lo que más aumentó en 2005.
Luis Ceriotto. lceriotto@clarin.com
Las tres cuartas partes de la población mayor de 14 años de la Argentina tiene hoy un teléfono celular. Así se desprende de la información que ayer difundió el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec): hay 22.156.000 líneas activas, distribuidas primordialmente entre 28,5 millones de habitantes de más de 14 años. Por el momento, los usuarios menores de 14 son una minoría, según admiten en las compañías.
La expansión de la telefonía celular, que es una tendencia mundial, se reflejó a su vez en la cantidad de llamadas por el sistema, que creció 68,8% durante 2005. En la Argentina el celular también se convirtió en herramienta de trabajo. Según el INDEC, la telefonía celular fue el motor que impulsó el alza de los servicios públicos, que en conjunto se expandieron 20,1% el año pasado.
A la vez, los servicios públicos fueron clave en el crecimiento del Producto Bruto (que rondaría el 9%) ya que la industria, en el mismo período, promedió por debajo del PBI: subió 7,7%.
En cuanto a la cantidad de aparatos celulares en uso, los 22,1 millones de líneas sólo son un piso. Cada línea activa significa que hay al menos un teléfono que está destinado en exclusividad a la utilización de la misma. Pero además, hay un segmento de usuarios de tecnología GSM, que pueden llegar a utilizar hasta tres aparatos celulares por línea.
Según difundió ayer la consultora internacional IDC, durante 2005 se vendieron en el mundo 825 millones de teléfonos celulares. En la Argentina, las ventas treparon a 11 millones, según datos de la empresa Samsung. De modo que las ventas en el país equivalieron a 1,3% de las ventas a nivel mundial.
Durante diciembre, las llamadas desde teléfonos celulares se incrementaron 13,2%. Hacia adelante el servicio va hacia un público cada vez más juvenil. Hay indicios en ese sentido:
-Los adolescentes son los principales usuarios de los mensajes de texto, los cuales a su vez son utilizados desde celulares de tecnología intermedia o avanzada. Sólo en diciembre, según datos de Telecom, hubo un tráfico de 845 millones de mensajes de texto. Equivalen a 1,2 mensaje diario por cada uno de los 22,1 millones de usuarios. Desde ya, la mayoría de esos mensajes se concentró durante Navidad y Año Nuevo.
-Movistar, que lidera el mercado con 7,4 millones de usuarios, está dirigiendo parte de su estrategia comercial al público que oscila entre 14 y 18 años. "Son los que empujan las nuevas tecnologías", señalan en la compañía.
-Personal, con 6,2 millones de usuarios, está concentrada en agrandar su base en los usuarios de entre 25 y 45 años. Pero admiten que una porción de sus ventas tienen como destinatarios finales a los hijos pequeños o adolescentes de sus clientes.
-Una compañía de celulares está diseñando, en estos días, el lanzamiento masivo de teléfonos celulares dirigidos a los más chiquitos. Es un aparato con sólo cuatro teclas grandes, con el número preprogramado. Cada tecla tiene el dibujo de un integrante de la familia. (...)
En: http://www.clarin.com/diario/2006/02/01/elpais/p-01301.htm
NS
lunes, febrero 20, 2006
AOP va a la cocina y encuentra una papa muy particular
No, no es que las papas Pringles vengan podridas. Es que la marca estadounidense no quiere perderse la fiebre del fútbol y aporta un remedio eficaz para aquellos fanáticos empedernidos que puedan sufrir angustia oral durante algún partido. Sí, ahora las papas vienen con preguntas y respuestas impresas en un dudoso celeste, con un dudoso acento mexicano. Ya llegará el tiempo de las publicidades de gaseosas, cervezas, petroleras, etcétera, etcétera, etcétera. Por ahora tenemos la oportunidad de comernos preguntas y respuestas sobre el Mundial. ¿Será alguna suerte de ardid secreto? ¿Producirá algún (de)efecto colateral?
miércoles, febrero 15, 2006
Bendecida
("De las brasas de una constelación / al mundo perecedero / Bendecida fue la causa de mi fortuna / Y de la tierra perdida en la infancia / al mundo perecedero / Bendecida fue la causa de mi fortuna").
NS
martes, febrero 14, 2006
lunes, febrero 13, 2006
La opinión pública en el discurso periodístico (guay que es largo)
El discurso periodístico utiliza a la opinión pública como un módulo recurrente no necesitado de definición ni de reconocimiento teórico, práctica que genera vaguedades, simplismos y evasivas en el desarrollo informativo. Este artículo observa la complejidad inherente a la noción de opinión pública y expone algunas dificultades relativas a su uso periodístico, señalando los problemas de orden ético generados, como consecuencia, en el tratamiento de la información.
Palabras clave
Opinión pública, periodismo, ética, módulo recurrente, lugar común.
Sumario
1. La opinión pública como objeto teórico y periodístico: dilucidación de esferas
2. La opinión pública como lugar común periodístico
3. El recurso de la “traducción”
4. Conclusiones
Bibliografía y links al material periodístico citado
En la práctica, la opinión pública es un lugar común periodístico de desempeño referencial polivalente. Puede vérsela actuar como sinónimo de “sociedad”, “gente”, “pueblo” y hasta de la metafórica “calle”. Puede operar como acepción de público receptor del mensaje informativo y persuasivo, o como colectivo ciudadano preocupado por el acontecer sociopolítico. La opinión pública también es citada como fuente de información a partir de las tendencias reflejadas por las encuestas, y en muchas ocasiones es apelada en su referato como cuerpo guardián de la institucionalidad democrática.
Paralelamente, la tradición analítica señala la complejidad inherente a la noción de opinión pública. Esta complejidad, que es un enclave ineludible al momento de abordarla como objeto de estudio científico, también debe ser observada desde la operacionalización pretendida en cualquier señalamiento fáctico. Desde los disímiles bosquejos paridos por el pensamiento iluminista y sus secuelas temporales (expresión de una voluntad general simple y recta para Rousseau, 1762; fuerza política que sostiene o derriba gobiernos para Hume, 1777; fundamento democrático proclive a degenerar en tiranía de la mayoría para Tocqueville, 1835; tribunal de debate público para Bentham, 1838; cuerpo que ejerce una coacción moral sobre la libertad individual para Mill, 1859; etc.), hasta las reflexiones contemporáneas que cuestionan su efectiva existencia empírica como agregado homogéneo o media estadística (Habermas, 1962; Bourdieu, 1973; Gabás Pallás, 2001), la opinión pública resume sobre sí una particularidad epistemológica inseparable de su condición histórica: es inherente a la noción de opinión pública la dificultad de asir en forma universal y acabada la noción de opinión pública.
Desde el punto de vista comunicológico, el estudio de la relación entre la opinión pública y el periodismo encuentra su patriarca más famoso en Lippmann (1922), para quien las imágenes mentales y los estereotipos provistos por la prensa son componentes ineludibles en el estudio de la opinión pública contemporánea. Esta fundación resulta aquí primordial. Por un lado se observa el estreno de una constante histórica normalizada[i] que, hasta la fecha, es materia de recurrente análisis: la “ecología” de relaciones entre los medios de comunicación y la opinión pública (entendiendo a la opinión pública, en este caso particular, como el seno de impacto de la acción y los efectos mediáticos). Por otra parte, este mismo punto fija un distanciamiento con el objeto tratado en este artículo. Así como es profusa la cantidad de trabajos que analizan la relación opinión pública-medios de comunicación, son casi inexistentes los estudios que investigan cómo es utilizada la noción de opinión pública por esos mismos medios.[ii]
Para el desarrollo teorético, el concepto de opinión pública es controvertido y no reducible a una sola significación. Según Price (1992), “desde el advenimiento de las técnicas de encuestas y su aplicación a la opinión pública, a principios del siglo XX, los analistas se han visto continuamente forzados a refinar, adaptar y ampliar viejos conceptos y nociones teóricas a la luz de esfuerzos empíricos de investigación” (Price, 1992/2001: 14). Este diagnóstico de complejidad es pertinente, pues permite comprender que los investigadores se hayan enfrentado “por sus aproximaciones conceptuales, e incluso en sus propias definiciones de opinión pública. ¿Es la simple suma de puntos de vista individuales (Childs, 1939)? ¿O es, por el contrario, un nivel colectivo, producto emergente del debate y la discusión que no puede reducirse a individualidades (Cooley, 1902; Blumer, 1948)? La dificultad de definir la opinión pública como un objeto empírico de estudio quedó mejor expresada, tal vez, por Key, en 1961. ‘Hablar con precisión de opinión pública’, escribió, ‘es un empeño no muy diferente de vérselas con el Espíritu Santo’” (Price, 1992/2001: 14).[iii]
Desde la tradición analítica, entonces, la opinión pública se visualiza con un movimiento pendular que transcurre entre la entelequia y el pragmatismo, entre la racionalidad y la emotividad, entre lo individual y lo colectivo, entre la abstracción sólo concebible desde la especulación y la sumatoria de magnitudes aprehensibles mediante técnicas cuantitativas de recolección de información.
En Habermas (1962), el quiebre con el romanticismo burgués es inexorable: la opinión pública ya no puede seguir siendo asociada con aquella “ficción” del Estado de derecho necesaria para la construcción y la representación simbólica de las naciones e instituciones modernas. La opinión pública es hoy un concepto “sociopsicológicamente disuelto”, pues la sociología aplicada y sus técnicas de investigación de grupos ya no admiten semejantes abstracciones.
En esta línea, son varios los autores que concuerdan en que los sondeos de opinión fueron los grandes resemantizadores de la noción de opinión pública a partir del siglo XX, ya que generaron una corriente de acepciones positivísticas[iv] asociadas al colectivo abstracto original. Si se coincide con Bourdieu (1973) al respecto de la utilización de los sondeos de opinión, debe formularse una categórica crítica de las derivaciones sociopolíticas de la técnica, pues “su función más importante consiste en imponer la ilusión de que existe una opinión pública como sumatoria puramente aditiva de opiniones individuales; en imponer la idea de que existe algo que sería como la media de las opiniones o la opinión media. […] esta opinión pública es un simple y puro artefacto cuya función es disimular que el estado de la opinión en un momento dado es un sistema de fuerzas, de tensiones, y que no hay nada más inadecuado para representar el estado de la opinión que un porcentaje” (Bourdieu, 1973: 1293). De aquí la conclusión del autor de que la opinión pública, al menos desde la visión encuestológica, “no existe”.
La práctica periodística actual, en tanto, omite anexar a su manejo del término “opinión pública” una explicación (sencilla, siquiera) acerca de qué es lo que debe entenderse por él dentro del marco en el que está siendo expuesto. Causa y consecuencia de esta rutina es el establecimiento de un contrato de lectura implícito sobre un vocablo en apariencia univoco pero naturalmente turbio. Y todavía más: no sólo no se define a la opinión pública según la dimensión particular del contexto en el que está siendo utilizada, sino que tampoco se señala la dificultad esencial de toda noción pretendidamente universal de opinión pública.
Para despojar de ribetes de superficialidad o pacaterismo a lo anterior, a esta altura debe admitirse lo siguiente: “opinión pública” no es cualquier término de usual mención periodística, ya que en sendas ocasiones esta entidad es esgrimida como la razón de existencia y el blanco de impacto del ser y hacer periodísticos. Es decir que se utiliza un término (un concepto, al fin) percibido como sumamente valioso y justificante, pero no se lo define, explica o, menos aún, se lo abre al debate. Simplemente se lo usa a manera de módulo iterativo e invariable, y tal la queja de Key (1961), se cae en un presuntuoso embellecimiento discursivo que frivoliza cualquier intento de construcción democrática de una noción en la que puede verse incluido, despóticamente, el individuo que la recibe desde los medios de comunicación.
Ahora bien, todo lo dicho hasta aquí puede inducir al registro de una analogía entre las esferas presentadas. Esto es un error que debe ser evitado. Que exista un estado de diversidad teórica al respecto de la noción de opinión pública no debe hacer creer que el periodismo, al utilizar el término, esté refiriéndose, en su polifuncionalidad discursiva señalada, a aquel estado de diversidad. Mientras que en la esfera teórica la diversidad se sostiene en la complejidad conceptual y en la discusión crítica, en la esfera de la praxis periodística la diversidad se sostiene en la indefinición y en la confusión propias del simplismo, la vaguedad y la coartada argumentativa (es decir, en la promoción de un lugar común contrario al reconocimiento de un estado de complejidad).
Por ello es menester confrontar las modalidades enunciativas de la opinión pública en el discurso periodístico con las bases teóricas que permiten elucidar de qué manera aquellos usos pueden incurrir en problemas éticos fundados en la vaguedad del tratamiento informativo y en el facilismo promovido por la invocación a una entidad dispensadora de adecuadas argumentaciones.
2. La opinión pública como lugar común periodístico
Para Sinopoli (2005), uno de los indicadores básicos causantes de desprofesionalidad periodística es la utilización de “módulos invariables y recurrentes […] sobre todo las frases hechas y los lugares comunes” (Sinopoli, 2005: 171). Estos módulos parecen exonerar al periodista de engorrosas o innecesarias descripciones sobre la naturaleza del fenómeno expuesto, pero comportan, en realidad, vaguedades en el tratamiento informativo y la deificación del rótulo en detrimento de la ilustración argumentada. Así, el uso de este tipo de fórmulas simplistas (junto con la descontextualización, el reduccionismo y la fragmentación) diluye o desconoce la complejidad de los hechos a los que se refieren, y “provocan un modelo de realidad único y simplificado que malforma los conocimientos” (Sinopoli, 2005: 156).
La naturaleza del lugar común ya fue estudiada por Aristóteles (IV a.c.), para quien los razonamientos retóricos fundados en los lugares comunes pertenecen al orden de lo creíble o de la verosimilitud, y no al orden de lo verdadero.[v] Así se generan discursos que afectan al auditorio sobre la base de lo ya convenido por un “contrato de lectura” no necesitado de explicaciones coadyuvantes, por una parte, y que descree de los cuestionamientos a su convención, por otra.
El lugar común evita la explicación y la inserción del fenómeno tratado dentro de un mapa contextual próximo a su natural complejidad. El lugar común nubla el cuestionamiento saludable, el pensamiento profundo, la pregunta abierta que revisa lo convenido para indagar en las razones de la convención. De esta manera, la opinión pública, como módulo invariable, arroja un objeto saturado de significaciones confusas, ambiguas y contractualizadas que puede ser visto como un dispositivo agilizador del discurso, pero que es, paradójicamente, “insignificante” en el respeto a la natural complejidad de la noción.
En este “ascenso de la insignificancia” de los términos y significados apropiados por la industria cultural (en este caso, por parte del periodismo), la recurrencia e invariabilidad de la opinión pública es sostenida por el uso desprejuiciado que de ella hacen los periodistas, quienes, en el mismo orden que muchos de los pensadores y escritores contemporáneos atacados por Castoriadis (1993), “traicionan su papel crítico y se vuelven racionalizadores de lo que es y justificadores del orden establecido” (Castoriadis, 1993/2000: 96). El lugar común es, ni más ni menos, uno de los dispositivos por excelencia del pensamiento fácil.
-“Querían mejorar su imagen ante la opinión pública…” (La Prensa, 20/08/2005);
-“La opinión pública les acepta casi cualquier cosa” (La Nación, 29/12/2005);
-“El tema se instaló en la opinión pública cuando durante la semana pasada la empresa…” (Infobae, 25/01/2006);
-“La opinión pública está escarmentada de la manipulación de los asuntos relacionados con la seguridad…” (Página 12, 24/12/2005);
-“… Se vio en la opción de elegir entre el beneplácito del Gobierno y la reconciliación con la opinión pública…” (La Nación, 08/12/2005);
-“…El gobierno nacional había sondeado a Álvarez, incluso ante la opinión pública, para ocupar cargos…” (Infobae, 10/12/2005);
-“Lo que la opinión pública proyecta sobre la economía es clave para el buen desarrollo de ésta” (Clarín, 15/12/2005);
-“… Los gobernantes adopten actitudes triunfalistas o se sientan legitimados para gobernar en soledad, de espaldas a la opinión pública” (La Nación, 24/12/2005);
-“… Se estrenó en octubre del 2002, y produjo un verdadero impacto en la TV y en la opinión pública…” (Infobae, 07/01/2006).
Acepciones disímiles, falsamente complementarias en algunos casos y llanamente contradictorias en otros. ¿Qué es la opinión pública según cada periodista y según cada caso? No hay explicación desde el emisor, por lo tanto sólo queda recurrir a la técnica de la sustitución paradigmática y observar la particularidad de cada enunciación. Y tampoco hay cuestionamiento visible desde el receptor. ¿Éste no pregunta o cuestiona porque no puede o no quiere hacerlo, o quizás porque “ya sabe” qué es la opinión pública gracias a la recurrencia del término en el discurso periodístico? Esto último debería ser parte de un estudio de campo que no pertenece a este artículo. Baste aquí con señalar, en este orden, que los ejemplos citados en el párrafo anterior parecen ser esclarecedores de lo que Gabás Pallás (2001) denomina la “resignación al sufrimiento de los estímulos divergentes” ejecutados por los medios de comunicación en la actualidad. (Gabás Pallás, 2001: 180).
Es claro que el periodista no tiene la obligación de ser un especialista en opinión pública para poder citarla en su información, pero sí debe ser consecuente con la complejidad estructural de la noción que decidió incluir en su mensaje, puesto que “el periodista que desconoce los principios disciplinarios para relevar causas, acopiar datos y advertir consecuencias es un periodista desarmado frente a la complejidad, que reduce su trabajo al efectismo retórico” (Sinopoli, 2005: 158). Así como el periodista difícilmente se aventure a incluir en sus dichos el módulo “teoría cuántica” sin traducir un mínimo background científico que haga asible la complejidad de una noción propia de las ciencias duras, ¿por qué sí hacerlo despreocupadamente con una expresión propia de las ciencias sociales? ¿Sólo porque es aprehensible y aceptada desde su presunción como lugar común contractualizado?
3. El recurso de la “traducción”
En el ejemplo comparativo anterior se utilizó la palabra “traducir” al momento de referirse al quehacer periodístico que acerca al público las nociones naturalmente complejas del pensamiento científico o del conocimiento teórico. Es necesario ampliar aquí esta concepción.
Si bien el discurso periodístico no es el mismo que el de las ciencias, esto no excluye que su tratamiento de los términos o fenómenos estudiados por las ciencias deba ser desmadrado del contexto original bajo la presunción de que cualquier referencia a él resultará incomprensible o vana para el público. En este punto, Domínguez Rubio (2001) traza la diferencia entre el discurso científico y el de circulación destinado a los no expertos en la materia específica, y alerta sobre los reduccionismos tergiversadores que pueden cometerse al momento de “alivianar” divulgativamente fenómenos de notable complejidad original. En lo específico, esto implica que el periodista no está llamado a ser un perito en el tema que aborda, pero “lo que sí implica es que para hacer entendibles los lenguajes científicos estos hayan de ser traducidos. […] En este punto, Moscovici tiene razón cuando dice que la traducción no se trata de una degradación del significado del término, en el sentido de un empobrecimiento, de pérdida de información, sino de una transformación radical de su significado…” (Domínguez Rubio, 2001: 6).[vi] Lo dicho supone que la traducción/transformación no se direcciona según un molde rígido e incuestionable (pues estaría cayéndose nuevamente en el pensamiento acrítico), sino que se abre a la asimilación a partir del reconocimiento de esquemas representacionales móviles e interdisciplinarios que abordan los fenómenos y los iluminan desde una complementariedad componedora de significado. Así, “esto no quiere decir sino que el significado no queda fijado, siempre permanece abierto y redefinido en distintos contextos y procesos” (Domínguez Rubio, 2001: 7).
Entonces, la naturaleza de los fenómenos obliga a su cabal mención en tanto hechos, procesos o nociones nacidos de esquemas de complejidad inherentes a su tratamiento y ocurrencia; caso contrario, se promueve un reduccionismo perverso (aunque quizá verosímil en términos aristotélicos) que privilegia la función fática por encima de una comunicación acorde con las verdaderas implicancias del acontecer. “Traducir” es consignar didácticamente que el objeto tratado es estructuralmente complejo y no soluble en la expresión de rótulos simplistas y recurrentes, ya que “cuando nos enfrentamos con fenómenos tan complejos que no permiten su reducción a fenómenos de orden inferior, sólo podremos abordarlos estudiando sus relaciones internas, esto es intentando comprender qué tipo de sistema original forman en conjunto” (Lévi-Strauss, 1978/1986: 28). En este sentido, y en los términos específicos de Bosch (1998) dedicados al comunicador social en general y el periodista en particular, resulta que éste debe formarse en una “cultura de síntesis” que integre la diversidad y complejidad de los rasgos de la sociedad contemporánea y sus avances en el pensamiento científico. De esta manera, la utilización de fórmulas remanidas y vocablos estereotipados dejará paso una concientización de los alcances de las dificultades teóricas que se esconden, entre otros ejemplos reconocibles, tras la vaguedad residente en “la opinión pública está escarmentada” y “la opinión pública está harta de”, o el reduccionismo velado –“inexistencia” en términos de Bourdieu– que se aloja en “según el último sondeo la opinión pública no está de acuerdo con”, o la frase hecha –hiperbólica y despótica– esbozada en “un acontecimiento que conmueve a la opinión pública”, o la evasión argumentativa que se esgrime impunemente en “para la opinión pública fulano tiene mala imagen”, “zutano es corrupto” o “mengano es el culpable” (pues el periodista, al no reconocerse como parte de la opinión pública, consigue proyectar en esta entidad lo que él parece no querer admitir ni fundamentar).
No se trata, entonces, de confeccionar un tratado sobre la opinión pública cada vez que el periodista decida incluir este término y noción en el cuerpo de la información. Se trata, en cambio, de tomar un conjunto de precauciones que reconozcan y comuniquen la natural complejidad de origen del objeto. O sea, “traducirlo y trasformarlo” en orden a los esquemas contextuales que dan origen, forma y aplicabilidad a la opinión pública. En este sentido, algunas claves:
-Saber que la opinión pública ha sido diferenciada histórica y teóricamente de “sociedad” o de “gente”, por ejemplo, es un buen comienzo. ¿Cuántas veces se perciben intercambiables estos términos dentro del discurso periodístico?
-De igual manera, reconocer que no es lo mismo hablar de opinión pública que de “público receptor” o “audiencia”. Y en el caso de que se los acepte como sinónimos, explicar por qué se “traduce” a la opinión pública de esa forma en esa circunstancia.
-Saber que cuando se le asigna un rol crítico y controlador a la opinión pública se está optando por una concepción histórica ilustrada que es bien diferente a otras grandes tendencias que adjudican a la entidad un estado de patente emotividad y volátil desempeño. En este caso, hay una componenda de esquemas que la “traducción” debe referir. Lo mismo vale para el caso inverso.
-Aclarar que un sondeo de opinión pública no es igual a la opinión pública, sino una herramienta que, con sus limitaciones, observa algunos ítems simples y acotados dentro de un probable clima de opinión que puede haber sido generado en el mismo momento de su medición (profecía autocumplida).
-Escapar a la tentación de utilizar a la opinión pública como un tercero disociado de la individualidad de quien lo enuncia. Cada vez que se dice “la opinión pública tal cosa” hay un distanciamiento en el que debe repararse y que reza que “la opinión pública son los demás, no yo”. Al “traducir” esta situación se salvan las evasivas argumentativas fundadas en el desplazamiento de las propias ideas u opiniones.
En síntesis, debe promoverse un reconocimiento orientado a la comunicación didáctica de un mensaje que respete la naturaleza del fenómeno al que se alude, evitando, de esta manera, la vaguedad y el simplismo propios de los módulos invariables y recurrentes que tergiversan el abordaje y la comprensión de la realidad.
4. Conclusiones
Como fue expuesto en la primera parte de este trabajo, “opinión pública” es un término clave para el periodismo, dado que a esta entidad se la esgrime como uno de los factores clave que componen y condicionan la actividad del informante profesional.
El diagnóstico diferenciador de las esferas teórico-analítica y práctica señala, por comparación, la liviandad con la que es utilizada la noción de opinión pública por parte del periodismo. Esta liviandad, irrespetuosa para con la complejidad inherente a un objeto de estudio interdisciplinario, revela que existe una contradicción entre la pretensión de profesionalidad del periodismo y su displicencia al momento de anclar y explicar el significado de la entidad en la que se embandera. Si “ser profesional no tiene grados. No se puede ser más o menos profesional. Se es o no se es” (Sinopoli, 2005: 156), entonces las frases hechas, los módulos invariables, las confusiones semánticas, los sinónimos que no son tales y las reducciones sustanciales demuestran que la opinión pública es, periodísticamente, un salvoconducto discursivo que atenta contra la profesionalidad del comunicador y socava las bases del entendimiento configurador de realidad social. Es que “en suma, la vaguedad procedimental, clave de la desprofesionalización del periodismo, es la consecuencia segura de una información fragmentada y, por lo tanto, tergiversada, que deviene sin remedio en la interpretación inconciente y en el juicio infundado” (Sinopoli, 2005: 172).
Sobre la base del reconocimiento del estado en el que se encuentra el debate teórico e investigativo sobre la opinión pública, se hace necesaria una “traducción” que respete la complejidad estructural del objeto mientras lo hace accesible al público. Accesibilizar y divulgar; no simplificar, reducir o fragmentar. Y para esto no es indispensable ser un experto en opinión pública (o en teoría cuántica), sino haberse preparado en una “cultura de síntesis” que posibilite reconocer la existencia de realidades y fenómenos mucho más complejos que aquellos que un lugar común permite reseñar.
ARISTÓTELES (IV a.c.). Retórica. Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1990.
BENTHAM, Jeremy (1838). “Public opinion tribunal”, en The works of Jeremy Bentham. Nueva York, Russell & Russell, 1962. pp. 41-46.
BOSCH, Jorge (1998). Introducción a la comunicación. Síntesis humanístico-científica. Buenos Aires, Edicial, 1998.
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CASTORIADIS, Cornelius (1993). “El ascenso de la insignificancia”, en Castoriadis, C. Ciudadanos sin brújula. Coyoacán, Ediciones Coyoacán, 2000. pp. 93-112.
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TOCQUEVILLE, Alexis de (1835). La democracia en América. Madrid, Alianza, 1980.
Links al material periodístico citado (consultado entre el 15 y el 30 de enero de 2006)
http://www.clarin.com/diario/2005/12/15/opinion/o-03501.htm
http://www.clarin.com/diario/2005/12/26/elmundo/i-02601.htm
http://www.infobae.com/notas/nota.php?Idx=226273&IdxSeccion=0
http://www.infobae.com/notas/nota.php?Idx=227188&IdxSeccion=0
http://www.infobae.com/notas/nota.php?Idx=231426&IdxSeccion=0
http://www.infobae.com/notas/nota.php?Idx=234857&IdxSeccion=0
http://www.lanacion.com.ar/763140
http://www.lanacion.com.ar/767339
http://www.lanacion.com.ar/768419
http://www.laprensa.com.ar/tapa/nota.asp?ed=1802&tp=7&no=58911
http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-60846-2005-12-23.html
jueves, febrero 09, 2006
lunes, febrero 06, 2006
Aviso
Sin título
Hoy me levante con ganas de luchar por lo que quiero, por lo que más ame en mi vida. Hace exactamente un año atrás, mi ex novio y yo terminábamos nuestra relación de cinco años aproximadamente.
Estos últimos 365 días pensé en cómo empezar una nueva vida sin él, pero me fue inútil encontrar la solución, no sólo porque no apareció otra persona, sino porque no quise buscarla. Él fue mi primer novio, mi primer y único todo y siempre creí que seria el ultimo.
Hoy fui a buscarlo, una vez más, para decirle cuan importante era en mi vida, fui a pedirle que empecemos de nuevo. Me equivoqué, volví a sentirme una idiota, volví a hurgar en sus cosas y a enterarme de otras que no quería, volví a llorar, volví a sufrir y volví para atrás.
No se ni porque escribo esto, tal vez es una forma de hacer catarsis, es la primera vez que me expongo así, yo sólo quería volver a empezar y volví a terminar.
Espero que sepan entender. Sólo necesitaba escupir todo mi dolor, me senté en la compu, abrí el blog y me salió esto.
Tal vez sea la charla que tuvimos ayer con Flor, jugarnos y luchar por nosotros mismos o quizá sea este síndrome incurable de quererlo tanto, como diría Arjona.
Pido disculpas…
Saludos
Juli



