Con letra chica
1.
Rodolfo se lo había dicho. Se lo había dicho tocándose los bigotes blancos que le caen pesados sobre los labios. Y si Rodolfo se lo decía tocándose los pelos de la cara; era cosa seria. Pero Francisco escuchó a Rodolfo como a uno de esos viejos que desconfían de todo pero que cuando van al supermercado no dudan en probar las nuevas salchichas orgánicas que les ofrece una promotora semidesnuda. Así escuchó Francisco al viejo, como a uno de esos que se quedan casi duros frente al televisor cuando ven que el protagonista de la novela de las dos se mancha una camisa demasiado blanca con jugo de piña para promocionar un revolucionario jabón para la ropa. Como a un viejo que habla con otros viejos del jabón para la ropa mientras juega a las bochas, así lo escuchó. Rodolfo era viejo pero no pelotudo. Aunque ahora los dos parecían de esa naturaleza encerrados en un cuartito de dos por dos.
- Si me hubieras prestado atención... – dijo Rodolfo.
- Sí, sí, no estaríamos acá – contestó Francisco interrumpido por un chillido fuerte.
El acá del que hablaba Francisco era un sótano frío y oscuro, un cuarto de dos por dos de la casa de Rodolfo en el que cabían el viejo, el joven y cinco guacamayos encerrados en cuatro jaulitas.
El sótano no tenía ventanas. Era como si el sol muriera antes de chocar contra las paredes, al menos eso le gustaba pensar a Rodolfo, que a pesar de la situación le dio fuego al joven para que encendiera una vela.
- ¡Qué vamos a hacer con estos bichos! No, no, si yo ya te lo dije antes...
- “Ojo, Paquito, cuidate que esto no es un pueblo chico” – el que hablaba con ironía era Francisco, que parecía haber escuchado la frase por lo menos unas cien veces.
- Ves... ¿No te lo dije yo? ¿Por qué no me hiciste caso si ya lo sabías? Esto no es un pueblo chico...
Paco quiso contestar pero Rodolfo lo dejó sin aire.
-¿Qué vamos a hacer con estos loros? ¡Eh! Yo ya estoy viejo... ¿y si empiezan a hablar? ¿Qué le vamos a decir a tu madre? ¡Eh!
Francisco sintió un calor que le atravesó el cuello y un sudor frío que le recorrió la espalda. Sólo después de pudo hablar.
- Veamos el folleto... A lo mejor...
- ¡Qué folleto ni qué folleto! Estos animales deben ser contrabandeados. En mi época, querido, te hubieran dado un soplamoco.
Francisco lo miró como preguntando qué quería decir esa palabra y no hizo falta más.
-Trompada, querido. Te hubieran dado una buena patada en el culo.
La luz de la vela, que les iluminaba la cara, sirvió para alumbrar el folleto que Francisco, a pesar de la negación de Rodolfo, leyó en voz alta.
- “Los guacamayos son animales muy sociales y afectuosos que necesitan atención diaria de su dueño o de aquella persona con la que el animal haya establecido un vínculo. Aprenden a imitar palabras con gran rapidez. Son muy inteligentes y necesitan distracciones para no verse sumidos en un estado de sopor que acabaría con ellos”.
- ¡A quién se le ocurre, eh! Que estos bicharracos sufren depresiones. ¡Por favor! Ya no saben qué inventar.
- Tal vez podríamos llevarlos arriba y ponerlos en mi pieza o en el living. Acá dice que se alimentan con semillas y con frutos.
- ¿Vos estás loco o se te piantó una neurona? Si llego a ver a alguno de estos loros arriba les pego un tiro a cada uno. Psssttt... Habráse visto...
La frase sonaba a sentencia y el sudor de la espalda de Francisco se había convertido en un manantial de aguas termales a domicilio.
Rodolfo le arrebató la vela y subió los siete escalones que separan el sótano de la cocina. Francisco, totalmente a oscuras, agarró el guante que venía con el folleto (y con los cinco guacamayos) y escuchando los graznidos de los loros, subió a ciegas.
2.
Francisco Eitchart tiene ahora, y por lo menos hasta dentro de unos meses, 21 años. Es alto y algo desgarbado. Tiene el pelo castaño, corto, pero no tanto como para impedir que algunos mechones caigan sobre su frente cuando se inclina para tomar el café de la mañana. Es un chico simple que disfruta de la suavidad del vapor de agua que sale de esa tasa de café y del olor a la tierra recién mojada. Cuando habla suele tocarse una dureza que tiene en la mano izquierda. Una cicatriz de chico, de cuando fue al lago pensando en juntar toda la arena que había en el fondo y volvió sin arena y con un corte al que le cosieron siete puntos. Esa marquita que le quedó para siempre porque se lo cosió la enfermera, porque era domingo y no había ningún doctor en el hospital del pueblo, suele recordarle de dónde viene. Porque Francisco no es de Buenos Aires y Rodolfo se encarga de recordárselo por lo menos unas cuatro veces al día. Nació en Alto Río Senguer, un pueblito de Chubut a pocos kilómetros del límite con Chile. “Un paraíso de la pesca” – suele decir Francisco cuando le preguntan. De hecho, su padre había empezado como pescador y con el tiempo, cuando las cosas mejoraron, logró abrir un criadero de truchas – “con restorán incluido” – agrega siempre Margarita, la hermana menor de Francisco, la única hermana, la menor de la familia.
Mientras su mamá se dedicaba a hacer el dulce de frambuesas que vendía a los turistas que pasaban por ahí, Francisco estudió durante toda su infancia, y, cuando no estaba estudiando se iba a las lengas a ver a los huemules y a los ciervos y después, escribía. Graciela, su maestra (y la de su padre y la de su abuela) decía que debía ser por esos enormes ojos celestes que eran como dos lagunas, así decía Graciela, que podía captar la belleza de las cosas y escribir así de bien. Fue ella la que le dio coraje para mandar sus cuentos al diario local, y de a poco, esos textos fueron ocupando una columna todos los fines de semana. Francisco se había convertido en la estrella del pueblo, si hasta Ricardo, del taller mecánico “Ricardito” (el de Sarmiento y Berwin) descolgó uno de sus posters para pegar el recorte del texto en el que Francisco exaltaba las bondades de su oficio. Así la conquistó a Camila, que había sido su compañera de banco durante toda la primaria. No la conquistó hablándole de gomerías, claro está, pero todos esos poemas de palabras gastadas que Francisco le envió, tuvieron su premio. El dos de junio de 1998 a orillas del lago Fontana, Camila y Francisco se besaron. En realidad fue Camila que después de decir casi treinta palabras en un segundo (sin repetir y sin soplar) le estampó un beso. En la boca. Con lengua.
Entonces él pensó que ahora podía escribir sobre el amor y sus colores, que escribiría desde la experiencia del amante apasionado, que después de ese beso... Después de ese beso Camila le dijo que se iba a Chile, que a su viejo lo habían ascendido y que no podía irse sin besarlo, que era una forma de agradecerle esos poemas. Francisco escuchó hasta “Chile” y después se sumió en un dolor que nunca había sentido. Cuando llegó a su casa pensó que de ahora en más escribiría sobre el dolor, sobre el verdadero dolor de los que sufren penas amorosas. Durante el verano se encerró en su cuarto a leer a Borges y a escribir. Pocas veces salía al pueblo porque no quería que comentaran. El pueblo no sabía que comentar, desconocía lo del beso en la laguna y sus penas de amor pero igual lo acompañaba. Él solito sin que le preguntaran nada decía que tenía un dolor más grande que el que le había producido la cicatriz de su mano izquierda pero que esos tipos de pena sólo podían curarse escribiendo como lo habían hecho Neruda o Borges.
Con el tiempo, esas heridas de las que hablaba Francisco parecieron curar y el invierno lo encontró trabajando en la FM Municipal. Fue allí dónde se enteró de los talleres literarios de Buenos Aires y donde pensó que si conocía las callecitas que describe Borges, o el edificio con setenta balcones y ninguna flor... Pensó que así podía convertirse en un verdadero artista. Una tarde mientras afuera nevaba les dijo a sus padres que quería ser escritor (- de enserio – agregó su hermana) y que debía viajar a Capital para formar parte de algún taller.
3.
Rodolfo Orias Azcuénaga suele tocarse los bigotes cuando habla en serio. Se los había dejado crecer a los 20 y ahora tiene 75 años. Cuando la madre de Francisco lo llamó desde Senguer los bigotes de Rodolfo parecían haber pasado por debajo de una topadora. En su adultez nunca había vivido acompañado pero no pudo decir que no. Es un hombre robusto y bastante fuerte que disfruta de la aspereza de la toalla que se pasa por la cara después de afeitarse la barba todos los miércoles y del ruido del agua que cae de algún aparato de aire acondicionado y que moja a algún desprevenido.
Rodolfo se licenció en psicología pero de esa etapa sólo queda un diván verde que ocupa buena parte del escritorio y que da a una reproducción de un cuadro de Dalí. Decidió dejar de ser psicólogo en 1984, aturdido por la personalidad del que fue su último paciente. El tipo, su último paciente, del que nunca reveló el nombre, era un capo en el negocio de la pornografía que acudió a una consulta para solucionar sus problemas con las mujeres. X, como Rodolfo gusta llamarlo, tenía problemas a la hora de mantener relaciones sexuales con sus mujeres de turno. Al parecer, cuando estaba por llegar al orgasmo X les pedía a sus acompañantes que imitaran ruidos de animales. Unas accedían en busca de un buen papel (tal vez se tratara de algún casting), otras, escandalizadas salían corriendo. Con ese planteo fue X y Rodolfo intentó ayudarlo hasta que en la última sesión no sólo le pagó 350 pesos de los honorarios en películas porno sino que en algún estado de trance comenzó a repetir todas las palabras que decía su psicólogo.
Rodolfo abandonó la profesión y se dedicó a dar clases especiales en todo el país. Siempre supo combinar el trabajo con el placer. A diferencia de Francisco, Rodolfo disfruta de la compañía femenina, aun de aquella que le da dolores de cabeza. De hecho, fue por una mujer que lo conoció a Francisco.
Había ido a Chubut a dar una conferencia acerca de “La sublimación del super yo y la pose del hombre frente a la sed de justicia”, cuando uno de sus colegas le sugirió que visitara Senguer, - “Un paraíso de la pesca” – dijo. Rodolfo no sabía pescar pero decidió darse una vuelta. Al llegar al pueblo, en la panadería, Rosa le regaló unas miradas y tal vez excitados por lo nuevo y por el olor a masa fresca terminaron en su cama matrimonial. Rodolfo sabía que Rosa era casada pero no le importó, era un pueblo chico y tal vez no volvería nunca.
Como era domingo y debía estar de vuelta en Capital el martes, después de lo de la panadería decidió ir a preguntar si la pista de aterrizaje que había visto aún servía. Cuando estaba en eso la vio venir a Rosa, moviendo sus carnes, corriendo en medias tres cuartos y bata por la pista. Rodolfo pensó que se trataba de un clásico caso de angustia post traumática agravada por la culpa, pero esta vez se equivocó. Rosa le dijo agitada, casi gritando, que no podía ir sola a la iglesia. Que su marido estaba en el hospital de El Maitén con un anzuelo en el ojo y que necesitaba un hombre para su sobrino. Rodolfo aceptó sumido, él sí, en una severa crisis ansiosa post traumática.
Rosa y su marido son los tíos de Paco y Jorge, el marido, el tío, debería haber sido su padrino de confirmación, pero con un anzuelo en el ojo la cosa se había complicado. Así, a último momento, Rodolfo se presentó ante Francisco y sus padres y durante la ceremonia tarareó canciones dedicadas a un dios al que no respeta. Hacia el final, con las valijas y todo, se despidió de la familia y para ser cortés les dejó sus datos.
4.
Después del llamado de la madre de Francisco, Rodolfo tuvo una semana para acondicionar una de las piezas de su casa. Él mismo fue a buscarlo a Retiro y en el taxi le dijo por primera vez:
- Mirá Francisco, esto no es Senguer, esto no es un pueblo chico, tenés que tener mucho cuidado, querido.
Francisco permaneció en silencio hasta la mañana siguiente, cuando sintió el vapor del café sobre su cara, cuando algún mechón rebelde cayó sobre su frente.
- Parece que tenés sed... – dijo Rodolfo.
- Sí, bueno... encontré el café, y... A la mañana siempre tomo café, me despierta. ¿Me pasarías el diario?
- Yo prefiero el té de hierbas, esos que te relajan, pero hay que tener cuidado, acá te venden manzanilla por tilo... ¿El diario querés?
- Sí, la sección cultura... o lo que haya.
- Esperá que termino de leer este artículo y te lo paso.
- Bueno – dijo Francisco que, después de tomar las últimas gotas de café, llevó el suplemento cultural a su pieza que quedó ahí sin ser leído durante una semana.
Además de las clases, Rodolfo suele jugar al póquer con amigos y llevar al cine a alguna señora mayor. Francisco casi siempre se queda solo, cuando no invita a Elvira, una chica de 19 años que vive en la casa de al lado. A juzgar por distancia con la que se tratan, los nenes (como los llama el viejo), sólo conversan o juegan a las cartas. A veces, Elvira le enseña computación a Francisco para que pueda comunicarse con su familia (que no tiene computadora).
Una noche de aburrimiento Elvira comenzó a revisar los cajones y a tirar calzoncillos y camisas por el aire hasta que encontró el suplemento cultural y leyó con voz seria:
- PRIMER CONCURSO DE CUENTOS “ZOOGRANJA”
1. Podrán presentarse al Premio "ZOOGRANJA" todas aquellas narraciones escritas en castellano que refieran la verdadera naturaleza del amor.
2. Las obras deberán ser inéditas y no estar premiadas en otros concursos.
3. La extensión de cada relato no superará las 35 palabras.
4. Las obras se remitirán por triplicado en papel
6. Los miembros de "Zoogranja: el pollo peruano para tu mesa" no podrán presentar obras al certamen.
7. Se establece un único premio de 5 guacamayos peruanos y un diploma acreditativo.
A Francisco se le abrieron los ojos cuando dijo que esa era su oportunidad de demostrarle a todos que es un buen escritor, de esos que viven la ciudad. Francisco echó a Elvira de la casa y se dedicó a escribir. Así estuvo durante una semana hasta que una mañana a la hora su café y del té de Rodolfo decidió hablar con el viejo cuando vio el anuncio del concurso peruano en la revista Gatopardo.
- Acá voy yo – dijo sin levantar los ojos que apuntaba a la mesa.
- ¿Te vas a Perú? ¿Ya lo sabe tu madre?
- No, no me voy a Perú, escribí un cuento para este concurso.
Después de decir esto, Francisco le habló de su don y de lo que decía Graciela acerca de sus enormes ojos celestes como lagunas.
- Eso explica lo de Borges... – susurró Rodolfo
- ¿Qué decís?
- Nada, nada, pensaba que si vos escribís tan bien por tus ojos y si Borges era ciego entonces... Nada, no importa. Así que te vas a presentar a un concurso...
- Sí, el premio es en guacamayos peruanos, mucha plata parece. Si gano puedo pagarme un taller con algún escritor famoso y ayudarte un poco con la casa.
- No te preocupes por eso, querido. Y ¿ya tenés el texto listo?
- Sí, ayer terminé de revisarlo, está sobre la mesa del living. Si querés podés leerlo, a la tarde voy al correo.
- ¿Consultaste bien las bases? Guacamayos... Guacamayos... ¿Estás seguro de que eso es dinero? Mirá que estamos hablando de un país y no de un pueblito. Te pueden meter el perro... – dijo Rodolfo con las manos en los bigotes
- Ya averigüé, no te preocupes. A Elvira no le anda Internet pero el otro día en la calle leí las bases en una afiche.
Lo que decía Francisco era cierto, se había parado en plena esquina de Corrientes y Callao, estorbando el paso de la gente pensando que si leía la letra chica en un cartel tan grande, la letra no sería tan chica y no podrían estafarlo.
Rodolfo se fue sin decir nada y agarró la hoja que decía:
“El ciervo se mete en el agua y toma. En la orilla dos manos se aprietan fuerte. Allí el amor es puro. La sed calma y las manos acompañan la noche ¿Existe algo más lindo?”
5.
Esa misma tarde Francisco fue al correo y mandó el sobre. El único que llegó, por cierto, porque en Perú todos saben que Zoogranja utiliza la venta de pollos para el consumo familiar como fachada. Que en realidad venden guacamayos cotizados a unos 2500 euros. Todos saben que la policía estaba tras sus pasos y que debían deshacerse de la mercancía.
Todos saben que el guacamayo no es ninguna moneda.
Tan acorralados, los de Zoogranja decidieron dar por ganador al argentino Francisco Eitchart y notificarle que en breve recibiría el premio en su casa.
Así de fácil fue librarse de los bicharracos y aún más fácil escucharlo al viejo en la oscuridad del sótano decir que él se lo había advertido.
A pesar de las amenazas de Rodolfo, Francisco se ocupa de cuidar a los loros. Los alimenta en el sótano, les enseña palabras y cuando el viejo se va, Francisco distribuye las jaulas por toda la casa. Al azul y amarillo lo pone en su pieza, a los rojos de alas verdes los lleva a la cocina y a los verdes los cuelga en el escritorio al lado del falso Dalí.
Desde que ganó el premio Francisco sale más, decidió organizar un taller en Plaza Francia y hasta se animó a ir a la Universidad a preguntar por la carrera de Letras. A Elvira la ve por la ventana de su cuarto, está mucho más linda pero ya no se frecuentan.
Hoy por la madrugada cuando llevó las jaulas al sótano antes de que Rodolfo las descubriera, los guacamayos verdes empezaron a decir algunas palabras.
- ¡Ahí! ¡No pares!
- ¡Ay! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!
- ¡Me gusta! ¡Dale! ¡Ahí, nena!
Rodolfo se despertó tarde, cuando Francisco se estaba yendo. Dormido, el viejo le recordó una vez más que tuviera cuidado, que Buenos Aires no es como Senguer, que no es un pueblo chico.
Francisco, el de los ojos celestes, el del beso en el lago, el del concurso, se animó a contestarle por primera vez.
- Vos también cuidate y cuidala a Elvira, mirá que esta casa no es muy grande.