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INFORME > GOSSIP GIRLS
Para ellas, el lujo no es vulgaridad
La nueva generación de herederas que se miran en el espejo de los shows de ricos & famosos. ¿Querés ser Paris Hilton?
Txt. Nicolás Artusi. Producción: Victoria Cerruti
Pop Princess, sustantivo.
I.a. Término para designar a popstars americanas surgidas entre 1999 y 2002.
b. Desde el 2004, aplicado a estrellas de reality shows con influencia en la cultura de masas, como The Hills y Laguna Beach.
II. Uso extendido: toda heredera de una familia real del pop.
Oxford English Dictionary.
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Viernes, mediodía. El salón del McDonald's de Olivos parece el comedor del Elite Way School, aquel colegio de ficción donde la niña rica se declaraba rebelde, way: de un lado y otro del mostrador, todos de uniforme. Acá se impone el bilingüe y ahí donde "McNugget" se pronuncie con dicción británica habrá una alumna del Northlands. O del St. Charles. Come on, girls: las chicas se prestan a la modesta invitación del Sí!, que paga el almuerzo, y el cronista juega a ser testigo invisible de las charlas de estas princesas: "En mi colegio hay una chica peruana. Pobre".
En el prime time televisivo, Susana Giménez invita a embajadores de las últimas "tribus urbanas", y pregunta: "¿Qué es un cheto?". Chica emo: "Alguien que tiene mucha plata y va a comer a Las Cañitas". Susana: "¡Entonces yo soy cheta!". Si es cierto que las chetas ya llegan a los 60 años, ahora es el tiempo de las "Gossip Girls": estimuladas por una ola de programas como The OC, Laguna Beach, The Hills y, claro, Gossip Girl, una nueva generación de herederas que defienden su derecho a ser ricas, cursan los últimos años de la secundaria (dirán "high school") y se miran en el espejito, espejito, de Paris Hilton o Lauren Conrad, la "pop princess" 2.0: para ellas, el lujo no es vulgaridad.
"Tenemos en común un patrón de belleza: rubias, flacas y a la moda", se enorgullece Sofía (sólo acepta el convite de una Sprite. Cero): "En Gossip Girl muestran una parte de la historia: sólo la vida ideal, pero los ricos también tienen problemas". Carolina recuerda estas vacaciones en Nueva York, donde derrochó en doce pares de zapatos. Y si alguna zafa de la zancadilla progre del cronista ("¿cuánto vale un boleto de colectivo?") con la honestidad de la que sólo se mueve en remise ("ni idea"), Inés festeja las ocurrencias de Casi Angeles, donde los ricachones del colegio Rockland tienen la lengua aceitada: "A la pobre le dicen 'aceituna': negra, chiquita y rapidita". Risas. "¡Aguanten los huérfanos!", será la reacción de la mesa ante el brulote, aunque Carolina se sincera: "En la vida real, seríamos del Rockland".
Hipersexuadas aun en la minoría de edad, más divinas que populares, todas con vocación artística (¡actuar, cantar, bailar!), las gossip girls sueñan con ser (casi) famosas mientras un fotolog las pueda convertir en estrellas ("Cumbio es una grasa, salió en Policías en acción", coinciden) y el Facebook multiplique la ilusión de tener un millón de amigos. "Gossip Girl capturó el zeitgeist, o espíritu de esta época", resumió Vanity Fair, la revista de mayor densidad de millonarios por centímetro cuadrado: "El punto exacto donde se unen el sex appeal y la sociología pop".
Mientras la Avenida del Libertador se empapela con afiches que acusan "montonera, mentirosa, atea y grasa", a cinco cuadras de la Quinta Presidencial de Olivos, las gossip girls hablan de la Presidenta: "La odio".
Sofía: -El otro vi a la hija en Rumi y le quise pegar.
Inés: -¿Fue en el Mini Cooper?
Todas: -Ay, qué horror.
La conciencia social se insinúa en el imperio de la carne picada ("una chica de mi colegio se enteró de la crisis del campo cuando viajó con la gira de hockey", se escandaliza Inés) y, como una ironía para el Gobierno que se anunció setentista, corren a la Presidenta por izquierda: "Con todos los pobres que hay... ¡ella está mejor vestida que Carla Bruni!".
En el mediodía del McComedor, la gossip girl se apronta para el turno tarde, con el jumper aún en la mochila: se cambiará en el baño. ¡Esto es valor! En el campus, las materias extracurriculares ("Robotics", "Scottish Dancing", "Magic Club") competirán con las disputas entre "casas", al estilo de la escuela Hogwarths, y con los restos de la alta suciedad: "Entre ricos se discrimina a los menos ricos. Los que tienen mucha-mucha plata, como los del colegio Lincoln, tratan a los otros de grasas y negros, aunque sean gente normal", analiza Sofía. Y si "odio música en mi idioma" será máxima para la habitué de la matiné de Sunset y Ku, el mundo ideal sólo queda al Norte, del conurbano y del continente: "¡Mis amigas no conocen el Obelisco!".
http://www.clarin.com/suplementos/si/2008/08/29/3-01748263.htm
NS
sábado, agosto 30, 2008
viernes, agosto 29, 2008
El crimen organizado hace que la Argentina sea ya un "sicariato"
Nota de Opinión. Por Alvaro Abós
Publicada en el diario La Nación el 29/08/08
El crimen organizado hace que la Argentina sea ya un "sicariato"
El Estado, impasible frente a este avance
Publicada en el diario La Nación el 29/08/08
El crimen organizado hace que la Argentina sea ya un "sicariato"
El Estado, impasible frente a este avance
Por Alvaro Abós Para LA NACION
¡Ni Dashiell Hammett podría haber imaginado un comienzo de novela así! En un desolado baldío de extramuros, un vecino descubre tres cadáveres acribillados. Corresponden a tres ciudadanos ejemplares. Buenos padres de familia que cuentan con sólidos ingresos y modernos autos. Viven en Pilar o en otros barrios de la clase media acomodada. El hallazgo tiene todos los ingredientes para convertirse en un "caso" que fascine a la opinión pública: truculencia, misterio y unas víctimas con las cuales la opinión pública biempensante puede sentirse identificada: los ejecutados no son unos ladroncitos cualquiera; el triple crimen no parece un ajuste de cuentas entre hampones, sino que salpica a "gente como nosotros". Después se sabrán otras cosas. Como en un thriller...
Pero esta novela argentina no sucede en el Poisonville de Cosecha roja. No hay un detective privado que resuelva el misterio. El investigador es el Estado. Por lo tanto, falla una de las reglas del género, la que prescribe que un crimen siempre debe ser resuelto.
Ojalá me equivoque, pero, ¿se resuelve algún crimen en la Argentina? El propio gobernador de la provincia pareció aliviado cuando dijo que el de General Rodríguez "es un crimen de la mafia", como diciendo: "No nos compete". O "nos supera". Por cierto que le compete, pues ¿hay algo más preocupante para la sociedad que la impunidad del crimen organizado?
Con el episodio de General Rodríguez nos desayunamos de que la narcomafia opera hace tiempo en el país. De que los barones del crimen internacional entran y salen como Pancho por su casa. Conforme lo han difundido profusamente en TV los opinadores "mafioespecialistas" que de inmediato proliferaron como hongos, la Argentina pasó de ser un país de tránsito para el narcotráfico a ser un país de cultivo. Como corresponde a nuestra nunca bien ponderada velocidad idiomática, se creó un neologismo: el "sicariato", país del sicario, es decir, paraíso del crimen por encargo. En eso se habría convertido la Argentina.
Estas y otras escalofriantes revelaciones no parecieron alarmar demasiado al ministro de Justicia, convencido como está de que el Estado ya ha asestado fuertes golpes a la mafia. ¿Qué golpes? De paso, mientras escuchábamos sus opiniones sobre tráfico ilegal de medicamentos y otros horrendos delitos, nos hemos desayunado con que, para el ministro, el "paco" no es una droga peligrosa. De hecho, el ministro de Justicia ni siquiera está seguro de que el "paco" exista ya que "no se sabe bien de qué sustancia está hecho".
Pero, entonces, ¿qué aspiran a la vista de cualquiera miles de chicos de la calle? ¿Una lavanda aftershave ?
Entre las actividades de Forza, uno de los tres asesinados en el baldío de General Rodríguez, estaba la gestión de un laboratorio que supuestamente falsificaba medicamentos, establecimiento que donó 200.000 pesos a la campaña electoral de la Presidenta. Una opinión pública ya sensibilizada por episodios como la valija de Antonini, sobre el que aún estamos esperando explicaciones, o por tantos otros casos de corrupción denunciados y nunca dilucidados, ha registrado, atónita, este nuevo eslabón de una turbia cadena ya muy larga.
Pero no es a las actividades de una de las víctimas del triple crimen a lo que quiero referirme, sino a la situación que el homicidio desnuda: el Estado está abdicando su obligación de garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Es cierto que el narcotráfico es una lacra mundial, y por lo tanto sería ingenuo despotricar por que este flagelo salpica nuestras costas. Es cierto que el narcopoder es un jinete del Apocalipsis que se pasea rampante por el universo mundo. Sin embargo, una cosa es admitir la magnitud de un problema y otra es consentir la inacción ante él.
El crecimiento de la criminalidad suma a demasiados connacionales en el terror. Por grave que sea el problema, aún peor es comprobar que no basta con lo que hace el Estado para afrontarlo.
¿Ha creado el Estado cuerpos especiales de seguridad para enfrentar nuevas formas de delito? ¿Qué refuerzos presupuestarios destina el Estado a ese combate? ¿Ha inaugurado nuevas cárceles a tono con los avances mundiales en seguridad penitenciaria? ¿Utiliza -y cómo, si lo hace- los avances de la tecnología virtual para proteger a la población? ¿Se han abierto y/o diseñado escuelas y universidades que estudien estas cuestiones? En tal caso, ¿ cuándo esos profesionales estarán en actividad? ¿Es cierto que para el Estado es más importante perseguir el tránsito de narcóticos (o sus sustancias preparatorias) que su acopio o su fabricación?
Mientras redacto este artículo, un título en los diarios me llama la atención. Informa que se nombrarán magistrados especializados en la lucha contra el crimen organizado y el narcotráfico, que se prepararán cuerpos de seguridad dotados de tecnología ultrasofisticada y que está a la firma un acuerdo nacional que suscribirán jueces, gobernadores, alcaldes, funcionarios, políticos y organizaciones sociales para hacer frente, todos juntos, a la lacra criminal. Pero esto sucede... ¡en México!
Hace ya un cuarto de siglo que la Argentina dejó atrás la pesadilla de la dictadura. Los policías que hoy combaten el delito en las calles del país estaban en el vientre de la madre o jugando con sonajeros cuando Bignone le puso la banda a Alfonsín. Hemos tenido tiempo de sobra no sólo para depurar las fuerzas de seguridad, sino para crear otras, desde cero. Unas fuerzas de seguridad democráticas, que batallen con eficacia contra el crimen.
Nada parece haberse hecho. En cambio, proliferan torvas memorias que a cada momento interfieren en el que debería ser un objetivo prioritario del Estado: proteger a la población. Hubo, en los albores de la democracia, un comisario llamado Juan Pirker, jefe de la Federal, que se puso a la tarea. Un policía ejemplar. Concitó el apoyo de la sociedad, que lo acompañó en lo que parecía una cruzada. Lamentablemente, aquel hombre se inmoló. Su salud no soportó la magnitud del reto. Un infarto masivo lo abatió sobre su despacho.
El Gran Buenos Aires es hoy una llaga que causa vergüenza a cualquier argentino bien nacido, porque allí pobreza y crimen se entrelazan. Mientras que la cantidad de villas miseria del segundo cordón ha crecido cuatro veces desde 2003, en uno de sus partidos emblemáticos, San Martín, se produce un robo cada cuarenta segundos.
Todo Estado de Derecho tiene dos deberes convergentes e irrenunciables: investigar y castigar los crímenes cometidos por fuerzas de seguridad en el pasado y controlar cualquier extralimitación en la represión actual del crimen. Pero incentivar climas de sospecha y hostilidad hacia los cuerpos de seguridad de un Estado de Derecho, basándose en el pasado, es un suicidio. No comprender la demanda de seguridad que hoy formula la población, sea cual fuere su condición social, es un error político garrafal. La protección ante el crimen no es de derecha ni de izquierda. Es un anhelo de cualquier comunidad. Tan legítimo y acuciante como la protesta contra la inequidad del ingreso o la ofensa de la pobreza.
El triple homicidio de General. Rodríguez y sus detalles macabros serán leídos por los medios de comunicación como un relato espeluznante. Es inevitable, porque la realidad, como siempre, es más imaginativa que cualquier ficción. Pero detrás del lívido rostro de esta novela policial de la realidad, existe un asunto de Estado. La mafia le dejó al asesinado Forza, en la puerta de su farmacia, una silla de ruedas, como tétrica advertencia de que le iban a tirar a las piernas. Le tiraron a la cabeza.
Francis Ford Coppola estuvo varios meses en Buenos Aires, caminando por sus calles, metiéndose en todos los rincones de la ciudad mientras preparaba y luego filmaba una película que aún nadie ha visto, pero que él tituló Tetro . El país del desolado baldío de General Rodríguez es un tétrico escenario criminoso. Ford Coppola, como gran artista de este tiempo, descifra la realidad mejor que cualquier funcionario o sociólogo de época. El leyó una Argentina que es tétrica.
¡Ni Dashiell Hammett podría haber imaginado un comienzo de novela así! En un desolado baldío de extramuros, un vecino descubre tres cadáveres acribillados. Corresponden a tres ciudadanos ejemplares. Buenos padres de familia que cuentan con sólidos ingresos y modernos autos. Viven en Pilar o en otros barrios de la clase media acomodada. El hallazgo tiene todos los ingredientes para convertirse en un "caso" que fascine a la opinión pública: truculencia, misterio y unas víctimas con las cuales la opinión pública biempensante puede sentirse identificada: los ejecutados no son unos ladroncitos cualquiera; el triple crimen no parece un ajuste de cuentas entre hampones, sino que salpica a "gente como nosotros". Después se sabrán otras cosas. Como en un thriller...
Pero esta novela argentina no sucede en el Poisonville de Cosecha roja. No hay un detective privado que resuelva el misterio. El investigador es el Estado. Por lo tanto, falla una de las reglas del género, la que prescribe que un crimen siempre debe ser resuelto.
Ojalá me equivoque, pero, ¿se resuelve algún crimen en la Argentina? El propio gobernador de la provincia pareció aliviado cuando dijo que el de General Rodríguez "es un crimen de la mafia", como diciendo: "No nos compete". O "nos supera". Por cierto que le compete, pues ¿hay algo más preocupante para la sociedad que la impunidad del crimen organizado?
Con el episodio de General Rodríguez nos desayunamos de que la narcomafia opera hace tiempo en el país. De que los barones del crimen internacional entran y salen como Pancho por su casa. Conforme lo han difundido profusamente en TV los opinadores "mafioespecialistas" que de inmediato proliferaron como hongos, la Argentina pasó de ser un país de tránsito para el narcotráfico a ser un país de cultivo. Como corresponde a nuestra nunca bien ponderada velocidad idiomática, se creó un neologismo: el "sicariato", país del sicario, es decir, paraíso del crimen por encargo. En eso se habría convertido la Argentina.
Estas y otras escalofriantes revelaciones no parecieron alarmar demasiado al ministro de Justicia, convencido como está de que el Estado ya ha asestado fuertes golpes a la mafia. ¿Qué golpes? De paso, mientras escuchábamos sus opiniones sobre tráfico ilegal de medicamentos y otros horrendos delitos, nos hemos desayunado con que, para el ministro, el "paco" no es una droga peligrosa. De hecho, el ministro de Justicia ni siquiera está seguro de que el "paco" exista ya que "no se sabe bien de qué sustancia está hecho".
Pero, entonces, ¿qué aspiran a la vista de cualquiera miles de chicos de la calle? ¿Una lavanda aftershave ?
Entre las actividades de Forza, uno de los tres asesinados en el baldío de General Rodríguez, estaba la gestión de un laboratorio que supuestamente falsificaba medicamentos, establecimiento que donó 200.000 pesos a la campaña electoral de la Presidenta. Una opinión pública ya sensibilizada por episodios como la valija de Antonini, sobre el que aún estamos esperando explicaciones, o por tantos otros casos de corrupción denunciados y nunca dilucidados, ha registrado, atónita, este nuevo eslabón de una turbia cadena ya muy larga.
Pero no es a las actividades de una de las víctimas del triple crimen a lo que quiero referirme, sino a la situación que el homicidio desnuda: el Estado está abdicando su obligación de garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Es cierto que el narcotráfico es una lacra mundial, y por lo tanto sería ingenuo despotricar por que este flagelo salpica nuestras costas. Es cierto que el narcopoder es un jinete del Apocalipsis que se pasea rampante por el universo mundo. Sin embargo, una cosa es admitir la magnitud de un problema y otra es consentir la inacción ante él.
El crecimiento de la criminalidad suma a demasiados connacionales en el terror. Por grave que sea el problema, aún peor es comprobar que no basta con lo que hace el Estado para afrontarlo.
¿Ha creado el Estado cuerpos especiales de seguridad para enfrentar nuevas formas de delito? ¿Qué refuerzos presupuestarios destina el Estado a ese combate? ¿Ha inaugurado nuevas cárceles a tono con los avances mundiales en seguridad penitenciaria? ¿Utiliza -y cómo, si lo hace- los avances de la tecnología virtual para proteger a la población? ¿Se han abierto y/o diseñado escuelas y universidades que estudien estas cuestiones? En tal caso, ¿ cuándo esos profesionales estarán en actividad? ¿Es cierto que para el Estado es más importante perseguir el tránsito de narcóticos (o sus sustancias preparatorias) que su acopio o su fabricación?
Mientras redacto este artículo, un título en los diarios me llama la atención. Informa que se nombrarán magistrados especializados en la lucha contra el crimen organizado y el narcotráfico, que se prepararán cuerpos de seguridad dotados de tecnología ultrasofisticada y que está a la firma un acuerdo nacional que suscribirán jueces, gobernadores, alcaldes, funcionarios, políticos y organizaciones sociales para hacer frente, todos juntos, a la lacra criminal. Pero esto sucede... ¡en México!
Hace ya un cuarto de siglo que la Argentina dejó atrás la pesadilla de la dictadura. Los policías que hoy combaten el delito en las calles del país estaban en el vientre de la madre o jugando con sonajeros cuando Bignone le puso la banda a Alfonsín. Hemos tenido tiempo de sobra no sólo para depurar las fuerzas de seguridad, sino para crear otras, desde cero. Unas fuerzas de seguridad democráticas, que batallen con eficacia contra el crimen.
Nada parece haberse hecho. En cambio, proliferan torvas memorias que a cada momento interfieren en el que debería ser un objetivo prioritario del Estado: proteger a la población. Hubo, en los albores de la democracia, un comisario llamado Juan Pirker, jefe de la Federal, que se puso a la tarea. Un policía ejemplar. Concitó el apoyo de la sociedad, que lo acompañó en lo que parecía una cruzada. Lamentablemente, aquel hombre se inmoló. Su salud no soportó la magnitud del reto. Un infarto masivo lo abatió sobre su despacho.
El Gran Buenos Aires es hoy una llaga que causa vergüenza a cualquier argentino bien nacido, porque allí pobreza y crimen se entrelazan. Mientras que la cantidad de villas miseria del segundo cordón ha crecido cuatro veces desde 2003, en uno de sus partidos emblemáticos, San Martín, se produce un robo cada cuarenta segundos.
Todo Estado de Derecho tiene dos deberes convergentes e irrenunciables: investigar y castigar los crímenes cometidos por fuerzas de seguridad en el pasado y controlar cualquier extralimitación en la represión actual del crimen. Pero incentivar climas de sospecha y hostilidad hacia los cuerpos de seguridad de un Estado de Derecho, basándose en el pasado, es un suicidio. No comprender la demanda de seguridad que hoy formula la población, sea cual fuere su condición social, es un error político garrafal. La protección ante el crimen no es de derecha ni de izquierda. Es un anhelo de cualquier comunidad. Tan legítimo y acuciante como la protesta contra la inequidad del ingreso o la ofensa de la pobreza.
El triple homicidio de General. Rodríguez y sus detalles macabros serán leídos por los medios de comunicación como un relato espeluznante. Es inevitable, porque la realidad, como siempre, es más imaginativa que cualquier ficción. Pero detrás del lívido rostro de esta novela policial de la realidad, existe un asunto de Estado. La mafia le dejó al asesinado Forza, en la puerta de su farmacia, una silla de ruedas, como tétrica advertencia de que le iban a tirar a las piernas. Le tiraron a la cabeza.
Francis Ford Coppola estuvo varios meses en Buenos Aires, caminando por sus calles, metiéndose en todos los rincones de la ciudad mientras preparaba y luego filmaba una película que aún nadie ha visto, pero que él tituló Tetro . El país del desolado baldío de General Rodríguez es un tétrico escenario criminoso. Ford Coppola, como gran artista de este tiempo, descifra la realidad mejor que cualquier funcionario o sociólogo de época. El leyó una Argentina que es tétrica.
Por si alguno le interesa acá hay un link a la nota y uno a una mini bibliografía de Alvaro Abós publicada por la Fundación Konex en 2004
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1044297&pid=4977658&toi=6276
Saludos, Rosario Gonzalia
domingo, agosto 24, 2008
Backstage de un milagro menor
Por Hernán Casciari
Voy a contar algo que ocurrió hace un mes y que, por un momento, nos pareció un milagro de entrecasa. Podría narrar el milagro sin dar a conocer su lógica interna, escondiéndoles a ustedes la explicación que lo desbarata. Pero no haré eso, porque me quedaría un cuentito fantástico y nada más. Voy a narrar los hechos sin trucos. Ustedes verán a las marionetas pero también los hilos que las mueven. Dicho esto, la historia empieza con una mujer, sentada en un sillón, y sigue con una chica de once años que va en coche por la ruta.
Voy a contar algo que ocurrió hace un mes y que, por un momento, nos pareció un milagro de entrecasa. Podría narrar el milagro sin dar a conocer su lógica interna, escondiéndoles a ustedes la explicación que lo desbarata. Pero no haré eso, porque me quedaría un cuentito fantástico y nada más. Voy a narrar los hechos sin trucos. Ustedes verán a las marionetas pero también los hilos que las mueven. Dicho esto, la historia empieza con una mujer, sentada en un sillón, y sigue con una chica de once años que va en coche por la ruta.
La mujer, que también es mi madre, acaba de echar a todo el mundo de su casa (a los amigos, a los hermanos, a los nietos) porque necesita quedarse sola, llorar sola y esperar sola a que llegue el sueño. Hace cincuenta y dos horas que no duerme. Ahora intenta descansar y se desploma en el mismo sillón donde dos días antes murió su esposo, que también era mi padre.
Es la noche del once de julio, hoy hace un mes. Por primera vez en cuarenta años, esta mujer cierra la puerta de su casa sin que dentro viva nadie más.
El truco comienza en este párrafo, porque a diez kilómetros, por la ruta cinco, van en coche mi hermana, su marido y sus hijos, de regreso a La Plata después del entierro. Es de noche y nadie habla, porque ha sido un día muy triste y después una noche muy larga.
Una chica de once años, que se llama Manuela y es mi sobrina, se recuesta sobre la ventanilla a ver pasar las luces del camino; saca de su mochila un teléfono móvil y se pone a revisar los contactos. Nadie le presta atención.
Volvamos a Mercedes. La mujer que es mi madre aprovecha su primera soledad para desahogarse sin testigos. No ha podido hacerlo antes porque no tuvo un segundo sin compañía, sin abrazos o presencias. Se ha mostrado fuerte en todas partes: serena en el salón y en los pasillos de la casa velatoria, y también entera en las calles del cementerio, frente a la bóveda. Saludó, besó y agradeció a todo el mundo; cabizbaja y líquida, es verdad, pero sin desbordes. Ha durado cincuenta horas sin hacer un solo escándalo en público. Ahora, por fin, está sola.
Se pone a gritar como si la hubiesen quemado.
Lejos de allí, cruzando el peaje de Luján-Mercedes, uno de mis sobrinos observa el celular que maneja Manuela, su hermana. No es el teléfono de siempre, el rosa de juguete, sino uno distinto de color negro, que parece real. El hermano pregunta:
—¿De dónde lo sacaste?
Manuela no le responde y se queda mirando por la ventana. El hermano insiste:
—¿Es un teléfono de verdad?
Entonces Manuela se acerca a su oído y le contesta, en voz muy baja para que sus padres no la escuchen:
—Es el celular del abuelo Roberto —y también dice—: tiene crédito.
Como se ve, lo que va a pasar dentro de un rato no tiene nada que ver con un milagro, pero sigamos con los hechos naturales: en la que fue mi casa, en la que es mi casa, la mujer sigue con sus gritos. No son lamentos al azar, no son aullidos ni onomatopeyas salvajes, sino preguntas retóricas dirigidas a su esposo, en tono de reprobación y con timbre de barítono.
La mujer le reprocha al marido, en voz alta, la poca consideración que tuvo al no haber informado sobre su muerte, tan repentina y a destiempo. Se levanta del sillón y le habla. Las frases que dice no tienen sentido, por lo menos no en el terreno de la lógica, pero a la viuda le bastan y le sobran para desahogarse.
Ella sabe que gritar ¡por qué no me avisaste! no sirve para nada, pero lo dice de todas formas. Y lo repite, y lo repite una vez más, porque los reproches inútiles, en las casas vacías, suenan mejor con la insistencia.
Con el tiempo aprenderá a usar el pensamiento, a conversar en silencio, sin hacer uso de los gestos ni la boca, pero ahora la mujer es inexperta y le habla a su esposo a viva voz. Le habla al sillón, en realidad. Ya no le grita: de a poco la escena se convierte en una conversación típica del matrimonio, en una crisis menor, en uno de los muchos monólogos nocturnos en donde ella siempre gritó y el otro siempre hizo silencio.
—Siempre igual vos —le dice—. Cuando hay problemas, calladito.
En el coche dos de mis sobrinos duermen; Manuela no. Sigue mirando las luces por la ventanilla, con el teléfono todavía en la mano. Se llevó ese teléfono porque nadie más lo iba a usar, y porque ella todavía no tiene uno. Más tarde confesaría que no fue un robo: dos o tres veces quiso pedírselo a su mamá, pero ella siempre estaba llorando o dejándose abrazar por gente. En un momento se lo mostró a su abuela y le dijo, con mucha vergüenza:
—Chichita, ¿lo puedo usar yo ahora?
Y su abuela hizo que sí con la cabeza, pero era un sí a cualquier cosa, no estaba mirando a ninguna parte. Por eso ahora la chica piensa en la abuela triste, en su cara de agotamiento y pena, y siente culpa por haberla dejado sola, en Mercedes. Se despidieron en la puerta, sus padres le ofrecieron quedarse, o que se fueran todos a La Plata, pero la abuela no quiso:
—Alguna vez tengo que estar sola —dijo, y se encerró.
Su abuela es fuerte, piensa Manuela, ella no se habría animado a quedarse sola tan pronto. Es fuerte pero está triste. En once años, en toda su vida, Manuela no había visto nunca a Chichita con los ojos sin brillo. Entonces abre el teléfono y le escribe.
El hilo y las marionetas se unen en este segundo, porque al mismo tiempo que la nieta pulsa la primera letra del mensaje, la viuda, que conversa en casa con su esposo, le está pidiendo una señal al muerto.
—Dame una señal —dice la mujer, que es también mi madre, mirando el sillón vacío.
No es increíble, no es mágico que Manuela escriba su mensaje en este punto de la historia. Bien mirado, es natural. Es cierto que también pudo haber ocurrido primero una cosa y mucho después la otra, incluso con horas de diferencia, pero están pasando las dos a la vez y no debe asombrar a nadie.
La chica escribe en el coche mientras la mujer, en su casa, le pide a su marido —en voz muy alta— que le dé una señal. También le pregunta qué hará ella ahora, sin los hijos y sin él; cómo se recompone la rutina; dónde están las facturas y cómo se pagan; quiere saber si el tiempo cura; pretende que él la ayude a tramitar la pensión; le pide otra vez una señal; le dice que tendría que haber sido al revés, y dentro de veinte años; pero sobre todo al revés.
Mezcla la desesperación filosófica con el planteo doméstico, a veces en la misma frase. Habla con serenidad, pero ya sin control, a la vez que Manuela redacta una frase muy simple, de cuatro palabras, a sesenta kilómetros de allí:
—NO ESTÉS TRISTE, DESCANSÁ —es lo que escribe mi sobrina, y envía el mensaje. Después acomoda la cabeza en el hombro de su hermano, y se queda dormida.
Miremos por un instante cómo viaja el texto hasta un satélite, cómo rebota la frecuencia y se convierte en bytes. Veamos la escena desde todos los ángulos, para asegurarnos de que no hay milagro posible, que todo tiene la lógica del tiempo y del espacio.
Mientras las palabras de su nieta viajan en medio de la noche, la mujer sigue con su monólogo encendido. Sospecha que su esposo resultará un muerto tímido, como lo fue en vida, poco dado a lo trascendental, porque no aparece. Supone que le costará hacerse presente, dejarse ver. Y así se lo dice:
—Vos no sos la clase de tipo que se aparece después de muerto, yo sé que te da vergüenza, pero tenés que hacer un esfuerzo. Vos…
Entonces suena, en la casa vacía, el celular de la mujer. Ella se queda con la palabra en la boca y camina hacia el milagro falso, mientras se pone los lentes de leer de cerca. Observa, en la pantalla del teléfono, una frase imposible, en letras mayúsculas:
ROBERTO HA ENVIADO
UN MENSAJE DE TEXTO
La mujer, que es también mi madre, presiona un botón y repasa las cuatro palabras que hace diez segundos ha escrito Manuela desde el coche.
—No estés triste, descansá.
Se queda un rato largo mirando la pantalla, con los dedos inmóviles. No parpadea ni respira. Tiene la luz verde del teléfono en los ojos, y los ojos muy abiertos.
Después la mujer sale del comedor más serena, sin mirar el sillón ni decir una palabra más. Tiene la garganta seca de tanto monólogo. Apaga las luces de la cocina, entra a su cuarto y se acuesta. Se queda dormida y descansa.
Al día siguiente ocurren otras cosas. No todas son maravillosas, pero tampoco todas son horribles.
La historia acaba así, no hay nada más. Podría haber explicado el cuento omitiendo las escenas del coche, y habría salido una historia más o menos prodigiosa, con una viuda que pide una señal y un marido muerto que le responde. Pero no fue así. Conté las cosas como fueron, con el backstage incluido, porque las anécdotas son mejores cuando no tienen nada del otro mundo.
jueves, agosto 21, 2008
ooh!
Los comunicadores prematuros comenzaron a comunicar.
http://alumnosusal.blogspot.com/
Convendra que comuniquemos?
A muchos de nosotros si.
A muchos de los otros, no.
Y bue.. es lo que mamamos.
http://alumnosusal.blogspot.com/
Convendra que comuniquemos?
A muchos de nosotros si.
A muchos de los otros, no.
Y bue.. es lo que mamamos.
jueves, agosto 14, 2008
AOP se distrae
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