
Para comprender esta Copa del Mundo hay que escuchar una respuesta de Maradona en la única conferencia de prensa que tuvo que afrontar después de una derrota. “¿Por qué los jugadores más destacados de hoy, ya sea Rooney, Messi, Cristiano Ronaldo o Kaká no se ponen el equipo al hombro como hacían Platini, Pelé o usted mismo?”, le preguntaron a Diego. “Las cosas cambiaron mucho, ahora todo es más colectivo”, respondió el diez. Su lectura resultó ser precisa hasta el detalle: alcanza con mirar al campeón para saber que el DT argentino tiene razón.
¿Quién es, acaso, la estrella de España? ¿Xavi, Iniesta, Villa, Piqué, Puyol, Casillas? ¿Para quién está fabricado su juego? ¿A quién beneficia? Villa hace los goles, pero no sería nada sin la creación de Xavi e Iniesta, que no podrían jugar si Xabi Alonso y Busquets no recuperaran la pelota. Estos, a su vez, se apoyan en una línea defensiva de confianza -Piqué, Puyol- que tiene detrás a Casillas, un arquero que sacó la cara por el equipo cuando tuvo que hacerlo. El esfuerzo es conjunto, se apoya a quien tiene la pelota para que siempre cuente con opciones de pase y se privilegia al toque horizontal y al cambio de ritmo como arma predilecta para vulnerar una defensa. España teje su telaraña. No juega para nadie más que para el equipo y logra que aquella antigua frase de Alfredo Di Stéfano cobre una vigencia particular: “Ningún jugador es tan bueno como todos juntos”.
Esta tendencia queda confirmada por el rendimiento de los cuatro países que terminaron en los puestos más altos del torneo. Holanda se apoyó en Sneijder y Robben, pero armó su fortaleza real desde el desarrollo sostenido de una idea que no los excluía: sacrificio para recuperar la pelota, escasa distancia entre líneas, prolijidad defensiva y movimiento perpetuo para multiplicar las ofertas de pase a la hora de tener la pelota. Ni hablar de Alemania, que desde Muller, Schweinsteiger, Podolski y Klose construyó un andamiaje en el que el desarrollo físico fue utilizado en función de un plan específico.
Ahora bien, ¿a qué responde exactamente esta ideología futbolística? ¿Por qué surge en este tiempo con mayor fuerza? ¿Por qué en la cima del Mundial no hay Eusebios, Hagis, Zidanes y Valderramas? En principio, habría que decir que la tendencia parece surgir de un ámbito que sobrepasa al fútbol, y al deporte incluso. Se trata de un fenómeno sociológico más abarcativo que comienza a notarse con la transición que suponen el fin de la modernidad y del romanticismo: el abandono de la profundidad, de la individualidad y del genio.
La idea está expuesta con bastante claridad por un autor italiano, Alessandro Baricco, en su libro Los Bárbaros. Es un libro editado en 2006, que para mí predice sin defectos el Mundial que pasó. Yo retoco apenas los nombres, pero él escribe, por ejemplo: “En el fútbol, si renuncias a Maradona es porque has creado un sistema de juego menos cerrado, en el que la grandeza del individuo es, digamos, redistribuida entre todos, y en el que la intensidad del espectáculo se encuentra diseminada”. Casi un mandamiento mundialista. Hablamos de la primacía colectiva, y podemos agregar que el pase corto sustituyó como elemento de desequilibrio a la gambeta durante el torneo. Messi fue apenas influyente a partir de sus apiladas. Dicho de manera cruda, no fue Maradona. Y no lo fue porque no debe serlo, no puede serlo. Hoy, el sistema social en el que se mueve -y por tanto, los sistemas futbolísticos en los que brilla- solicitan otra cosa de él. Que sea parte de un engranaje mayor.
Messi (como Cristiano Ronaldo, como Kaká) abusó de su talento individual: eso lo alejó de la eficiencia. El genio no encaja en la estructura colectiva. Y esto también tiene que ver con una estructura social imperante: si antes uno podía dedicar su vida a los vericuetos de la literatura anglosajona del siglo XIV, si se especializaba en ello y dejaba en aquel campo la vida, si se esforzaba para agotar al máximo cada referencia, quedaba transformado en un genio particular: contaba con profundidad de conocimiento en un aspecto específico. Hoy, la profundidad no es tan importante como la circulación. La posmodernidad, la multiplicidad de estímulos livianos, termina definiendo individuos que se forman muy rápido, y saben muy poco de muchísimas cosas. En el fútbol se pide circulación rápida de pelota, así como circulan rápido las ideas. También se pide velocidad. El genio resulta demasiado esforzado, la profundidad es lenta. Los engranajes colectivos reemplazan a este tipo de piezas en pos de una construcción que las supera. Volvamos a Baricco: “Iniesta hace circular la pelota, Messi la hace desaparecer. A lo mejor te encanta, seguro, pero es el sistema el que tiene que vivir, no él”. Messi murió en la lógica de este sistema.
¿Cuál es la consecuencia? De nuevo, Baricco: “Si todos hacen de todo, es difícil que todos consigan hacer de todo muy bien; y de ahí la famosa tendencia a la medianía. Sergio Ramos no defenderá tan bien como Beckenbauer, pero ¿cuántas cosas más hace? La regresión de una aptitud genera una multiplicación de posibilidades”. La observación es maravillosa porque nos deja entender el valor actual de la polifuncionalidad. También porque explica la mayor parte de los éxitos tácticos que se vieron en Sudáfrica. Permite comprender, por ejemplo, que los mejores cuatro conjuntos contaran con al menos un lateral que funcionó durante todo el torneo como opción ofensiva: Ramos en España, Lahm en Alemania, Van Bronckhorst en Holanda y Fucile en Uruguay. Incluso si no se trata de futbolistas particularmente hábiles con la pelota en los pies, cumplieron su parte al ampliar la cancha, al ensanchar el campo de ataque, al ocupar su lugar en ofensiva. Y es que aún sin volantes por los costados, Alemania y España atacaron por las bandas gracias a sus laterales y defendieron con ímpetu por obra y gracia de los relevos y del orden táctico.
Esta cuestión también explica, sin más, la tendencia de los delanteros a asistir en defensa: Kuyt, Sneijder y Robben, Podolski y Klose, Cavani y Forlán, en menor medida Villa, Torres y Navas: todos en algún momento colaboraron con la gestión de recuperación de su equipo. Todos multiplicaron posibilidades. Lo mismo podría decirse del famoso doble cinco. Se destacaron Arévalo Ríos y Pérez, también De Jong y Van Bommel, ni hablar de Schweinsteiger y Khedira. O del cuádruple cinco español: Busquets, Xabi Alonso, Xavi, Iniesta, que cumplieron al máximo con las exigencias del nuevo paradigma, recuperaron como defensores y cargaron al equipo desde sus posibilidades creativas. Todos ellos se impusieron (colectivo sobre individual) a los solitarios recuperadores, por más talentosos que fueran. Pregúntenle a Mascherano: los sufrió en el duelo ante Alemania.
Justamente los germanos, junto con el campeón resultaron los reyes de esta dinámica participativa, casi sin posiciones fijas. De nuevo, Baricco: “En los límites de un juego en equipo, el viejo fútbol vivía de muchos duelos personales y de una división esencial de las tareas. El fútbol moderno parece haberse obstinado en romper esta parcelación de sentido, creando un único acontecimiento en el que todos participan , constantemente”.
Los ejemplos son futbolísticos, la causa es sociológica. España y Alemania fueron los portadores de una sentencia que interpreta la época en la que les toca jugar. Esa sentencia resultó ser un paradigma del éxito: “Un sistema está vivo cuando el sentido se encuentra presente en todas partes, y de manera dinámica: si el sentido está localizado e inmóvil, el sistema muere”.
L>S>D>A. Revista Un Caño, Número 27.