jueves, julio 31, 2008

The Pillowman

Había una vez un hombre que no se parecía a los hombres normales. Medía casi 2 mts. y medio de alto y estaba totalmente hecho de almohadas esponjosas de color rosa; sus brazos eran almohadas, sus piernas eran almohadas y su cuerpo era una almohada. Sus dedos eran pequeñas almohaditas y su cabeza era una gran almohada redonda. Los ojos eran como dos botones y su boca era grande y sonriente. Hasta se le podía ver los dientes, que también eran pequeñas almohaditas blancas.
Bien, el Hombre Almohada tenía que verse suave y seguro porque su trabajo era muy triste y difícil...
En los momentos en los que alguna persona estaba muy triste porque había tenido una vida atroz y sólo quería terminar con ella; sólo quería quitarse la vida para así deshacerse del dolor, con una hoja de afeitar, con una bala, inhalando gas, o saltando de algún lugar muy alto... Exactamente en ese momento, el Hombre Almohada lo encontraba, se sentaba a su lado, lo abrazaba suavemente, y le decía: -"Espera un momento"- y extrañamente el Hombre Almohada volvía el tiempo atrás, cuando esa persona era apenas un niño y la vida horrorosa que iba a tener aún no había empezado.
El trabajo del Hombre Almohada era hacer que ese niño o esa niña se suicidara, y así evitar los años de dolor que los llevaría, de todos modos, al mismo lugar: frente a un horno, frente a una pistola, frente a un lago. -"¡Pero nunca escuché de un niño suicidándose!"- podrían decir. Bueno, el Hombre Almohada siempre sugería que lo hicieran de una manera que se viera como un trágico accidente: les mostraba el frasco de pastillas que se veían como caramelos, les mostraba el lugar del río donde el hielo era más frágil, les mostraba la bolsa de plástico que no tenía agujeros para respirar y exactamente cómo ajustarla...
Pero no todos los niños querían seguir al Hombre Almohada. Hubo una niña, muy alegre, quien realmente no creyó cuando éste le dijo que su vida podría ser horrible, que su vida sería así... Entonces lo echó y el Hombre Almohada se fue llorando a mares.
A la noche siguiente la niña escuchó un golpe en la puerta de su habitación y dijo -"¡Andate Hombre Almohada, te he dicho que soy feliz, siempre he sido feliz y siempre seré feliz!"- Pero no era el Hombre Almohada. Era otro hombre y su mamá no estaba... Tiempo después ella se puso muy triste, y cuando tenía ventiún años y estaba sentada frente al horno a punto de suicidarse, le dijo al Hombre Almohada: -"¿Por qué no trataste de convencerme?"- Y él le respondió -"Traté de convencerte, pero eras demasiado feliz"- Y la niña, mientras encendió el gas, gritó lo más fuerte que pudo: -"¡Yo nunca he sido feliz!"-...
Cuando el Hombre Almohada tenía éxito en su trabajo, un niño moría de forma horrible. Y cuando el Hombre Almohada no tenía éxito, un niño tendría una vida horrible, crecería, sería un adulto que tendría una vida horrible, y moriría de forma horrible. Por esta razón, el Hombre Almohada lloraba todo el día.
Fue así que decidió hacer su último trabajo: cargó una pequeña lata de nafta y fue hasta un hermoso arroyo que él recordaba de cuando era niño. Cuando llegó, se sentó bajo un árbol y descubrió que a su alrededor había un montón de juguetes; un autito, un perrito de juguete y un kaleidoscopio. Cerca de allí había una casa rodante y el Hombre Almohada escuchó la voz de un niño que decía: -"Voy a salir a jugar, mamá"- y la mamá dijo: -"No vuelvas tarde para tu merienda, hijo" - "No, mamá,"- respondió el niño. El Hombre Almohada escuchó pasitos que se acercaban.. Pero no era un niño, era un pequeño Niño Almohada que dijo: -"Hola"- y el Hombre Almohada dijo: -"Hola"-. Los dos se sentaron bajo el árbol y jugaron un rato con los juguetes... El Hombre Almohada le contó sobre su trabajo triste y los niños muertos. El pequeño Niño Almohada entendió enseguida , porque él era un niño muy feliz, y sólo quería ayudar a la gente... Y sin decir una palabra más, el Niño Almohada se echó encima la lata de nafta y el Hombre Almohada le dijo -"Gracias"-, el Niño Almohada dijo: -"No hay problema. Le contás a mi mamá que no voy a volver a tomar el té"- y el Hombre Almohada dijo mintiendo -"Sí, por supuesto"-. El Niño Almohada encendió un fósforo, y el Hombre Almohada se sentó allí viendo como el niño se quemaba. El Hombre Almohada empezó a desvanecerse y lo último que vio fue la boca feliz y sonriente del Niño Almohada. Lo último que escuchó fue algo que ni siquiera había contemplado: los gritos de cientos de miles de niños a quienes él había ayudado a suicidarse, volviendo a la vida y teniendo que seguir adelante con sus frías y desdichadas vidas porque él no había estado allí para prevenirlos. Hasta escuchó los gritos de sus muertes, tristemente autoinflingidos, que esta vez, claro, iban a tener que cometer solos.


NS

martes, julio 22, 2008

Genio


Fui a ver Batman.

Como le debo cierto rigor a la certidumbre, quiero aclarar desde la primera línea de este texto naciente que, para mí, Christopher Nolan es el mejor director que tiene hoy la industria cinematográfica hollywoodense. Dije: para mí. Dije: hoy. Dije: Nolan.

Hay algo atrapante en su manera de narrar, en su inteligencia avasalladora, que obliga a ver y rever las peliculas que escribe y filma para encontrar sus errores, bucear entre sus guiños y rogocijarse con sus genialidades. Yo me quedo con éstas, que no son pocas.

Como muchos cinéfilos, descubrí su trabajo en Memento, quizá la peor de sus películas. Me interesó lo que vi y seguí su senda. Primero, hacia atrás, donde no había mucho: Following. Luego hacia adelante: Insomnia (mal traducida como Noches Blancas), El gran truco (peli de la que ya hablé y de la que me gustaría seguir hablando siempre) y Batman Begins.

Sinceramente, creo que recién cuando entró al mundo del comic y pudo plasmar lo que él sentía de sobre y por Batman fue que Nolan explotó como un genio. Esa peli fundacional de una zaga que promete ser larga resultó una obra artesanal a gran escala, en la que un director comprometido logró contar una historia interesante con conflictos reales y bajar al héroe de la idealización falsa a la que lo había llevado -entre otros- el gran Tim Burton.

Nolan suele trabajar con el barro, con la humanidad y sus faltas, con los defectos, con la moral, con la fuerza de la repetición, con la angustia, con el cariño, con el espectador. Nolan es un hombre que señala.

Y yo vi Batman.

Vi Batman y me encontré con una película de resultado incierto en la que se mezcla lo posible con lo increíble. Ahí me encontré -admito: a cuentagotas- con la complejidad en el desarrollo narrativo que tanto me gusta. Ahí me encontré con un personaje que encarna lo peor de todos y se erige sin dudas como lo mejor de la película: el Joker de Heath Ledger.

Vi Batman y entendí que lo mejor de mi director favorito es la creación de hombres, de mentes, de momentos de quiebre.

Vi Batman y me sentí incómodo por la fuerza sin reglas, así como de inconciente freudiano, que tiene Ledger, un hombre muerto que hace un papel tan oscuro como inmejorable.

Vi Batman y pensé que Nolan ya no logrará superar dentro de la zaga lo que hizo en su esfuerzo inicial. Pese a los rencores, a los llantos, a las frases, a los chistes, a la magia.

Vi Batman y me encontré con conflictos reales, con sociedades reales y con una conciencia crítica más allá de Hollywood.

Vi Batman, y me convencí de algo que ya sabía: hay hombres que luchan un año y son buenos.

viernes, julio 18, 2008

Efecto colateral


Con el "no" de Cobos, más allá de la pelea entre dos modelos de país que viene comentando L>S>D>A hace tiempo, surgió otra pregunta: ¿Se acabó la Argentina presidencialista, o fue la excepción que confirma la regla?.

Más allá del interés detrás del voto "no positivo", la candidatura presidencial para el 2011, la presidencia de su partido, el "afecto" de la gente y todo lo demás, Cobos pateó el tablero y le dijo "no" a la máxima autoridad del país.

¿Cómo se define eso?

Saludos,
Mati

sábado, julio 12, 2008

Todos los griegos son putos



Martes. Un café de muchas sillas y pocos pero fieles clientes. Siete de la tarde, siete y media quizás. Osvaldo y el Negro están ubicados en una de las mesas del fondo y esperan al resto de los muchachos.

MOZO.- Señores, buenas tardes, ¿Qué van a tomar?

OSVALDO.- Para El Negro lo mismo de siempre, Cacho. A mí tráigame un té con limón, ando medio dolorido del estómago.

EL NEGRO.- (mira a Osvaldo y se ríe) Hombre de café negro tomando té con limón... ¡Té con limón! (Cambia el tono emulando a un cantante de tango) Quién lo hubiera dicho Osvaldo, vos, que nos enseñaste a todos nosotros cómo hacer para no sufrir por una mina. Un té con limón, la verdad que no te lo puedo permitir… Cachito, traele un café negro.

OSVALDO.- (Frunce el ceño primero y luego se toma la panza, con una mueca de dolor) En serio Negro, téngame compasión, comí algo que me cayó mal, no sé qué fue, desde ayer a la noche que traigo una descompostura para el recuerdo…

EL NEGRO.- (mira a Osvaldo, luego al Mozo y hace un gesto de resignación) Bueh, traele el tecito… la verdad que habrás comido como lima nueva viejo, dejate de joder, así no hay estómago que aguante…

OSVALDO.- (mira el reloj) Negro, ¿a qué hora le dijeron que venían los demás? Ya son como las siete y media…

EL NEGRO.- Siempre llegan tarde, dejá, se pierden lo mejor que es estar con nosotros en la previa… Che, hablando de mariconeadas como tu tecito con limón, ¿sabías que todos los griegos son putos?

OSVALDO.- (agita las manos con palmas invertidas de abajo hacia arriba) Afloje con lo de maricón, le pido por favor… es un tecito con limón nada más ¿Nunca tomó una lágrima?

EL NEGRO.- En mi puta vida. Pero no importa. Contestáme lo que te pregunté ¿Sabías que todos los griegos son putos?

(Llega el mozo con el café negro y el té con limón. El Negro mira al mozo)

OSVALDO.- Gracias Cachito, acá el Negro me asegura que todos los griegos son homosexuales ¿Usted que cree?


CACHITO.- No sabría decirle señor, nunca conocí a ninguno ¿Van a comer medialunas?

EL NEGRO.- No, dejá Cacho, seguí tranquilo, no le des bola a Osvaldo que deriva la situación para donde le conviene.



(El Mozo se va caminando con paso liviano, como arrastrado por el viento)





OSVALDO.- (agita con más insistencia las palmas de abajo hacia arriba) Negro, usted está faltando a la verdad. Usted vio conmigo la Eurocopa 2004 de fútbol ¿Me va a decir que los que ganaron aquel torneo pecaron de falta de hombría?

EL NEGRO.- Mirá, no estoy profundamente convencido de eso, porque pusieron como caballo, en eso tenés razón. Pero dejame explicarte, ¿Nosotros nos debemos a nuestros antepasados, no? (Enciende un cigarrillo, echa una bocanada de humo al viento y toma un poco de café negro)

OSVALDO.- (Lo mira atentamente, hace un gesto de aprobación) Sí, la verdad que en eso es genuino: somos igualitos a los tanos y los gallegos. Más a los tanos, creo, por una cuestión de personalidad, pero no podría asegurarlo, es mas bien algo intuitivo…

EL NEGRO.- (Renueva la mueca de aprobación de Osvaldo) Claaaro. Nos vamos entendiendo. Bueno, el otro día estaba mirando un documental en la tele y enganché una historia de griegos y no sé qué más. La cosa es que se estaban cagando a flechazos y espadazos por la batalla de Troya y esas cosas, la verdad que no tenía la más remota idea de quién peleaba. Pero había un tipo recontra cojudo, un tal Aquiles…

(Osvaldo deja abruptamente el café e interrumpe)

OSVALDO.- ¡Sí, Aquiles de Troya! (Se levanta y observando hacia el techo, agita las manos y recita): Un héroe como no hubo nunca, capaz de vencer a un ejército entero, el de los pies ligeros, el del talón endeble…

EL NEGRO.- Ese, ese. La cosa es que le pegó al primero, le pegó al segundo y entró a darle a lo que venía. Parecía un volante de esos todoterreno, como puede ser el Chicho Zapata, el de Central Córdoba. El tipo iba para adelante y no miraba contra quién pegaba (Levanta la mano y atraviesa el aire con una espada imaginaria). Tenía un escudo súper elegante Osvaldito, como un Armani, le quedaba fenómeno. Y entonces el tipo que relataba el documental empieza a hablar del escudo y la mar en coche. Que había metido el Sol, la Luna, el agua, la tierra ahí adentro. Parecía improbable, pero la primera la dejé pasar. Ya a la segunda, me empecé a hacer preguntas ¿Si sos tan cojudo, tantas cosas pones en el escudo? ¿Vas a tirar atrás el equipo? Mirá, vos sabes muy bien que no hay mejor defensa que un buen ataque. Con el escudo empecé a sospechar, empecé a sospechar…

(Agarra la taza y toma un sorbo largo de café negro)

OSVALDO.- Entiendo el punto, pero ¿A sospechar de qué? El escudo era una marca registrada de Aquiles (Vuelve a recitar con una mano en alto): “con triple cenefa brillante y reluciente, provisto de una abrazadera de plata. Cinco capas tenía el escudo, y en la superior grabó el dios muchas artísticas figuras, con sabia inteligencia”. Para que usted entienda Negro, es similar a lo que ocurría con el pelo de Sansón.

EL NEGRO.- ¿El pelo de quién? (Con ambas manos invertidas genera dos pirámides de diez dedos y las agita) ¿Dónde juega ese?




OSVALDO.- (Resignado) Déjelo ahi Negro, no se haga problema, demoraría demasiado tiempo en redondear el concepto. Sólo entienda que para Aquiles el escudo era lo que le daba verdadera fuerza, lo que le imponía rigor escénico.

EL NEGRO.- Ahí está el punto. Yo lo bancaba con la espada, cuando iba al frente, pero cuando empezó a ir para atrás con el escudito, cuando me dijeron que el tipo tenía (emula los gestos y el tono de voz de Osvaldo) el escudo como marca registrada dije: “A este le gusta recibir demasiado. Si no se la come pega en el palo”.

OSVALDO.- Pero Negro, sea bueno, no es tan así la cosa: Aquiles fue héroe de Troya, protagonista célebre de la Ilíada y la Odisea, el hombre más fuerte del mundo para muchos…

(El Negro interrumpe y pone una mano casi a la altura de la boca de Osvaldo)

EL NEGRO.- (Casi gritando) ¡Qué carajo me importa! A mi se me cayó un ídolo Osvaldo, lo seguí como una hora y media y recién al final, con la victoria consumada, el tipo del documental dice casi sin inmutarse: (emula una voz de locutor) “Los griegos toleraban la homosexualidad, de hecho Aquiles y Patroclo tuvieron una profunda amistad, y también un profundo amor entre sí. Aquiles también es famoso por ser el más hermoso de los héroes reunidos en Troya”. Patroclo, trolo. Aquiles, trolo. ¡Era trolo Aquiles! A esa altura, te confieso, estuve a punto de romper la pantalla de un zapatillazo…

OSVALDO.- (con tono sereno) Estimado Negro, es mitología, los griegos tenían un profundo respeto por la belleza del cuerpo, era otra concepción de la vida, no es como ahora, el tema es un poco más complejo.

EL NEGRO.- Dejame de joder, o sos macho o sos maraca. Las medias están para los pies. Entendé que es un ejemplo poco feliz el de este Aquiles para los chicos. Mucha pelea, mucho grito, pero en el fondo se la morfaba. Vos imaginate, me entero que ahora lo están enseñando en la escuela, que querés, me pongo como loco.

(Toma otro profundo sorbo de café y golpea la taza en la mesa)

OSVALDO.- Me parece que usted tiene un problema con la homosexualidad, está muy alterado con el tema. Levante la mirada por las esquinas, por las veredas. A su lado, mucha más gente de la que que usted piensa es homosexual y no tiene nada de malo, por favor, le pido que no sea retrógrado, el suyo es un pensamiento que venció hace bastantes años…

EL NEGRO.- ¿Vos no te la comerás, no? (Se levanta de la silla y trata de mirar el sector donde está sentado Osvaldo) ¿Dónde tenés el escudo, a ver, a ver? Tecito con limón, dolor de estómago, andá maricón…

OSVALDO.- (Señala con el dedo al Negro) Negro, con todo respeto: váyase a la puta que lo re parió. Y cuando llegue, disculpe a su madre de mi parte. (Se levanta de un salto de la silla)


EL NEGRO.- (Con ambas manos como abrazando el aire que lo separa a él de Osvaldo) ¡Pará Osvaldito, sentate! (Señala con el dedo hacia la puerta) Mirá, ahí viene Carlitos, ya están entrando los muchachos, no te calentés.

(Carlitos se acerca a la mesa)

CARLITOS.- ¿Cómo va muchachos? ¿De qué hablaban?

EL NEGRO.- Del escudo de Aquiles, Carlitos, sentate que te explico.

(Osvaldo se levanta de la mesa y mira a Carlitos)

OSVALDO.- Sí, Carlitos, deje que le cuente el Negro. (Mira el reloj) A mí ya se me hizo tarde. Aguántelo usted.

(Osvaldo camina con paso rápido hacia la puerta y abandona el Café)

CARLITOS.- (Observa atento a El Negro) ¿Y a éste qué le pasa, está en pedo?

EL NEGRO.- Dejalo Carlitos, dejalo. No soporta una charla intelectual, está en las boludeces, ¿sabés?. Te pregunto: ¿Vos sabías que todos los griegos son homosexuales?

CARLITOS.- ¿Todos?

EL NEGRO.- Bueno, la mayoría. Sacá a los de la Eurocopa del 2004. Sí, a esos mejor sacalos.




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L>S>D>A, Texto de Bruno Altieri. Gracias Brunito.

lunes, julio 07, 2008

Desencuentro


Hoy, hace unas horas, di lo que podría haber sido el último final de mi carrera. No lo sabré -no sabré si fue el último- hasta la semana que viene porque, como tenía que ser en honor a la incertidumbre, era un escrito.

Sin embargo estoy lejos de la felicidad exultante que me embargó después de todos los parciales y finales anteriores a éste.

También tuve un nervio particular, que precedió con más fuerza y más profundidad que nunca a mi experiencia evaluativa.

Quizá es porque antes, siempre, veía la opción de lo que seguía. El siguiente ya no existe.

¿Y ahora qué?

Se me ocurre que esa es una de las preguntas más inquietantes en una era de sobresaturación. Entre estímulo y estímulo: ¿Y ahora qué? Justo al decidir que uno quiere casarse, tener hijos y vivir con su mujer: ¿Y ahora qué? Cuando se pasa la vida, cuando se viene la muerte: ¿Y ahora qué? Después de dar el último final de la carrera: ¿Y ahora qué?

Este mismo día perdí la billetera. Le di muchas vueltas a la cuestión simbólica de la pérdida del dinero: fue el costo que tuvo, en definitiva, para mí, terminar definitivamente cualquier cursada en esta carrera.

Pero también saldé una deuda que no era monetaria.

Ojalá que apruebe.

L>S>D>A

PD: No parece haberles ido muy bien a los muchachos de periodismo en el primer parcial de AOP.