lunes, enero 17, 2011

I'm not there


Durante transcurso del último año me encontré respondiendo siempre, de alguna u otra manera, la misma pregunta: ¿Y ahora, qué? Creo que es la quintaesencia de mi vida, la piedra angular de mi melancolía. Toda incertidumbre genera cierto ardor estomacal, quizá por eso uno se aferra con tanta energía a la rutina y busca en las excepciones -viajes, por ejemplo- la ilusión de algo que será diferente, renovador y liberador.


Sin embargo la incerteza siempre vence. No hay manera de que un inquieto encuentre calma o consuelo en el cambio de territorio. Uno ES, donde quiera que sea. A medida que es, duda. Quiere saber qué pasa y qué va a pasar, o qué pasó. O por qué, o cuándo, cómo, por cuánto tiempo, cuánto cuesta, a dónde lleva, estaré perdido, buscaré toda la vida, me quedaré solo, moriré mañana, comeré caliente esta noche, andará la ducha, estará esta chica, por qué no me contesta el mail, lograré ese ascenso, ganará boquita, pasaré el examen, llegaré con el pago, lloverá el fin de semana, iremos a Mardel: ¿y ahora, qué?


La capacidad para lidiar con lo inesperado parece ser absolutamente vital para poder aprovechar el presente. Es decir, si uno pasa demasiado tiempo preocupándose por lo que viene ("¿Y ahora, qué"?) se pierde buena parte de lo que ya vino. Claro que, enroscado como siempre, uno nota la situación y quiere forzarse a disfrutar de un ahora que no disfruta, lo cual agrega una preocupación al atribulado cerebro, en lugar de aportar una solución que calme.

Hace dos semanas me instalé en un departamento de Londres. Quizá algunos de ustedes recuerden que, a principios del año pasado, una enfermedad que golpeó a un familiar -un cáncer de mi suegro- llevó a que suspendiera un viaje, justamente a Inglaterra.

Pasaron dos operaciones, mil exámenes y muchas buenas y malas noticias. Mi novia consiguió una pasantía en un museo londinense y decidimos venir tres meses. Pero el cáncer volvió a aparecer, y algunas corridas más tarde empezamos a replantearnos todo el viaje.


Finalmente pudimos venir, a la expectativa de una operación que no sabemos si se realizará o no (faltan algunos estudios para determinarlo). Todas las noches dormimos con la posibilidad de volvernos al día siguiente. Mientras ella hace su rutina museológica, yo paseo por un país pequeño y amable, tan distinto a esta ciudad furiosamente cosmopolita.

Tengo tiempo: un mes de vacaciones que me servirán para caminar la ciudad, y ver otras, salvo que. Salvo que algo. Para los que tienden a idealizar, les digo: esa libertad de movimiento en soledad es apabullante. (¿Y ahora, qué?).
Me muevo y me muevo. Voy. Vengo. Voy. A veces llego a lugares como Salisbury, Bath, Cardiff, Stonhenge, Brighton o la mismísima Oxford que ven en la foto.


Ni el título ni la imagen son casuales. Yo estoy ahí, pese a la ausencia aparente. Pueden descifrar donde si miran con atención. Un poco como me pasa a mí con el deseo, con la alegría y con el disfrute en estos minutos lluviosos de un país ajeno que me abre los brazos.
Besos a todos.
L>S>D>A