... que el joven manos de tijera no es una invención de Tim Burton. Efecticamente, vive en el sur.
martes, enero 31, 2006
AOP volvió a salir a la calle y se encontró con...
... que el joven manos de tijera no es una invención de Tim Burton. Efecticamente, vive en el sur.
sábado, enero 28, 2006
Sopa de letras

Ya que algunos de los que estamos aquí nos colgamos a jugar con las letras y con las palabras, decidí hacer públicas algunas cosas que recordé al respecto.
Con las palabras se puede hacer de todo. Con las letras también. Los juegos pueden ser infinitos. De eso no hay dudas.
A mí hay dos cosas que me interesan mucho. Jugar con palabras que sólo tengan una vocal (como bien acotó Natalio, como Orozco, de Gieco) y los palíndromos.
Aunque quizás la palabra “palíndromos” se haya hecho más famosa por la película que Tom Solondz (Hapiness, Storytelling, entre otras) estrenó el año pasado (“Palindromes”, creo que aquí no se consigue, yo me la perdí en el Bafici) estos juegos existen desde hace mucho. De hecho, un ex juez argentino que llegó a vivir 106 años, otro Juan, Juan Filloy le dedicó gran parte de su vida (larga) a crear más de seis mil palíndromos.
Un palíndromo es una palabra o frase que se lee igual de izquierda a derecha, que de derecha a izquierda. Según el mismo Filloy: “Es un entretenimiento lexicográfico que han practicado grandes figuras de la literatura mundial, empezando por Dante. Para mí fue un trabajo de preso, resultado de haber aprovechado durante sesenta años los intersticios que el tiempo le da a un autor, y recopilado simultáneamente información en universidades y bibliotecas europeas y norteamericanas. Yo aconsejo que se practiquen frases palindrómicas, el entretenimiento de los griegos cultos. Palíndromo, en griego, significa «que corre de nuevo». El juego popular de ese pueblo es el «astrágalos», equivalente a la taba argentina. Con la palindromía completaríamos nuestro parecido con los griegos. Claro que me doy cuenta que en el mundo, no hay otro sonso como yo que haga estas cosas.”
Pero la cosa fue a más allá. El 20/02/2002 se celebró el día universal de la simetría. Los que quieran darse una vuelta pueden hacerlo en http://www.diadelasimetria.com/. Allí hay desde cosas matemáticas, acertijos hasta palíndromos y cuestiones literarias que tienen que ver con el espejo.
Para terminar, dejo un par de ejemplos (esperando que surtan algún tipo de efecto lingüístico creador o de participación proponiendo qué otras cosas se pueden hacer con las palabras).
Amigo, no gima.
Átale, demoníaco Caín, o me delata (Julio Cortázar)
Onán es enano. (Carlos Cordero)
¿Acaso hubo búhos acá? (Juan Filloy)
Eva usaba rímel y le miraba suave (J. A. Millán)
Dábale arroz a la zorra el abad (Anónimo)
Allí por la tropa portado, traído a ese paraje de maniobras, una tipa como capitán usar boina me dejará, pese a odiar toda tropa por tal ropilla (Luis Torrent)
Se lo creí, mareada. Era miércoles. (Luciana Rezzónico)
Con las palabras se puede hacer de todo. Con las letras también. Los juegos pueden ser infinitos. De eso no hay dudas.
A mí hay dos cosas que me interesan mucho. Jugar con palabras que sólo tengan una vocal (como bien acotó Natalio, como Orozco, de Gieco) y los palíndromos.
Aunque quizás la palabra “palíndromos” se haya hecho más famosa por la película que Tom Solondz (Hapiness, Storytelling, entre otras) estrenó el año pasado (“Palindromes”, creo que aquí no se consigue, yo me la perdí en el Bafici) estos juegos existen desde hace mucho. De hecho, un ex juez argentino que llegó a vivir 106 años, otro Juan, Juan Filloy le dedicó gran parte de su vida (larga) a crear más de seis mil palíndromos.
Un palíndromo es una palabra o frase que se lee igual de izquierda a derecha, que de derecha a izquierda. Según el mismo Filloy: “Es un entretenimiento lexicográfico que han practicado grandes figuras de la literatura mundial, empezando por Dante. Para mí fue un trabajo de preso, resultado de haber aprovechado durante sesenta años los intersticios que el tiempo le da a un autor, y recopilado simultáneamente información en universidades y bibliotecas europeas y norteamericanas. Yo aconsejo que se practiquen frases palindrómicas, el entretenimiento de los griegos cultos. Palíndromo, en griego, significa «que corre de nuevo». El juego popular de ese pueblo es el «astrágalos», equivalente a la taba argentina. Con la palindromía completaríamos nuestro parecido con los griegos. Claro que me doy cuenta que en el mundo, no hay otro sonso como yo que haga estas cosas.”
Pero la cosa fue a más allá. El 20/02/2002 se celebró el día universal de la simetría. Los que quieran darse una vuelta pueden hacerlo en http://www.diadelasimetria.com/. Allí hay desde cosas matemáticas, acertijos hasta palíndromos y cuestiones literarias que tienen que ver con el espejo.
Para terminar, dejo un par de ejemplos (esperando que surtan algún tipo de efecto lingüístico creador o de participación proponiendo qué otras cosas se pueden hacer con las palabras).
Amigo, no gima.
Átale, demoníaco Caín, o me delata (Julio Cortázar)
Onán es enano. (Carlos Cordero)
¿Acaso hubo búhos acá? (Juan Filloy)
Eva usaba rímel y le miraba suave (J. A. Millán)
Dábale arroz a la zorra el abad (Anónimo)
Allí por la tropa portado, traído a ese paraje de maniobras, una tipa como capitán usar boina me dejará, pese a odiar toda tropa por tal ropilla (Luis Torrent)
Se lo creí, mareada. Era miércoles. (Luciana Rezzónico)
miércoles, enero 25, 2006
¡Ay, Juancito!
Fueran al evento que fueran, Romina y Walter atraían las miradas más indiscretas y los deseos más ocultos. Ellas parecían las más afectadas por su presencia. Las de veinte solían mirarle el cuerpo a Romina y alegar, ante un jurado más que invisible, el vaciamiento de cualquier tipo de células vivas en el cerebro de la otra. Como si detrás de ese cuerpo existiera la nada. Las de treinta y cuarenta afirmaban que su look no les gustaba, que era demasiado promiscuo. Después, miraban a sus maridos buscando algún tipo de aprobación de esas fantasías en las que ellas eran las más perras de todas las perras. Las de cincuenta en adelante recordaban la época en que usar esa clase de vestidos podría haber significado un embarazo. Según las monjas. Todas y cada una de las que había visto a Romina repetían una y otra vez que no les gustaba, que era linda pero que ellas no eran lesbianas. Ellos se detenían primero en los labios carnosos. Imaginaban lo que esa boca y esa lengua serían capaces de hacer. Sentían sus caras entre esos pechos de tamaño descomunal y por último admiraban el culo que parecía esculpido por Miguel Ángel. Pasados esos primeros cinco minutos las miradas femeninas y masculinas se dirigían a Walter. La tarea era más fácil. Había que recordar los bíceps y los triceps y los abdominales y las pantorrillas que alguna vez todos habían visto por televisión. Bastaba con ver ese pelito rubio de bebé y esos maxilares fuertes o imaginar si llevaba bóxer o slip.
Aquella fiesta no era una más. La había organizado una productora de cine para celebrar el lanzamiento de un documental acerca de las vaginas en la Ciudad de Buenos Aires. Sus formas. Sus tamaños. Sus particularidades. Walter y Romina aprovecharon la ocasión para festejar su segundo aniversario, el fin de un contrato y la posible renovación de otro. Romina tenía un corsette negro que no sólo le hacía perder el aliento a ella. Walter llevaba un traje que resaltaba el gris de sus ojos. Nadie más que ellos sabía lo que allí celebraban. Guardaron silencio. Decidieron esparcirse entre la gente. La banda de rock del momento sincronizaba su música con las vaginas. Muchachas desnudas ofrecían kilos de apio con roquefort y nueces y permitían que los asistentes besaran sus vulvas cuando tomaban un canapé. Tampoco faltaron las ostras, servidas por mozos que usaban sus miembros como elemento de apoyo. Hombres y mujeres debían descender hasta sus penes para rociar con limón la ostra y comer el fruto del mar. De postre: Bombones con formas eróticas. De souvenir: muñecas inflables para el bolsillo del caballero y vibradores para la cartera de la dama.
Todos comentaban que Romina y Walter debían sentirse como peces en el agua. Que después de todo lo que se había dicho... Que después de los videos...
Todos comentaban que Romina y Walter debían sentirse como peces en el agua. Que después de todo lo que se había dicho... Que después de los videos...
Se habían cruzado por primera vez en Buenos Aires pero la primera cita fue en México. Él había ido a representar a Argentina en el Sudamericano. Jugaba de nueve y era la primera vez que vestía la camiseta de la selección. Ella era una modelo argentina que terminaba un curso de castellano neutro que le exigían para conducir de un programa de tv sobre sexo y globalización. Se encontraron en una fiesta después del partido en el que Argentina venció a México por uno a cero. Como todos los hombres, Walter imaginó las delicias que podrían hacer esos labios y la suavidad de esas tetas y lo perfecto de la cola. Después le miró los ojos y media hora más tarde pudo pronunciar las primeras palabras. Estaban en el balcón de un penthouse millonario. Se dieron de comer en la boca tacos y burritos con chiles y locotos y otras cosas picantes. Tomaron cerveza y hablaron. De sus familias. De fútbol. Del modelaje. De la televisión. De los ojos de ella. De la sonrisa de él. De las ideas de ella. Del culo de él. Se quedaron hablando hasta el día siguiente en una habitación. Ella debía asistir a su clase de castellano neutro y él debía volver a su club. Ella le dejó un papelito con su dirección de e mail y salió primero. Él se levantó dos horas más tarde y lo guardó.
Pasaron unos meses hasta que pudieron encontrarse de nuevo. Fue en Buenos Aires. En el restaurant de un hotel. De esa noche quedaron un par de fotos robadas por los paparazzis y la promesa de volverse a ver.
Pasaron unos meses hasta que pudieron encontrarse de nuevo. Fue en Buenos Aires. En el restaurant de un hotel. De esa noche quedaron un par de fotos robadas por los paparazzis y la promesa de volverse a ver.
La tercera cita fue en el departamento de ella. Walter se quedó sin habla apenas entró. Por los cirios pascuales. Por los candelabros. Por las paredes negras y moradas. Por las cadenas que colgaban de las paredes negras y moradas. Por las palabras de Romina, que le dijo que antes de poder tener sexo debían firmar un contrato. Walter no vaciló. Quería tener a esa mujer que había sido mujer de los políticos y los empresarios más importantes del país. Aquella que había sido protagonista de los chimentos más calientes de los programas de la tarde y de esos videos... En uno se le veía en un consultorio odontológico. Tirada en la silla. Masturbándose con el torno mientras su dentista (Mujer. Cincuenta y seis años. Argentina) le refregaba sus tetas, como uvas pasas por la cara. Algunos comentaron que se trataba de una operación de prensa; nunca se supo. Lo cierto es que Walter estaba a punto de firmar un contrato.
Ella le dijo que primero debían unir sus sangres. Sacó una jeringa y una aguja. Cerró los ojos y comenzó a desabrocharse los botones del corsette verde musgo. Uno a uno. Los botones. Despacio. Gimiendo. Mojándose los labios con la punta de la lengua. Después le sacó la remera a Walter. Quedaron los dos con el torso desnudo. Ella invocó a Afrodita en algún idioma extraño. Extendió el brazo izquierdo de Walter y le clavó la aguja. Como un puñal. Ella puso los ojos en blanco, se clavó la aguja, la misma, en el brazo derecho y con la mano izquierda tiró de la jeringa hasta llenarla. Ahí estaban las dos sangres. Rojas. Moradas. Calientes. Puras. Romina le dio un lazo de seda para que la herida y mezcló los fluidos. Los echó en dos frasquitos de vidrio. Le dijo a Walter que siempre debía llevarlo con él. Que en caso de robo/extravío/rotura/ la maldición sería eterna. Ella se lo ató al cuello con una cadena de oro. Después llevó un papel de impresora y escribió:
Contrato entre la señorita Romina María Vannieuwenhovenchoff y Walter Jerónimo Pérez:
El señor Walter Jerónimo Pérez se compromete bajo palabra de honor a ser esclavo de la señorita Vannieuwenhovenchoff. A cumplir incondicionalmente durante el periodo de 24 meses todos sus deseos y sus órdenes.
Contrato entre la señorita Romina María Vannieuwenhovenchoff y Walter Jerónimo Pérez:
El señor Walter Jerónimo Pérez se compromete bajo palabra de honor a ser esclavo de la señorita Vannieuwenhovenchoff. A cumplir incondicionalmente durante el periodo de 24 meses todos sus deseos y sus órdenes.
La señorita Vannieuwenhovenchoff podrá exigir lo que desee y en caso de incumplimiento deberá castigar a su esclavo de la forma que considere más apropiada. Los castigos irán desde lo más leve hasta las formas más crueles de tortura que hayan existido. El esclavo podrá se torturado física e intelectualmente no pudiendo proferir grito alguno (tampoco palabras o gemidos). Si así lo hiciera deberá permanecer durante dos horas parado en la esquina superior del baño, mirando a la pared, sin posibilidad de comer ningún tipo de dulce antes/durante/después de la cena.
El señor Pérez podrá dirigirse a su dueña sólo en pretérito pluscuamperfecto y sin mirarla a los ojos. Al finalizar cada frase está obligado a pronunciar correctamente el apellido de su ama.
La señorita Vannieuwenhovenchoff será la única habilitada para establecer una cita sexual. En tal caso lo hará con quince días de anticipación. Ella elegirá el lugar y la pose. Queda asentado en estas líneas que ella también gemirá y hablará en pluscuamperfecto. Que cuando llegue al orgasmo permanecerá en silencio. Que está en su derecho de incluir en el acto sexual a cualquiera de sus mascotas siendo éstas: el pez payaso Alberto, el axolotl Leopoldo y la chihuahua Shangai.
El señor Pérez deberá dedicar ocho horas diarias al cuidado de su ama. Cinco horas en tiempos de concentración.
El señor se compromete a lavarse después de cada partido con alcohol etílico y a tardar menos de 30 minutos en llegar a los aposentos de la señorita Vannieuwenhovenchoff.
El esclavo ofrecerá todos los primeros viernes de cada mes como ofrenda un pollito decapitado de las afueras de la ciudad. Todos los sábados Pérez deberá asistir al supermercado con el fin de abastecer las alacenas de su ama.
El señor Pérez renuncia, mediante este contrato, a hacer cualquier petición a su dueña y a tener contacto sexual con otras señoritas.
Ratifican este contrato:
Martín Jerónimo Pérez y Romina María Vannieuwenhovenchoff.
Tardaron dos horas en redactar el documento. Romina le ordenó a Walter que bajara a fotocopiarlo. Él le dijo que a esa hora nadie le iba a hacer una fotocopia. La miró y se lo dijo. Dos errores. Los primeros. Ella le advirtió que el castigo vendría después de que las fotocopias estuvieran en sus manos. Walter recorrió media ciudad hasta que en un locutorio, un hincha se apiadó de él e hizo las copias con un fax. Cuando volvió le pidió permiso a su dueña para entrar a la pieza. Le dejó las fotocopias en la cama y ella las rompió en pedacitos. Le dijo que el original se quedaba en casa y que si algo le pasaba le iba a salir muy caro. Le gritó que se preparara para su castigo. Lo ató de pies y manos a la cama. Le quemó el abdomen con cenizas de sahumerio. Se desnudó y se acostó a su lado. Con el pelo suelto sobre su espalda. Con los labios como haciendo pucherito. Con una mano que caía, inocente, sobre su pubis. Desnuda. Lo mantuvo despierto durante doce horas. Derrochando sexo. Y Walter no pudo hacer nada. Pensó que todo eso valía la pena. Que así la primera noche juntos sería...
Martín Jerónimo Pérez y Romina María Vannieuwenhovenchoff.
Tardaron dos horas en redactar el documento. Romina le ordenó a Walter que bajara a fotocopiarlo. Él le dijo que a esa hora nadie le iba a hacer una fotocopia. La miró y se lo dijo. Dos errores. Los primeros. Ella le advirtió que el castigo vendría después de que las fotocopias estuvieran en sus manos. Walter recorrió media ciudad hasta que en un locutorio, un hincha se apiadó de él e hizo las copias con un fax. Cuando volvió le pidió permiso a su dueña para entrar a la pieza. Le dejó las fotocopias en la cama y ella las rompió en pedacitos. Le dijo que el original se quedaba en casa y que si algo le pasaba le iba a salir muy caro. Le gritó que se preparara para su castigo. Lo ató de pies y manos a la cama. Le quemó el abdomen con cenizas de sahumerio. Se desnudó y se acostó a su lado. Con el pelo suelto sobre su espalda. Con los labios como haciendo pucherito. Con una mano que caía, inocente, sobre su pubis. Desnuda. Lo mantuvo despierto durante doce horas. Derrochando sexo. Y Walter no pudo hacer nada. Pensó que todo eso valía la pena. Que así la primera noche juntos sería...
Ella continuó con la rutina de las grabaciones. Con el sexo y la globalización. Con su castellano neutro. Él preocupó a sus compañeros que lo veían fatigado. Ya no vestía la camiseta de la selección y el pase a un club de Egipto era casi un hecho. Los rumores de alguna enfermedad oculta surgieron cuando los periodistas los vieron bañarse con alcohol después de cada partido. A menudo llegaba a los entrenamientos lesionado o quemado en alguna parte del cuerpo. La prensa del corazón se ocupó del tema y culpó a Romina. Ellos se encargaron de desmentirlo en una entrevista exclusiva. Con un título alentador: “Nuestro amor es el más inocente de todos”. Con una sesión de fotos prohibida para menores de dieciocho, en donde posaron desnudos junto a sus mascotas. Con el tiempo Romina pasó a controlar todos y cada uno de los espacios de la vida de Walter, le intervino los teléfonos, le controló sus mails y erradicó cualquier tipo de intento de masturbación. Walter parecía entregado a morir en el intento. Los pedidos y las órdenes se habían vuelto más extravagantes, y al cabo de un año y medio, todavía no habían tenido sexo.
Una mañana de otoño, época en que se decidía su pase a Egipto, un periodista se le acercó con discreción y arregló un encuentro secreto. A partir de entonces, Walter volvió a brillar en la cancha y el pase no se concretó. Faltaban 3 meses para terminar el contrato y los Romina y Walter siguieron yendo a las fiestas del ambiente, y los dos siguieron siendo amo y esclavo y nunca nadie lo supo. Desde entonces, Walter no mereció ser castigado.
Cuando llegó la invitación a la fiesta de la productora ella le dijo que irían. Que no importaban los periodistas, que harían como siempre, que irían juntos y se perderían entre la gente. Que después sería tiempo de renovar las promesas. Pero mientras Walter y Romina comían ostras de los penes de los mozos y besaban las vaginas de las mozas, el animador de la fiesta anunció una proyección sorpresa. Desde una pantalla un par de profesionales: el ginecólogo Gancedo, la psicóloga Benítez, la peluquera López y la especialista en cavados y en línea de cola hablaron sobre una mujer famosa en el ambiente. Sobre una modelo que ostentaba la sensualidad de una puta pero con su himen intacto.
Cuando llegó la invitación a la fiesta de la productora ella le dijo que irían. Que no importaban los periodistas, que harían como siempre, que irían juntos y se perderían entre la gente. Que después sería tiempo de renovar las promesas. Pero mientras Walter y Romina comían ostras de los penes de los mozos y besaban las vaginas de las mozas, el animador de la fiesta anunció una proyección sorpresa. Desde una pantalla un par de profesionales: el ginecólogo Gancedo, la psicóloga Benítez, la peluquera López y la especialista en cavados y en línea de cola hablaron sobre una mujer famosa en el ambiente. Sobre una modelo que ostentaba la sensualidad de una puta pero con su himen intacto.
Cuando terminó el video Walter llevó a Romina al baño. La puso de espaldas y le apoyó la pija –que estaba encantadoramente poderosa-. Después, la dio vuelta y tras romper el contrato en la cara de su dueña, le arrancó la cadena que sostenía el frasquito con sangre. Agarró el suyo y los tiró contra la pared. Romina se fue corriendo. Sin souvenir. Se fue a su casa. Se fue a su cama. Lloró abrazada a un osito de peluche.
Walter siguió comiendo de las partes de los sirvientes y se divirtió como antes de esa fiesta en México. Las invitadas posaron la vista en otra mujer. En una nueva pareja. Y empezaron a comentar.
domingo, enero 22, 2006
A propósito de "Moralismo para intelectuales"
Lo que sigue es una nota que encontré después de leer el post de Pablo, buscando más respuestas, más ideas que dos simples imágenes. Y, aunque el mexicano Juan Villoro está en todas partes de mi vida en estis días (¡está en todos lados!, va a causar un divorcio y yo no me voy a quedar con él), este texto vale la pena. Porque está muy bien escrito y porque me reí mucho con él. Es larguito pero espero que lo disfruten tanto como yo. Publicado en El malpensante. Disponible en: http://www.elmalpensante.com/49_elbalon.asp
El balón y la cabeza
Por Juan Villoro
Por Juan Villoro
El "rey de los deportes" está de regreso ahora que comienza la taquicardia de las eliminatorias mundialistas. Y no sólo los fans se ocupan del tema, también los ensayistas ensayan sobre el gramado.
La mente da en el poste. Supongo que al final de un torneo de ajedrez, Karpov y Kasparov ven los rostros como una oportunidad de que la nariz se convierta en un caballo y se coma un ojo. Lo mismo pasa con el enfermo de fútbol. Para desacreditar de una vez cualquier asomo de sensatez en estas páginas, confieso que una tarde de fiebre resolví que, si los jarabes fueran fútbolistas, la más temible media cancha estaría integrada por los contundentes Robitussin, Breacol y Zorritón. El aficionado in extremis lleva una pelota entre los oídos. Rara vez trata de defender lo que piensa porque está demasiado nervioso pensando en lo que defiende. Cuando los suyos pisan el pasto, el mundo, el balón y la mente son una y la misma cosa. Con absoluto integrismo, el fanático reza o frota su pata de conejo; en ese momento Dios es redondo y bota en forma inesperada.Sería exagerado decir que todas las minorías ajenas al fútbol le profesan enemistad. A pesar de las obvias carencias de quienes creen que gritar "¡síquitibum!" sirve de algo, hay quienes no honran al fútbol con otra reacción que la indiferencia. Pero tampoco falta el que ofrece sus cerillos para que el fútbol arda en hogueras ejemplares. Odiar puede ser un placer cultivable, y acaso las canchas cumplan la función secreta de molestar a quienes tienen honestas ganas de fastidiarse. Cada tanto, un Nostradamus sin otro apocalipsis en la agenda ve un partido, se chupa el dedo y decide que el viento sopla en pésima dirección. ¿Cómo es posible que las multitudes sucumban a un vicio tan menor? El diagnóstico empeora cuando el Mundial interrumpe las sobremesas y los matrimonios: los amigos que parecían lúcidos hablan de croatas impronunciables. Sin embargo, despotricar contra los malos gustos es inútil; nuestra amiga María preferirá hasta la eternidad los mangos verdes y Nicole Kidman galanes imposibles de elogiar.El oficio de chutar balones está plagado de lacras. Levantemos veloz inventario de lo que no se alivia con el botiquín del masajista: el nacionalismo, la violencia en los estadios, la comercialización de la especie y lo mal que nos vemos con la cara pintada. Todo esto merece un obvio voto de censura. Pero no se puede luchar contra el gusto de figurarnos cosas. Cada aficionado encuentra en el partido un placer o una perversión a su medida. En un mundo donde el erotismo va de la poesía cátara a los calzones comestibles, no es casual que se diversifiquen las reacciones. Los irlandeses aceptan el bajo rendimiento de su selección como un estupendo motivo para beber cerveza, los mexicanos nos celebramos a nosotros para no tener que celebrar a nuestro equipo, los brasileños enjugan sus lágrimas en banderas king-size cuando sólo consiguen el subcampeonato y los italianos lanzan el televisor por la ventana si Baggio falla un penal. El hombre en trance fútbolístico sucumbe a un frenesí difícil de asociar con la razón pura. En sus mejores momentos, recupera una porción de infancia, el reino primigenio donde las hazañas tienen reglas pero dependen de caprichos, y donde algunas veces, bajo una lluvia oblicua o un sol de justicia, alguien anota un gol como si matara un leopardo y enciende las antorchas de la tribu. En sus peores momentos, el fan del fútbol es un idiota con la boca abierta ante un sándwich y la cabeza llena de datos inservibles. Es obvio que la Ilustración no ocurrió para idolatrar héroes cuyas estampas aparecen en paquetes de galletas ni para aceptar el nirvana que suspende el juicio y la mordida. La verdad, cuesta trabajo asociar a estos aficionados con los rigores del planeta postindustrial. Pero están ahí y no hay forma de cambiarlos por otros. En sociedades descompuestas Hamlet es una incitación a matar padrastros y el fútbol a cometer actos vandálicos o declarar la guerra. Para ser legítimas, las taras de los hinchas deben resultar tan inofensivas como la costumbre que los futbolistas tienen de escupir. Quienes hemos corrido infructuosamente tras un balón sabemos que escupir no sirve para nada, pero escupimos. Se trata de un mantra, como el del tenista que se concentra acariciando las cuerdas de su raqueta, sólo que más guarro. Llegamos a un punto esencial: si combatir al fútbol es tan infructuoso como perder el ánimo ante la supervivencia de las estudiantinas, elogiarlo carece de efecto proselitista. Nadie se convence "en teoría" de extasiarse con un gol. Hablar de un entusiasmo tan compartido y vulgar depende de otras claves: alargar en palabras los prodigios instantáneos, imaginarlos minuciosamente hasta que se conviertan en un dominio autónomo, un edén podado al ras. En suma: sustituir a un Dios con prestaciones que no trabaja los domingos. En los partidos de mi infancia, el hecho fundamental fue que los narró Ángel Fernández, capaz de transformar un juego sin gloria en una trifulca legendaria. Las crónicas de fut comprometen tanto a la imaginación que algunos de los grandes rapsodas han contado partidos que no vieron; casi ciego, Cristino Lorenzo fabulaba desde el Café Tupinamba; el Mago Septién y otros pocos lograron inventar gestas de béisbol, box o fútbol a partir de los escuetos datos que llegaban por telegrama a la estación de radio. Por desgracia, no siempre es posible que Homero tenga gafete de acreditación en el Mundial y muchas narraciones carecen de interés. Pero nada frena a pregoneros, teóricos y evangelistas. El fútbol exige palabras, no sólo las de los profesionales, sino las de cualquier aficionado provisto del atributo suficiente y dramático de tener boca. ¿Por qué no nos callamos de una vez? Porque el fútbol está lleno de cosas que francamente no se entienden. Un genio curtido en mil batallas roza con el calcetín la pelota que hasta el cronista hubiera empujado a las redes; un portero que había mostrado nervios de cableado de cobre sale a jugar con guantes de mantequilla; el equipo forjado a fuego lento pierde de golpe la química o la actitud o como se le quiera llamar a la misteriosa energía que reúne a once soledades. Los periodistas de la fuente deben dar respuestas con detalles que las hagan verosímiles: el abductor frotado con ungüento erróneo, la camiseta sustituta del equipo (es horrible y provoca que fallen penaltis), el osito que el portero usa de mascota y fue pateado por un fotógrafo de otro periódico.El novelista que analiza tobillos eminentes puede ensayar conjeturas más desaforadas e indemostrables. Ya lo dijo Nelson Rodrigues: "Si los datos no nos apoyan, peor para los datos". La indagación literaria del fútbol parte de un presupuesto: la mente decide los partidos y jamás sabremos cómo opera. Lo importante resulta imponderable; los lances no derivan del rendimiento atlético sino de una habilidad secreta. Zidane filtra el balón a un hueco donde no ocurre nada pero ocurrirá Raúl; Romario hace un quiebre y prepara el perfil izquierdo: todos los ojos del estadio miran el ángulo equivocado; Valderrama se detiene, baja los brazos y duerme de pie; su siesta representa la forma más sorpresiva del ataque: la pausa. Al escrutar estos asombros, el cronista renuncia a tener la razón absoluta; juega contra su sombra al modo de Gesualdo Bufalino: "Cada día lanzo penaltis contra mí mismo. Por gracia o por desgracia doy siempre en el poste". El fútbol es una condición subjetiva. Imposible saber si acertamos al interpretarlo. Noy hay solución a la infinita tarea de confundir el balón con la cabeza.
El sentido de la tragedia. El crack sólo existe rodeado de cierto dramatismo. Aunque las biografías de los futbolistas nunca son tan tristes como las de las patinadoras en hielo, hay que haber sufrido lo suficiente para tener ganas de patear al ángulo. En 1998, durante el Mundial de Francia, asistí a un entrenamiento de Brasil. De pronto, Giovanni y Rivaldo se apartaron del conjunto y jugaron a dispararle al larguero. Giovanni acertó 12 veces seguidas y Rivaldo 11. Ningún humano nace con tal capacidad de teledirección. Se requiere de un pasado roto o necesitado o muy extraño para alcanzar tan obsesivo virtuosismo. Como la caminata o el ballet, el fútbol permite sublimar el sufrimiento con molestias físicas. Quienes tienen poca habilidad para convertir sus traumas en toques acaban de defensas; quienes tienen más problemas que talento, se especializan en la variante futbolística del performance: romper el juego y los tobillos.Sabemos por Tolstoi que las familias felices no producen novelas. Tampoco producen futbolistas. Hace falta mucha sed de compensación para exhibirse ante 110 mil fanáticos en el estadio Azteca y millones de curiosos en la mediósfera. El hombre canta ópera o rompe récords porque le pasó algo horrendo. En los juegos de conjunto, el sentido de la tragedia debe tocar a todo el colectivo. Pensemos en Holanda: su drama fútbolístico estriba en carecer de drama. La patria de Rembrandt tiene suficientes claroscuros para provocar riñas en sus bares o hacer interesantes las novelas de Harry Mulisch; sin embargo, a sus futbolistas les falta una dosis de dolor para ganar partidos. El problema viene desde la legendaria Naranja Mecánica. En el Mundial de 1974 Holanda era una fábrica de goles tan rotunda que podía darse el lujo de alinear a un guardameta con más aptitudes de jardinero; su capitán, Johan Cruyff, usaba el número 14, entonces insólito o aun irreverente, y desafiaba las normas apareciendo en cualquier lugar del campo. El sistema rotativo del equipo rozaba el sadismo porque incluía a dos gemelos idénticos, los Van der Kerkhof, y uno confundía todo el tiempo a René con Willy. Holanda se impuso como una forma del futuro y llegó a la final contra Alemania, una escuadra veterana, más orgullosa de sus cicatrices que de sus facciones (algunos de sus gladiadores habían protagonizado épicas caídas: la final de Wembley, en 1966; la semifinal de México, en 1970). El juego avasallante de La Naranja Mecánica sólo era criticado con elocuencia por Anthony Burgess, a quien el fútbol siempre le pareció una ordinariez y en esos días padecía que su novela se asociara, no sólo con una película que no le gustó gran cosa, sino con once neerlandeses en estado de sudoración. Para el resto de los comentaristas, Holanda simbolizaba el renacimiento en la cancha. Suspendamos el relato para que comparezca un concepto que involucra a la historia de las mentalidades y tal vez a la transmigración de las almas: la tradición. A menudo sucede que un equipo pierde en un estadio porque siempre ha perdido en ese estadio. De poco sirve que llegue invicto en 20 partidos y con un centro delantero al que Nike le fabrica zapatos dorados. El azar o los dioses o los canijos vientos hacen que pierda en esa cancha. El determinismo de la tradición futbolística resulta abrumador. Puede suceder que todos los que fueron derrotados la vez anterior ya estén en otros equipos o se hayan retirado. Los nuevos sólo comparten con ellos la camiseta, pero la tradición arrebata balones decisivos. Aunque a veces estos mitos se derrumban, casi siempre definen el resultado. Algo así ocurrió en 1974. Holanda jugaba mejor pero carecía de la tradición que se adquiere haciendo gárgaras amargas. Alemania Federal cargaba con un juego predecible y mucho lastre; perdió contra Alemania Democrática, le ganó a duras penas a Chile, padecía la presión de un público que exigía motivos para ser pangermánico. Parecía difícil que se impusiera. Pero Alemania estaba apoyada por las sombras largas de los muchos que sufrieron en su nombre. Además, Holanda estaba contenta. Los futbolistas anaranjados bebían buen vino, fumaban un cigarro o dos en el descanso del partido, recibían las visitas de sus esposas o sus novias (o sus esposas y sus novias). Los alemanes llegaron a la final como deportados del frente ruso. Naturalmente, ganaron el partido.Cuesta trabajo que Holanda se preocupe. En la Eurocopa 2000 fue la selección mejor afeitada del continente. Como jugaba en casa, las gradas se llenaron de alegres trompetistas. Un marco perfecto para un amistoso, no para la guerra. Cuando Kluivert falló dos penaltis en el mismo partido, las cámaras enfocaron al príncipe de Holanda: sonreía como si estuviera en una feria. La escena revela la poca repercusión que un chut fatal tiene en los Países Bajos. No vamos a encomiar aquí la antropología del desastre, pero en Brasil una situación equivalente hubiera llevado a varias sacerdotisas a decapitar gallos a mordiscos y a algunos discapacitados a arrojarse al agua con sus sillas de ruedas. Holanda sólo saldrá campeona cuando se deje afectar por complejos y frustraciones que hasta ahora desconoce. El sentido de la tragedia inventa insólitos recursos; sin embargo, a veces el fútbol se parece a la canción ranchera y lo bueno consiste, precisamente, en salir ultrajado: "¡qué manera de perder...!". El francés Karembeu, que pasó por el Real Madrid en calidad de costoso suplente, se lleva todas las fotos cuando abandona el campo con una angustia épica, de jerarca recién destronado. No cae ante sus congéneres, cae ante el destino. Obviamente, esta sufriente manera de salir bien en las fotos le conviene más a los periodistas que al club.Otros capitalizan aún mejor la tragedia. El portugués Victor Baia es un elegante cultivador de la indiferencia. Como los felices holandeses, el ex portero del Barcelona dedica sus mejores energías a afeitarse. Sus patillas parecen trazadas por Dalí. Tal vez por venir del país de la saudade, perfeccionó a tal grado su melancolía que luce espléndido cuando le anotan. Esta aproximación chic al desastre no ayuda a ganar partidos pero salva la reputación del mártir excelso.El fútbol ofrece tal repertorio de conductas que no hay modo de codificarlas, sobre todo porque muchas de ellas son hipócritas. Arena donde los egocéntricos declaran como hombres humillados y los virtuosos hacen cualquier cosa por engañar al árbitro, el fútbol depende de simulaciones, en ocasiones tan naturalistas como la que protagonizó el portero de la selección chilena Roberto Cóndor Rojas, en septiembre de 1989. El teatro era Maracaná, y el motivo de la función eliminarse para el Mundial de Italia. El 1 chileno salió al campo con una navaja escondida en uno de sus guantes. Al ver que difícilmente podrían remontar el 0-1 que les había endilgado Careca, aprovechó que una bengala pasó cerca de su portería para desplomarse; sin que nadie lo notara, se cortó la frente de un navajazo. Cuando el árbitro se acercó a atestiguar la sangre, el guardameta informó que había sido alcanzado por la bengala. Los chilenos se negaron a reanudar el partido. Aunque estaban condenados a una derrota de 1-0 por abandono, podían revertir el resultado en la mesa de negociaciones si comprobaban que no había condiciones para jugar. Lo más extraño de la historia es que Rojas acabó confesando. Actor al fin, no soportó sobrellevar su embuste sin ser reconocido. La fifa lo proscribió a perpetuidad del fútbol profesional. En los montajes sobre la hierba, el que engaña una vez debe engañar siempre.
Fútbol teatral. Hace años conocí a un hombre que había muerto 200 veces. Trabajaba de doble en películas de narcos y traileras o en ocasionales westerns filmados en Durango. Era experto en rodar por escaleras, caer de balcones y ser atropellado. Se retiró por un problema en la columna y procuró aliviarlo con analgésicos que le causaron una úlcera, saldo bastante benévolo en su línea de trabajo.Aquel profesional de la muerte fotogénica podría haber sido futbolista. Ningún otro deporte admite tan alta cuota de histrionismo. De pronto, un delantero vuela por los aires, cae con espectacular pirueta, rueda sobre el pasto, se lleva las manos al rostro y se convulsiona en espera de que el árbitro saque la tarjeta roja o dé perdida la amarilla.¿Qué ocurre con el atleta en estado de estertor? Es atendido con una esponja húmeda en la frente y buches de agua. En unos segundos se recupera sin otra calamidad que el pelo empapado y la camiseta desfajada. Escenario de la resurrección, el fútbol ofrece seres agonizantes que vuelven a correr. Cuando la patada de veras da en el blanco, el agraviado se queda quieto. El faul simulado pertenece a la costumbre. Como también los árbitros ven televisión, saben quiénes son los más propensos a venirse abajo, y a veces no les marcan ni las faltas verdaderas: el silbante confunde al herido con un contorsionista y lo amonesta con el orgullo de quien devela una placa de cien representaciones.En el béisbol sería impensable que un bateador se tirara alegando que el pícher lo golpeó con una pelota invisible; en el fútbol americano ningún fullback detiene su carrera para fingir que un defensivo lo trata con "rudeza innecesaria". Sólo el fútbol fomenta las faltas imaginarias. En parte, esto se debe a que sus jueces se equivocan más. El pícaro de guardia puede sacar ventaja del sudoroso hombre de negro que lo vigila a extenuantes 20 metros de distancia.Un lance de Francia 98 ayuda a comprender el poderío de la pantomima. Diego Simeone, el argentino que ha sido símbolo de entrega en el Atlético de Madrid y en el Inter de Milán, mostró su amor a las candilejas en el partido contra Inglaterra. La justa había despertado tanto interés como si ahí se dirimiera el destino de las Malvinas. El primer tiempo rebasó todas las expectativas con un peleado 2 a 2 y un gol de museo del novato Michael Owen. Sin embargo, en el segundo acto David Beckham, dueño de un refinamiento en el chut sólo superado por su corte de pelo, sufrió un encontronazo con el Cholo Simeone. Beckham le lanzó una patada discreta pero intencionada. Hasta aquí todo entraba en la rijosa lógica del reino animal. Entonces llegó la isabelina venganza de Simeone: el Cholo se desplomó como un ensartado Mercurio.Gracias a este gesto, la merecida tarjeta de amonestación alcanzó el rubor de la expulsión. Un par de años después, con motivo de un Manchester-Inter, que volvió a enfrentar a Beckham y a Simeone, el argentino reconoció su treta. Si uno de los mejores se disfraza de comediante, ya podemos suponer lo que ocurre con quienes no disponen de otro recurso que el dramatismo. Como aquel doble que sucumbió 200 veces, ciertos futbolistas sobreviven a base de muertes transitorias.
La creación de lo invisible. Como su nombre lo indica, la Nandrolona es una sustancia poco confiable que ayuda a correr pero puede provocar cáncer de hígado. Nadie la toma por su sabor. Lo malo es que a veces la selección te lleva de Australia a Corea y de ahí a Texas, y en algún sitio te dan de comer un pollo inflado con Nandrolona. Si eres uno de los dos elegidos para orinar después del juego, tu carrera está en peligro.También se dan casos de atletas intoxicados, no por el azaroso consumo de pechugas en tres continentes, sino por el preparador físico. No es fácil consolar a un jugador que extraña a su familia o, peor aún, que no sabe lo que extraña y mira los muebles como si estuvieran en el último sitio de la tabla de clasificación. Para eso sirven las grageas motivacionales. Los futbolistas desayunan píldoras como para un banquete de astronautas. No todas son vitaminas; algunas son antioxidantes, otras son moradas. De estas últimas, depende que el médico del equipo conserve su trabajo. Cuando el doctor dice que el dopaje no ayuda a jugar como Maradona, significa que receta estimulantes al límite de ser detectados.En el fútbol moderno un equipo dirime intereses millonarios dos veces a la semana. Esto ha llevado a una tensa relación entre los remedios químicos y el peligro de que sean descubiertos. Los turboenergéticos son el supersticioso recurso de laboratorio de una actividad donde Rivaldo, que desde hace un año camina como si hubiera pisado un nopal, debe correr el próximo domingo. Los tónicos se parecen a la vida después de la muerte: más vale creer en sus efectos por si acaso existen.No hay equipo sin pastillas ni paranoia fisiológica. Para protegerse de un mundo contagioso que hace que el crack orine un misterio, las escuadras se concentran en reclusorios de cinco estrellas donde mastican milanesas rigurosamente vigiladas.El temor al contacto sexual no es menos fuerte. Se sabe de entrenadores cuya principal táctica consiste en enviar flotillas de prostitutas al hotel del enemigo. Antes de lanzar su ataque, el entrenador da una plática de pizarrón: no se trata de satisfacer a los rivales, sino de reducirlos con la extenuante incomodidad de las películas porno.El desgaste se evitaría permitiendo visitas conyugales en las concentraciones. Pero en el fútbol casi todo es metafísico. Una sabiduría conventual indica que el jugador que eyacula en vísperas del partido se priva del deseo de sublimarse en esa versión trascendente del orgasmo que es el gol. A las verduras hervidas se agrega la dieta erótica.Estos sufrimientos son menores comparados con la tortura verdadera, la circunstancia que domina la jornada de un futbolista y muchas veces decide su comportamiento: no hacer nada. En las concentraciones, un equipo consta de una veintena de uniformados que matan las horas como pueden. El Nintendo, los juegos de barajas y la contemplación del techo distraen un poco, pero pueden erosionar el cerebro en forma imperceptible hasta llevar a una pifia en la cancha o, peor aún, a anunciar talco para los pies.La soledad de las concentraciones es grave, entre otras cosas, porque está muy compartida. Tus hijos son las fotos que te mandaste estampar en la piyama y tu compañero de cuarto es un olor demasiado próximo. Hasta los clubes arropados por Armani hacen que sus jugadores duerman en parejas. Los rigores del marcaje personal son una broma frente a esta obligada convivencia. En una ocasión le pregunté a un jugador profesional de qué hablaba con su compañero. La respuesta revela una de las ricas posibilidades de la psicopatología: "No habla conmigo. Habla con su pene. Le dice Ramón y le recuerda lo que han vivido juntos". No me extrañó que tiempo después el entrevistado, un hombre cortés y tranquilo, que usaba la palabra "pene" por deferencia ante los medios informativos, se convirtiera en suplente del equipo. Los monólogos que su compañero le dirigía a Ramón lo habían transformado en alguien que abanicaba balones y miraba cosas que no estaban en la cancha.El futbolista debe combinar el narcisismo del que desea mostrarse a toda costa con la vocación de encierro de una monja de clausura y la capacidad de tolerar los tatuajes y humores demasiado próximos de un presidiario.Mientras los astros deambulan como zombis por los pasillos de un hotel, especulamos en lo que harán en el partido. Su apartamiento despierta profecías. Las palabras llenan las muchas horas en que el fútbol está "vacío" o sólo consta de jugadores sin otra sustancia que el aburrimiento. Hablamos de lo que no vemos. Una vez que asistimos al partido, hablamos de lo que no supimos o no entendimos.Las canchas tienen un sótano poblado de supersticiones, complejos, fobias, dramas, esperanzas. Algo ilocalizable y oscuro debe explicar por qué Morientes, un jugador sin otro lucimiento que la eficacia, deja de anotar durante mucho tiempo, negando su naturaleza, y cuando finalmente acierta empuja a Roberto Carlos para impedir que lo felicite, como si no mereciera otra celebración que el ultraje o como si recuperara la identidad para vengarse, no de los otros, sino de los suyos. Pero los misterios no entregan sus claves. La atracción del fútbol depende de su renovada capacidad de hacerse incomprensible. Hay algo que no captamos pero existe, como el crecimiento del pasto o la circulación de la sangre. De pronto, Zidane encuentra un hueco y enfila hacia la nada: lo invisible es la certeza que nos consta.
viernes, enero 20, 2006
¿Será demasiado para fines de enero?
(enero de 2006 - Comodoro Rivadavia - Stencil sobre pared rosa)
viernes, enero 13, 2006
Que fácil.....
Me estan haciendo el trabajito!!!!....
Desde hace 15 días estoy haciendo el backup del blog.....y nada!!!
Sé que muchos ustedes estarán de vacaciones, pero ¿todos se fueron?.
Extraño tanto a Flor, a Pablo, a Natalio....a todos!!!!! Necesito sus palabras, leerlas, disfrutarlas, emocionarme, enojarme...y tantas sensaciones más.
Estos días están voliendose muy extraños para mi......estoy a punto de cumplir un año más (27!! y no son pocos). Muchos proyectos se me estan cumpliendo y otros tantos se derriten....
Ufa!!! los extraño......!!! Vuelvan prontito...!!!!
Abrazos interminbles!!!!
Juli
Desde hace 15 días estoy haciendo el backup del blog.....y nada!!!
Sé que muchos ustedes estarán de vacaciones, pero ¿todos se fueron?.
Extraño tanto a Flor, a Pablo, a Natalio....a todos!!!!! Necesito sus palabras, leerlas, disfrutarlas, emocionarme, enojarme...y tantas sensaciones más.
Estos días están voliendose muy extraños para mi......estoy a punto de cumplir un año más (27!! y no son pocos). Muchos proyectos se me estan cumpliendo y otros tantos se derriten....
Ufa!!! los extraño......!!! Vuelvan prontito...!!!!
Abrazos interminbles!!!!
Juli
sábado, enero 07, 2006
Moralismo para intelectuales
El siguiente texto fue extraído del libro "Umberto Eco y el fútbol", de Peter Pericles Trifonas. Me encantaría comentarlo, pero me parece excesivo atacarlos con semejante texto y adjuntar una opinión. Simplemente deseo bosquejar esta postura, demostrar que existe. Y compartirla para que ustedes me digan qué los hizo pensar. Un saludo enorme.
L>S>D>A
I
Antes del fútbol, era el
signo.Tal como ha señalado Eco, los signos no poseen un vínculo análogo, motivacional o correlacional con aquello que representan en la realidad, porque se generan de forma arbitraria y funcionan como mediadores en nuestra percepción de la realidad. Un signo es un "interpretante" de la experiencia, una herramienta mental idiosincráticamente construida que utilizamos para referirnos al mundo y para entenderlo.
El signo es todo superficie, proyección, imagen: competo en sí mismo y para sí mismo. Por ende, posee una fuerza directriz propia que cuestiona la reciprocidad de un modelo de comunicación bilateral. Emite su propia lógica interna e untenta dejar clara su razón de ser para que todos la vean, o quizás para que la pasen por alto. El signo re-presenta la información y enmascara la realidad mediante su poder para iniciar y ejercer una forma de violencia simbólica sobre quienes asumen, crean y perciben los valores del signo como un modelo de realidad.
En otras palabras, la fuerza semiótica de su re-presentación de la información subraya los efectos de su mensaje en la medida en que los efectos del signo son son interiorizados por el espectador/consumidor de la imagen. El espectador/consumidor no puede alterar la forma del signo, sino tan sólo imbuirse de su intencionalidad y completarla mediante respuestas estéticas y cognitivas, conscientes e inconscientes en relación con la imagen. Por un lado esto significa que el signo en sí mismo es intransitorio, sujeto y objeto a la vez, y no necesita ningún complemento mediador a modo de predicado subjetivo que ponga en marcha su significado. De hecho, se basta como representación simbólica de su propio significado.
Por otro lado, el signo es su propia pedagogía. Enseña, pero necesita un espectador/consumidor para llenar los límites intencionales y extencionales de su potencial comunicativo en cuanto herramienta productora de significado.
Así pues, ¿qué significa el signo del "fútbol"? ¿Qué promesa encierra? ¿Qué papel cumple en la cultura? ¿Cuáles son las fuentes y los campos de aplicación de la violencia real y simbólica del fútbol? ¿Cuál es su pedagogía?
II
Ludi
Circenses.
Umberto Eco lee el fútbol como una neurosis de la cultura, como la manifestación de una grave perversión de la psique humana para la que no existe explicación razonable ni cura eficaz. Para quienes caen bajo sus enfermizos efectos, no hay tratamientos definitivos, terapia indolora ni intervención médica que valga. Sólo hay el sufrimiento infinito de contemplar la exquisita agon del juego que se disputa en el campo de juego cada domingo de campeonato. Tal es la dicha y la maldición del amante del fútbol. Lo irónico del caso es que el castigo es autoinflingido. ¿O no? La teoría de que el fútbol es una psicopatología del deseo reprimido es una de las preferidas de Eco.
(...) los espectadores –es decir, la mayoría- que se comportan exactamente como cuadrillas de maníacos sexuales que fueran, no una vez en la vida, sino todos los domingos, a Amsterdam para ver cómo una pareja hace, o finge hacer, el amor (o como aquellos niños paupérrimos de mi infancia a quienes se prometía llevarles a ver cómo los ricos tomaban helados)."
Es casi imposible o echar mano de la teoría freudiana de la conducta obsesiva compulsiva y el voyeurismo para describir la condición psíquica del hincha. Todos los domingos, sin falta, afirma Eco, los estadios se llenan a rebosar de cuerpos humanos sin otro motivo que el hecho de que allí se celebra un partido. Al igual que la fascinación aparentemente ilógica, observada por Freud, del niño que juega a solas con un carrete de hilo vacío en ausencia de su madre y se repite a sí mismo "fort-da" (no está-acá está) con gran expectación mientras lanza el carrete y luego lo recupera, el aficionado al fútbol está condenado a repetir una experiencia pasada. No hay alternatica, o al menos no una alternativa consciente, ya que es el subconciente el que sale a relucir en el campo de fútbol y el estadio. (N. de L>>S>D>A: ¡!)
La compulsión repetitiva es lo que Freud llama la necesidad de llenar el vacío de la pérdida de significado provocada por la ausencia de la madre, que por supuesto representa todo lo bueno y puro en el mundo del niño. De hecho, la madre es el mundo del niño, al ser la que satisface todos sus deseos y necesidades. Como el niño que en ausencia de la madre necesita sustituir la angustia de la pérdida con la presencia plena del carrete, en la cual volcará todas sus emociones –las de alegría y las de sufrimiento- creando así una sensación de plenitud infinita, el aficionado al fútbol necesita y anhela el fútbol por encima de todo lo demás. No existe sustituto posible, o al menos evidente. Esta teoría freudiana vendría a abonar las conclusiones de Eco sobre la motivación de los aficionados al fútbol (aunque debo reconocer que he presentado esta teoría con mucho gusto). (N. de L>>S>D>A: ¡¡¡!!!)
Pero ahora viene lo mejor. En cuanto espectador y no participante en el juego en sí, además de ser un obsesivo compulsivo, el aficionado al fútbol es incluso peor que el pobre niño sin madre freudiano, porque su relación con el fútbol es indirecta, y por tanto voyeurística. La incapacidad para realizar el acto (la connotación sexual es intencionada) genera la necesidad de la emoción subsidiaria de observar con el fin de estimular –subliminal y físicamente- la liberación de la ansiedad (sexual) mediante una forma de placer visual que afecta al cuerpo. El interés del espectador en el juego es, por consiguiente, una experiencia transitiva –totalmente incompleta en sí misma y, al fin y al cabo, insatisfactoria- y se convierte en un estímulo visual sustitutivo que busca reemplazar la experiencia real de jugar al fútbol, pero que nunca lo llega a hacer (N. de L>>S>D>A: ¡¡¡¡¡¡¡¿¿¿???!!!!!!!!). Así, pues, el aficionado necesita su partido todos los domingos de campeonato del mismo modo que los obsesos sexuales frustrados que Eco describe.
viernes, enero 06, 2006
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