Por absurdo que parezca, nunca me interesó Second Life. No me atrae. No sé por qué, pero todavía estoy sorprendida porque subi esta foto a Flickr y en menos de 3 días la habían visto 780 personas. Uf. Nunca pensé que algo así fuera posible y todavía me supera.
Hoy encontré en Mirá! (de paso digo: Julian Gallo es otro periodista zarpado, al que admiro), algo que relacioné con el texto de Del Águila. La idea de Microsoft es llegar a una venta masiva, por ahora cuesta 10 mil dólares. Miren si no es increíble.
"Apocaliptica y fantastica. desoladora y sorprendente. La vida en Second Life puede ser así, y también nada de nada. Primero, la sensación de que poco a poco quedaremos online las 24 horas, y que el pasto crecerá en las avenidas, en las vías del tren como las que hay a una cuadra de mi casa (mi verdadera casa) y los aeropuertos se llenarán de polvo y telarañas. Pero también hay otra sensación, la que remite a esas revistas de los años 50 en las que le daban la tapa al hombre de 1980 habitando en Marte, y ya sabemos: todavía no pudimosponer un pie en el planeta rojo. Sin embargo, este universo paralelo y 3-D que ya cuenta con una población de 1.456.354 habitantes (fue creado en 2004 y llegó al millón exacto el 18 de octubre último), es un vistazo a un futuro incierto, que lamentablemente y no sin cierta decepción, se parece demasiadoal presente. Inspirado en Snow Crash, una de las novelas pilares de la literatura cyber punk, este mundo virtual promueve la creación, la fantasía,la ruptura con la rutina pero no siempre logra ese objetivo. Algo pasa: en un mismo paisaje (una casa de té chino, una playa con un atardecer de variossoles rojos, una disco con varias pistas y neo trance al palo) pueden convivir dragones, chicas góticas, modelos bronceados, strippers, seres intergalácticos.Es posible hacer negocios, vivir de la caridad, tener sexo, consumir drogas, viajar con sólo apretar un botón y, el súmmum de lo irreal, volar." - Mariano del Aguila
Me parece que es un tema que da para bastante análisis, el hecho de que uno pueda participar de un mundo en el cual decide exactamente quien o que es y como poco a poco uno se puede olvidar justamente de eso, de quién es.
En algún punto me hace acordar al "Sueño Lúcido" de Vanilla Sky, donde cada uno digita su vida, juega a ser Dios por un rato y elige mal que mal las circunstancias que quiere vivir.
¿En el alud de artículos sobre el matonismo en la escuela he leído un episodio que, dentro de la esfera de la violencia, no definiría precisamente al máximo de la impertinencia... pero que se trata, sin embargo, de una impertinencia significativa. Relataba que un estudiante, para provocar a un profesor, le había dicho: "Disculpe, pero en la época de Internet, usted, ¿para qué sirve?"
El estudiante decía una verdad a medias, que, entre otros, los mismos profesores dicen desde hace por lo menos veinte años, y es que antes la escuela debía transmitir por cierto formación pero sobre todo nociones, desde las tablas en la primaria, cuál era la capital de Madagascar en la escuela media hasta los hechos de la guerra de los treinta años en la secundaria. Con la aparición, no digo de Internet, sino de la televisión e incluso de la radio, y hasta con la del cine, gran parte de estas nociones empezaron a ser absorbidas por los niños en la esfera de la vida extraescolar.
De pequeño, mi padre no sabía que Hiroshima quedaba en Japón, que existía Guadalcanal, tenía una idea imprecisa de Dresde y sólo sabía de la India lo que había leído en Salgari. Yo, que soy de la época de la guerra, aprendí esas cosas de la radio y las noticias cotidianas, mientras que mis hijos han visto en la televisión los fiordos noruegos, el desierto de Gobi, cómo las abejas polinizan las flores, cómo era un Tyrannosaurus rex y finalmente un niño de hoy lo sabe todo sobre el ozono, sobre los koalas, sobre Irak y sobre Afganistán. Tal vez, un niño de hoy no sepa qué son exactamente las células madre, pero las ha escuchado nombrar, mientras que en mi época de eso no hablaba siquiera la profesora de ciencias naturales. Entonces, ¿de qué sirven hoy los profesores?
He dicho que el estudiante dijo una verdad a medias, porque ante todo un docente, además de informar, debe formar. Lo que hace que una clase sea una buena clase no es que se transmitan datos y datos, sino que se establezca un diálogo constante, una confrontación de opiniones, una discusión sobre lo que se aprende en la escuela y lo que viene de afuera. Es cierto que lo que ocurre en Irak lo dice la televisión, pero por qué algo ocurre siempre ahí, desde la época de la civilización mesopotámica, y no en Groenlandia, es algo que sólo lo puede decir la escuela. Y si alguien objetase que a veces también hay personas autorizadas en Porta a Porta (programa televisivo italiano de análisis de temas de actualidad), es la escuela quien debe discutir Porta a Porta. Los medios de difusión masivos informan sobre muchas cosas y también transmiten valores, pero la escuela debe saber discutir la manera en la que los transmiten, y evaluar el tono y la fuerza de argumentación de lo que aparecen en diarios, revistas y televisión. Y además, hace falta verificar la información que transmiten los medios: por ejemplo, ¿quién sino un docente puede corregir la pronunciación errónea del inglés que cada uno cree haber aprendido de la televisión?
Pero el estudiante no le estaba diciendo al profesor que ya no lo necesitaba porque ahora existían la radio y la televisión para decirle dónde está Tombuctú o lo que se discute sobre la fusión fría, es decir, no le estaba diciendo que su rol era cuestionado por discursos aislados, que circulan de manera casual y desordenado cada día en diversos medios –que sepamos mucho sobre Irak y poco sobre Siria depende de la buena o mala voluntad de Bush. El estudiante estaba diciéndole que hoy existe Internet, la Gran Madre de todas las enciclopedias, donde se puede encontrar Siria, la fusión fría, la guerra de los treinta años y la discusión infinita sobre el más alto de los números impares. Le estaba diciendo que la información que Internet pone a su disposición es inmensamente más amplia e incluso más profunda que aquella de la que dispone el profesor. Y omitía un punto importante: que Internet le dice "casi todo", salvo cómo buscar, filtrar, seleccionar, aceptar o rechazar toda esa información.
Almacenar nueva información, cuando se tiene buena memoria, es algo de lo que todo el mundo es capaz. Pero decidir qué es lo que vale la pena recordar y qué no es un arte sutil. Esa es la diferencia entre los que han cursado estudios regularmente (aunque sea mal) y los autodidactas (aunque sean geniales).
El problema dramático es que por cierto a veces ni siquiera el profesor sabe enseñar el arte de la selección, al menos no en cada capítulo del saber. Pero por lo menos sabe que debería saberlo, y si no sabe dar instrucciones precisas sobre cómo seleccionar, por lo menos puede ofrecerse como ejemplo, mostrando a alguien que se esfuerza por comparar y juzgar cada vez todo aquello que Internet pone a su disposición. Y también puede poner cotidianamente en escena el intento de reorganizar sistemáticamente lo que Internet le transmite en orden alfabético, diciendo que existen Tamerlán y monocotiledóneas pero no la relación sistemática entre estas dos nociones.
El sentido de esa relación sólo puede ofrecerlo la escuela, y si no sabe cómo tendrá que equiparse para hacerlo. Si no es así, las tres I de Internet, Inglés e Instrucción seguirán siendo solamente la primera parte de un rebuzno de asno que no asciende al cielo.
La Nacion/L’Espresso (Distributed by The New York Times Syndicate)
Ya saben lo alucinada que estoy con Flickr. Gran parte de las fotos que subo en mi usuario son sobre la campaña por la Ciudad en la vía pública. Un par de personas están haciendo lo mismo. Y los propios candidatos han sacado su usuario Flickr.
Cuando salió el tema de periodistas del 20 o del 70 o actuales se me vino a la cabeza este capítulo de Smallville, prácticamente nuevito, que recrea un poco lo que sería la "empresa periodística" de los 40 (cada uno con su época).
Para los que les guste o sigan la serie el jueves termina en EEUU la sexta temporada.
Siempre Clark Kent me pareció un buen ejemplo de periodista, aunque es cierto que si él termina siendo noticia a través de su alter ego es como ser juez y parte al mismo tiempo.
El que se apodera un poco de este segmento (y del capítulo también) es el simpático Jimmy Olsen, fotógrafo del Daily Planet y viejo amigo de Clark Kent.
Sigo estando, quizás desde el silencio, pero sigo estando.
Si nunca intentaron leer la crónica de una corrida de toros en los diarios españoles, se están perdiendo de muchísimas posibilidades desconocidas del idioma español y sus sucedáneos. Aquí, lo mejor de una risa compartida por la redacción deportivo-científica de Perfil. Reflexión anecdótica: Qué bueno es que los diarios lleguen a los diarios.
Algo parecido ocurrió cuando Gallo, que estuvo sin convicción, frío y fácil, hacía pasar a Adefesio. "¡Hay que torear!" -se oyó en la grada-. Y era verdad. Esperábamos más de aquel novillero que diera muletazos interminables por esta misma arena. Ayer, lo interminable fue su faena. Con su segundo, un sobrero de Pereda que flojeó como todos los Juanpedros, y llevó un trote gordo, acompasado cabeceo y amor al albero, no pudo desperezar a Gallo la tarde y se perdió en alardes de estilo y arrimones tan inútiles como prescindibles. Ahora fue una señora, más jacarandosa y desinhibida (su comentario lo pudimos oír todos y eso que se sentaba unas cuantas filas más arriba): "Como está sufriendo esta mujer con Eduardo Gallo". Pero más parecieron crecer sus angustias con el tercer torero. Capea, que venía hoy a poner la carne en el asador, brindó el tercero -y hubo una recepción fría-; lo llamó de lejos y le dio una serie -más frialdad-; le cambió la tela por detrás -ni una voz de aliento-; el toro perdió las manos y ya no supo qué hacer. Desde el tendido 7 arreciaron los pitos y las palmas de tango, aunque el silencio del resto era aún más desolador. Y eso que Pedro Gutiérrez, que sacaba sus mejores maneras, le dio una buena estocada. Como también se la dio al último, un sobrero de Espartaco que sustituyó a un cojo y ciego de Lagunajanda, al que gritaban ¡fuera! hasta los monosabios. A estas alturas de la tarde-noche el público ya se dividía entre guasones y desesperados (N. de L>S>D>A: Claro, es lo que pasa siempre a esa hora), y sólo hubo una ovación para un paisano que soltó una paloma. Mientras el diestro se estiraba por uno y otro terreno con la muleta punteada, se espesaba el silencio, sólo quebrado por algún grito, alguna gracia tosca en los tendidos, que aplaudía forzado el sector circundante.
Es altamente probable que el texto que sigue no tenga absolutamente nada que ver con nada. Incluso con la Opinión Pública, y su análisis. A riesgo de que me tilden de conspirador, idealista o imbecil, voy a transcribir una porción de un ensayo de misterio. Saludos. L>S>D>A ......................................................................................................................................................................
PARÉNTESIS (extracto) para I.G.
Empecemos por el principio. ¿El amor te hace feliz? No. ¿El amor hace feliz a la persona que amas? No. ¿El amor hace que todo vaya bien? Ciertamente no. Yo creía todo esto, naturalmente. ¿Quién no lo ha creído (quién no lo cree aún, en algún lugar de la psique, bajo cubierta)? Está en todos nuestros libros y nuestras películas; es la puesta del sol de mil historias. ¿Para qué serviría el amor si no lo resolviese todo? ¿Podemos deducir de la misma fuerza de nuestra aspiración que el amor, una vez logrado, alivia el dolor diario, produce una analgesia sin esfuerzo? Una pareja se ama, pero no son felices. ¿Qué podemos concluir? ¿Que uno de ellos no quiere realmente al otro? ¿Que se quieren hasta cierto punto pero no lo suficiente? Cuestiono ese realmente, cuestiono ese suficiente. Yo he amado dos veces en mi vida (lo cual me parece mucho), una felizmente, otra desdichadamente. Fue el amor desdichado el que me enseñó más acerca de la naturaleza del amor, aunque no en esa época, no hasta años después. Fechas y datos... llénenlos como quieran. Pero estaba enamorado, y amé durante mucho tiempo, muchos años. Al principio estaba descaradamente feliz, agresivo de alegría solipsista; sin embargo, la mayor parte del tiempo me sentía desconcertadamente, fastidiosamente infeliz. ¿Es que no la quería lo suficiente? Sabía que sí, y pospuse la mitad de mi futuro por ella. ¿No me quería ella lo suficiente? Yo sabía que sí, y renunció a la mitad de su pasado por mí. Vivimos uno junto al otro durante muchos años, preguntándonos con inquietud cuál era el error en la ecuación que habíamos inventado. El amor mutuo no daba como resultado la felicidad. Tercamente, insistimos en que sí.
Hace un tiempo estaba buscando cosas que me sorprendieran en la web y en GoogleVideo encontré una genial charla televisiva entre Marshall McLuhan y Norman Mailer. Como no sabía como postear GoogleVideo, seguí buscando y encontré este genial fragmento de Annie Hall (no está subtitulado).
Seguí buscando porque me sorprendió que aquel que postulara que el medio es el mensaje fuera tan cercano y tuviera tanto sentido del humor. Encontré una filmación de McLuhan hablando sobre el casamiento en la boda de su hija.
Ya sé que no quieren tantas imágenes, pero no podía guardarme estas perlitas.
Por lo demás, no estoy posteando aquí, pero ando con la camarita del celular sacando fotos inherentes a la campaña. Están en flickr, por si alguien quiere pasar y ver.
Cuando Jorge Luis Borges en 1944 publicó Ficciones, acaso el mejor libro de cuentos de la lengua castellana, incluyó un texto barroco, irónico y sin duda extraordinario que le había dedicado a Silvina Ocampo cinco años antes: Pierre Menard, autor del Quijote. Pocos relatos borgeanos han sido objeto de exégesis más finas y ninguno plantea con mayor sutileza una cuestión tan insólita como deslumbrante. El narrador, que es un pedantísimo confidente epistolar del desaparecido Menard –simbolista tardío, amigo de Valéry, autor de una obra breve y fragmentaria y de un intento desmesurado–, hace el relato y la detallada descripción de la inconcebible empresa que se llevó los máximos esfuerzos y los parciales logros del malogrado poeta de Nimes: escribir El Quijote.
Porque el propósito del oscuro francés Pierre Menard no era traducir ni copiar ni transcribir ni memorizar la obra clásica española; es decir, no quería escribir otro Quijote –“lo que sería fácil”, dice Borges por boca del narrador–, sino escribir el Quijote, el mismo texto: “Producir unas páginas que coincidieran –palabra por palabra y línea por línea– con las de Miguel de Cervantes”. Un propósito “meramente asombroso” en sus propias palabras, para cuyo cumplimiento se impuso en principio un método que, dentro de lo imposible, era relativamente sencillo: ser Cervantes.
Para eso –y ahí deslumbra Borges en la enumeración–, Menard llegó a conocer relativamente bien el español del siglo XVII, recuperó la fe católica, guerreó de memoria contra turcos y moros y consiguió olvidar la historia europea entre 1602 y 1912, entre otras hazañas. Sin embargo, ese camino le pareció excesivamente fácil y lo desechó. Así eligió finalmente la tarea más ardua y la única verdadera: llegar a escribir El Quijote sin tratar de ser en el siglo XX un novelista del XVII, siendo apenas lo –y el– que era, el oscuro Pierre Menard. “Mi empresa no es difícil esencialmente –le confiesa al narrador en una de sus cartas con lógica perturbadora–, me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo.”
De toda esa prodigiosa tarea sólo quedan testimonios parciales, ejemplos de lo que pudo haber sido: los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte y un fragmento del veintidós. Y eso es todo.
Hasta ahí, Menard. Hasta –o desde– ahí, la soberbia especulación borgeana sobre la propiedad de las ideas y los relatos, la temporalidad reversible, el equívoco sentido que se ilumina hacia atrás y hacia adelante. “Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas”, concluye la indudable voz de Borges con pavorosa ironía.
Recurrir a estos esplendores de la ficción y la inteligencia para referirse a un avatar futbolero puede parecer excesivo o al menos descaminado. Creo poder demostrar que no lo es.
Cuando –ya famosamente– el joven Lionel Messi realizó en el Camp Nou del Barcelona FC, durante el crepúsculo boreal del miércoles 18 de abril, para disfrute y consumo urbi et orbe, la maniobra prolongada en tiempo y espacio que culminó en el segundo gol de su equipo contra el Getafe, hubo consenso unánime e inmediato de que se trataba de un hecho prodigioso y, paradójicamente, comparable: el pibe había hecho un gol igual al de Maradona contra los ingleses en el Mundial ’86.
En estos tiempos de fútbol mecanizado y jugadas preconcebidas con ejecutores obedientes, no es demasiado raro que se vean goles iguales a otros –hay infinidad de casos en que se repiten calcados circunstancias y desempeños–; lo extraordinario del caso es que, precisamente, lo que se veía mágicamente repetido era lo –por definición– irrepetible, lo excepcional: el mejor gol de la historia. El de Messi no era ni mejor ni peor: era, de un modo inquietante, igual. No hizo otro gol parecido ni lo copió ni lo imitó ni lo tradujo: simple, increíblemente, lo hizo otra vez.
Digo que, como Pierre Menard quiso y pudo parcialmente escribir El Quijote, Messi intentó y pudo hacer el gol de Diego. Incluso se puede llegar a suponer o –me atrevo a decirlo– a reconstruir un propósito similar en el precoz, homólogo petiso. Es innegable que, como Pierre Menard, Messi –o el espíritu consciente o no que a través de él se manifiesta– alguna vez concibió la idea de hacer el mismo gol del Diego. Y es evidente que eligió como primera opción, al igual que Pierre Menard, el camino de –en la medida de lo posible– ser Maradona para después hacerlo “desde el Diego”. Por eso es (se hizo) argentino, por eso se mueve allí donde se mueve, por eso ha ido a jugar a Europa en el Barcelona, por eso ha sido campeón mundial juvenil, por eso ha tenido un primer Mundial frustrante.
Lo extraordinario es que en algún momento, y también como Pierre Menard, Messi decidió el camino más difícil, y decidió hacer el gol del Diego sin (esperar) ser Diego: aceleró (literalmente) el trámite, se apuró, no llegó ni a cumplir los años ni a jugar el segundo Mundial ni a enfrentar a Inglaterra y, en una noche cualquiera, hizo el gol del Diego con la certeza y sabiduría desinteresada con que da en el blanco un arquero zen.
Juan Sasturain - Diario Página/12 . 24 de Abril de 2007
"...para convertir a los animales en seres dignos de supervivencia se los humaniza y transforma en muñecos. No se dice que tienen derecho a la supervivencia aunque, según sus costumbres, sean salvajes y carnívoros, sino que se los hace respetables volviéndolos amables, graciosos, bonachones, benévolos, sabios y prudentes."
No lo digo yo, lo dice Eco. Y como dice Natalio, las primeras veces que uno ve esta publicidad dan ganas de abrazarse junto con los osos.