Un joven jardinero persa dice a su principe:
- ¡Sálvame! Encontré a la muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza.
Esta noche, por milagro, me gustaría estar en Ispahan.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la muerte y le pregunta:
- Esta mañana, ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
- No fue un gesto de amezaza - le responde - sino un gesto de sorpresa. Pues la veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.
Jean Cocteau
A veces la comunicación falla...
lunes, diciembre 26, 2005
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15 comentarios:
Qué capo este Cousteau... además de haber explorado todas las profundidades en su Calypso, también se mandaba sus buenos textos.
PD:
Este cuento alguna vez el material de base para una clase de un curso de teatro al que solía concurrir. Era en el Rojas, allá por el 2002. Creo que me tocó hacer del príncipe al que el jardinero cuenta su malestar... pero fue hace mucho y la memoria es endeble. La casualidad quiso que en aquellos días justo tuviera que preparar la historia de Cocteau para mi clase de actuación.
Se me hace extraño y denso el 2002, pero entre otras cosas rememoro mi incursión actoral, la coincidencia con Cocteau y la casualidad de haber leído, entre otros, ese cuento en mi curso de tercer año de aquel año del año 2002. Qué enrosque. Salud.
NS
Yo el texto lo encontré ayer, archivando y ordenando algunas cosas en mis cajones de la marca Pandora que cada vez que los abro algunas cosas, tal vez un poco olvidadas, me avasallan...Al rato de leerlo se me ocurrió publicarlo....... lo que me llamó la atención es que a mi también el texto me llego de la mano del teatro. Fue en el 2003 cuando cursaba un seminario de formación e investigación actoral en el Camarín de las Musas.
¿cómo me enteré de este curso? Porque, si mal no recuerdo, lo dictaba Miguel Cavia, director de algunas obras del San Martín y profesor de algunos de los talleres que allí se dictan.
Eran una serie de textos entre los cuales cada grupo debía optar por uno para representarlo; finalmente elegimos uno que recreaba en mito del rapto de Perséfone.
Saludos,
LuZ
PD: durante enero yo podría hacerme cargo de backup.
Y aquí, los vírgenes de teatro, padecemos la ignorancia.
Quizá a nosotros nos cueste más saber que Cousteau no es Cocteau y pensamos en un vejete de acento francés (que, obviamente, está doblado al castellano), desafiando a la muerte en las mandíbulas de un tiburón. Quizá nosotros pensemos a la muerte como una resentida que dicta sus leyes arbitrarias: "Ah, sí, vos. El viejito de los tiburones. Ya vas a ver". Habrá que conocer demasiado para saber si la muerte no intuyó las posibilidades de su acción o su inacción. De su verbo o su no verbo.
Este tipo de cuentitos (me refiero así al escrito sólo por su extensión, no por su contenido), mínimos, causales, han sido escritos de mil formas por mil autores. Recuerdo pocos, pero siempre me llaman la atención, siempre me gustan. Son irónicos. Son despiadados con el transcurrir del tiempo y el poder de la inevitabilidad.
Aunque, obvio, a mí me gusta pensar que hasta lo más inevitable se puede evitar si tenemos un buen informante.
Yo soy de no creer en el destino. Me gusta pensar en voluntades. Mi voluntad -o mi falta de ella- me llevó a perderme una parte de este mundo: hacer teatro. ¿O acaso no estaba en mi destino?
No lo sé. Me voy a tomar unas copas con la muerte, que en un rato tiene que salir para Ispahan.
PD: Estoy leyendo un librito de Eco y el fútbol. Prometo ampliar.
Una más: ¿La muerte viaja en bondi?
Sí, son dos personas diferentes. Para empezar se llaman (y pronuncian) diferente: Jean Cocteau y Jacques Cousteau. El segundo es posterior al primero (por algunos años). Ambos son franceses. El primero es novelista, poeta, dramaturgo y cineasta, y el segundo es escritor e investigador, pero se limito más al campo marítimo. Siempre supuse que por eso el texto pertenece al primero y no al segundo.
Con respecto al destino...una canción dice “cuando me habla del destino cambio de conversación”; otros, en cambio, sostienen que “el destino mezcla las cartas, y nosotros jugamos”. Pero a mi la frase que más me gusta es una que dice que "los días no adquieren sabor hasta que uno escapa a la obligación de tener un destino."
Son temas eternos los de las vueltas de la vida, la predestinación, el futuro, lo que va a pasar, lo que escribe el dedo de Dios, el destino. Desde las culturas griegas más antiguas hasta hoy en día, todos tenemos una cierta curiosidad por el futuro o el destino. Desde el Oráculo de Delfos hasta la quiromancia. Desde la lectura de la borra del café, el tarot, los buzios, las runas, etc. hasta esa página de internet que, luego de responder un test, te anuncia cómo y cuando te vas a morir.
Sé, con certeza, que hay un destino inexorable, que supongo que es el que nos hace iguales. Algo que todos sabemos con firmeza , en lo que todos alguna vez pensamos, algo que, de alguna u otra manera, nos tocó de cerca, una experiencia que todos compartiremos en algún momento: la muerte. ¿será que tener esta certeza es lo que inquieta tanto al hombre? ¿Seran muchos los que buscan “el río secreto que purifica de la muerte a los hombres”?
No me quiero ser como el Homero de El inmortal.
La muerte es parte de la vida. Son la reglas del juego. La muerte esta dentro de cada uno.
Todo esto fue, simplemente, para contestarle la pregunta a Pablo: para mi la muerte sí viaja en colectivo. Va a la facultad, al cine, al trabajo, a la playa, de paseo, pero también se muere.
Saludos,
LuZ
O yo fui pésimo para la ironía o qué se yo. Cocteau y Cousteau... en fin, revisaré mis artilugios.
Él cree que posiblemente el teatro no sea el formato artístico más usual ni el más gozado. Él considera que el teatro está destinado a ocupar algún lugar de forzoso recuerdo tras la música, la literatura, la pintura y etcétera.
Pero a él no le preocupa esto. Así como le agrada el teatro, también le apasiona la música, la literatura, la pintura y etcétera.
Buenos Aires es una de las ciudades más importantes del mundo en lo que se refiere a circuito teatral. A la vez, y proporcionalmente, es una de las ciudades en las que más estudiantes de actuación existen. Y a la vez (y he aquí lo paradójico), es ínfima la proporción de los estudiantes de teatro que asisten a la contemplación de obras. Esto significa que la mayoría de los que estudia teatro no va al teatro. La profesora que le informó estas estadísticas sabía el porqué de esta paradoja que no era tal: “Televisión”, dijo. “Estudian actuación para ir a la TV".
Él cree que está bonito. Que cada uno con lo suyo. Hace rato que él dejó de enjuiciar gratuitamente. Detrás de cada porqué hay una historia.
El teatro es una forma en la que él incursionó alguna vez como activo participante, pues el teatro se funda, como buen introvertido que es, en su placer por lo que denomina "el escenario". Aquellas mentes sagaces podrán encontrar alguna analogía entre el "escenario" y el estar delante de un curso impartiendo clases. Algunas mentes sagaces podrán reconocer que en ocasiones él “actúa” allí adelante.
Aprender algo de actuación le sirvió para encontrar unos recursos didácticos que no pudo o no supo aprender cuando hizo la carrera docente. Que la gestualidad, que el manejo de la voz, que la postura, que los silencios, que la mirada, que las manos.
De todas formas, y más allá de lo utilitario, él sabe que el teatro sintetiza la tragedia y la comedia (de allí las famosas mascaritas) que componen el transcurrir. Los griegos lo sabían desde mucho antes, y por eso usaban máscaras como dispositivos para la composición del personaje. La latinización de la palabra que los griegos usaban para designar a la máscara derivó en el término “personare”. Personare es la raíz de “personaje”... y también de “persona” y “personalidad”.
Entiéndase y archívese de una vez por todas: él no es quien da clases; ese que está allí es un personaje construido, apócrifo en su existencia metaáulica, distinto del que escribe aquí y ahora, un ropaje sin vida que se guarda con naftalinas en un baúl durante las vacaciones, los fines de semana y los feriados. Stanislavski, Artaud, Beckett más otras decenas de tipos (inclusive Cocteau y Cousteau) ayudaron a coser ese traje y a moldear esa máscara. De no haber cosido ese traje y de no haber moldeado esa máscara, él cree que a esta altura ya cargaría con una patología mental fruto de la exposición pública tan permanente. Para evitar esto, él decidió construir un personaje, cuidarlo, fomentarlo, vestirlo, maquillarlo, peinarlo, actuarlo y respirarlo durante unas cuantas horas por semana. Luego, al baúl.
Naftalinas.
Le apasiona el teatro, le reverbera ver actuar. Le humecta actuar de quien no es. Le gusta leer obras de teatro, pues tienen un código soberanamente distinto al de la literatura. Y como todo código, requiere de un voluntarioso aprendizaje. Mientras la literatura se escribe para ser leída, la dramaturgia se escribe para ser actuada. Él lee literatura y lee teatro. Pero a veces él confunde estos límites en medio de un Ars Magna que lo seduce primero para luego abandonarlo y escaparse impune y a las carcajadas por el tragaluz.
“Si el mundo es un escenario, entonces todos somos actores”, es la frase más conocida del viejo Shakespeare. Su hermanita tiene estampada esa frase en una remera. Hace muchos años fue ella -su hermanita- quien lo metió a mamporros dentro del mundo del teatro. Él le adjudica a ella nunca haber podido salir indemne de ese mundo en el que se vio metido casi a la fuerza. Él le adjudica a ella un agradecimiento debido, pues su hermanita es muy mejor en todo aquello que él es a medias. “Yo fui el borrador”, le dijo él, y ella se rió primero y lo negó después.
Y sí, quizá sí, que tal vez de eso se trata un poco. De mundos como escenarios y seres como actores intentando refulgir en un papel que nunca les fue dado elegir.
Y entonces, nos guste o no el teatro, hayamos o no estudiado un poco de él, sepamos o no el clásico monólogo de Tom en el “Zoo de cristal”, nos maravillemos o no sabiendo que Godot es el único personaje de la historia universal del teatro que figura en el nombre de una obra en la que finalmente nunca aparece, nos plazca o no asistir a esporádicas representaciones, conozcamos o no sendas butacas de salas “oficiales” y “underground”, nos empecinemos o no en aclarar que cuando el príncipe de Dinamarca dice “To be or not to be, that is the question” no tiene, tuvo ni tendrá ninguna calavera del pobre Yorick en la mano (pues esto último ocurre en un acto y monólogo posterior); entonces, siempre entonces, será cosa de la brava savia que está pronta a hacer ebullición saber gozar con este encuentro. Allí adelante hay alguien que ofrece un sacrificio a la diosa Verosimilitud… y el cuerpo del sacrificio no es otro objeto que su propia persona. Moliere sufrió un síncope mientras representaba una de sus obras. Al rato espichó como Dios manda. Pero murió abajo del escenario, no encima de él. Moliere -dicen- vestía de amarillo aquella noche para el infarto (literalmente). Desde esa vez, el amarillo es el color maldito para el teatro mundial. En el Enrique IV de Pirandello (Pirandello es el que creó la estructura dramática del “teatro dentro del teatro” con su “Seis personajes en busca de autor”; por otra parte, los de AOP saben que Enrique IV fue el rey alemán del problemilla con Gregorio VII en la Edad Media –ver Crespi-), decía entonces que, en el Enrique IV de Pirandello, Alfredo Alcón, a sus 75 años, se mueve como un purrete al que el tiempo y la edad jamás supieron cómo abordarle en esas dos horas en las que sólo se dedica a, paradójicamente, reventarse a sí mismo arriba de unas tablas. Tiempo y Edad -a esta altura él cree que ya puede confesarlo sin provocar desmayos- son dos de los varios sobrenombres que lleva la Muerte.
La Muerte viaja en bondi, juega al ajedrez en Bergman, se viste de Brad Pitt en Joe Black, seduce al hombrecito del azulejo en Mujica Lainez, y da su nombre a una fantástica obra (¡de teatro!) de W. Allen (véase "Muerte", incluida en "Sin plumas", compilación de Ed. Tusquets en la que también hay otra obra llamada "Dios"... en fin, sin desperdicio), y recorre -la Muerte, decía- el Ispahán de Cocteau mientras sonríe en las mandíbulas del tiburón sometido por Cousteau.
La Muerte, de eso estábamos hablando.
Pero la Muerte odia al teatro, porque es un espacio en el que sólo puede abrazar a la persona secular recién luego de que ésta haya vuelto a ser tal. A la Muerte nunca le cupo esperar demasiado, y el teatro, nada más ni nada menos, es la Espera, la suspensión del instante, es el no-tiempo, el agujero negro, la refutación del devenir.
La Muerte odia al teatro, porque es el lugar en el que sólo puede abrazar a la persona recién luego de que ésta volvió a ser tal.
O sea, abajo del escenario.
O sea, cuando la persona se quitó la máscara y volvió a ser persona.
O sea, cuando cambió un “personare” por otro “personare”.
O sea, cuando volvió a ser el mismo que nunca dejó de ser.
Y la Muerte, demás está aclarar a esta altura de la merienda, no se lleva bien con estos menjunjes, aunque se enorgullezca de darnos toda una vida de ventaja, aunque juegue con la carta más segura, aunque sea la esquina de todos los caminos.
“No me parece que lo más urgente sea defender una cultura cuya existencia nunca ha liberado a un hombre de la preocupación de vivir mejor y de tener hambre, sino extraer de aquello que se llama cultura ideas cuya fuerza viviente es idéntica a la del hambre”. (Artaud).
¿Qué tiene que ver esto con AOP? Él cree que nada, que casi nada.
Él cree que escribió demasiado. Ergo, él sospecha que estaría bien tomar distancia de tan horrible prosa y (peor aún) contenido.
Mejor retornar en el 2006, reflexión mediante.
Coincido con Flor.
Y con algunas cosas de Natalio.
Fue un gran texto. La extensión es ideal. Pensemos en formato de revista: no hay más de una página. Me gusta. Es difícil de ilustrar con foto. Quizá una caricatura de la muerte en el bondi, o de la muerte con Cousteau.
Quedarían por aclarar un par de cuestiones.
1) Si el teatro es el devenir de la muerte como persona pero admite a la muerte como personaje; y por lo tanto no es un devenir de la muerte sino un ámbito de actuación diferente para ella, como lo es para los humanos (mueren Romeo y Julieta aunque no muera Molière).
2)¿Será cierto que el Stecconi profesor es sólo un ámbito apersonajado del Stecconi persona? A los que nos gusta pensar que es siempre el mismo aunque sea distinto, nos digo: revolución sin muerte. Tomemos a la persona del blog y llevémosla a dar clases. Calculo que serán parecidas a las de hoy.
3)Qué edad tiene la hermana (menor, para colmo) del profesor Stecconi.
Por suerte para 2006 falta poco.
Flor: tu genialidad o tu idiotez no se miden por la estima paternal.
¿Qué tiene que ver esto con AOP?
Elemental mi querido Cousteau. Elemental.
1) Maravillosa hipótesis y/o cuestión. Creo (cree) contar con algunos argumentos. Pero no ahora. Me (se) estoy (está) derritiendo. 35° es más de lo que puedo (puede) soportar sin Pelopincho a la mano.
2) Echémoslo a las runas.
3) 28.
2) ¿A las runas o a las urnas?
2) Echas runas de Cocteau en urnas hechas por Cousteau.
He reparado en 3). Deseo aclarar que "hermanita" es una palabra "cuya fuerza viviente es idéntica a la del hambre”. Ella tiene 28, claro, y la diferencia de edad nunca fue altisonante. Casi tres años. Pero después de tanta película transcurrida, ambos saben que de a ratos ella sigue siendo esa que, aunque muy lejos desde hace unos años -y más de lo que algunas noches él puede soportar-, sigue dándole la mano para cruzar la calle.
Cáspita.
Ah, sí. El año. Se termina el año. Pero esta vez yo no siento la división tajante. Esta vez mi año continúa más allá del calendario.
Parece tan difícil mitigar las depresiones ajenas desde argumentos lógicos. ¿Cómo se le hace entender a Flor?
Parece tan difícil mitigar la depresión propia con ideas de alegría popular. ¿Cómo se hace para hacerme entender?
Ya extraño este año, que es casi el año pasado. Ya lo extraño y todavía no se fue.
Salud y copas.
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