sábado, diciembre 10, 2005

Bailando a través de las colinas

Hace unos días volvió a mirar por enésima vez la pila de libros todavía no leídos. Tenía un mate en la mano y un cigarrillo apagado en los labios.

Pensó en la palabra “pila”.

Pensó en la palabra “pila” porque se escuchó a sí mismo mascullársela en ese estado de comunicación intrapersonal que suele cabalgar entre la autoconsulta y la autoconfirmación.

Pensó que en realidad “pila” no era la mejor palabra. “¿Bulto?”, “¿montón?”, “¿baobab?”.

Se decidió por “baobab”.

Esquivó por enésima vez el baobab de libros todavía no leídos. “En enero y febrero los liquido”, vomitó con soberbia. “En enero los liquido”, se corrigió con la humildad del achique. “En fin…”, y sonrió ante la contradicción.

En estos días esquivó por enésima vez el baobab de libros todavía no leídos y decidió dedicarse a releer Los miserables. Creyó que quizás la podría utilizar, de alguna manera que aún ignora, en sus clases del año que viene.

La señora del colectivo de media distancia que llega a los countries estaba emperifollada, anaranjada, arrugada más por la cama solar que por sus sesenta y pico de años. Subió con un par de bolsas cargadas de cosas que parecían caras, un diario enorme y un celular por el que hablaba y hablaba con alguien que parecía conformarse sólo con escuchar y escuchar. Ella se sentó al lado del pibe que estaba leyendo Los miserables. Ella lanzó alguna queja en voz alta sobre la falta (o el exceso) del aire acondicionado del colectivo.

Ella apagó el celular, acomodó sus bolsas, desplegó en toda su magnificencia su ejemplar de La Nación y bajó el respaldo del asiento hasta el punto en el que el pasajero de atrás esbozó un casi inaudible (pero contundente) “puta que lo parió”.

Pasaron un par de minutos. Ella reparó por fin en el muchacho que leía a su lado. Seguramente vio la tapa del libro. Por alguna razón sospechable, ella no pudo evitar comentarle: “Yo vi el musical cuando lo estrenaron en United States… ¿vos lo viste?”.

Él levantó la vista al frente y luego giró hacia ella. Se tomó un par de segundos para responder. Quiso ser simple y despojado. La miró con cortesía. Sonrió y dijo “No”. Bajó la vista otra vez. Fin.

Pero ella decidió continuar.

“Aaahhhh… No sabés lo que te perdiste”. Entrecerró los ojos, miró hacia el techo. Tuvo un orgasmo.

Él estaba cansado. Probablemente enojado. Escuchó sin querer escuchar. No quería escuchar. Y menos quería escuchar eso. Y también sucumbió a la tentación.

Él decidió contraatacar.

“¿Usted leyó la novela?”.

“Sí, claro…”.

Y ella marcó un número en el celular con una agilidad de taquígrafo. Se le cayó el diario encima de las bolsas pero no lo recogió. El ejemplar se fragmentó en varias secciones y el suplemento que hablaba de lo top que son las mesas de roble patinadas en turquesa fue a dar contra las zapatillas del muchacho. “Curioso”, pensó él. Cerró el libro y tomó el suplemento rebelde. Por menos de un segundo estuvieron a la par las palabras “Miserables” y “Mesas de roble patinadas son un top”. Él entregó el suplemento a la señora con una sonrisa seguramente cruel. Mientras tanto, algún ser contestó el llamado urgente, ella suspiró y empezó a hablar otra vez con alguien que sólo parecía escuchar. Cortó justo antes del momento en que debía bajarse del colectivo.

Él se bajó un buen rato después y se dedicó a otra cosa. Sabía que había ganado, pero se sentía pésimo. Creyó que la historia de Jean Valjean (historia que era la segunda vez que lo hacía llorar) no le había servido para nada. Y eso lo hizo llorar por tercera vez.

“Y estoy desnudo, si quieren verme, bailando a través de las colinas”.

Natalio Stecconi

2 comentarios:

Anónimo dijo...

uhh, que pedazo de libro. Lo lei hace exactamente un año. No te digo que lagrimie (no se si se escribe asi)pero estuve a punto. Creo que depende mucho del momento de la vida en el que uno está para ver que sensaciones le provocan. Pero me parece inveitable la comparación de Jean Valjean con Gerard Depardieu en la pelicula, q es una bestia en ese papel) A la peli la vi despues de leer el libro, y la comparación es inevitable.
De todos modos creo que una de las enseñanzas que nos pueden dejar estas obras maestras es que no somos lo que queremos ser, sino lo que la vida nos prmite... al que no lo leyo recomiendo urgente su lectura, me costó agarrar otro libro despues de haber leído a Victor Hugo, me parecían tan superficiales...
Muchos saludos, Fer

Anónimo dijo...

Perdon... me olvidaba, no tuve la oportunidad como sí la tuvo la "aburguesada" señora del colectivo, de apreciar el musical en Broadway.. PERO SEGURO QUE LA NOVELA ERA MEJOR, SINO... NO TENGAN DUDAS QUE ESE CELULAR NO SE HUBIERA MOVIDO DE SU FALDA Y EL SUPLEMENTO "FASHION" DE LA NACIÓN NO SE HUBIERA CAÍDO AL PISO.

QUE SIGAN BIEN. FER