No se si por defecto o por virtud, pero el ser humano tiende siempre a preguntarse por el futuro. Quiere saber que será de él y del mundo más adelante. Inspecciona en lo más profundo de su ser, enfrentándose a dilemas, que sabe de antemano no podrá responderse. Intenta indagar, aunque a veces se quede en el deseo meramente onírico, acerca de su destino no tan cercano. Imagina bucear en el túnel del tiempo, levitar en las bibliotecas del mañana y consultar las páginas de los libros de historia de otra época.
Pero como todo proceso de construcción, supone antes uno de deconstrucción. Y es allí, cuando el hombre se pregunta por el pasado y gira la vista para espiar por su espejo retrovisor qué era lo que sucedía un siglo atrás.
A fines de la década de 1930, comienzos de 1940, Alemania conmocionaba al mundo y principalmente a Europa con la irrupción de un líder político, que años más tarde se convertiría en uno de los más siniestros de la humanidad. El país, que todavía no podía retomar su color natural tras la feroz teñida de sangre que le significó la primera Guerra Mundial, se encontraba nuevamente en los albores de uno de los peores genocidios humanos. Vendría el ascenso de Hitler al poder y las nefastas consecuencias de la segunda guerra mundial. A pesar de ser una de los países más ilustrados del mundo, la sociedad alemana de la primera mitad del siglo veinte, convalidó atrocidades imperdonables. Este dato de la historia, echa por tierra el mito de que las clases ilustradas no se equivocan, y que sólo las “masas ignorantes” son arrastradas por la irracionalidad. Es cierto que Hitler conquistó a las masas, pero también es verdad que éstas se dejaron llevar por la impronta de un discurso racista y perverso.
Todavía hoy, a más de siete décadas de aquellos trágicos sucesos, nos preguntamos el porqué. Quizás este mismo proceso de pensamiento retrospectivo se lo hagan los habitantes del mañana, aquellos que vivirán el mundo que nosotros les dejamos.
Y así como nosotros hoy nos seguimos preguntando porqué existió un Hitler, un Stalin, un Franco, o un Mussolini, los muchachos del 2050 y años venideros se preguntarán por el cinismo de un tal Bush o por la perpetuidad de un viejo de barba (comandante para los amigos) llamado Fidel Castro. Pero todavía no somos conscientes de la difícil misión que les quedará a los historiadores, maestros y periodistas del futuro.
¿Cómo les explicarán a aquellas personas sedientas de información, que el hombre de estos tiempos, utilizó su inteligencia para desarrollar una carrera armamentista cada vez más eficiente en pos de destruir al enemigo, sin percatarse que al mismo tiempo destrozaba su propio mundo.? La complicación más evidente se presentará cuando los jóvenes del mañana, en ejercicio de su visión retrospectiva, se pregunten por el año 2000 e insistan en averiguar que fue lo que hicieron sus antepasados. Así como nosotros hace unos años atrás escuchábamos a nuestros profesores de historia hablarnos de Malvinas y de la victoria que le propinábamos a los ingleses, según palabras de un trasnochado gobierno de facto, en el futuro se preguntarán por Irak y Afganistán.
Galtieri mintió, y “el pueblo” en la plaza de mayo vitoreó aquel discurso que suponía la derrota británica a manos de los inexpertos jóvenes argentinos, convalidando de este modo su infamia y su inescrupulosidad. Bush también lo hizo, y los norteamericanos no sólo le creyeron, sino que redoblaron la apuesta y lo confirmaron en su cargo por cuatro años más. Las armas de destrucción masiva eran una gran máscara que ocultaba el real motivo de la invasión de los Estados Unidos a Irak: el petróleo. La guerra tuvo su rótulo: Justicia infinita. Sólo con el título uno suponía que hasta Dios se había convertido en un escriba al servicio de la Casa Blanca.
“A Osama Bin Laden lo quiero vivo o muerto”, dijo suelto de cuerpo ante las cadenas de televisión norteamericanas, que respondían adecuadamente mostrando lo conveniente.Y sus lugartenientes, no menos empapados en el rol de justicieros, proponían que los agentes de la CIA recuperen el permiso para matar primero y preguntar después. El país madre de la democracia censuró, escondió e ignoró a los que se atrevieron a pedir cordura.La CNN prometía desde sus decorados electrónicos y sus pulcros presentadores, con un español refinado y neutro, una campaña que alimente la ira del mundo contra cualquier sujeto sospechable de pertenecer o descender de la media luna de oriente.
Las dos guerras mundiales fueron para demarcar el territorio, la guerra fría para repartirse ideológica y geográficamente el mundo en dos, la guerra de Irak fue por el petróleo, y la que vendrá probablemente sea por el agua. ¿Quién lleva la cuenta? ¿Somos conscientes de la cantidad de vidas humanas que se pierden a diario por el capricho del hombre? ¿Cuándo será el día en que éste se sacie de tanta maldad y utilice su raciocinio para crear y no para destruir?
¿ Ocurrirá esto en el año 2050? Resulta improbable si persiste el actual estado de cosas; es factible que el hombre para aquel entonces esté pensando en que botón apretar para aniquilar a su enemigo en pos de montar una nueva guerra innecesaria; quizás le haya llegado la hora al hidrógeno. Posiblemente, las potencias mundiales de turno pondrán a este mineral como la excusa perfecta para los enfrentamientos bélicos del mañana.
¿ Ocurrirá esto en el año 2050? Resulta improbable si persiste el actual estado de cosas; es factible que el hombre para aquel entonces esté pensando en que botón apretar para aniquilar a su enemigo en pos de montar una nueva guerra innecesaria; quizás le haya llegado la hora al hidrógeno. Posiblemente, las potencias mundiales de turno pondrán a este mineral como la excusa perfecta para los enfrentamientos bélicos del mañana.
¿Qué explicación “racional” nos darán en el 2050?
Fernando Pittaro
1 comentario:
Recien leo este texto, se me habia pasado de largo. Felcitaciones Fernando. Es un buen disparador para ponernos a refelxionar.
Con respecto a tu pregunta estimo que siempre habrá alguna coartada racional para las irracionalidades del hombre.
Saludos, Tuti.
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