viernes, noviembre 18, 2005

Baldosas de opinión pública

JUEVES, SEPTIEMBRE 15, 2005

Hay una pintada sobre la vereda que piso al bajar del colectivo que me lleva a mi pueblo.
El color de la pintura es blanco, un tópico que más allá del irrisorio detalle mucho parece contar sobre la intuición plástica del anónimo enunciador: las baldosas son de un rojizo cargado, casi bermellón.
Como dije, no hay firma responsable; la fuente se cobijó en el confortable vacío de la nadiedad. Pero esa pintada, aunque sin fuente visible, es un mensaje dirigido a alguien, y ese alguien fue explicitado nominalmente por el enunciador. Ese alguien tiene un nombre, nombre que mi memoria, esquiva como suele definirme, no ha sabido resguardar. Pongamos por caso que ese nombre es "Ana".
Deben existir miles de graffitis en todo Buenos Aires que están dirigidos a alguien. Pero este, en las baldosas que piso cada tanto, me llamó la atención por tres razones.
1) La primera razón es la ubicación. En todos estos años he visto pintadas en paredes, en vallas publicitarias, en portones, en ochavas, en los andenes del subte, en las garitas de los colectivos, en los asfaltos y hasta en automóviles que han cometido el error de no ir a pasar la noche al garage. Tengo una hiperinformación que me ha saturado de percepciones graffitescas. Veo pintadas por todos lados. Las veo, pero ya no las miro. No las miro porque las veo en todos lados. Entrópico, pero real.
Este graffiti, en cambio, fue visto y mirado. Está en la vereda, lo cual ya es un toque de distinción que lo hace particular. Pero tampoco está en cualquier lugar de la vereda. Está impostado en las baldosas más pertinentes de toda la cuadra: las que uno debe pisar indefectiblemente (salvo que se posean dotes de milagrosa elasticidad física) al bajar del colectivo en esa esquina.
Doy por descontado que cualquiera de nosotros, al bajar de un colectivo, mira dónde va a ir dirigido el pie que nos separará del móvil ya detenido y nos depositará en tierra firme. Pues bien, allí donde se posa la mirada escrutadora antecesora del pie, está el graffiti. No se puede no mirarlo, no se puede no leerlo, no se puede no pisarlo.
2) La segunda razón por la que me llamó la atención el graffiti es la decisión de exponer públicamente un mensaje dirigido intencionalmente a una sola persona. Esto barre con el resto de los graffitis globalizantes y dictatorialmente unificadores del estilo "Palermo es de Chaca" o "Aguante Mambrú". Este era de "él" hacia "Ana". Simple, contundente, sin soberbia absolutista, libre de unanimidades generadas por el uso de la violencia discursiva.
Él le quería decir algo a ella, pero ese decir estaba en un segundo plano en relación con la necesidad de él de hacerlo público. Él le decía a ella, pero me lo dejaba saber a mí. O mejor dicho: él le decía a ella, pero quería que lo supiera yo al bajar del colectivo. ¿Lo hizo él porque ella tomaba ese colectivo, bajaba en esa esquina, pisaba esas baldosas y, por determinismo físico, no podría dejar de ver el graffiti? Quizás. Pero también podría haberla llamado por teléfono, o mandarle una carta, o transmitírselo a través de una amiga noble y confidente, o enviarle un tecnológico mensaje de texto.
Podría. Pero la fenomenología nos sacude con lo irrefutable: allí está pintado un mensaje privado hecho público. Está en la vereda, y la vereda es pública. Es de él, es de ella, es de todos, y mía también.
En días en los que la privacidad parece resguardarse inexorablemente del acontecer público que la condiciona y conforma –a no ser que esa privatización del espacio colectivo requiera de una movilización de intereses particulares que puedan promoverlo como universal (para que por efecto deductivo beneficie sólo a unos pocos)–, él sintió y expresó la necesidad de decirme a mí que ese mensaje estaba dirigido a ella, pero que no podía resistir la pulsión de hacer que yo lo supiera. No para apoyarlo, ni para ayudarlo, ni para convertirme en un activista de su causa. Él necesitó, simplemente, que yo lo supiera. De otra forma (o con otra intención), él habría firmado la pintada.
Él necesitaba hacer pública su anónima moción personal.
En medio de saturaciones informativas y de mensajes que no terminan de ser recibidos por culpa del mensaje segundón con ansias de primeridad que ya viene empujando desde atrás, él encontró el lugar y la ocasión para decirme que necesita decirme que desea decirle algo a ella. Decirme que dice que le dice algo que ahora digo y difundo yo. Perfecto.
Él hizo pública su opinión privada, pero sin obligarme a aceptarla; tan sólo me la comunicó y me dejó la libertad de decidir si la acepto y comprendo o no. No trató de transmitirme que esa es la opinión o moción de la mayoría de mi pueblo, a la cual debería yo plegarme o, ante mi potencial incorformidad, saber guardar el prudente silencio de la minoría. Sólo compartió su opinión conmigo. Compartió su opinión (su sentir) con un nadie-alguien que baja cada tanto de un colectivo cada vez más casual.
El pibe anónimo hizo pública su opinión individual, y hoy me entretengo con el deseo de saber que con eso pudo sentirse grande y pleno, sin bregar por imposiciones, mayorías aludidas, persuasiones encubiertas o citas a resultados de sondeos que marcan la tendencia mayoritaria acorde con su ideología (o infantil capricho). Sólo quiso entablar comunicación, sólo quiso promocionar que la función fática aun importa.
3) La tercera razón por la que la pintada me atrapó es el contenido del mensaje. Simple, honesto, directo y antológico. Desde hace un tiempo ese contenido forma parte de la colección de frases jamás creadas o dichas por mí, pero que me representan como si alguna vez hubiera podido (aunque no supe hacerlo) crearlas y decirlas yo.
La pintada sobre la vereda que piso al bajar del colectivo que cada tanto me devuelve a mi pueblo dice: "Ana, gracias por regalarme un cachito de tu vida".


Natalio Stecconi

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