Resumen
El discurso periodístico utiliza a la opinión pública como un módulo recurrente no necesitado de definición ni de reconocimiento teórico, práctica que genera vaguedades, simplismos y evasivas en el desarrollo informativo. Este artículo observa la complejidad inherente a la noción de opinión pública y expone algunas dificultades relativas a su uso periodístico, señalando los problemas de orden ético generados, como consecuencia, en el tratamiento de la información.
Palabras clave
Opinión pública, periodismo, ética, módulo recurrente, lugar común.
El discurso periodístico utiliza a la opinión pública como un módulo recurrente no necesitado de definición ni de reconocimiento teórico, práctica que genera vaguedades, simplismos y evasivas en el desarrollo informativo. Este artículo observa la complejidad inherente a la noción de opinión pública y expone algunas dificultades relativas a su uso periodístico, señalando los problemas de orden ético generados, como consecuencia, en el tratamiento de la información.
Palabras clave
Opinión pública, periodismo, ética, módulo recurrente, lugar común.
Sumario
1. La opinión pública como objeto teórico y periodístico: dilucidación de esferas
2. La opinión pública como lugar común periodístico
3. El recurso de la “traducción”
4. Conclusiones
Bibliografía y links al material periodístico citado
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Entre los filósofos, publicistas y comentaristas que dedican sus ratos libres a los asuntos públicos, la discusión acerca de la opinión pública se sostiene con gran estilo. Aforismos, epigramas, axiomas y figuras de dicción embellecen el despliegue verbal. Esas metáforas, si bien sirven para adornar la prosa, no ilustran particularmente al lector acerca de la naturaleza de la opinión pública.
Víctor Key, Opinión pública y democracia (1961)
1. La opinión pública como objeto teórico y periodístico: dilucidación de esferas
La más liviana de las exploraciones evidencia que el término “opinión pública” está incorporado al discurso periodístico actual. En sus diferentes soportes y géneros, el periodismo utiliza a la opinión pública como un versátil operador referido a una entidad de descontada existencia empírica. “Opinión pública”, así como otros términos de uso común en los medios informativos, ya no se define ni suscita preguntas sobre su significado, sino que se utiliza bajo la presunción de que entre las partes comunicativas subyace un contrato de lectura homologador del sentido y viabilizador de la información.
En la práctica, la opinión pública es un lugar común periodístico de desempeño referencial polivalente. Puede vérsela actuar como sinónimo de “sociedad”, “gente”, “pueblo” y hasta de la metafórica “calle”. Puede operar como acepción de público receptor del mensaje informativo y persuasivo, o como colectivo ciudadano preocupado por el acontecer sociopolítico. La opinión pública también es citada como fuente de información a partir de las tendencias reflejadas por las encuestas, y en muchas ocasiones es apelada en su referato como cuerpo guardián de la institucionalidad democrática.
Paralelamente, la tradición analítica señala la complejidad inherente a la noción de opinión pública. Esta complejidad, que es un enclave ineludible al momento de abordarla como objeto de estudio científico, también debe ser observada desde la operacionalización pretendida en cualquier señalamiento fáctico. Desde los disímiles bosquejos paridos por el pensamiento iluminista y sus secuelas temporales (expresión de una voluntad general simple y recta para Rousseau, 1762; fuerza política que sostiene o derriba gobiernos para Hume, 1777; fundamento democrático proclive a degenerar en tiranía de la mayoría para Tocqueville, 1835; tribunal de debate público para Bentham, 1838; cuerpo que ejerce una coacción moral sobre la libertad individual para Mill, 1859; etc.), hasta las reflexiones contemporáneas que cuestionan su efectiva existencia empírica como agregado homogéneo o media estadística (Habermas, 1962; Bourdieu, 1973; Gabás Pallás, 2001), la opinión pública resume sobre sí una particularidad epistemológica inseparable de su condición histórica: es inherente a la noción de opinión pública la dificultad de asir en forma universal y acabada la noción de opinión pública.
Desde el punto de vista comunicológico, el estudio de la relación entre la opinión pública y el periodismo encuentra su patriarca más famoso en Lippmann (1922), para quien las imágenes mentales y los estereotipos provistos por la prensa son componentes ineludibles en el estudio de la opinión pública contemporánea. Esta fundación resulta aquí primordial. Por un lado se observa el estreno de una constante histórica normalizada[i] que, hasta la fecha, es materia de recurrente análisis: la “ecología” de relaciones entre los medios de comunicación y la opinión pública (entendiendo a la opinión pública, en este caso particular, como el seno de impacto de la acción y los efectos mediáticos). Por otra parte, este mismo punto fija un distanciamiento con el objeto tratado en este artículo. Así como es profusa la cantidad de trabajos que analizan la relación opinión pública-medios de comunicación, son casi inexistentes los estudios que investigan cómo es utilizada la noción de opinión pública por esos mismos medios.[ii]
Para el desarrollo teorético, el concepto de opinión pública es controvertido y no reducible a una sola significación. Según Price (1992), “desde el advenimiento de las técnicas de encuestas y su aplicación a la opinión pública, a principios del siglo XX, los analistas se han visto continuamente forzados a refinar, adaptar y ampliar viejos conceptos y nociones teóricas a la luz de esfuerzos empíricos de investigación” (Price, 1992/2001: 14). Este diagnóstico de complejidad es pertinente, pues permite comprender que los investigadores se hayan enfrentado “por sus aproximaciones conceptuales, e incluso en sus propias definiciones de opinión pública. ¿Es la simple suma de puntos de vista individuales (Childs, 1939)? ¿O es, por el contrario, un nivel colectivo, producto emergente del debate y la discusión que no puede reducirse a individualidades (Cooley, 1902; Blumer, 1948)? La dificultad de definir la opinión pública como un objeto empírico de estudio quedó mejor expresada, tal vez, por Key, en 1961. ‘Hablar con precisión de opinión pública’, escribió, ‘es un empeño no muy diferente de vérselas con el Espíritu Santo’” (Price, 1992/2001: 14).[iii]
Desde la tradición analítica, entonces, la opinión pública se visualiza con un movimiento pendular que transcurre entre la entelequia y el pragmatismo, entre la racionalidad y la emotividad, entre lo individual y lo colectivo, entre la abstracción sólo concebible desde la especulación y la sumatoria de magnitudes aprehensibles mediante técnicas cuantitativas de recolección de información.
En Habermas (1962), el quiebre con el romanticismo burgués es inexorable: la opinión pública ya no puede seguir siendo asociada con aquella “ficción” del Estado de derecho necesaria para la construcción y la representación simbólica de las naciones e instituciones modernas. La opinión pública es hoy un concepto “sociopsicológicamente disuelto”, pues la sociología aplicada y sus técnicas de investigación de grupos ya no admiten semejantes abstracciones.
En esta línea, son varios los autores que concuerdan en que los sondeos de opinión fueron los grandes resemantizadores de la noción de opinión pública a partir del siglo XX, ya que generaron una corriente de acepciones positivísticas[iv] asociadas al colectivo abstracto original. Si se coincide con Bourdieu (1973) al respecto de la utilización de los sondeos de opinión, debe formularse una categórica crítica de las derivaciones sociopolíticas de la técnica, pues “su función más importante consiste en imponer la ilusión de que existe una opinión pública como sumatoria puramente aditiva de opiniones individuales; en imponer la idea de que existe algo que sería como la media de las opiniones o la opinión media. […] esta opinión pública es un simple y puro artefacto cuya función es disimular que el estado de la opinión en un momento dado es un sistema de fuerzas, de tensiones, y que no hay nada más inadecuado para representar el estado de la opinión que un porcentaje” (Bourdieu, 1973: 1293). De aquí la conclusión del autor de que la opinión pública, al menos desde la visión encuestológica, “no existe”.
La práctica periodística actual, en tanto, omite anexar a su manejo del término “opinión pública” una explicación (sencilla, siquiera) acerca de qué es lo que debe entenderse por él dentro del marco en el que está siendo expuesto. Causa y consecuencia de esta rutina es el establecimiento de un contrato de lectura implícito sobre un vocablo en apariencia univoco pero naturalmente turbio. Y todavía más: no sólo no se define a la opinión pública según la dimensión particular del contexto en el que está siendo utilizada, sino que tampoco se señala la dificultad esencial de toda noción pretendidamente universal de opinión pública.
Para despojar de ribetes de superficialidad o pacaterismo a lo anterior, a esta altura debe admitirse lo siguiente: “opinión pública” no es cualquier término de usual mención periodística, ya que en sendas ocasiones esta entidad es esgrimida como la razón de existencia y el blanco de impacto del ser y hacer periodísticos. Es decir que se utiliza un término (un concepto, al fin) percibido como sumamente valioso y justificante, pero no se lo define, explica o, menos aún, se lo abre al debate. Simplemente se lo usa a manera de módulo iterativo e invariable, y tal la queja de Key (1961), se cae en un presuntuoso embellecimiento discursivo que frivoliza cualquier intento de construcción democrática de una noción en la que puede verse incluido, despóticamente, el individuo que la recibe desde los medios de comunicación.
Ahora bien, todo lo dicho hasta aquí puede inducir al registro de una analogía entre las esferas presentadas. Esto es un error que debe ser evitado. Que exista un estado de diversidad teórica al respecto de la noción de opinión pública no debe hacer creer que el periodismo, al utilizar el término, esté refiriéndose, en su polifuncionalidad discursiva señalada, a aquel estado de diversidad. Mientras que en la esfera teórica la diversidad se sostiene en la complejidad conceptual y en la discusión crítica, en la esfera de la praxis periodística la diversidad se sostiene en la indefinición y en la confusión propias del simplismo, la vaguedad y la coartada argumentativa (es decir, en la promoción de un lugar común contrario al reconocimiento de un estado de complejidad).
Por ello es menester confrontar las modalidades enunciativas de la opinión pública en el discurso periodístico con las bases teóricas que permiten elucidar de qué manera aquellos usos pueden incurrir en problemas éticos fundados en la vaguedad del tratamiento informativo y en el facilismo promovido por la invocación a una entidad dispensadora de adecuadas argumentaciones.
En la práctica, la opinión pública es un lugar común periodístico de desempeño referencial polivalente. Puede vérsela actuar como sinónimo de “sociedad”, “gente”, “pueblo” y hasta de la metafórica “calle”. Puede operar como acepción de público receptor del mensaje informativo y persuasivo, o como colectivo ciudadano preocupado por el acontecer sociopolítico. La opinión pública también es citada como fuente de información a partir de las tendencias reflejadas por las encuestas, y en muchas ocasiones es apelada en su referato como cuerpo guardián de la institucionalidad democrática.
Paralelamente, la tradición analítica señala la complejidad inherente a la noción de opinión pública. Esta complejidad, que es un enclave ineludible al momento de abordarla como objeto de estudio científico, también debe ser observada desde la operacionalización pretendida en cualquier señalamiento fáctico. Desde los disímiles bosquejos paridos por el pensamiento iluminista y sus secuelas temporales (expresión de una voluntad general simple y recta para Rousseau, 1762; fuerza política que sostiene o derriba gobiernos para Hume, 1777; fundamento democrático proclive a degenerar en tiranía de la mayoría para Tocqueville, 1835; tribunal de debate público para Bentham, 1838; cuerpo que ejerce una coacción moral sobre la libertad individual para Mill, 1859; etc.), hasta las reflexiones contemporáneas que cuestionan su efectiva existencia empírica como agregado homogéneo o media estadística (Habermas, 1962; Bourdieu, 1973; Gabás Pallás, 2001), la opinión pública resume sobre sí una particularidad epistemológica inseparable de su condición histórica: es inherente a la noción de opinión pública la dificultad de asir en forma universal y acabada la noción de opinión pública.
Desde el punto de vista comunicológico, el estudio de la relación entre la opinión pública y el periodismo encuentra su patriarca más famoso en Lippmann (1922), para quien las imágenes mentales y los estereotipos provistos por la prensa son componentes ineludibles en el estudio de la opinión pública contemporánea. Esta fundación resulta aquí primordial. Por un lado se observa el estreno de una constante histórica normalizada[i] que, hasta la fecha, es materia de recurrente análisis: la “ecología” de relaciones entre los medios de comunicación y la opinión pública (entendiendo a la opinión pública, en este caso particular, como el seno de impacto de la acción y los efectos mediáticos). Por otra parte, este mismo punto fija un distanciamiento con el objeto tratado en este artículo. Así como es profusa la cantidad de trabajos que analizan la relación opinión pública-medios de comunicación, son casi inexistentes los estudios que investigan cómo es utilizada la noción de opinión pública por esos mismos medios.[ii]
Para el desarrollo teorético, el concepto de opinión pública es controvertido y no reducible a una sola significación. Según Price (1992), “desde el advenimiento de las técnicas de encuestas y su aplicación a la opinión pública, a principios del siglo XX, los analistas se han visto continuamente forzados a refinar, adaptar y ampliar viejos conceptos y nociones teóricas a la luz de esfuerzos empíricos de investigación” (Price, 1992/2001: 14). Este diagnóstico de complejidad es pertinente, pues permite comprender que los investigadores se hayan enfrentado “por sus aproximaciones conceptuales, e incluso en sus propias definiciones de opinión pública. ¿Es la simple suma de puntos de vista individuales (Childs, 1939)? ¿O es, por el contrario, un nivel colectivo, producto emergente del debate y la discusión que no puede reducirse a individualidades (Cooley, 1902; Blumer, 1948)? La dificultad de definir la opinión pública como un objeto empírico de estudio quedó mejor expresada, tal vez, por Key, en 1961. ‘Hablar con precisión de opinión pública’, escribió, ‘es un empeño no muy diferente de vérselas con el Espíritu Santo’” (Price, 1992/2001: 14).[iii]
Desde la tradición analítica, entonces, la opinión pública se visualiza con un movimiento pendular que transcurre entre la entelequia y el pragmatismo, entre la racionalidad y la emotividad, entre lo individual y lo colectivo, entre la abstracción sólo concebible desde la especulación y la sumatoria de magnitudes aprehensibles mediante técnicas cuantitativas de recolección de información.
En Habermas (1962), el quiebre con el romanticismo burgués es inexorable: la opinión pública ya no puede seguir siendo asociada con aquella “ficción” del Estado de derecho necesaria para la construcción y la representación simbólica de las naciones e instituciones modernas. La opinión pública es hoy un concepto “sociopsicológicamente disuelto”, pues la sociología aplicada y sus técnicas de investigación de grupos ya no admiten semejantes abstracciones.
En esta línea, son varios los autores que concuerdan en que los sondeos de opinión fueron los grandes resemantizadores de la noción de opinión pública a partir del siglo XX, ya que generaron una corriente de acepciones positivísticas[iv] asociadas al colectivo abstracto original. Si se coincide con Bourdieu (1973) al respecto de la utilización de los sondeos de opinión, debe formularse una categórica crítica de las derivaciones sociopolíticas de la técnica, pues “su función más importante consiste en imponer la ilusión de que existe una opinión pública como sumatoria puramente aditiva de opiniones individuales; en imponer la idea de que existe algo que sería como la media de las opiniones o la opinión media. […] esta opinión pública es un simple y puro artefacto cuya función es disimular que el estado de la opinión en un momento dado es un sistema de fuerzas, de tensiones, y que no hay nada más inadecuado para representar el estado de la opinión que un porcentaje” (Bourdieu, 1973: 1293). De aquí la conclusión del autor de que la opinión pública, al menos desde la visión encuestológica, “no existe”.
La práctica periodística actual, en tanto, omite anexar a su manejo del término “opinión pública” una explicación (sencilla, siquiera) acerca de qué es lo que debe entenderse por él dentro del marco en el que está siendo expuesto. Causa y consecuencia de esta rutina es el establecimiento de un contrato de lectura implícito sobre un vocablo en apariencia univoco pero naturalmente turbio. Y todavía más: no sólo no se define a la opinión pública según la dimensión particular del contexto en el que está siendo utilizada, sino que tampoco se señala la dificultad esencial de toda noción pretendidamente universal de opinión pública.
Para despojar de ribetes de superficialidad o pacaterismo a lo anterior, a esta altura debe admitirse lo siguiente: “opinión pública” no es cualquier término de usual mención periodística, ya que en sendas ocasiones esta entidad es esgrimida como la razón de existencia y el blanco de impacto del ser y hacer periodísticos. Es decir que se utiliza un término (un concepto, al fin) percibido como sumamente valioso y justificante, pero no se lo define, explica o, menos aún, se lo abre al debate. Simplemente se lo usa a manera de módulo iterativo e invariable, y tal la queja de Key (1961), se cae en un presuntuoso embellecimiento discursivo que frivoliza cualquier intento de construcción democrática de una noción en la que puede verse incluido, despóticamente, el individuo que la recibe desde los medios de comunicación.
Ahora bien, todo lo dicho hasta aquí puede inducir al registro de una analogía entre las esferas presentadas. Esto es un error que debe ser evitado. Que exista un estado de diversidad teórica al respecto de la noción de opinión pública no debe hacer creer que el periodismo, al utilizar el término, esté refiriéndose, en su polifuncionalidad discursiva señalada, a aquel estado de diversidad. Mientras que en la esfera teórica la diversidad se sostiene en la complejidad conceptual y en la discusión crítica, en la esfera de la praxis periodística la diversidad se sostiene en la indefinición y en la confusión propias del simplismo, la vaguedad y la coartada argumentativa (es decir, en la promoción de un lugar común contrario al reconocimiento de un estado de complejidad).
Por ello es menester confrontar las modalidades enunciativas de la opinión pública en el discurso periodístico con las bases teóricas que permiten elucidar de qué manera aquellos usos pueden incurrir en problemas éticos fundados en la vaguedad del tratamiento informativo y en el facilismo promovido por la invocación a una entidad dispensadora de adecuadas argumentaciones.
2. La opinión pública como lugar común periodístico
Para Sinopoli (2005), uno de los indicadores básicos causantes de desprofesionalidad periodística es la utilización de “módulos invariables y recurrentes […] sobre todo las frases hechas y los lugares comunes” (Sinopoli, 2005: 171). Estos módulos parecen exonerar al periodista de engorrosas o innecesarias descripciones sobre la naturaleza del fenómeno expuesto, pero comportan, en realidad, vaguedades en el tratamiento informativo y la deificación del rótulo en detrimento de la ilustración argumentada. Así, el uso de este tipo de fórmulas simplistas (junto con la descontextualización, el reduccionismo y la fragmentación) diluye o desconoce la complejidad de los hechos a los que se refieren, y “provocan un modelo de realidad único y simplificado que malforma los conocimientos” (Sinopoli, 2005: 156).
La naturaleza del lugar común ya fue estudiada por Aristóteles (IV a.c.), para quien los razonamientos retóricos fundados en los lugares comunes pertenecen al orden de lo creíble o de la verosimilitud, y no al orden de lo verdadero.[v] Así se generan discursos que afectan al auditorio sobre la base de lo ya convenido por un “contrato de lectura” no necesitado de explicaciones coadyuvantes, por una parte, y que descree de los cuestionamientos a su convención, por otra.
El lugar común evita la explicación y la inserción del fenómeno tratado dentro de un mapa contextual próximo a su natural complejidad. El lugar común nubla el cuestionamiento saludable, el pensamiento profundo, la pregunta abierta que revisa lo convenido para indagar en las razones de la convención. De esta manera, la opinión pública, como módulo invariable, arroja un objeto saturado de significaciones confusas, ambiguas y contractualizadas que puede ser visto como un dispositivo agilizador del discurso, pero que es, paradójicamente, “insignificante” en el respeto a la natural complejidad de la noción.
En este “ascenso de la insignificancia” de los términos y significados apropiados por la industria cultural (en este caso, por parte del periodismo), la recurrencia e invariabilidad de la opinión pública es sostenida por el uso desprejuiciado que de ella hacen los periodistas, quienes, en el mismo orden que muchos de los pensadores y escritores contemporáneos atacados por Castoriadis (1993), “traicionan su papel crítico y se vuelven racionalizadores de lo que es y justificadores del orden establecido” (Castoriadis, 1993/2000: 96). El lugar común es, ni más ni menos, uno de los dispositivos por excelencia del pensamiento fácil.
Dado lo anterior se deduce por qué el periodismo incurre en expresiones vagas, simplistas y remanidas tales como:
–“La joven fue abusada y luego asfixiada y el hecho conmocionó a la opinión pública” (Infobae, 04/12/2005);
-“El decreto arrastra una pésima imagen ante la opinión pública…” (Clarín, 26/12/2005);
-“Querían mejorar su imagen ante la opinión pública…” (La Prensa, 20/08/2005);
-“La opinión pública les acepta casi cualquier cosa” (La Nación, 29/12/2005);
-“El tema se instaló en la opinión pública cuando durante la semana pasada la empresa…” (Infobae, 25/01/2006);
-“La opinión pública está escarmentada de la manipulación de los asuntos relacionados con la seguridad…” (Página 12, 24/12/2005);
-“… Se vio en la opción de elegir entre el beneplácito del Gobierno y la reconciliación con la opinión pública…” (La Nación, 08/12/2005);
-“…El gobierno nacional había sondeado a Álvarez, incluso ante la opinión pública, para ocupar cargos…” (Infobae, 10/12/2005);
-“Lo que la opinión pública proyecta sobre la economía es clave para el buen desarrollo de ésta” (Clarín, 15/12/2005);
-“… Los gobernantes adopten actitudes triunfalistas o se sientan legitimados para gobernar en soledad, de espaldas a la opinión pública” (La Nación, 24/12/2005);
-“… Se estrenó en octubre del 2002, y produjo un verdadero impacto en la TV y en la opinión pública…” (Infobae, 07/01/2006).
-“Querían mejorar su imagen ante la opinión pública…” (La Prensa, 20/08/2005);
-“La opinión pública les acepta casi cualquier cosa” (La Nación, 29/12/2005);
-“El tema se instaló en la opinión pública cuando durante la semana pasada la empresa…” (Infobae, 25/01/2006);
-“La opinión pública está escarmentada de la manipulación de los asuntos relacionados con la seguridad…” (Página 12, 24/12/2005);
-“… Se vio en la opción de elegir entre el beneplácito del Gobierno y la reconciliación con la opinión pública…” (La Nación, 08/12/2005);
-“…El gobierno nacional había sondeado a Álvarez, incluso ante la opinión pública, para ocupar cargos…” (Infobae, 10/12/2005);
-“Lo que la opinión pública proyecta sobre la economía es clave para el buen desarrollo de ésta” (Clarín, 15/12/2005);
-“… Los gobernantes adopten actitudes triunfalistas o se sientan legitimados para gobernar en soledad, de espaldas a la opinión pública” (La Nación, 24/12/2005);
-“… Se estrenó en octubre del 2002, y produjo un verdadero impacto en la TV y en la opinión pública…” (Infobae, 07/01/2006).
En todos estos casos puede observarse la utilización de expresiones acomodaticias que incluyen a la opinión pública como un módulo que remite a una entidad indefinida, inexplicada, vaga pero verosímil, factible de ser entendida en cada caso como la sociedad o los ciudadanos en su conjunto; como el público receptor de una transmisión mediática (por lo tanto, improbable de ser la sociedad o los ciudadanos en su conjunto); como la matriz sensible sobre la cual los hechos “impactan”, “conmueven” o “conmocionan” (¿a todos los sujetos sociales? ¿a muchos? ¿a algunos? ¿es empíricamente comprobable o es una suposición y/o deseo del periodista?); como una entidad crítica preocupada por contubernios políticos (¿quiénes están “escarmentados” o adjudican una “pésima imagen a…”?), o como la misma entidad sólo que nada crítica y absolutamente permeable (que “acepta cualquier cosa”) ante un dirigismo verticalista; como un cuerpo aglutinado por un sondeo de opinión (¿realizado entre quiénes?) que aprueba o desaprueba un acontecimiento; como una esfera diferenciada del poder político, de los programadores mediáticos y del sector empresario (¿acaso los actores individuales de estas esferas no pueden conformar también la “opinión pública”?), y etcétera.
Acepciones disímiles, falsamente complementarias en algunos casos y llanamente contradictorias en otros. ¿Qué es la opinión pública según cada periodista y según cada caso? No hay explicación desde el emisor, por lo tanto sólo queda recurrir a la técnica de la sustitución paradigmática y observar la particularidad de cada enunciación. Y tampoco hay cuestionamiento visible desde el receptor. ¿Éste no pregunta o cuestiona porque no puede o no quiere hacerlo, o quizás porque “ya sabe” qué es la opinión pública gracias a la recurrencia del término en el discurso periodístico? Esto último debería ser parte de un estudio de campo que no pertenece a este artículo. Baste aquí con señalar, en este orden, que los ejemplos citados en el párrafo anterior parecen ser esclarecedores de lo que Gabás Pallás (2001) denomina la “resignación al sufrimiento de los estímulos divergentes” ejecutados por los medios de comunicación en la actualidad. (Gabás Pallás, 2001: 180).
Es claro que el periodista no tiene la obligación de ser un especialista en opinión pública para poder citarla en su información, pero sí debe ser consecuente con la complejidad estructural de la noción que decidió incluir en su mensaje, puesto que “el periodista que desconoce los principios disciplinarios para relevar causas, acopiar datos y advertir consecuencias es un periodista desarmado frente a la complejidad, que reduce su trabajo al efectismo retórico” (Sinopoli, 2005: 158). Así como el periodista difícilmente se aventure a incluir en sus dichos el módulo “teoría cuántica” sin traducir un mínimo background científico que haga asible la complejidad de una noción propia de las ciencias duras, ¿por qué sí hacerlo despreocupadamente con una expresión propia de las ciencias sociales? ¿Sólo porque es aprehensible y aceptada desde su presunción como lugar común contractualizado?
Acepciones disímiles, falsamente complementarias en algunos casos y llanamente contradictorias en otros. ¿Qué es la opinión pública según cada periodista y según cada caso? No hay explicación desde el emisor, por lo tanto sólo queda recurrir a la técnica de la sustitución paradigmática y observar la particularidad de cada enunciación. Y tampoco hay cuestionamiento visible desde el receptor. ¿Éste no pregunta o cuestiona porque no puede o no quiere hacerlo, o quizás porque “ya sabe” qué es la opinión pública gracias a la recurrencia del término en el discurso periodístico? Esto último debería ser parte de un estudio de campo que no pertenece a este artículo. Baste aquí con señalar, en este orden, que los ejemplos citados en el párrafo anterior parecen ser esclarecedores de lo que Gabás Pallás (2001) denomina la “resignación al sufrimiento de los estímulos divergentes” ejecutados por los medios de comunicación en la actualidad. (Gabás Pallás, 2001: 180).
Es claro que el periodista no tiene la obligación de ser un especialista en opinión pública para poder citarla en su información, pero sí debe ser consecuente con la complejidad estructural de la noción que decidió incluir en su mensaje, puesto que “el periodista que desconoce los principios disciplinarios para relevar causas, acopiar datos y advertir consecuencias es un periodista desarmado frente a la complejidad, que reduce su trabajo al efectismo retórico” (Sinopoli, 2005: 158). Así como el periodista difícilmente se aventure a incluir en sus dichos el módulo “teoría cuántica” sin traducir un mínimo background científico que haga asible la complejidad de una noción propia de las ciencias duras, ¿por qué sí hacerlo despreocupadamente con una expresión propia de las ciencias sociales? ¿Sólo porque es aprehensible y aceptada desde su presunción como lugar común contractualizado?
3. El recurso de la “traducción”
En el ejemplo comparativo anterior se utilizó la palabra “traducir” al momento de referirse al quehacer periodístico que acerca al público las nociones naturalmente complejas del pensamiento científico o del conocimiento teórico. Es necesario ampliar aquí esta concepción.
Si bien el discurso periodístico no es el mismo que el de las ciencias, esto no excluye que su tratamiento de los términos o fenómenos estudiados por las ciencias deba ser desmadrado del contexto original bajo la presunción de que cualquier referencia a él resultará incomprensible o vana para el público. En este punto, Domínguez Rubio (2001) traza la diferencia entre el discurso científico y el de circulación destinado a los no expertos en la materia específica, y alerta sobre los reduccionismos tergiversadores que pueden cometerse al momento de “alivianar” divulgativamente fenómenos de notable complejidad original. En lo específico, esto implica que el periodista no está llamado a ser un perito en el tema que aborda, pero “lo que sí implica es que para hacer entendibles los lenguajes científicos estos hayan de ser traducidos. […] En este punto, Moscovici tiene razón cuando dice que la traducción no se trata de una degradación del significado del término, en el sentido de un empobrecimiento, de pérdida de información, sino de una transformación radical de su significado…” (Domínguez Rubio, 2001: 6).[vi] Lo dicho supone que la traducción/transformación no se direcciona según un molde rígido e incuestionable (pues estaría cayéndose nuevamente en el pensamiento acrítico), sino que se abre a la asimilación a partir del reconocimiento de esquemas representacionales móviles e interdisciplinarios que abordan los fenómenos y los iluminan desde una complementariedad componedora de significado. Así, “esto no quiere decir sino que el significado no queda fijado, siempre permanece abierto y redefinido en distintos contextos y procesos” (Domínguez Rubio, 2001: 7).
Entonces, la naturaleza de los fenómenos obliga a su cabal mención en tanto hechos, procesos o nociones nacidos de esquemas de complejidad inherentes a su tratamiento y ocurrencia; caso contrario, se promueve un reduccionismo perverso (aunque quizá verosímil en términos aristotélicos) que privilegia la función fática por encima de una comunicación acorde con las verdaderas implicancias del acontecer. “Traducir” es consignar didácticamente que el objeto tratado es estructuralmente complejo y no soluble en la expresión de rótulos simplistas y recurrentes, ya que “cuando nos enfrentamos con fenómenos tan complejos que no permiten su reducción a fenómenos de orden inferior, sólo podremos abordarlos estudiando sus relaciones internas, esto es intentando comprender qué tipo de sistema original forman en conjunto” (Lévi-Strauss, 1978/1986: 28). En este sentido, y en los términos específicos de Bosch (1998) dedicados al comunicador social en general y el periodista en particular, resulta que éste debe formarse en una “cultura de síntesis” que integre la diversidad y complejidad de los rasgos de la sociedad contemporánea y sus avances en el pensamiento científico. De esta manera, la utilización de fórmulas remanidas y vocablos estereotipados dejará paso una concientización de los alcances de las dificultades teóricas que se esconden, entre otros ejemplos reconocibles, tras la vaguedad residente en “la opinión pública está escarmentada” y “la opinión pública está harta de”, o el reduccionismo velado –“inexistencia” en términos de Bourdieu– que se aloja en “según el último sondeo la opinión pública no está de acuerdo con”, o la frase hecha –hiperbólica y despótica– esbozada en “un acontecimiento que conmueve a la opinión pública”, o la evasión argumentativa que se esgrime impunemente en “para la opinión pública fulano tiene mala imagen”, “zutano es corrupto” o “mengano es el culpable” (pues el periodista, al no reconocerse como parte de la opinión pública, consigue proyectar en esta entidad lo que él parece no querer admitir ni fundamentar).
No se trata, entonces, de confeccionar un tratado sobre la opinión pública cada vez que el periodista decida incluir este término y noción en el cuerpo de la información. Se trata, en cambio, de tomar un conjunto de precauciones que reconozcan y comuniquen la natural complejidad de origen del objeto. O sea, “traducirlo y trasformarlo” en orden a los esquemas contextuales que dan origen, forma y aplicabilidad a la opinión pública. En este sentido, algunas claves:
-Saber que la opinión pública ha sido diferenciada histórica y teóricamente de “sociedad” o de “gente”, por ejemplo, es un buen comienzo. ¿Cuántas veces se perciben intercambiables estos términos dentro del discurso periodístico?
-De igual manera, reconocer que no es lo mismo hablar de opinión pública que de “público receptor” o “audiencia”. Y en el caso de que se los acepte como sinónimos, explicar por qué se “traduce” a la opinión pública de esa forma en esa circunstancia.
-Saber que cuando se le asigna un rol crítico y controlador a la opinión pública se está optando por una concepción histórica ilustrada que es bien diferente a otras grandes tendencias que adjudican a la entidad un estado de patente emotividad y volátil desempeño. En este caso, hay una componenda de esquemas que la “traducción” debe referir. Lo mismo vale para el caso inverso.
-Aclarar que un sondeo de opinión pública no es igual a la opinión pública, sino una herramienta que, con sus limitaciones, observa algunos ítems simples y acotados dentro de un probable clima de opinión que puede haber sido generado en el mismo momento de su medición (profecía autocumplida).
-Escapar a la tentación de utilizar a la opinión pública como un tercero disociado de la individualidad de quien lo enuncia. Cada vez que se dice “la opinión pública tal cosa” hay un distanciamiento en el que debe repararse y que reza que “la opinión pública son los demás, no yo”. Al “traducir” esta situación se salvan las evasivas argumentativas fundadas en el desplazamiento de las propias ideas u opiniones.
En síntesis, debe promoverse un reconocimiento orientado a la comunicación didáctica de un mensaje que respete la naturaleza del fenómeno al que se alude, evitando, de esta manera, la vaguedad y el simplismo propios de los módulos invariables y recurrentes que tergiversan el abordaje y la comprensión de la realidad.
4. Conclusiones
Como fue expuesto en la primera parte de este trabajo, “opinión pública” es un término clave para el periodismo, dado que a esta entidad se la esgrime como uno de los factores clave que componen y condicionan la actividad del informante profesional.
El diagnóstico diferenciador de las esferas teórico-analítica y práctica señala, por comparación, la liviandad con la que es utilizada la noción de opinión pública por parte del periodismo. Esta liviandad, irrespetuosa para con la complejidad inherente a un objeto de estudio interdisciplinario, revela que existe una contradicción entre la pretensión de profesionalidad del periodismo y su displicencia al momento de anclar y explicar el significado de la entidad en la que se embandera. Si “ser profesional no tiene grados. No se puede ser más o menos profesional. Se es o no se es” (Sinopoli, 2005: 156), entonces las frases hechas, los módulos invariables, las confusiones semánticas, los sinónimos que no son tales y las reducciones sustanciales demuestran que la opinión pública es, periodísticamente, un salvoconducto discursivo que atenta contra la profesionalidad del comunicador y socava las bases del entendimiento configurador de realidad social. Es que “en suma, la vaguedad procedimental, clave de la desprofesionalización del periodismo, es la consecuencia segura de una información fragmentada y, por lo tanto, tergiversada, que deviene sin remedio en la interpretación inconciente y en el juicio infundado” (Sinopoli, 2005: 172).
Sobre la base del reconocimiento del estado en el que se encuentra el debate teórico e investigativo sobre la opinión pública, se hace necesaria una “traducción” que respete la complejidad estructural del objeto mientras lo hace accesible al público. Accesibilizar y divulgar; no simplificar, reducir o fragmentar. Y para esto no es indispensable ser un experto en opinión pública (o en teoría cuántica), sino haberse preparado en una “cultura de síntesis” que posibilite reconocer la existencia de realidades y fenómenos mucho más complejos que aquellos que un lugar común permite reseñar.
Natalio Stecconi, febrero de 2006
Notas
[ii] Aunque no en la misma línea de este artículo, puede encontrarse un referente en McQuail, Denis (1992). La acción de los medios. Buenos Aires, Amorrortu. Aquí el autor analiza cómo es concebida desde los medios la noción de “interés público”. Por otra parte, y siendo estrictos con el término “opinión pública”, en muchas de las obras dedicadas al tópico hay alusiones introductorias sobre la recurrencia del vocablo en el discurso mediático, pero esto es expuesto sólo como una observación y no como objeto de análisis.
[iii] Las obras citadas por Price son: Childs, H. (1939), “By public opinion I mean…”, en Public Opinion Quarterly n° 4, pp. 53-69; Cooley, C. (1902), Human nature and the social order. Nueva York, Scribner; Blumer, H. (1948), “Public opinion and public opinion polling”, en American Sociological Review n° 13, pp. 542-554; Key, V. (1961), Public opinion and american democracy. Nueva York, Knopf. p. 8.
[iv] En el sentido habermasiano.
[v] Aunque es ostensible que en muchas ocasiones verosimilitud y verdad pueden ir juntas, para Aristóteles los lugares comunes eran patrimonio exclusivo de la primera, puesto que eran prohibitivos en toda episteme fundada en el pensamiento elaborado.
[vi] La obra citada por Domínguez Rubio es: Moscovici, S. (1998). “The history and actuality of social representations”, en Flick, U. The psichology of the social. Cambridge, Cambridge U.P.
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http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-60846-2005-12-23.html








