sábado, enero 16, 2010

Continuidad de los parques

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

Julio Cortazar



Me lo acercaron ayer y como me aburrí de ver la misma entrada hace tanto tiempo... Para los que miren el blog por estos meses de verano.
EH

lunes, diciembre 28, 2009

Huella Ecológica.

(desertificación)

Y bueno, estas cosas parece que me tocan a mi, o será que a mi me llaman mucho la atención y decido subirlas.

Todos los años, Gaby Herbstein, fotógrafa, hace un calendario para la Fundación Huesped (lucha contra el sida) en el que los famosos más trendy posan personificados dependiendo el tema tratado.

Este año la Fundación Huesped se quedó sin el calendario, le tocó a la Fundación Azara, y el tema es difundir la crítica situación ambiental de nuestro planeta.

Este calendario, tiene un poco que ver con el tema del que va a tratar mi tesis de licenciatura. La fotografía artística de alto impacto, por lo menos a mí estas fotos en particular, me gustaron, cada una me produjo un "impacto". Creo que consiguió un buen resultado estético y artístico. Busca dejar un mensaje, con un buen concepto y comunica muy bien una idea mediante la personificación de situaciones planetarias. Es bien publicitario, de lo que gusta ver, por que está bien hecho.

(Esta es mi opinión sobre este trabajo en particular de GH.)

Pero más allá de mi subjetiva opinión, ¿Creen que esto genera algún tipo de conciencia en los receptores? ¿Comunica lo que quiere comunicar y logra generar un cambio de conciencia? ¿o sólo pretende vender un lindo Calendario por que ser "ecológico" está DE MODA?

Esas cosas me dejaron pensando.

Dejo algunas de las fotos que más me gustaron y los invito a que vean el resto y opinen.
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1216234&pid=7976666&toi=6266


(aire intoxicado)

(nuevas enfermedades)

EugeH

jueves, diciembre 17, 2009

Bueno, la cosa es así: El fin de semana se cumple un nuevo aniversario del 19 y 20 de diciembre de 2001. La fecha parece pasar cada vez más inadvertida. Esta vez se me ocurrió recordar otras cosas que pasaron al tiempo que De la Rúa se tomaba el helicóptero. Resulta que Oscar Brahim, se gana la vida como taxista, pero su verdadera actividad es otra. El tipo se baja del taxi, abre el baúl saca papeles y pinturas y se dedica a intervenir las vallas publicitarias con colage y pintura. Llamémosle "activismo gráfico" si quieren.

Lo interesante de Brahim que es que labura tanto con publicidad como con propaganda política y con espacios de la ciudad de mucha visibilidad como el puente de Juan B. Justo.

Hace cosas como éstas: http://picasaweb.google.com/aopusal/OscarBrahim#slideshow/5416214817333679170

(me volví china para tratar de embeber un slideshow y no pude)


Hay un documental al respecto llamado El taxista artista, pero no lo pude conseguir (quizás Seba tenga suerte). Por lo pronto, los dejo con una conferencia que dio en España hace 3 años, donde se puede ver y escuchar más claramente acerca de su laburo. http://theinfluencers.org/es/oscarbrahim

Era eso nomás.

martes, diciembre 15, 2009

¿Y si el asombro llegara a su fin?

EL ARTE EN LA ERA DIGITAL

Hasta el siglo XX, el conocimiento que se tenía del arte de otros países era muy limitado, afirma Umberto Eco. Internet y las muestras itinerantes cambiaron eso. ¿Cómo afectará ese cambio la noción de gusto?, se pregunta el semiólogo italiano.
Por: Umberto Eco


Los historiadores de la Edad Media nos dicen que el habitante de un pueblo difícilmente se mudaba a la aldea o pueblo vecino, distante a pocos kilómetros, pero era posible que visitara, como peregrino, Santiago de Compostela o Jerusalén. Sin embargo, aunque probablemente conocía las esculturas y vitraux de su propia iglesia, ¿qué podía haber visto o comprendido de las construcciones que cruzaba a lo largo de su peregrinaje? Es muy difícil querer ver algo que nunca se ha visto, algo que desafíe nuestra capacidad de percepción.

Algunos han puesto en duda el hecho de que Marco Polo haya estado realmente en China, porque no habla de la Gran Muralla ni del té ni de los pies vendados de las mujeres. Pero se puede estar mucho tiempo en China sin saber verdaderamente qué beben los chinos, sin observar jamás los pies de una mujer, aunque sea por educación, notando como mucho que en la corte de Gengis Khan, las damas se desplazaban a pequeños pasos; y sin pasar por la Gran Muralla, o pasar por ella y tomarla como una fortaleza local.

Todo esto para decir que, hasta el siglo XX, el conocimiento que la gente tenía del arte de otros países era muy limitado. Por otra parte, si observamos los magníficos grabados de la China del sacerdote Athanasius Kircher, a partir de las reconstrucciones visuales (realizadas según las descripciones verbales de los misioneros), es muy difícil reconocer una pagoda.

¿Cuántas obras de arte de su propia civilización veía un ciudadano francés hasta el siglo XIX? El acceso a las colecciones privadas, e incluso a los museos, estaba reservado a una elite, y a lo sumo, a una elite urbana, hasta la invención de la fotografía.

Para saber, por ejemplo, a qué se parecía una obra de arte conservada en Florencia, se recurría a los grabados. ¡Ah! ¡Esos espléndidos libros de Lacroix donde las madonas de todos los siglos (bizantinas o del Renacimiento) tenían el rostro de las jóvenes que poblaron los relatos históricos de la época romántica!

Recordemos que una de las etimologías de la palabra "kitsch" –aunque las hipótesis son numerosas– es sketch, esquisse, esbozo sintético y apresurado: los caballeros ingleses, durante su "Grand Tour" de Italia, para guardar un recuerdo de los monumentos y galerías que visitaban, pedían a artistas callejeros que les hicieran un dibujo de la obra vista una sola vez, ejecutado rápidamente la mayoría de las veces. De ese modo, incluso la evocación de la experiencia artística directa pasaba por representaciones infieles.

Y no podemos decir que las cosas hayan mejorado con la invención de la fotografía. Para convencerse de ello, basta con consultar algunos libros conocidos de la primera mitad del siglo XX sobre historia del arte, hasta que fue posible la reproducción en color.

Lo mismo que pasaba con las artes visuales, sucedía con el mundo del espectáculo. Es conocido ese maravilloso cuento de Borges en el que Averroes, que busca en vano traducir de Aristóteles los términos "tragedia" y "comedia" (pues esas formas de arte no existían en la cultura musulmana), escucha hablar de un extraño suceso al que había asistido un visitante en China, donde personas enmascaradas y vestidas como personajes de otros tiempos, actuaban en un escenario de modo incomprensible. Le contaban lo que era el teatro, pero él no comprendía bien de qué se trataba. En el mundo contemporáneo, la situación se invierte. En primer lugar, la gente viaja muchísimo, a riesgo de ver en todas partes los mismos lugares, hoteles, supermercados y aeropuertos, todos parecidos los unos a los otros, tanto en Singapur como en Barcelona, y se ha hablado mucho sobre la maldición de esos "no lugares". Pero, sea como fuere, la gente ve y es posible incluso que un francés haya visto las pirámides o el Empire State Building, pero no el tapiz de Bayeux (un poco como su ancestro, el campesino medieval...).

El museo, antes reservado a las personas cultivadas, hoy es la meta de flujos continuos de visitantes de todas las clases sociales. Es cierto que muchos miran pero no ven, pero, a pesar de todo, reciben información sobre el arte de diferentes culturas. Además, los museos viajan, las obras de arte se desplazan. Se organizan suntuosas exposiciones sobre culturas exóticas, del Egipto faraónico a los escitas. El juego de préstamos recíprocos de obras de arte se convierte en vertiginoso, y a veces peligroso.

Puede decirse lo mismo de los espectáculos, y es indudable que un habitante de una ciudad del interior tiene más oportunidades de ver un espectáculo de la Berliner Ensemble o un nô japonés que la que tenían sus padres.

Agreguemos a esto la información virtual: no hablo del cine o de la televisión, que convierten casi en superflua una visita a Los Angeles, puesto que se la recorre mejor en una pantalla que embarcándose en una maratón frenética de una autopista a otra, sin entrar jamás en ningún centro habitado; hablo de Internet, que hoy pone a nuestra disposición todas las obras del Louvre, de la Galería Uffizi o de la National Gallery.

Esto provoca una internacionalización del gusto, y la prueba es la experiencia apasionante que vive aquel que entra en contacto con el mundo artístico chino: habiendo escapado recientemente a un aislamiento casi absoluto, los artistas chinos producen obras que difícilmente se distinguen de las que se exponen en Nueva York o en París. Recuerdo un encuentro entre críticos europeos y chinos, en que los europeos creían interesar a sus invitados al mostrarles imágenes de diversas búsquedas artísticas europeas, en tanto que los chinos sonreían, divertidos, porque ahora conocían esas cosas mejor que ellos.

Finalmente, basta con pensar en esos innumerables jóvenes de todos los países que reconocen una pieza musical sólo si está cantada en inglés...

¿Iremos hacia un gusto generalizado, a punto tal que ya no podremos distinguir el pop chino del pop norteamericano? ¿O bien veremos perfilarse formas de localización, de tal modo que las diferentes culturas producirán interpretaciones distintas del mismo estilo o programa artístico?

En todo caso, nuestro gusto quedará marcado por el hecho de que ya no parece posible experimentar asombro (o incomprensión) ante lo desconocido. En el mundo de mañana, lo desconocido, si todavía queda algo, estará solamente más allá de las estrellas. ¿Esa falta de asombro (o de rechazo) contribuirá a una mayor comprensión entre las culturas o a una pérdida de identidad? Ante este desafío, es inútil huir: es preferible intensificar los intercambios, las hibridaciones, los mestizajes. En el fondo, en botánica, los injertos favorecen los cultivos. ¿Por qué no en el mundo del arte?

©Le Monde y Clarín, 2009. Traduccion de Estela Consigli. Texto escrito para el Festival Reimes Scenes d'Europe, que se desarrolla hasta el 19 de diciembre.

Para los que no recuerden, hablamos de esto, el otro día. Me pareció interesante.
Eugeh

jueves, diciembre 10, 2009

Esto no es una pipa


Una estática de un video qué recorría incesantemente la mayoría de los medios de comunicación durante gran parte del tiempo en que estuvo desaparecida la familia Pomar.

La imagen parece elocuente. Algo malo le estaba sucediendo a este hombre que batía su mano como pidiendo auxilio y que se le adivinaba un rostro desencajado, rayano a la locura.

Veo a ese hombre, que no conozco, y se me disparan miles de hipótesis. Me mareo. Me hablan de un arma que se había comprado, mientras me refriegan una y otra vez esos gestos casi desquiciados. http://www.youtube.com/watch?v=DEqbXZXOH64
Temo el peor de los finales. Entro como un caballo.

La tele es la que alimenta mejor mis versiones más morbosas. Es terrible el poder de seducción de esa imagen en movimiento. Deudas de juego, problemas de infidelidad, drogas, venganzas, etc. etc. Divago, arriesgo hipótesis, como todos. Veo el rostro de ese hombre, y temo por su familia. Algo habrá hecho.

Veinticuatro días después, la quimera se evapora. No veo más esa foto. Se habrá perdido. En cambio, escucho a la mayoría de la gente de los medios refunfuñando por la incapacidad, probada al fin, de los investigadores. En la calle, tal vez instigados por ese discurso, se inhala el mismo aire inquisidor. Todos se deleitan por la torpeza del otro, pero nadie es capaz de admitir que estamos empapados en ella.

Todos nos olvidamos de nuestra propia estupidez. Borramos de un plumazo las barbaridades que dijimos. Seguimos en pantalones cortos vergonzosos de reconocer los errores.


fv

sábado, noviembre 28, 2009

Rayuela, Capítulo 7


Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mi como una luna en el agua.


Julio Cortazar, Rayuela, Capítulo 7.

miércoles, noviembre 25, 2009

PURA FICCION

El pecado de todo lector…intentar escribir. El segundo desliz, pretender que otros lo lean. Allí vamos. fv



Fue en un viaje urbano que compartimos luego de una tertulia del grupo. Apenas nos sentamos, él se aferró a un pequeño crucifijo de madera. El colectivo estaba vacío y las calles desiertas. El hombre, una leyenda viviente de la irascibilidad, nunca hablaba demasiado. Solo cuando podía justificar el uso de una filosa replica que hiera de muerte el engreimiento de su ocasional interlocutor. Era corrector literario. Uno de los mejores.

Me estaba empezando a fastidiar su plegaria en susurros. El corpulento anciano debía aspirar a la condonación de una falta muy grave, única razón, según mi particular teoría que resume al rezo como una mera especulación utilitarista de probabilidades, de ostentar semejante fervor espiritual.

Decidí que era un buen momento para degustar su famosa altanería. El bamboleo que provocaba el andar sobre una calle adoquinada acomodó las palabras que se alistaban en mi mente para resquebrajar el hielo. Sin anestesia le comenté que su oficio me parecía inmoral. Su murmullo esoterico cedió. Agazapado, aguardó con una mirada fulminante que adhiera algún argumento a mí afirmación.

Callé por algunos segundos, hundido en alucinaciones sobre la salvaje reacción que hubiese ocasionado si optaba por mi otra alternativa de provocación: su absurdo apego a la religión. Divagué sobre una desmedida réplica física que me emprendía el pendenciero ante la ironía de índole sexual con la que fustigaba sus creencias. En esa escena imaginaria, sus ojos desorbitados enmarcaban los ataques que me propinaba con la punta del crucifijo. Vociferaba fórmulas en latín ante cada estocada que hundía en mi entrepierna. Sentí alivio de haber descartado esa opción hostil. Lo guardé en la manga y regresé al campo de batalla consciente de mi débil arsenal de argumentos.

Básicamente, agregué que era extravagante y artificial que un ilustrado en letras entrometa sus narices en la obra de un colega para censurar su personal estilo literario. Sobre la marcha, adicione la conclusión de que esas prácticas, a excepción de que la obra se encuentre encabezada por el escritor y su censor, son rayanas a las maniobras de un vulgar estafador e imputables a los dos participes de esa asociación ilícita.

Poco convencido del planteo estratégico de mi arremetida proseguí, estoico, con una metáfora gráfica que intentó reforzar mi particular opinión. Enuncié, ante la atónita expresión del corrector, que es tan absurdo como si en pintura permitiéramos que un autor, luego de terminada su obra, la haga retocar, en sus trazos o matices supuestamente irregulares, por un experto en las técnicas que rigen la representación gráfica y que, luego de ese arreglo, la exponga como de su exclusiva autoría.

Finalice diciendo que esa usual conducta del ambiente literario falsea el genuino mensaje que pretendió fluir del espíritu del creador y, además, permite la subsistencia de los burócratas de la técnica, que desprovistos de un alma con aptitud para irradiar mensajes creativos, se irguen en escribas de las reglas protocolares de la literatura.

No me creí ni una sola palabra. Carezco de la estúpida arrogancia del insurrecto crónico que presume sapiencia por desautorizar la Biblia y el calefón. Reconozco la utilidad de los correctores. Un nuevo par de ojos entendidos en letras son imprescindibles para detectar falencias en los laberintos de signos que fueron sembrados por alguien encandilado por la potente luz creativa.

Pese a ello, mi falacia surtió efecto. El corrector pronunció para sí las palabras: estafador, opresor, desalmado, aprovechador y burócrata. Precavido, observé su lenta modulación y cualquier indicio corporal que me alerte sobre un inminente ataque físico hacía mi persona. No me miraba. Gritando, continuó exclamando el escueto resumen que había elaborado sobre mis agravios: estafador, opresor, desalmado, aprovechador y burócrata. Lo censuré. Más que desalmado, le dije, yo diría alma estéril. Sufra en persona el amargo gusto de su propia medicina, pensó mi personaje.

El colectivero, acostumbrado a los preámbulos que anuncian riñas, observaba de reojo mientras especulaba un posible recorrido hacía la comisaría más cercana. De ahí en adelante solo recuerdo una frase demasiado ingeniosa para el contexto de los rústicos códigos que rigen el lenguaje de un pleito callejero: “perverso filosofo academicista, sí eres tan digno pensador como presumes, refútate ésta”.

Unas horas después, desperté mareado en la cama de un hospital, reprochándome mi estúpida costumbre de comprobar los mitos. No tendría que haber sido tan sedicioso con un irascible mastodonte del que cuelgan manos que, a simple vista, se adivinan todavía más pesadas que las campanas de la catedral. Todavía repiquetean en mi cabeza.

martes, noviembre 24, 2009

Zapatos italianos

Evidentemente soy un abonado a la melancolía. Pasó un mes, ya, increíblemente, desde que hice un esbozo de lo que me había pasado con el libro de Paolo Giordano. Como todos los lectores, seguí leyendo. Y esta vez por recomendación de mi novia, Anita, aterricé cerca de Suecia. O quizá en Suecia mismo, vaya uno a saber.

Lo que sí es seguro es que una vez más aterricé en un lugar vecino de la nostalgia.



Arranqué a leer a Henning Mankell. Para quien no lo conozca, aclaro: el tipo es uno de los escritores más prolíficos que tiene el planeta. No quiero exagerar, así que voy a intentar ser exacto: según las últimas mediciones tiene 1.342.978 títulos publicados. Casi todos son policiales. Y de éxito, según me cuentan.

No es el caso de esta novela. Diría que es una historia intimista, de personajes. Diría que es un transcurrir del amor. Diría que es una pintura de la vejez, de las posibilidades perdidas. Diría que es una oda a los finales, y a la posibilidad de que hayan podido ser felices aunque no lo sean.

Diría muchísimas cosas, pero la verdad es que aún hoy, habiéndolo leído y terminado, habiéndolo disfrutado, habiéndolo compartido mis horas con noches frías de perros y gatos viejos, no sé muy bien de qué se trata.

Así que dejo que hable el libro:

"-No esperaba que vinieras.
-¿Te habías imaginado alguna vez que volverías a verme?
No contesté. Una persona que ha abandonado a otra sin explicarle la razón no tiene, en el fondo, nada que decir. Hay desengaños que no pueden ni perdonarse ni apenas explicarse. Y lo que yo le había hecho a Harriet era precisamente eso. De modo que no contesté. Me quedé sentado mirando la llama de la vela y esperando.
-No he venido para acusarte, sino para pedirte que cumplas tu promesa.
Enseguida supe a qué se refería".

De nuevo pienso que la calidad de escritura es innegable: esta vez me encuentro con un escritor maduro y lleno de oficio. Eso también se nota, y el único temor como lector es haberme enfrentado a una obra de efectos automáticos y estudiados; una serie de recursos con efectividad comprobada para que el libro tenga sentido.

Uno pensaría que no, por lo novedoso del género para un autor que se siente cómodo desentramando misterios. La única forma de comprobarlo es leer algún otro de los numerosos libros de Mankell. Ganas no me faltan.

domingo, noviembre 22, 2009

Fsf VIII. Volvimos



Pensar que casi no se hace. Que muchas decepciones y críticas ridículas casi terminan con esta tradición.

“Son pocos los buenos, cuidalos”.

Y esta es una de las cosas que cambian a muchos, es una de las cosas que hacen diferente a nuestra facultad, y a quienes frecuentamos sus pasillos.

Es algo que solo tiene 8 años y miren cuan grande es.

Es mi tercer año, y yo lo esperaba con ganas, por que hago lo que quiero con todos, y me los llevo en mí y descubro en muchos lo que no se imaginan, y logro que se vean como nunca se vieron ni se van a ver nunca en un espejo. Y yo no aparezco, pero estoy ahí en cada una.

En un momento, cuando presté la cámara varias veces pensé, “uh no, después no voy a saber cuales saqué yo”, pero no, esta vez no, no me pasó, cuando las ví, no lo dudé. Regular el obturador de mi cámara se volvió una hazaña difícil para quienes intentaron.


Esta vez fueron los gestos, en eso estoy últimamente. Se las regalo a los “pocos, pero buenos” que frecuentan el ágora de aopusal.

Gracias.

Euge H


Hagan click en la foto pata verlas todas




miércoles, noviembre 18, 2009

Minorías

En mi pueblo de raza verde
salí entre gris y morado.

Llamé la atención por raro
y nunca me aceptaron en parte alguna.

Ante el agobio de la desventaja
queda la alternativa de ser bufón o ermitaño.

Pero, indolente, como soy o como me hicieron,
preferí volverme invisible.

José Emilio Pacheco, La Arena Errante.
Vía Langosta, periodista deportivo.

lunes, noviembre 16, 2009

diluviada

Me hierve la sangre y tengo mucha bronca por nosotras, las mujeres, porque los hombres nos consideran capaces de hacer cualquier cosa. (10)

no sin razón de nosotras surgen las tragedias. Nada somos más que coger y parir. (137)

Lisístrata, Aristófanes

Tengo frío. Voy por la calle con un vestido nuevo que me compré hace una hora y media, cuando empapada, empapadísima y con más frío todavía, crucé Medrano y Corrientes y tuve que afirmar los pies sobre el asfalto porque no sabía qué pisaba y la fuerza del agua era tal que tiraba como tiran las corrientes marinas cuando uno se para un poco más allá de la orilla. Me refugié bajo el techo de un local, me sequé los ojos, retorcí el vestido que llevaba puesto y entré. No quiero mojar, perdón. No te preocupes. Te doy unas servilletas para que te seques. Gracias. ¿Qué buscas? Necesito algo para cambiarme. Un vestido. Yo soy de los vestidos. Éste, ¿cuánto sale? 35. Dice “musculosa”, pero es un vestido. Lo llevo. ¿De qué color? El gris… No, mejor el violeta. No, a ver, dame el gris. Bueno. Mirá cómo estás, toda empapada. ¿Querés que me fije si hay una toalla? ¿Querés cambiarte? No, gracias. Me quedan un par de cuadras todavía y sigue lloviendo a cántaros. Me cambio cuando llegue a terapia. Gracias. Perdón, les mojé todo. No hay drama. Y después, la lluvia violenta de nuevo, pero no tan violenta como la que me agarró en Loyola y las vías. Y eso que la de Loyola y las vías no fue tan violenta como la que me agarró en Villa Crespo, buscando con desesperación alguna boca de subte cuando tuve que parar en una esquina. Mirá como estás, entrá, querida. No, gracias, tengo que seguir. Miro para adentro. Es un restorán. El tipo se levantó de una mesa y abrió la puerta especialmente para decirme eso. Cruzo. Me quedo cinco minutos parapetada bajo el toldo de una heladería, muerta de frío, sin saber qué hacer. Es imposible seguir, no se ve nada. El vestido se me pega al cuerpo. El corpiño strapless armado, que me compré especialmente para ese vestido strapless, está empapado. Pesa. El vestido también pesa y se me pega al cuerpo. Lo retuerzo un poco, pero es inútil. Disculpá, ¿sabés a cuántas cuadras hay una boca de subte? A unas cuatro, dice la mujer con cara de pocas probabilidades. Sigo. Busco refugio en las esquinas o a mitad de cuadra. La lluvia cae con una fuerza tal que una no puede quedarse paradita a cielo abierto esperando que las luces del semáforo cambien de color.

Es el segundo subte que me tomo en menos de dos horas. En la estación, el calor y el vaho son impresionantes. Siento la presión baja. Siento el estómago revuelto por la adrenalina. Agarro un caramelo y me lo meto en la boca. Mi cartera, a esta altura, está tan inutilizable como quedará, al menos, por un par de días. Como la billetera, como los billetes, como los papeles que le llevo a mi psicoanalista, como mi libreta, como mi documento. El guardia de seguridad de la estación me ve empapada y dice: “mi reino por un vaso de agua”. Sonríe. No lo entiendo. Le sonrío igual. En el vagón, una mujer me mira con pena. ¿Querés sentarte? No, gracias, voy a empapar todo. Y veo el charco que se forma debajo de mí. A esta altura estoy con mucho frío. Los ventiladores del subte, que remueven aire caliente, me ayudan un poco, pero salgo, dos estaciones más adelante y la lluvia sigue violenta, furiosa y yo me empapo un poco más. Cruzo corriendo Medrano y Corrientes y tengo que afirmar los pies sobre el asfalto porque no sé qué piso y la fuerza del agua es tal que tira como tiran las corrientes marinas cuando uno se para un poco más allá de la orilla. Me refugio bajo el techo de un local, me seco los ojos, retuerzo el vestido que llevo puesto y entro. ¿Qué buscas? Necesito algo para cambiarme. Un vestido. Yo soy de los vestidos. El gris, dame el gris. ¿Querés cambiarte? No, gracias. Me cambio cuando llegue a terapia. Pienso en subirme a un taxi, pero así no puedo subir a ningún lado. Ningún taxista me lo permitiría. Igual no se ven taxis vacíos. Camino. A dos cuadras del consultorio hay un bazar gigante, de esos que venden desde un lápiz hasta una cortina de baño. Voy en busca de un repasador.

Tengo la imagen de V., hace un rato, saliendo de la redacción. ¿Te llevo a algún lado?. No, gracias. Tengo que seguir hablando con el editor y después, a lo que vine, a buscar mi pago (o mejor, la “cuota” de mi pago porque me pagaron $350 en dos cuotas). Claro que no esperaba que el cielo se pusiera así y que el agua cayera con tanta fuerza y que yo, que uso musculosa en invierno, pudiese sentir este frío alguna vez.

En el bazar, un tipo limpia el piso y yo dejo una estela de agua a mi paso. Me siento culpable. Encima no hay repasadores de toalla. Compro uno de tela, el menos chillón. Seis pesos. A esta altura la lluvia calmó su intensidad, se parece a una caricia. Unos carniceros aguardan en la cornisa de su local. Ojalá que llueva hasta las cuatro y media, dice uno, pero las cuatro y media pasaron hace rato. Necesito cambiarme. Entonces voy al bar de la esquina. ¿Puedo pasar al baño? Sí, al fondo a la derecha. Me saco el vestido. Mis zapatos tienen agua adentro. La ropa interior está empapadísima. Agarro el repasador, me seco la piel como puedo. El corpiño está mojadísimo, ¿me lo saco? No, no puedo ir a terapia sin corpiño. Y lo dejo que se escape ridículo por el escote del vestido nuevo que parece una enagua antigua.

Es temprano. Paulo me hace pasar al hall. Le cuento de mi periplo, haciendo ademanes para evitar que el corpiño se asome tanto por el escote. Agarro el repasador. Frente al espejo, me seco un poco más. Me siento en un escalón al fondo. Me saco los zapatos. Los pongo en la misma bolsa en la que puse el vestido mojado que, aunque retorcí como un trapo, sigue empapadísimo. Me quedo descalza. Me seco los pies. Tengo frío. (Hacía mucho que no sentía un frío de este tipo).

Llega el licenciado. Trae paraguas. Prevenido. Yo no uso paraguas y para piloto hacía demasiado calor. Paulo le cuenta que me cambié en la esquina. ¿Querés pasar al baño a secarte un poco? Ah, entonces hay baño acá, pienso, pero me limito a decir que no, que gracias, que está bien. De todos modos, él me da una toalla de mano y yo me suelto el pelo y me lo seco. Ya está. Ahora sí, con el corpiño que se ve y todos los pelos de mi cabeza revueltos por la lluvia, la humedad y la toalla parezco una de esas histéricas que aparecen en las películas blanco y negro sobre Freud. Sólo que yo no soy histérica. Sólo que me acurruco en el diván muerta de frío, con los brazos cruzados para abrigarme. Sólo que él me ofrece su abrigo y yo le digo que no (quizás haya algún tipo de cuestión ética que impida que una paciente use el abrigo de su psicoanalista, pienso), pero estoy muerta de frío, entonces, finalmente, lo acepto. No quiero mojarlo.

Salgo de la sesión. Tengo frío y un sol radiante sobre mi cabeza. Tengo unas ganas terribles de hacer pis y el corpiño se me ve y debo hacer malabares continuamente. Así no puedo estar en la calle, es ridículo. Entro en el baño de otro bar. Hago pis y aprovecho para sacarme el corpiño. Sin corpiño y con ese vestido que parece un camisolín viejo, me siento un poco Lisístrata, aquella dama, que en la genial comedia de Aristófanes, organiza una “huelga” de sexo –las mujeres de la Antigua Grecia y alrededores juran que no cogerán a sus maridos (aunque los histeriquearán a más no poder) hasta que no firmen la paz– para frenar la guerra del Peloponeso. Leí esa obra por primera vez en primer año de la facultad, con algunas partes censuradas. Censurada y todo Lisístrata se convirtió en una de mis lecturas fundamentales (aunque nunca supe bien por qué).

El hecho es que aquello de sentirme Lisístrata o alguna de las mujeres encolumnadas detrás de ella, enfundadas con esas túnicas transparentes, azafranadas (amarillentas) que bien describe Aristófanes, capaces de seducir a cualquiera, me dura muy poco. Yo no quiero hacerle la guerra a mi marido y a sus congéneres para frenar la guerra. ¿O sí? ¿Qué guerra? De todos modos, apenas aparece mi posibilidad de seducción y el sentimiento de libertad que me da el vestido (y la ausencia de corpiño), se me viene la mente mi marido y su eterna explicación sobre el efecto que surten en la masculinidad de los hombres los pezones que se deducen tras una remera o un vestido.

Ahora lejos de sentirme libre, me siento mirada. No es paranoia. Lo juro. Jamás en mi vida me miraron tanto las tetas (o lo que se adivina de ellas). Entonces, empiezo a taparme como puedo. Me pongo los brazos sobre los pechos en posición de rezo. Empiezo a rezar para que el camino no sea tan largo. Intento acortar con el subte, pero no anda y la cola del colectivo llega hasta mitad de cuadra. Camino rápido, ligero, tapada como puedo, pero los tipos miran igual.

Entonces, unas 20 cuadras después, llego a casa, con los pelos revueltos y esa pinta de histérica de película vieja. El marido repite tres veces: “estás en camisón”, “estás en camisón”, “estás en camisón”. Y la mujer, que soy yo, lo niega tres veces. Porque aunque crea que el vestido se parece a un camisón, ante tanta insistencia (y la menor posibilidad de paz), lo mejor, es negar, negar y negar, ponerse en el bando contrario, abrirse de la opinión del otro, hacer la guerra (y no el amor). Y yo que sigo y seguiré con este frío.

domingo, noviembre 15, 2009

El Hombre y el mar

¡Hombre libre, por siempre has de querer el mar!
Es tu espejo: contemplas a tu espíritu mismo
en su ola que se desenrolla sin cesar;
y tu alma no es menos amarga que su abismo.

Gozas hundiéndote en el seno de tu imagen;
la acaricias con brazos y ojos; tu corazón
se distrae muchas veces de su propia emoción
al eco de esa queja indomable y salvaje.

Ambos sois tenebrosos a la vez y discretos:
hombre, nadie ha sondeado el fondo de tu abismo;
oh mar, nadie ha llegado a tu tesoro mismo,
¡con tan celoso afán guardáis vuestros secretos!

Y entre tanto van ya siglos innumerables
que sin piedad ni remordimiento os atacáis;
de tal modo la muerte y la matanza amáis,
¡oh eternos luchadores, oh hermanos implacables!


Charles Baudelaire, Las flores del mal.



Me gustó, lo comparto.
eugeh

lunes, noviembre 09, 2009

Un día de esos

Soy, como todos, una pobre mezcla
De lo divino al fin y lo bestial.


Alfonsina Storni
vía Langosta.

jueves, noviembre 05, 2009

INSEGURIDADES


Hoy leí ese artículo de Orlando D´Adamo en la La Nación.
D´Adamo, a quién, por gestiones de Natalio, tuvimos el gusto de oír en una de las clases de la Maestría de la USAL, ofrece una interesante estadística (fatto in casa) sobre la modificación en los hábitos de vida qué generó la cuestión de la delincuencia callejera:
“… a lo largo de los últimos cuatro años, en promedio, más del 50% de la gente modificó sus hábitos de vida por temor, redujo su vida social, se retrajo. Sistemáticamente, también en los últimos cuatro años, más del 70% de los ciudadanos percibe que la inseguridad es alta. Un 65% cree, asimismo, que aumentó en ese mismo período. Tampoco confían en que se haga nada eficaz para cambiar esto…”

Sobre esto, tres reflexiones al pie.

1. En mi opinión, pese a qué realmente existe un índice mayor de inseguridad ciudadana que debe ser atendido y abordado por las correspondientes políticas públicas, el temor social que revela D’Adamo en su encuesta tiene mucho que ver, muchísimo, con el incontrastable dato de que desde que nos levantamos, hasta que nos acostamos, escuchamos incesantemente noticias vinculadas a hechos de inseguridad ciudadana. Aunque se haya producido un solo hecho grave en toda la jornada, consumimos una incesante reproducción –cada vez más escabrosa- del acontecimiento policial del día. Obviamente, una comunicación de esa calaña, mete miedo a cualquiera.

2. Necesariamente, según mi humilde opinión, el tipo de encuesta presentada públicamente por D´Adamo debe ser complementada con un relevamiento que de cuenta si los encuestados han sido recientemente afectados, directa o indirectamente, por un hecho de inseguridad, destacando su gravedad, o, en su defecto, explicite que fue lo que le generó su percepción sobre el aumento en la tasa de delincuencia con semejante incidencia como para generarles un temor paralizante. En síntesis, tratar de otorgar elementos para comprender como se construyó esa percepción.


3. La invasión mediática sobre hechos de delincuencia callejera está relacionado con qué es una noticia barata –fácil de conseguir-, admite un análisis superfluo (ideal para la chatura periodística vernácula) y vende mucho. Chocolate por la noticia, pero, inexplicablemente, siempre se obvia el dato para analizar su incidencia, que encima, tiene un correlato decisivo en las estrategias electorales de candidatos conservadores.

Entiendo que sí, por milagro divino, los medios de comunicación se obstinaran en repetirse incesantemente sobre asuntos de corrupción pública y criminalidad empresaria, cambiarían positivamente los hábitos de conducta de los ciudadanos. Seguramente, empezaríamos a votar mejor, a desmitificar a muchas personalidades públicas y a rechazar las propuestas comerciales de los empresarios carentes de valores, y de forma mediata, a corregir las deficiencias públicas que fomentan la delincuencia callejera. A partir de allí, también, dejaríamos de prestarle atención a una blonda contrabandista de autos de lujo que da cátedra sobre políticas públicas de represión de delitos o soportar los aires de criminólogo de un periodista deportivo devenido en crack del showbusiness, sospechado de evadir millones en impuestos.

Excúsenme por la catarsis. Pese al pequeño reproche que le efectué, aplaudo a D´Adamo, por mantener, a lo largo de su nota, su envidiable compostura en un tema tan delicado.
FV

miércoles, noviembre 04, 2009

Claude Lévi-Strauss, el padre de la antropología moderna, fallece a los 100 años


• Cambió la visión occidental sobre las culturas «primitivas»
• El autor de ‘Tristes trópicos’ destruyó las pretensiones científicas del racismo

El próximo 28 de noviembre habría cumplido 101 años. El antropólogo Claude Levi-Strauss, padre del estructuralismo, falleció en París –ayer trascendió su muerte el pasado fin de semana– dejando tras de sí una vida dedicada innovar el pensamiento y a cambiar la mirada de la sociedad occidental hacia las llamadas culturas «primitivas» o «salvajes».
Levi-Strauss desapareció con la discreción que le caracterizaba, en silencio, sin grandes funerales ni despedidas multitudinarias. Su muerte sorprendió a todos cuando ya se habían celebrado sus exequias en la intimidad familiar. El último gesto humildad de una gran personalidad en el plano intelectual y humano.

ARROGANCIA OCCIDENTAL / «Odio los viajes y los exploradores. Y aquí estoy aprestándome a relatar mis expediciones...». Así empieza Tristes trópicos (1955), la obra con la que Levi-Strauss revolucionó su época desmontando la idea de que hay sociedades superiores a otras y, en consecuencia, destruyendo las pretensiones científicas del racismo. Durante su vasta carrera, no dejó de denunciar la arrogancia occidental poniendo de relieve la complejidad y riqueza cultural de las civilizaciones consideradas inferiores. «Nada permite afirmar la superioridad o inferioridad intelectual de una raza respecto de otra», sentenció.
Nacido en Bruselas en el seno de una familia judía, a los 27 años Levi-Strauss partió a Brasil para enseñar sociología en la Universidad de Sao Paulo. De su contacto con los indios bororos y caduveos del Mato Grosso y los nambikwaras de las selva amazónica nace una inquietud por el planeta que le convertiría en precursor del ecologismo. «Los humanos se dirigen hacia una especie de envenenamiento interno», había declarado.
A su regreso a París, en 1941 tuvo que emigrar a Nueva York huyendo de la amenaza nazi. Allí conoció al lingüísta Roman Jakcobson, cuya colaboración fue determinante para el nacimiento del método estructuralista, que pone el acento en la estructura y no en el sujeto, en el todo sobre la parte. Es decir, es la sociedad la que moldea al individuo. Lévi-Strauss aplicó este sistema al conjunto de sus estudios.

UN PRECURSOR / En El pensamiento salvaje (1962), el antropólogo exploró los mecanismos ocultos de las culturas, defendiendo que eran igualmente complejos en las sociedades sin escritura que en las consideradas desarrolladas. En su obra, denuncia también lo que califica de «uniformización del mundo». Adelantándose de nuevo a su tiempo, predice los efectos perfersos de la globalización. «La humanidad se instala en una monocultura, se apresta a producir una civilización de masa», lamentó en una de sus raras entrevistas el hombre que escrutó la mitología y desveló el enigma del tótem.
Hace un año, el museo del Quai Branly, dedicado a las civilizaciones no occidentales, celebró el centenario del antropólogo con un homenaje al que finalmente no asistió. Pudieron verse, no obstante, su colección de arte –1.500 piezas recogidas durante sus expediciones– y las magníficas fotografías tomadas en 1930 de las tribus brasileñas.

Fuente: http://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idioma=CAS&idtipusrecurs_PK=7&idnoticia_PK=658827

jueves, octubre 29, 2009

Mañana en la batalla...

“Vivir en el engaño es fácil, y aún más, es nuestra condición natural, y por eso no debería dolernos tanto. Se recuerda que todos vivimos parcial pero permanentemente engañados o bien engañando, contando solo parte, ocultando otra parte y nunca las mismas partes a las diferentes personas que nos rodean. Y sin embargo a eso no acabamos de acostumbrarnos, según parece. Y cuando descubrimos que algo no era como lo vivimos – un amor o una amistad, una situación política o una expectativa común y aun nacional - , se nos aparece en la vida real ese dilema que tanto puede atormentarnos y que en gran medida es el territorio de la ficción: ya no sabemos cómo vivimos lo que vivimos, si fue lo que creíamos mientras estábamos engañados o si debemos echar eso al saco sin fondo de lo imaginario y tratar de reconstruir nuestros pasos a la luz de la revelación actual y del desengaño. La más completa biografía no está hecha sino de fragmentos irregulares y descoloridos retazos, hasta la propia. Creemos poder contar nuestras vidas de manera más o menos razonada y cabal, y en cuanto empezamos nos damos cuenta de que están pobladas de zonas de sombra, de episodios inexplicados y quizá inexplicables, de opciones no tomadas, de oportunidades desaprovechadas, de elementos que ignoramos porque atañen a los otros, de los que aún es más arduo saberlo todo o saber un poco. El engaño y su descubrimiento nos hacen ver que también el pasado es inestable y movedizo, que ni siquiera lo que parece ya firme y a salvo en él es de una vez ni es para siempre, que lo que fue está también integrado por lo que no fue, y que lo que no fue aún puede ser.”


Javier Marias, "Mañana en la batalla piensa en mi"


Me gustó lo de comentar los Libros.

Este en particular me gustó y llegó como encanjando en una situación particular de mi vida. Lo leí hace un tiempo, lo recuerdo todavía, los disfruté y viví o leí muy intensamente.


Esto es un fragmento, sólo eso.


eugeH

miércoles, octubre 28, 2009

No creo en facebook

Ante la reciente confesión de NS, me gustaría resaltar que adhiero a una teoría que simpáticamente esbozó un amigo. No creo en facebook.

Facebook son los padres. Es como la navidad. Como los reyes magos. Como el día de la primavera.

El problema radica en responder la pregunta que me hizo otro de mis amigos: ¿los padres de quién?

Es como ese verso de Juárroz que dice "Todo viene de lejos. Y sigue estando lejos. ¿Pero lejos de qué?"

A mí no me importa: yo soy afacebook.

L>S>D>A,
periodista deportivo

viernes, octubre 23, 2009

Recomiendo (propuesta para generar un apartado sobre libros)


Muchachos,


Intuyo que todos los que escribimos en este blog padecemos la influencia permanente de la lectura. Intuyo, digo, y miento: en realidad sospecho, y hasta -en algunos casos- sé.


Pero no es el punto. El punto es que rara vez hablamos de lo que leemos. Me refiero a este espacio compartido, pero también extiendo la consideración a la existencia en general.


No seré tan amplio. Diré, en principio: yo rara vez hablo de lo que leo. Sobre todo porque no encuentro el ámbito adecuado. Así que decidí generar mi propio ámbito. Éste. Decidí que volcaré aquí, cada mes (caprichosamente, como para darle un marco temporal a la ocurrencia), alguna impresión suelta de un libro que tuve el placer o el displacer de tener en las manos.


También decidí que iba a arrancar con "La soledad de los números primos", de Paolo Giordano.


La verdad es que entré al universo del autor arrastrado por un preconcepto positivo. Me habían dicho que este italiano, físico de 26 años, era alumno de Alessandro Baricco, una de mis debilidades literarias.


También pensé en lo osado que es escabullir en un título la palabra soledad, después de los cien años de García Márquez y de la deliciosa soledad demasiado ruidosa que describió Bouhmil Hrabal. Pensé en lo que significa reconocerse matemático y hablar de números en un contexto lleno de Guillermos Martínez, de Alicias en países de maravillas y de infinitos acertijos borgeanos que se reflotan rogándoles actualidad.


Y hacia allí fui, dispuesto a perderme en un mundillo que según comentan fue traducido a 23 idiomas.


Mi primer sentimiento fue de fascinación. Esa pluma tajante y melancólica que regala Baricco parecía haberse trasladado como por arte de la química osmótica a un equivalente de menor edad. Sin embargo, con el pasar de las páginas me encontré con una fábula un poco cruel. Creo que la calidad de escritura de este chico es tan indiscutible como envidiable. Pero calculo que me queda una pequeña crítica moral desde el sufrimiento desencadenado: no todo tiene que salir tan mal, siempre.


Resulta tan frustrante como una película de González Iñarritu, pero eso ya es muy personal.


Igualmente creo que es un intento valioso. Una primera obra, apenas, de alguien que debe madurar para entender que lo sutil no debe ser sinónimo de lo terrible. Destaco esos dos primeros capítulos, como dos cuentos pensados al detalle, que se enmarañan en el resto de una historia que vale la pena leer. Los destaco más allá de su tinte de crueldad -porque es innegable que lo tienen y en él viven sus revelaciones- gracias a la magia de una arquitectura literaria que previene e invita.


No sé si se entenderá algo de lo que quiero decir. Quizá se entienda más adelante. Quizá cuando se animen, cuando lean, cuando sufran, cuando piensen, cuando se conmuevan con las páginas, vuelvan atrás y digan sí, digan claro, digan hay algo forzado, digan que les gusta, digan que reconocen el artificio pero no importa. Digan que la literatura debe ser la vida que no queremos. O la que no podemos tener.


Quizá digan que yo también equivoqué el camino. Y bien. Qué remedio. Así son las cosas.


L>S>D>A,
periodista deportivo.

miércoles, octubre 21, 2009

La venganza será terrible

"Una oyente dice: 'Estimado Dolina, ¿ya no defiende más a Maradona? ¿O acaso ya no hay ningún Sargento Cruz? Vea: Ud. ayudó a alimentar al monstruo que tan bien nos hace quedar ante la prensa mundial. Cordialmente. Ingrid Hammer'.

Mi respuesta es SÍ. Yo he resuelto -después de un extravío- bancar a Maradona en esto. ¿Sabe por qué? Por personas como usted. La indignación burguesa que sucedió al exabrupto de Maradona fue totalmente patética y asqueante. Un mundo totalmente hipócrita, el mundo de la radio, donde se escucha eso mismo que Diego dijo bajo emoción violenta, pero libreteado (y en la televisión ni hablemos), ese mundo se indignó. Esos tipos se indignaron. Y esa indignación burguesa me hace ponerme inmediatamente en la vereda de enfrente.

Y lo que un tipo dijo, obnubilado por el momento, por la emoción, por su propia historia, y por su propia condición, después fue repetido ad nauseam por todos los noticieros, con subrayados, subtitulados, duplicaciones, ampliaciones y circulación por Internet, por tipos que no estaban ni obnubilados, ni en estado de emoción violenta, ni perturbados por ninguna cosa, sino que lo planearon diecinueve mil veces. Esos tipos ahora se ponen en la superioridad moral de preguntarme a mí si lo defiendo a Maradona. Bueno, sí, lo defiendo. Si es contra ustedes, lo defiendo. Lo defiendo totalmente.

Y eso de "que tan bien nos hace quedar ante la prensa mundial"... ¡Cipayos provincianos que quieren quedar bien con sus supuestos amos europeos! ¡Yo no tengo ningún interés en quedar bien ante la prensa mundial! ¡No es ésa nuestra obligación! ¿Qué tenemos que quedar bien ante nadie? ¿Ante quiénes? ¿Ante gobiernos que aniquilan a sus enemigos? ¿Ante quién tenemos que quedar bien? ¿Dónde esta la Fiscalía del Universo? ¿Dónde está la reserva moral de la Humanidad? ¿En Estados Unidos? ¿En Europa? ¡Déjeme que me muera de risa, Ingrid Hammer!

Y otra cosa: muchas veces, pero muchas, en los medios se dicen cosas muy interesantes. Yo he escuchado casi revelaciones, a veces, dichas por tipos a los que yo admiro mucho. A veces son intelectuales, como, no sé, el finado Casullo, o Dubati, o José Pablo Feinmann, tipos que realmente tienen un pensamiento interesante. Otras veces son artistas, o incluso locutores, del calibre de Larrea, o de Carrizo, tipos que por ahí dicen cosas que te hacen decir "pero mirá que bien pensó éste". Bueno, a esos NUNCA, nunca los vi duplicados en los noticieros, con subtitulados y subrayados. No los vi nunca porque a esta gente no le interesa el pensamiento ni la inteligencia, le interesa la BASURA. Y entonces Maradona dice esto y ellos lo repiten ciento diez mil veces. Eso es un asco.

Así que ¿a qué jugamos? ¿Qué es esto? ¿Qué es esto de indignarse, de enojarse y de sorprenderse? Lo dice un Senador de la Nación, y es un piola. Lo dice Maradona, y aparece todo el racismo, todo el desprecio por los pobres, aparecen los de siempre, los muchachos de siempre, a indignarse: ¡oh, la cultura! ¡Nuestro embajador! ¿Qué embajador? Es Diego Maradona, viejo. Los que tienen que ser cultos son ustedes, no él. Él tiene que dirigir la Selección de Fútbol, y si lo eligieron a él, bueno, es ése, y no Pancho Ibáñez.Así que sí, lo defiendo a Maradona. Ante usted lo voy a defender siempre".

domingo, octubre 18, 2009

La tenemos adentro, hace rato



"Yo robo para la corona", nos confesaba José Luís “colita parada” Manzano en pleno auge de Don Carlo. Nadie se espantó por aquel entonces. A fin de cuentas, no fue tan soez en lo formal de sus expresiones. Hoy, tal vez con las pompis un poco vencidas, es un empresario exitoso.

"En la Argentina nadie hace plata trabajando". Honestidad brutal del otro José Luís. El “Gordo” Barrionuevo también censuró, por lo menos en público, las vulgaridades en su verba y hoy corta el bacalao en la puja gremial Argenta.

"Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla." Frase que percutió una ovación de una multitud de espíritus belicosos. El borrachín dictador, con estilo caballeresco, sentenció así su decisión de enviar al muere a más de 600 pibitos. Solo con el tiempo, pudimos comprender la impudicia de esa maldita frase.

"Los argentinos somos derechos y humanos." Slogan interesante. Afirmación implacable en un tiempo en que desde afuera pretendían husmearnos nuestro hedor a la peor calaña. Y lo creímos. Por mucho tiempo, con estúpido orgullo soberano, defendimos el mensaje.

“La casa esta en orden”. Otra cita celebre que, por nuestro credulísimo patriótico, se dilató tanto que nos oculto su verdadero significado. Contundente igual. Impecable retórica.

Al Diegote, una vez más, se le soltó la cadena. Hoy es tema nacional. El tipo, futbolista al fin, se despachó con una de vestuario. Lanzó una versión que, más de una vez, le escuchamos al más brutito y entrañable de nuestros amigos en un asado de domingo. Censurable, sin dudas. ¡No da Diego!. Te escuchó, literalmente, medio mundo.

Pero, digo, no oí críticas tan implacables en los exabruptos anteriores. Nadie destinó tan agudas lecciones de moral y buenas costumbres cuando, lo repudiable, era –tan solo- el terrible contenido material que apañaba el mensaje correcto en las formas.

Nunca, como hoy, filósofos cajetillas, rentados o no, se entretienen analizando causas, consecuencias y efectos de una expresión banal, que en el fondo, es la más ingenua de las que llegaron al salón de la fama.

FV

sábado, octubre 17, 2009

Dichos y conclusiones que no he dicho

Ojos que no ven corazón que no siente, sin embargo no necesito ver para tener corazón
Bien ama quien nunca olvida, pero nunca olvido a quienes no me amaron.
Ojo por ojo, diente por diente y nos quedamos sin un ojo y sin un diente.
A caballo regalado no se le miran los dientes, pero hay quienes ni pueden mirar al caballo.
Yerba mala nunca muere, pero por cada yerba mala nacen en el mundo tres yerbas buenas.
La mentira tiene patas cortas..., los enanos son una mentira?
El amor habla incluso con los ojos cerrados... hoy hasta habla con los dedos en el teclado. (L)
El primer amor nunca se olvida, pero si nos preguntaran por el amor nos olvidamos de que se trata…
Ama a quien te ama y contesta a quien te llama, eso se llama estar necesitado…
No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy, pero si hoy tengo ganas de descansar...?

“Cada loco con su tema” y en eso estoy desacuerdo. Pero si se unieran los locos habría mejores ideas.

AGUSTINAMOR 2M1

viernes, octubre 16, 2009

Mirando para atrás en la historia (de AOPusal)

Bueno, se me ocurrió, que como nadie está muy ocurrente por estos días, dar una vuelta por el blog, por aquellos años en los que sí se posteaban cosas muy ocurrentes, de las que no me hago cargo, ya que creo que estoy cumpliendo un año visitando y participando de este ágora.
Entonces me fui bien para atrás, lo hago a veces durante los baches en el trabajo publicitario. Y encontré un texto que me llamó la atención. Por que me gustó, y por que mañana es 17 de Octubre.
Aviso que no leí los comentarios del mismo, para evitar ya saber lo que pensaban.

Si alguien tenía algo en el tintero que estaba por postear ya, hagalo nomás, pero los silencios demasiado largos por acá, me aburren.
eugeH

Papá, ¿qué corno es el peronismo?


Este texto está extraído de http://mujergorda.bitacoras.com/1/esp/index.htm, es un weblog muy premiado. Además, es muy divertido y quiero compartirlo con ustedes. Recomiendo “aguasfuertes porteñas” de Arlt para profundizar en la nostalgia inmigro/argenta.
Espero ansioso sus opiniones.

Cuando era chica mamá me enseñó una propaganda de la radio que decía "Jabón Federal... evita la refregada". Una mañana que la estábamos tarareando en el recreo, vino una maestra y me dio vuelta la cara de un cachetazo: "¿Qué es eso de Evita la refregada?" —me dijo— "En la escuela no se habla de política, González".
Aquel fue el primer golpe que recibí por ser activista política, incluso antes de tener la regla y de saber nada de la democracia. Después la vida se llenó de peronismo y me dieron muchísimos más cachetazos: algunos de izquierda, otros de derecha, pero todos sonaban igual: ¡zácate!, y terminabas culo para arriba... Pero hay algo peor que vivir en un país peronista, y es casarse con alguien que se piensa que Perón y Evita son superhéroes interminables. Porque yo creo, y no es broma, que mi marido se piensa que Perón volaba.
El Zacarías fue una de esas criaturas que un día, durante el hambre de los años cuarenta, recibió uno de los regalos que hacía el General Perón a los chicos pobres. ¡Para qué, madre mía! ¡Qué gran error nacional que fue regalar esos juguetes! Desde ese momento el Zacarías es más peronista que gente, y no le importa un carajo lo que signifique.
Mi marido no votó nunca con la cabeza. Cuando está en el cuarto oscuro mira que la papeleta tenga el escudito y elige eso. ¡Pa'dentro! No le importa nada más: a veces ni mira los nombres. Hace treinta años que está pagando en cuotas los juguetes que le regaló Perón, pobre. Pero peor yo, la burra, que ni siquiera vi esos juguetes y también pago los platos rotos cada cuatro años.
Esto viene a cuento porque anoche el Caio y la Sofi estaban discutiendo en el patio, y entraron a la cocina acalorados, para preguntarle al padre quién de los dos tenía razón:
—Viejo —arremete el Caio—, yo digo que el peronismo es una religión, y la boluda ésta me dice que no, que es una enfermedad, como el botulismo. ¿No cierto que es una religión, que vos le rezás siempre a la foto de esa vieja chota con rodete, la que está en el garage?
El Zacarías aprieta un puño, imperceptible, y le tiembla el párpado como siempre que alguien blasfema contra Evita.
—Nada que ver, taradito —argumenta la Sofi—, es una enfermedad de antes, de la época de éstos. ¿No, mamá? —me pregunta— Si vos siempre decís que es una peste que viene de lejos, y que nadie tiene mayormente la culpa...
Trago saliva. Las criaturas se nos quedan mirando con los ojos como el dos de oro, esperando la palabra de los grandes, la respuesta definitiva sobre el peronismo. Mientras, el Zacarías se empieza a desabrochar el cinto por abajo de la mesa.
—¡Viejo controláte que son pre-adolescentes! —le digo—. Explicále las cosas con palabras, que los golpes no conducen a nada.
Pero ya es tarde. El Zacarías se levanta, henchido de justicia social, y revolea el cinturón al grito inconfundible de "¡vos no los defendás a estos hijos de puta!". Cuando mi marido dice así es porque no hay tregua posible, y los chicos saben que tienen que salir disparando, saltar la tapia y cortar campo por el terrenito de la vieja Monforte. Es eso o la muerte.
Cinco minutos después, mientras miraba por la ventana a mi familia perseguirse por la calle, cagándose a cinturonazos a la vista de los vecinos, me acordé de esa historia en la que Dios, hace muchos años, estaba repartiendo las virtudes de los países, mientras su secretario anotaba en una libretita.
—Los alemanes van a ser guerreros e implacables —decía Dios, y el secretario anotaba—... Los italianos va a ser trabajadores y espamentosos —decía—... Los yanquis, poderosos y descerebrados —el secretario anotaba—. Los argentinos van a ser buenos, inteligentes y peronistas...
—¡Epa, Jefe! —interrumpió el secretario—. Dijo tres virtudes en vez de dos. Sáqueles una a esta gente o los argentinos van a jugar con ventaja y después el resto se queja...
—Vos sabés muy bien que no me puedo echar para atrás, Jaime —dice Dios, pensando en una alternativa a su primera cagada celestial—. Hagamos lo siguiente. Anotálos con las tres virtudes, pero que solamente puedan elegir entre dos.
Y desde ese día, corazones, los argentinos que son como el Zacarías (peronistas y buenos) no pueden ser inteligentes; los que son inteligentes y peronistas no pueden ser buenos; y a los que son inteligentes y buenos —como es lógico— jamás se les ocurriría ser peronistas.
Cuando vuelvan los chicos de la calle, después de curarles las heridas y darles algo de comer, voy a ver si les explico el cuento y se dejan de preguntarle cosas al esquenún del padre.

Santiago

sábado, octubre 10, 2009

Publicidad y ley de medios K

La siguiente siguiente nota pertenece a Alberto Borrini para La Nación, luego de que en la madrugada de hoy se haya aprobado la nueva ley de medios.


Suerte atada a la publicidad
Alberto Borrini Para LA NACION
Sábado 10 de octubre de 2009

Y la suerte de la publicidad también es decisiva para los medios. Es así desde la época de los afiches, hasta la actual de los multimedios. Fue Marshall McLuhan quien puso el broche de oro a esta identificación recíproca. "El medio es el mensaje", sentenció, haciendo un análisis publicitario.
Más allá de que lo que representan los avisos en la financiación y la independencia de los medios privados, que a esta altura ni siquiera hace falta recordar, la publicidad es un componente significativo del contenido de todos los vehículos, y especialmente de los que se verían afectados por la sanción de la ley que impulsa con tanta premura, tenacidad y sin consulta previa por el Gobierno.
Las mayores entidades publicitarias reaccionaron enérgicamente contra la ley; la Asociación Argentina de Agencias (AAAP), recordó la importancia de la actividad en términos económicos, culturales y sociales, y como contenido televisivo: 14 minutos de cada 60 de programación radiofónica, y 12 de cada 60 minutos en televisión son destinados a publicidad. La conclusión es que por lo menos 6 horas de una jornada completa corren por cuenta de los anuncios, que el público celebra debido a su cada vez mayor contenido de entretenimiento.
En general, las agencias y los miembros de la Cámara Argentina de Anunciantes (CAA) no cuestionan la actualización de la ley, exigida por los enormes adelantos tecnológicos de los últimos 10 o 20 años, pero se oponen a la sanción a los apurones de un nuevo marco legislativo que, además, es cuestionado por la mayoría de los afectados por el cambio.
Para la CAA, varios aspectos de la nueva ley pueden "afectar el derecho de libertad de expresión comercial, principal fuente de ingresos de los medios y la gratuidad de los servicios abiertos de radiodifusión y televisión". La obligatoriedad del "compre nacional", en momentos en que el país goza de una holgada balanza comercial favorable debido a la creatividad de nuestros profesionales, figura también en la presentación de la entidad que, en suma, estima que "debilita el derecho a emitir publicidad".
Lo más curioso de los artículos atentatorios contra la actividad de la nueva ley es que desde que asumió Néstor Kirchner, la presidencia de la Nación se vale de manera generosa y creciente de la publicidad, que, en su caso se parece más a la propaganda. En 2006 ya estaba entreverada entre los 10 primeros anunciantes del país, con el 2% de la inversión publicitaria nacional y a la par de las telefónicas. Hoy, esa condición de gran anunciante es revalidada en las transmisiones de los partidos de fútbol, cuyos espacios publicitarios, hasta ahora, son monopolizados por la intrusiva publicidad oficial, principalmente para "vender" la ley de medios.


CotiM. 2M1

viernes, octubre 09, 2009

El roto



Que acogedores resultan esos instantes de cuelgue del sistema operativo.
Algunos afortunados tienen el temple de resistir toda una vida descreyendo de todo.
Otros, hipócritas tal vez, los acusan de pesimistas. Qué equivocados que están. Debe ser bastante bonito poder ver todo el tiempo la pradera que yace detrás de tantas edificaciones irreales.


FV

sábado, octubre 03, 2009

...

http://www.youtube.com/watch?v=yzUAUv16x6k&feature=player_embedded


Tantas veces me mataron,
tantas veces me morí,
sin embargo estoy aquí
resucitando.
Gracias doy a la desgracia
y a la mano con puñal,
porque me mató tan mal,
y seguí cantando.

Cantando al sol,
como la cigarra,
después de un año
bajo la tierra,
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra.

Tantas veces me borraron,
tantas desaparecí,
a mi propio entierro fui,
solo y llorando.
Hice un nudo del pañuelo,
pero me olvidé después
que no era la única vez
y seguí cantando.

Cantando al sol,
como la cigarra,
después de un año
bajo la tierra,
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra.

Tantas veces te mataron,
tantas resucitarás
cuántas noches pasarás
desesperando.
Y a la hora del naufragio
y a la de la oscuridad
alguien te rescatará,
para ir cantando.

Cantando al sol,
como la cigarra,
después de un año
bajo la tierra,
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra.

viernes, octubre 02, 2009

Una foto por día


Para los insaciables como yo.
Una foto por día, vale la pena darse una vuelta por allí, todos los días.
Cuidado... que estas cosas son peligrosas.
Hagan Click en la foto y verán.

eugeH

sábado, septiembre 26, 2009

Mocasines Blancos


-Hay una frase bastante conocida en publicidad: “Sos tan bueno como tu último trabajo”

Bien.

Los hombres más viejos (…) de este libro supieron con sus ideas abrir puertas para que los más jóvenes de este libro pudieran dar un paso más.

De eso se tratan los Mocasines blancos.-

Y decido ponerlo en palabra de sus creadores Maxi Anselmo y Sebastián Wilhelm –ambos directores generales creativos y fundadores de Santo Buenos Aires.

Cuadra oscura, muchos patobas, y abrepuertas te recibían, con sonrisas y un respeto que solo lo da el entrar ahí. Un galpón al lado de las vías. Ladrillo en el exterior y dos masetas con unas plantas muy atas oficiaban de entrada. La agencia Santo, verdaderas puertas abiertas, ese gran salón con un piso arriba, abierto. En el que todos los día vuelan ideas locas y caras. Las paredes con pinturas estilo animé, de féminas desnudas con armas de juguete.

Una barra de bebidas surtida que ofrecía a los invitados amplia variedad de tragos y cervezas, estas de una marca con una “elegancia salvaje”.

Un living central, ahí se ubicaron ellos al principio, medio tímidos, medio desentonados, ellos o nosotros, representantes de la Usal.

De a poco, se fueron parando, se integraron y se sintieron invitados.

Y las camareras pasaban y ofrecían bocados exquisitos y tragos peligrosos y el ambiente publicitario argentino, del más loco, del más creativo, el más difícil de acceder nos pasaba por delante y por detrás. Las sonrisas cómplices y las risas nerviosas al animarnos, a acercarnos y mostrarnos y presentarnos y recordarles que estábamos, y que todo futuro fue mejor, y que nos esperen, que vamos a llegar.

Personajes, como Damian Kepel, Guillermo Tragant, Sebastian Wilhelm o Santi Dulce y otros más capos de la publicidad se rieron con nosotros esa noche.

La presentación, corta, simple, para seguir disfrutando de la fiesta. La entrega de libros a los invitados, los invitados que de a poco se fueron entregando a la fiesta y agarraron más libros y más cosas. Hasta unos cuantos de los Mocasines VIP quedaron en nuestras manos, o en nuestros pies en algunos casos.

Una noche como pocas, y estuvimos ahí, representando a la casa de estudios. Alumnas y directivos de la Usal.

De eso se tratan los Mocasines Blancos, de dar el primer paso.

www.mocasinesblancos.com

Euge Hermida

Pueden leer notas en adlatina.com, dossiernet.com, infobrand.com, etc.