Hoy leí ese artículo de Orlando D´Adamo en la La Nación.
D´Adamo, a quién, por gestiones de Natalio, tuvimos el gusto de oír en una de las clases de la Maestría de la USAL, ofrece una interesante estadística (fatto in casa) sobre la modificación en los hábitos de vida qué generó la cuestión de la delincuencia callejera:
“… a lo largo de los últimos cuatro años, en promedio, más del 50% de la gente modificó sus hábitos de vida por temor, redujo su vida social, se retrajo. Sistemáticamente, también en los últimos cuatro años, más del 70% de los ciudadanos percibe que la inseguridad es alta. Un 65% cree, asimismo, que aumentó en ese mismo período. Tampoco confían en que se haga nada eficaz para cambiar esto…”
Sobre esto, tres reflexiones al pie.
1. En mi opinión, pese a qué realmente existe un índice mayor de inseguridad ciudadana que debe ser atendido y abordado por las correspondientes políticas públicas, el temor social que revela D’Adamo en su encuesta tiene mucho que ver, muchísimo, con el incontrastable dato de que desde que nos levantamos, hasta que nos acostamos, escuchamos incesantemente noticias vinculadas a hechos de inseguridad ciudadana. Aunque se haya producido un solo hecho grave en toda la jornada, consumimos una incesante reproducción –cada vez más escabrosa- del acontecimiento policial del día. Obviamente, una comunicación de esa calaña, mete miedo a cualquiera.
2. Necesariamente, según mi humilde opinión, el tipo de encuesta presentada públicamente por D´Adamo debe ser complementada con un relevamiento que de cuenta si los encuestados han sido recientemente afectados, directa o indirectamente, por un hecho de inseguridad, destacando su gravedad, o, en su defecto, explicite que fue lo que le generó su percepción sobre el aumento en la tasa de delincuencia con semejante incidencia como para generarles un temor paralizante. En síntesis, tratar de otorgar elementos para comprender como se construyó esa percepción.
3. La invasión mediática sobre hechos de delincuencia callejera está relacionado con qué es una noticia barata –fácil de conseguir-, admite un análisis superfluo (ideal para la chatura periodística vernácula) y vende mucho. Chocolate por la noticia, pero, inexplicablemente, siempre se obvia el dato para analizar su incidencia, que encima, tiene un correlato decisivo en las estrategias electorales de candidatos conservadores.
Entiendo que sí, por milagro divino, los medios de comunicación se obstinaran en repetirse incesantemente sobre asuntos de corrupción pública y criminalidad empresaria, cambiarían positivamente los hábitos de conducta de los ciudadanos. Seguramente, empezaríamos a votar mejor, a desmitificar a muchas personalidades públicas y a rechazar las propuestas comerciales de los empresarios carentes de valores, y de forma mediata, a corregir las deficiencias públicas que fomentan la delincuencia callejera. A partir de allí, también, dejaríamos de prestarle atención a una blonda contrabandista de autos de lujo que da cátedra sobre políticas públicas de represión de delitos o soportar los aires de criminólogo de un periodista deportivo devenido en crack del showbusiness, sospechado de evadir millones en impuestos.
Excúsenme por la catarsis. Pese al pequeño reproche que le efectué, aplaudo a D´Adamo, por mantener, a lo largo de su nota, su envidiable compostura en un tema tan delicado.
FV
Sobre esto, tres reflexiones al pie.
1. En mi opinión, pese a qué realmente existe un índice mayor de inseguridad ciudadana que debe ser atendido y abordado por las correspondientes políticas públicas, el temor social que revela D’Adamo en su encuesta tiene mucho que ver, muchísimo, con el incontrastable dato de que desde que nos levantamos, hasta que nos acostamos, escuchamos incesantemente noticias vinculadas a hechos de inseguridad ciudadana. Aunque se haya producido un solo hecho grave en toda la jornada, consumimos una incesante reproducción –cada vez más escabrosa- del acontecimiento policial del día. Obviamente, una comunicación de esa calaña, mete miedo a cualquiera.
2. Necesariamente, según mi humilde opinión, el tipo de encuesta presentada públicamente por D´Adamo debe ser complementada con un relevamiento que de cuenta si los encuestados han sido recientemente afectados, directa o indirectamente, por un hecho de inseguridad, destacando su gravedad, o, en su defecto, explicite que fue lo que le generó su percepción sobre el aumento en la tasa de delincuencia con semejante incidencia como para generarles un temor paralizante. En síntesis, tratar de otorgar elementos para comprender como se construyó esa percepción.
3. La invasión mediática sobre hechos de delincuencia callejera está relacionado con qué es una noticia barata –fácil de conseguir-, admite un análisis superfluo (ideal para la chatura periodística vernácula) y vende mucho. Chocolate por la noticia, pero, inexplicablemente, siempre se obvia el dato para analizar su incidencia, que encima, tiene un correlato decisivo en las estrategias electorales de candidatos conservadores.
Entiendo que sí, por milagro divino, los medios de comunicación se obstinaran en repetirse incesantemente sobre asuntos de corrupción pública y criminalidad empresaria, cambiarían positivamente los hábitos de conducta de los ciudadanos. Seguramente, empezaríamos a votar mejor, a desmitificar a muchas personalidades públicas y a rechazar las propuestas comerciales de los empresarios carentes de valores, y de forma mediata, a corregir las deficiencias públicas que fomentan la delincuencia callejera. A partir de allí, también, dejaríamos de prestarle atención a una blonda contrabandista de autos de lujo que da cátedra sobre políticas públicas de represión de delitos o soportar los aires de criminólogo de un periodista deportivo devenido en crack del showbusiness, sospechado de evadir millones en impuestos.
Excúsenme por la catarsis. Pese al pequeño reproche que le efectué, aplaudo a D´Adamo, por mantener, a lo largo de su nota, su envidiable compostura en un tema tan delicado.
FV
6 comentarios:
Siga haciendo este tipo de catarsis... excelente.
NS
tengo muchas cosas para decir y a pesar de que declaré en tuiter que mi diplomacia hoy me chupa un huevo, sigo en silencio.
Sólo diré el cascarón:
Hace tres días fui testigo de charlas sobre todos los robos que habían vivido mis compañeros de viaje. Sobre eso (y más) escribí en mi blog. No quiero repetirme así que los que quieran, pasen y vean.
Yo hoy leí una entrevista que le hicieron a una de las minas más lúcidas que jamás leí, Maristella Svampa. Vale la pena, así que la comparto.
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-5269-2009-11-05.html
Y lo que me parece más impotante de todo es que para mí, la palabra "inseguridad" está bastardeada. Habría que empezar a hablar en serio acerca de nuestra(s) verdadera(s) inseguridad(es). Hace un tiempito (en tiempo de campaña electoral) escribí un poema:
Voy a trazar el mapa
de mi inseguridad.
Comienza en los pechos,
sigue en la mejilla derecha,
en la urticaria.
En las preguntas
que nos hacemos.
En la certeza
de ya no ser.
Desde hace dos años, fecha en la que inauguré la indescriptible felicidad de ser padre, encontré el verdadero significado de la palabra inseguridad. Para mí, la inseguridad, es aquel espeluznante sentimiento que me arremete cuando pienso que algo puede causarle un daño a mi hija.
La inseguridad, para mi, se materializa cuando veo a un pobre tipo ejerciendo funciones públicas, y deteriorando, por corrupción o inutilidad, las funciones vitales del estado. Pienso que no soy inmune de caer algún día en desgracia, o desaparecer antes de que mi hija pueda autosatisfacer sus necesidades, y así, no poder bancarle la salud, la educación, la vivienda o la alimentación. Pasa todos los días.
Pienso, que algún día, la niña va a estar en edad de salir de noche. Allí, como yo, se va a tener que enfrentar con un pelotudo que trance con drogas heavies gracias a alguna tranza aún mayor, defendida desde más arriba, y tal vez, por debilidad, caiga en un pozo complicado.
Mete aún más miedo el hecho de imaginarla acorralada por dos chicos desesperados por guita para consumir paco, otra mierda latina que se puso de moda gracias al beneplácito de nuestras autoridades locales.
Evidentemente, nunca tuve tan pronunciado mi temor a la perdida o al dolor ajeno. No podría soportarlo. Pese a que ese nuevo sentimiento es bastante angustiante, y condensa mi propio concepto de la palabra inseguridad, a fin de cuentas, terminó siendo el motor más intenso que tuve en mi vida para resurgir y propulsar valores de cambio.
FV
FV, sos el único que es padre de los frecuentan el blog.
Lograste ponerme la piel de gallina.
Es dificil entender una realidad, inalcanzable y contada tan parcialmente que tampoco nos es posible a todos, conocerla.
Triste, pero hace un tiempo, medio que no creo en nada, ni en mi. Inseguridad, seguro.
EH
Ya empezaron. Y seguirán mañana y pasado. Todos muy dinámicos, en mangas de camisa, recién perfumados. El gel para el pelo, el perfume número cinco, o seis, el café de máquina. En un rato más se prende la luz roja y entonces empiezan; uno puede imaginarse el cuadro.
Lo bueno de ver televisión en este país es que uno ya sabe lo que se dice, todos los días.
El caso de Fernando Cáceres servirá para que los argentinos mediáticos, y los otros, hablen de inseguridades, de pegarles un tiro, de pegarnos un tiro, de los índices de la delincuencia, de los intentos por convertir a la Argentina en un territorio de Terminators.
La cuestión, como siempre, es el regreso del racismo, quitarlos del medio a los villeros, a los pobres de gorrita dada vuelta.
El drama y el dolor de la familia de un ex futbolista servirá para que la pobre Argentina se meta en la oscuridad que sugiere gran parte de nuestro pueblo, bien conducidos por unos cuantos periodistas incapaces de frenar el patetismo, capaces de ligar estupidez y violencia en las calles.
Otro momento para la Santa Inquisición periodística. Que mira de lejos las verdaderas razones de aquello que nos está pasando.
Y antes de que salgan a decirnos que hay que hacer leña, queremos decirles que esa hoguera en la que les parece que vivimos, es culpa de quienes más tienen y han empujado este país a la ruina. Estén en el poder o en la oposición.
Si alguna vez el periodismo se preparase para discutir en serio las balas, la pobreza, los robos, la marginalidad, la droga, el fanatismo antivilleros, tendríamos menos saturación de frases hechas, o caras serias o llantos a punto de iniciarse por un jugador de fútbol. Y tendríamos más respuestas inteligentes a las medidas que deben tomarse para esperar otro país en unos cuantos años.
Porque a éste ya no lo arreglamos. Porque esto de hablar como oportunistas o como miedosos será muy lindo para la pantalla y merecerá la palmada de los superiores, o de la gente en la calle. Pero así, con esta historia repetida, no vamos a ningún lado. Ni iremos con alguna de las medidas de penas (o lo que sea) que ya propondrán los cráneos de la oposición. O los cráneos de los noticieros.
Porque ya está bien de propuestas aberrantes y absurdas, pero si de verdad les preocupa el caso de Fernando Cáceres, pues que sean capaces de explicar de dónde piensan sacar la plata para que en este país se ofrezcan recursos para vivienda, educación, trabajo, salud.
Estamos hasta las medias de tropezarnos en la pantalla con periodistas que lamentan, gesticulan y adjetivan desde los canales de noticias. Tenemos muy mala memoria cuando nos conviene. Por eso un buen periodista, deportivo o no, intentaría protestar con profundidad, haciéndoles la misma pregunta a ministros y empresarios: ¿Hasta cuándo creen ustedes que se van a seguir riendo de nosotros? ¿Hasta cuándo van a ignorar que cada muerto, cada bala, cada herido, vienen de las armas del capitalismo?
Pablo Llonto
"...más del 50% de la gente modificó sus hábitos de vida por temor, redujo su vida social, se retrajo..."
Esa parte me llama la atención. Pienso, hace años que vengo escuchando que somos cada vez mas individualistas, que cada vez tendemos a estar mas solos, vivir solos, compartir menos y por sobre todas las cosas, que cada vez se tiene una vida mas sedentaria y mas encerrada. La verdad es que siempre se lo atribuyeron al ritmo de vida moderno, las nuevas tecnologías, los horarios de trabajo, de facultad, etc. Pero ahora veo que se lo atribuyen a la inseguridad. Entiendo que no existe un solo motivo para todo esto, pero creo que es igual de exagerado atribuir esto al "ritmo de vida moderno" como a la inseguridad.
Coincido con FV, los medios generan la sensación de inseguridad con sus placas de "urgente" "tragedia" y otras así, de llamativo color rojo (ya no exclusivo de Crónica)
Saludos!
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