martes, febrero 16, 2010

Mi recurrencia



Hace unas semanas mi Inglaterra fueron dos artistas. Estaba leyendo a Caicedo y sobre Caicedo y se me aparecía una y otra vez la figura de Nick Drake. Los dos se suicidaron muy jóvenes. Uno era escritor, el otro músico.


Andrés Caicedo vivió al extremo. Se llenó de drogas y de rumbas. Tenía 25 cuando decidió matarse, se tragó 60 pastillas y dejó una prolífica obra literaria detrás. Es uno de los escritores latinoamericanos de culto, contracultural por excelencia, una especie de Keroac colombiano. Su On the road es Que viva la música.

Nick Drake (nació en Birmania, oh, sí, inglés) también es un artista de culto. Tenía 26 cuando no pudo más con sus depresiones. Se fue a dormir con muchos más antidepresivos en la boca de los que le habían prescripto. No se sabe a ciencia cierta si fue un accidente o un sucidio. Lo que sí se sabe es que dejó un puñado de canciones hermosas.

Ayer me encontré con ésta. Es de 1970. Hace unos años, la revista NME la eligió como la más grande canción de amor inglesa.




f.

lunes, febrero 15, 2010

Epílogo (inglés, obvio)

Si tuviera las alas de un gorrión,
si tuviera el culo de un grajo,
volaría sobre Tottenham mañana
y me cagaría en los bastardos de abajo.

CANCIÓN POPULAR INGLESA

viernes, febrero 12, 2010

MUESTRA


Harry-dijo Basilio Hallward, mirándolo directamente a los ojos-, todo retrato que se pinta con sentimiento es un retrato del artista, no del modelo. El modelo no es más que un accidente, la ocasión. No es a él a quien revela el pintor; quien se revela sobre la tela coloreada es más bien el pintor.



Somos 22 los que exponemos, mío es un 4,5% . Retratos de personajes.

Comprendí que estaba ante alguien cuya simple personalidad era tan fascinante que, si me abandonaba a ella, absorvería mi naturaleza entera, mi alma y hasta mi propio arte.


Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray.


EugeH


jueves, febrero 11, 2010

Todo muy inglés


A veces pasa, ¿no? Que la vida se va volviendo temática. Como si tuviera momentos dedicados especialmente a tópicos limitados y predeterminados. Tema: La Vaca. Y empiezan a aparecer vacas por todas partes. Quizá sea que nuestra percepción se ve modificada, a partir de una nueva información. Que descubrimos a un autor y empezamos a escuchar de él. Que descubrimos a un actor y empezamos a verlo en todos los canales. Que descubrimos una actividad y todo el mundo la practica.

Tema: Inglaterra.

Desde que decidí irme a Londres mi literatura se llenó de Reino Unido: leí a Julian Barnes, y lo cité en un posteo del blog. Leí a Mark Haddon y a David Lodge. Pero sobre todo leí a Nick Hornby.
Después vi cómo alguien subía al mismo foro un video de Radiohead (banda inglesa, obvio) y cómo otro alguien recomendaba la película Alta Fidelidad.


Y ahí empieza el dislate: porque mi mundo interdiscursivo cuenta con algún dato irrelevante, digamos, como el que marca que Alta Fidelidad era una novela inglesa escrita por Nick Hornby. O que el propio Hornby escribió el guión de la última peli que logró atraparme del todo en el cine, An Education, que transcurre principalmente en Londres, que tiene retazos de Oxford (otro lugar que pienso visitar) y que también recomendé hablando del mismo tema en los comentarios de un video que alguien decidió postear. Enredado, ¿no? Tema: Inglaterra.

También podría decir que me enamoré de Hornby desde Fiebre en las gradas, su fanático libro futbolero, que leí también En Picado, que fue transformado en una película, y también me tragué Cómo ser buenos. Que quise comprar su último libro, Slam, para leerlo justamente en Inglaterra.
Que él mismo se mandó un mini ensayo extraordinario que se llama 31 canciones y que le encantaría a Flor.

Que todo lo que nombré lo recomiendo.

Pero sobre todo podría hablar de Inglaterra: de Londres, Oxford, Manchester, Liverpool y la expectativa.


Yo ahora me voy, pero nosotros volvemos. Seguramente habrá tiempo para más.
Los abrazo.
L>S>D>A

martes, febrero 09, 2010

El tiempo es veloz, tu vida esencial

Hola. Me pasaron por mail unas reflexiones atribuidas a Alejandro Dolina. Intenté corroborar la veracidad de esa atribución, pero cada vez que aparece este texto en la web se anuncia que pertenece a aquél sin brindar mejores detalles. El famosísimo tema de las fuentes y del copy-paste en internet. Cuando me ocurre esto suelo utilizar la técnica de la negación; es decir, intento encontrar algún dato que sospeche o niege la veracidad de la atribución. Tampoco encontré nada al respecto. (Se me dirá "pero quizá esa sospecha o negación, de existir, también debería ser chequeada en su veracidad..."). Aguante la mampostería borgeana, pero no es el punto.
Démosle algún crédito de confianza a este escrito que copio abajo y que me llamó la atención. Es probable que sea de Dolina. Y si no, es de un muy buen imitador.
Ustedes saben que todo lo relacionado con la educación me apasiona, tanto desde lo pedagógico y lo didáctico como desde lo filosófico y lo social. El texto trata sobre un tema inquietante y muy actual, y que suelo tratar en mis clases cuando se da la oportunidad, o cuando el grupo lo permite, o cuando noto que los pibes quieren "recibirse de" antes de haber aprendido a cambiarse los pañales.
Lamentablemente para mí, el discurso predominante va en contra. Vivimos en la época del "llame ya y obtenga su 'ab-shaper', no pierda tiempo en gimnasios ni sufra con dietas".

En fin. Perdón por el exordio bobalicón.
Va el texto.
Abrazos,
NS

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La aventura del conocimiento y el aprendizaje
Por Alejandro Dolina
La velocidad nos ayuda a apurar los tragos amargos. Pero esto no significa que siempre debamos ser veloces. En los buenos momentos de la vida, más bien conviene demorarse. Tal parece que para vivir sabiamente hay que tener más de una velocidad. Premura en lo que molesta, lentitud en lo que es placentero. Entre las cosas que parecen acelerarse figura -inexplicablemente- la adquisición de conocimientos.
En los últimos años han aparecido en nuestro medio numerosos institutos y establecimientos que enseñan cosas con toda rapidez: “…haga el bachillerato en 6 meses, vuélvase perito mercantil en 3 semanas, avívese de golpe en 5 días, alcance el doctorado en 10 minutos...”
Quizá se supriman algunos… detalles. ¿Qué detalles? Desconfío. Yo he pasado 7 años de mi vida en la escuela primaria, 5 en el colegio secundario y 4 en la universidad. Y a pesar de que he malgastado algunas horas tirando tinteros al aire, fumando en el baño o haciendo rimas chuscas.
Y no creo que ningún genio recorra en un ratito el camino que a mí me llevó decenios.
¿Por qué florecen estos apurones educativos? Quizá por el ansia de recompensa inmediata que tiene la gente. A nadie le gusta esperar. Todos quieren cosechar, aún sin haber sembrado. Es una lamentable característica que viene acompañando a los hombres desde hace milenios.
A causa de este sentimiento algunos se hacen chorros. Otros abandonan la ingeniería para levantar quiniela. Otros se resisten a leer las historietas que continúan en el próximo número. Por esta misma ansiedad es que tienen éxito las novelas cortas, los teleteatros unitarios, los copetines al paso, las “señoritas livianas”, los concursos de cantores, los libros condensados, las máquinas de tejer, las licuadoras y en general, todo aquello que ahorre la espera y nos permita recibir mucho entregando poco.
Todos nosotros habremos conocido un número prodigioso de sujetos que quisieran ser ingenieros, pero no soportan las funciones trigonométricas. O que se mueren por tocar la guitarra, pero no están dispuestos a perder un segundo en el solfeo. O que le hubiera encantado leer a Dostoievsky, pero les parecen muy extensos sus libros. Lo que en realidad quieren estos sujetos es disfrutar de los beneficios de cada una de esas actividades, sin pagar nada a cambio.
Quieren el prestigio y la guita que ganan los ingenieros, sin pasar por las fatigas del estudio. Quieren sorprender a sus amigos tocando “Desde el Alma” sin conocer la escala de si menor. Quieren darse aires de conocedores de literatura rusa sin haber abierto jamás un libro. Tales actitudes no deben ser alentadas, me parece. Y sin embargo eso es precisamente lo que hacen los anuncios de los cursos acelerados de cualquier cosa.
Emprenda una carrera corta. Triunfe rápidamente.
Gane mucho “vento” sin esfuerzo ninguno.
No me gusta. No me gusta que se fomente el deseo de obtener mucho entregando poco. Y menos me gusta que se deje caer la idea de que el conocimiento es algo tedioso y poco deseable.
¡No señores: aprender es hermoso y lleva la vida entera!
El que verdaderamente tiene vocación de guitarrista jamás preguntará en cuanto tiempo alcanzará a acompañar la zamba de Vargas. “Nunca termina uno de aprender” reza un viejo y amable lugar común. Y es cierto, caballeros, es cierto.
Los cursos que no se dictan: Aquí conviene puntualizar algunas excepciones. No todas las disciplinas son de aprendizaje grato, y en alguna de ellas valdría la pena una aceleración. Hay cosas que deberían aprenderse en un instante. El olvido, sin ir más lejos. He conocido señores que han penado durante largos años tratando de olvidar a damas de poca monta (es un decir). Y he visto a muchos doctos varones darse a la bebida por culpa de señoritas que no valían ni el precio del primer Campari. Para esta gente sería bueno dictar cursos de olvido. “Olvide hoy, pague mañana”. Así terminaríamos con tanta canalla inolvidable que anda dando vueltas por el alma de la buena gente.
Otro curso muy indicado sería el de humildad. Habitualmente se necesitan largas décadas de desengaños, frustraciones y fracasos para que un señor soberbio entienda que no es tan pícaro como él supone. Todos -el soberbio y sus víctimas- podrían ahorrarse centenares de episodios insoportables con un buen sistema de humillación instantánea.
Hay -además- cursos acelerados que tienen una efectividad probada a lo largo de los siglos. Tal es el caso de los “sistemas para enseñar lo que es bueno”, “a respetar, quién es uno”, etc. Todos estos cursos comienzan con la frase “Yo te voy a enseñar” y terminan con un castañazo. Son rápidos, efectivos y terminantes.
Elogio de la ignorancia: Las carreras cortas y los cursillos que hemos venido denostando a lo largo de este opúsculo tienen su utilidad, no lo niego. Todos sabemos que hay muchos que han perdido el tren de la ilustración y no por negligencia. Todos tienen derecho a recuperar el tiempo perdido. Y la ignorancia es demasiado castigo para quienes tenían que laburar mientras uno estudiaba. Pero los otros, los buscadores de éxito fácil y rápido, no merecen la preocupación de nadie. Todo tiene su costo y el que no quiere afrontarlo es un garronero de la vida.
De manera que aquel que no se sienta con ánimo de vivir la maravillosa aventura de aprender, es mejor que no aprenda.
Yo propongo a todos los amantes sinceros del conocimiento el establecimiento de cursos prolongadísimos, con anuncios en todos los periódicos y en las estaciones del subterráneo.
“Aprenda a tocar la flauta en 100 años”.
“Aprenda a vivir durante toda la vida”.
“Aprenda. No le prometemos nada, ni el éxito, ni la felicidad, ni el dinero. Ni siquiera la sabiduría. Tan solo los deliciosos sobresaltos del aprendizaje”.

domingo, febrero 07, 2010

Noticias, por Vicente Battista




Hace algunos años en la Feria del Libro me tocó integrar una mesa redonda en la que se discutía la libertad de prensa. En esa oportunidad señalé que los organizadores de la mesa se habían equivocado a la hora de convocar a los participantes. Dije que en lugar de invitar a distintos periodistas que trabajábamos en diferentes medios, tendrían que haber invitado a los propietarios de esos medios, ya que eran ellos quienes realmente digitaban la libertad de prensa. Sigo pensando lo mismo.

León Bloy era poco gentil con el periodismo, lo llamaba: “el mingitorio de la literatura”. Ernesto Sabato, que tiene algunos puntos de coincidencia con el escritor francés, aconsejaba a los jóvenes escritores que trabajaran en una ferretería antes que en la redacción de un diario. Acerca del juicio de Bloy no vale la pena decir nada: está invalidado desde su propia enunciación. En cuanto al consejo de Sabato, casi todos los grandes autores alguna vez ejercieron como periodistas. Esa práctica no afectó su escritura, hasta puede decirse que contribuyó a mejorarla. No creo que la venta de tornillos y papel de lija perfeccione la prosa de nadie.

El “Yo Acuso”, de Emile Zola, publicado el 13 de enero de 1898 en la primera plana de L’Aurore, probó la inocencia del capitán Alfred Dreyfus. La investigación del escándalo Watergate, realizada por Carl Bernstein y Bob Woodward en el Washington Post provocó la renuncia del presidente del país más poderoso de la Tierra. Uno y otro caso se citan con republicano entusiasmo toda vez que se habla de periodismo independiente. ¿Independiente? Zola intentó publicar su célebre carta en Le Figaro, pero ese diario se negó a hacerlo, simplemente porque no adhería a la línea política que esa carta sustentaba. ¿El Washington Post hubiese publicado esa investigación en caso de haber mantenido relaciones cordiales con la administración Nixon?

La revista Noticias convocó a un jurado de notables, entre quienes estaban Nelson Castro, Magdalena Ruiz Guiñazú, Marcos Aguinis, Jorge Lanata, Beatriz Sarlo, Alfredo Leuco y Joaquín Morales Solá, para decidir cuál era el peor y cuál el mejor periodista del año. Como mejor eligieron a Joaquín Morales Solá (¿él se habrá abstenido?) y como peor a Orlando Barone. El resultado no sorprende: los periodistas que integraban el jurado son opositores al actual gobierno y Barone, bien se sabe, lo apoya abiertamente. Tampoco debería sorprender que los miembros de ese magno jurado compartan la doctrina de los medios para los que trabajan, cada cual es dueño de profesar la ideología que mejor le plazca o más le convenga. Lo que no me parece correcto es que se autoproclamen “independientes”. Cada vez que les oigo mencionar esa palabra, fatalmente recuerdo aquella vieja publicidad de RCA Victor: el perrito frente a la victrola atento a la voz de su amo.

El 16 de octubre de 2009 un grupo de manifestantes en Jujuy arrojó huevos sobre la figura del senador radical Gerardo Morales. Como consecuencia de ese hecho repudiable, Morales visitó distintos programas de TV y en todos ellos denunció a Milagro Sala como autora intelectual del atentado. Con el fin de reforzar su denuncia acusó a Milagro Sala de pegar a las mujeres, de practicar tiro al blanco y de contar con un ejército armado de cerca de 500 personas. No presentó una sola prueba de esas imputaciones. El mejor periodista del año obvió pedirle alguna evidencia de lo que el senador afirmara. Se limitó a poner cara de asombro y a farfullar alguna frase ininteligible de indignación. Los otros periodistas independientes que también lo entrevistaron repitieron el gesto. Ninguno de ellos cumplió con una norma básica de la profesión: preguntar, aunque esa pregunta incomode.

Hace un par de domingos, Néstor Kirchner fue el invitado especial de 678. Un programa de indudable apoyo al Gobierno, que entre otras cosas neutraliza, con buen humor, los ataques que formula la llamada corporación mediática. El conflicto Redrado era la noticia del día, en consecuencia uno de los panelistas le preguntó por qué lo habían puesto al frente del Banco Central siendo, como era, un Golden Boy, integrante del Grupo Chicago. Kirchner, rápido de reflejos, dijo que en aquella oportunidad no les quedó sino mover esa ficha, con el fin de no alarmar más de la cuenta a los grupos económicos; incluso hizo una broma: “¡No podíamos poner a Kunkel!”. Me reí del chiste y aguardé la lógica siguiente pregunta: “¿Por la misma razón ahora piensan nombrar a Mario Blejer, también hombre del Grupo Chicago y ex funcionario del FMI?”. Esa pregunta jamás se hizo. No es saludable copiar los gestos de la corporación mediática.

El 27 de mayo de 1957 Rodolfo Walsh publicó en el semanario Mayoría la primera entrega de lo que iba a ser Operación Masacre. Una junta militar gobernaba el país y Walsh se disponía a denunciar los fusilamientos de civiles ordenados por quienes presidían esa junta: el general Aramburu y el almirante Rojas. Los grandes medios guardaban respetuoso silencio: ser opositor se podía pagar con la vida. El texto de Walsh, además de fundar un subgénero literario, se iba a constituir en una muestra cabal de genuino periodismo. Los tiempos son distintos, lo sé, y lejos estoy de hacer comparaciones, pero me atrevería a asegurar que un jurado de notables “independientes” de aquella época no hubiera vacilado en nombrar a Rodolfo Walsh el peor periodista del año.


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Salió en el Radar de hoy. Lo posteo a propósito del post de unos días atrás, ese en el que desempolvamos nuestra capacidad discursiva. Es un gran artículo de Battista.


http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-5908-2010-02-07.html


Flor

viernes, febrero 05, 2010

My DC


El recuerdo lleva a la acción. Arlington. Cementerio. Fuerte, ¿no?

Fue hace menos de un año.

Miren, por favor, miren ese segundo plano de lápidas que no terminan nunca.

Mis disculpas al viajero por entrometer la imagen.
Saludos


L>S>DC>A

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Probemos algo distinto. Ahora me entrometo yo, y de una manera caprichosa y autoritaria. En lugar de comentar el post de L>S>DC>A según los dictámenes lógicos y lineales de estos recursos, me sumerjo en él y lo completo, lo arruino, lo tergiverso, lo colectivizo, lo insulto, lo riego.
La foto del cementerio es fabulosa. Ese segundo plano que huye hacia el horizonte es lo que le otorga a la imagen su excelencia estética.
Por fin, y aunque no está tan bien lograda como la de Pablo, agrego una foto propia de un lugar cercano al anterior. Se trata del río Potomac avanzando sobre la costa de Washington, con el Jefferson Memorial detrás.


NS

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Y ahora yo, caprichosa, yo, me les meto (aunque eso no es dado a las mujeres).
Intervengo.
El otro día me sentí viva. Lo contrario es la muerte.
Hace 3 años escribí: "Nadie está vivo hasta que se demuestre lo contrario".

En Ushuaia los muertos viven en el centro, frente al canal, en un lugar que no parece un cementerio.



Y una canción.



f.
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Este post es el más intervenido de la historia. Me colé yo también.

De mi último viaje a Washington, plena asunción de Obama, y lo que no sé si llamar, fanatismo, marketing, esperanza de cambio, moda.

Acá va una foto, de la puerta de un local de Ropa en pleno Georgetown, el barrio residencial más caro e histórico de D.C.

E.H.

Clarin.com - 5/2/10

NS

jueves, febrero 04, 2010

Una cosa lleva a la otra

Hola a todos. Estuve leyendo lo que escribieron y me causó un placer indescriptible.
Con respecto al programa 6,7,8, las veces que lo vi me pareció un producto fuera de lo común. A diferencia de otros programas de entretenimiento y/o de periodismo, este es más transparente que el agua destilada. Jodida la batalla cuando te ponen en su escudo la insignia de la honestidad discursiva, cuando te dicen "estoy hasta las manos con este gobierno, y cobro mi buen sueldo por defender esto gracias a lo que sale de tus impuestos, y me la banco".
Fer solicitó alguna crónica de mi parte, pero soy muy malo para hacer crónicas. El maestro indiscutible es Pablo. Pongo sólo un par de retratos muy interesantes de EE.UU., el lugar más admirado y criticado del mundo. El paladín de la libertad de prensa con argumentos irrefutables; el ogro que contó su propia versión mágica de lo que ocurría bajo la gestión Bush (y de la cual hoy todos se quejan... se cuecen habas también allá).
La primera foto es de la National Public Radio (NPR - http://www.npr.org/). Este medio, para tener una idea algo forzada, es algo así como nuestra Radio Nacional, sólo que realmente autónoma. Recibe sus fondos de las donaciones, tiene programación cultural, musical, magazines, etc. Y los informativos y programas periodísticos son bastante "objetivos" (entendiéndose por objetivos, en este contexto, "críticos al gobierno de turno").
La segunda foto es de un lugar que seguramente les agradaría a Flor, Pablo y Fer. Se llama "Newseum" (el nombre es un hallazgo creativo - http://www.newseum.org/). Es una estupenda hemeroteca audiovisual del presente y del pasado yanqui e internacional, retratado a través de los medios informativos. Las perlitas son: a) el monstruoso grabado de la primera enmienda constitucional sobre la libertad de prensa en el frente del museo (los de periodismo saben sobre esa enmienda... tiene un carácter poético-mítico insoslayable); y b), todos los días ponen en la entrada al edificio las portadas de todos los diarios de los estados de USA.



Saludos. NS.

miércoles, febrero 03, 2010

The end


¿Quién se acuerda de los jugadores de ayer? ¿Quién se acuerda de los buenos, de los que tienen una gran casa, un Mercedes y una esposa genuinamente rubia? Esos que aparecían alguna vez en televisión, invitados por un cómico gordo. Desaparecían de la memoria tan pronto como dejaban de jugar. Fanfarrones mimados, contoneaban la pelota por última vez, saludaban a los hinchas y desaparecían por el túnel. De pronto, descubrían que allí hacía frío, y ya no se sentían tan altos, y nadie aplaudía. Y se daban cuenta de que aquello olía a meado y a desinfectante. Y veían por primera vez que no había más que una bombilla de 40 vatios recalentada y un suelo de hormigón debajo. Ya no había más hierba: si caes, esta vez dolerá de verdad. Y el túnel es el resto de tu vida.
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"Con las botas puestas". Julian Barnes, firmado como un seudónimo: Dan Kavanagh. Vía Langosta. Recién llegado y casi yéndose.

Saludos a todos.

martes, febrero 02, 2010

De periodistas e intelectuales






Mientras aguardamos ansiosos las crónicas de Natalio, trataré de ensayar una respuesta a una pregunta tan vigente:


¿Es correcto ser periodista y/o intelectual incondicional a un gobierno democrático?

El interrogante me surge por la conducta de Pagina 12, la fluctuante CN5, los miembros de Carta Abierta y algunos periodistas como Barone o como recientemente parece asomar Víctor Hugo Morales.

Alguien incondicional a las acciones de un grupo gobernante está confinado a formular buenos augurios.

El sometido, por ideario o conveniencia, realzará los logros y fustigará los reproches.

No importará, bajo los presupuestos de tan obcecada empresa, que ese grupo gobernante se esté enriqueciendo de a millones por coquetear activamente con el sector privado, dañe constantemente a las instituciones republicanas o admita honrar sus compromisos crediticios internacionales bajo un contexto de una población con 11 millones de pobres.

Es un escándalo ético detentar las funciones de periodista y/o intelectual y, bajo coordenadas tan arduas, exhibir un alineamiento incondicional con el gobierno. Ahí fue mi respuesta.

Obviamente, se puede estar del otro lado, como periodista y/o intelectual y, por sometimiento a múltiples intereses de opositores a ese grupo gobernante, únicamente se glorificarán los reproches y despreciarán u prescindirán los buenos resultados.

Desde ese punto, nada valdrán los esfuerzos y adelantos que se hicieron gracias a ese grupo gobernante en materia de enjuiciamiento a criminales de lesa humanidad, en reactivamiento económico o fortalecimiento de la región.

Creo que el equilibrio crítico es el ingrediente faltante.

Estimo que la función critica del intelectual y del periodista debe estar despojada de una posición subjetiva predeterminada sobre el grupo gobernante.

Su relevante cargo social requiere una objetividad que le permita denunciar duramente los gestos gobernantes maliciosos y destacar los aspectos beneficiosos de sus políticas.

Igualmente, como ya aprendí que en el mundo el ideal parece siempre utópico, tendría que elegir la opción menos mala que me propone éste vil mercado.

Sin dudas, entre un operador público que, por certidumbre ideológica o egoísta interés, apañe a un gobierno con defectos graves, y otro comunicador o celebrity del pensamiento que minimice sus logros y denuncie sus graves pecados, me quedaré con esté último.

Creo que, en el aspecto macro, causa menos daño minimizar un buen resultado que ocultar o negar una mala conducta del gobernante.

La gente, tarde o temprano, reconoce las buenas políticas de un gobierno. Pero, en cambio, la sociedad no siempre tiene la posibilidad de detectar o comprender las acciones dañinas de sus gobernantes, y cuando lo hace, llega demasiado tarde.

Por ende, prefiero que abunden las voces sobre está última antes que nuevamente logré monopolizar la tan dañina adulación.

Tambien me siento comodo con la realidad actual, donde la postura aduladora entra en minoría, y por ceguedad, deteriora solita su credibilidad.


fv

sábado, enero 16, 2010

Continuidad de los parques

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

Julio Cortazar



Me lo acercaron ayer y como me aburrí de ver la misma entrada hace tanto tiempo... Para los que miren el blog por estos meses de verano.
EH

lunes, diciembre 28, 2009

Huella Ecológica.

(desertificación)

Y bueno, estas cosas parece que me tocan a mi, o será que a mi me llaman mucho la atención y decido subirlas.

Todos los años, Gaby Herbstein, fotógrafa, hace un calendario para la Fundación Huesped (lucha contra el sida) en el que los famosos más trendy posan personificados dependiendo el tema tratado.

Este año la Fundación Huesped se quedó sin el calendario, le tocó a la Fundación Azara, y el tema es difundir la crítica situación ambiental de nuestro planeta.

Este calendario, tiene un poco que ver con el tema del que va a tratar mi tesis de licenciatura. La fotografía artística de alto impacto, por lo menos a mí estas fotos en particular, me gustaron, cada una me produjo un "impacto". Creo que consiguió un buen resultado estético y artístico. Busca dejar un mensaje, con un buen concepto y comunica muy bien una idea mediante la personificación de situaciones planetarias. Es bien publicitario, de lo que gusta ver, por que está bien hecho.

(Esta es mi opinión sobre este trabajo en particular de GH.)

Pero más allá de mi subjetiva opinión, ¿Creen que esto genera algún tipo de conciencia en los receptores? ¿Comunica lo que quiere comunicar y logra generar un cambio de conciencia? ¿o sólo pretende vender un lindo Calendario por que ser "ecológico" está DE MODA?

Esas cosas me dejaron pensando.

Dejo algunas de las fotos que más me gustaron y los invito a que vean el resto y opinen.
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1216234&pid=7976666&toi=6266


(aire intoxicado)

(nuevas enfermedades)

EugeH

jueves, diciembre 17, 2009

Bueno, la cosa es así: El fin de semana se cumple un nuevo aniversario del 19 y 20 de diciembre de 2001. La fecha parece pasar cada vez más inadvertida. Esta vez se me ocurrió recordar otras cosas que pasaron al tiempo que De la Rúa se tomaba el helicóptero. Resulta que Oscar Brahim, se gana la vida como taxista, pero su verdadera actividad es otra. El tipo se baja del taxi, abre el baúl saca papeles y pinturas y se dedica a intervenir las vallas publicitarias con colage y pintura. Llamémosle "activismo gráfico" si quieren.

Lo interesante de Brahim que es que labura tanto con publicidad como con propaganda política y con espacios de la ciudad de mucha visibilidad como el puente de Juan B. Justo.

Hace cosas como éstas: http://picasaweb.google.com/aopusal/OscarBrahim#slideshow/5416214817333679170

(me volví china para tratar de embeber un slideshow y no pude)


Hay un documental al respecto llamado El taxista artista, pero no lo pude conseguir (quizás Seba tenga suerte). Por lo pronto, los dejo con una conferencia que dio en España hace 3 años, donde se puede ver y escuchar más claramente acerca de su laburo. http://theinfluencers.org/es/oscarbrahim

Era eso nomás.

martes, diciembre 15, 2009

¿Y si el asombro llegara a su fin?

EL ARTE EN LA ERA DIGITAL

Hasta el siglo XX, el conocimiento que se tenía del arte de otros países era muy limitado, afirma Umberto Eco. Internet y las muestras itinerantes cambiaron eso. ¿Cómo afectará ese cambio la noción de gusto?, se pregunta el semiólogo italiano.
Por: Umberto Eco


Los historiadores de la Edad Media nos dicen que el habitante de un pueblo difícilmente se mudaba a la aldea o pueblo vecino, distante a pocos kilómetros, pero era posible que visitara, como peregrino, Santiago de Compostela o Jerusalén. Sin embargo, aunque probablemente conocía las esculturas y vitraux de su propia iglesia, ¿qué podía haber visto o comprendido de las construcciones que cruzaba a lo largo de su peregrinaje? Es muy difícil querer ver algo que nunca se ha visto, algo que desafíe nuestra capacidad de percepción.

Algunos han puesto en duda el hecho de que Marco Polo haya estado realmente en China, porque no habla de la Gran Muralla ni del té ni de los pies vendados de las mujeres. Pero se puede estar mucho tiempo en China sin saber verdaderamente qué beben los chinos, sin observar jamás los pies de una mujer, aunque sea por educación, notando como mucho que en la corte de Gengis Khan, las damas se desplazaban a pequeños pasos; y sin pasar por la Gran Muralla, o pasar por ella y tomarla como una fortaleza local.

Todo esto para decir que, hasta el siglo XX, el conocimiento que la gente tenía del arte de otros países era muy limitado. Por otra parte, si observamos los magníficos grabados de la China del sacerdote Athanasius Kircher, a partir de las reconstrucciones visuales (realizadas según las descripciones verbales de los misioneros), es muy difícil reconocer una pagoda.

¿Cuántas obras de arte de su propia civilización veía un ciudadano francés hasta el siglo XIX? El acceso a las colecciones privadas, e incluso a los museos, estaba reservado a una elite, y a lo sumo, a una elite urbana, hasta la invención de la fotografía.

Para saber, por ejemplo, a qué se parecía una obra de arte conservada en Florencia, se recurría a los grabados. ¡Ah! ¡Esos espléndidos libros de Lacroix donde las madonas de todos los siglos (bizantinas o del Renacimiento) tenían el rostro de las jóvenes que poblaron los relatos históricos de la época romántica!

Recordemos que una de las etimologías de la palabra "kitsch" –aunque las hipótesis son numerosas– es sketch, esquisse, esbozo sintético y apresurado: los caballeros ingleses, durante su "Grand Tour" de Italia, para guardar un recuerdo de los monumentos y galerías que visitaban, pedían a artistas callejeros que les hicieran un dibujo de la obra vista una sola vez, ejecutado rápidamente la mayoría de las veces. De ese modo, incluso la evocación de la experiencia artística directa pasaba por representaciones infieles.

Y no podemos decir que las cosas hayan mejorado con la invención de la fotografía. Para convencerse de ello, basta con consultar algunos libros conocidos de la primera mitad del siglo XX sobre historia del arte, hasta que fue posible la reproducción en color.

Lo mismo que pasaba con las artes visuales, sucedía con el mundo del espectáculo. Es conocido ese maravilloso cuento de Borges en el que Averroes, que busca en vano traducir de Aristóteles los términos "tragedia" y "comedia" (pues esas formas de arte no existían en la cultura musulmana), escucha hablar de un extraño suceso al que había asistido un visitante en China, donde personas enmascaradas y vestidas como personajes de otros tiempos, actuaban en un escenario de modo incomprensible. Le contaban lo que era el teatro, pero él no comprendía bien de qué se trataba. En el mundo contemporáneo, la situación se invierte. En primer lugar, la gente viaja muchísimo, a riesgo de ver en todas partes los mismos lugares, hoteles, supermercados y aeropuertos, todos parecidos los unos a los otros, tanto en Singapur como en Barcelona, y se ha hablado mucho sobre la maldición de esos "no lugares". Pero, sea como fuere, la gente ve y es posible incluso que un francés haya visto las pirámides o el Empire State Building, pero no el tapiz de Bayeux (un poco como su ancestro, el campesino medieval...).

El museo, antes reservado a las personas cultivadas, hoy es la meta de flujos continuos de visitantes de todas las clases sociales. Es cierto que muchos miran pero no ven, pero, a pesar de todo, reciben información sobre el arte de diferentes culturas. Además, los museos viajan, las obras de arte se desplazan. Se organizan suntuosas exposiciones sobre culturas exóticas, del Egipto faraónico a los escitas. El juego de préstamos recíprocos de obras de arte se convierte en vertiginoso, y a veces peligroso.

Puede decirse lo mismo de los espectáculos, y es indudable que un habitante de una ciudad del interior tiene más oportunidades de ver un espectáculo de la Berliner Ensemble o un nô japonés que la que tenían sus padres.

Agreguemos a esto la información virtual: no hablo del cine o de la televisión, que convierten casi en superflua una visita a Los Angeles, puesto que se la recorre mejor en una pantalla que embarcándose en una maratón frenética de una autopista a otra, sin entrar jamás en ningún centro habitado; hablo de Internet, que hoy pone a nuestra disposición todas las obras del Louvre, de la Galería Uffizi o de la National Gallery.

Esto provoca una internacionalización del gusto, y la prueba es la experiencia apasionante que vive aquel que entra en contacto con el mundo artístico chino: habiendo escapado recientemente a un aislamiento casi absoluto, los artistas chinos producen obras que difícilmente se distinguen de las que se exponen en Nueva York o en París. Recuerdo un encuentro entre críticos europeos y chinos, en que los europeos creían interesar a sus invitados al mostrarles imágenes de diversas búsquedas artísticas europeas, en tanto que los chinos sonreían, divertidos, porque ahora conocían esas cosas mejor que ellos.

Finalmente, basta con pensar en esos innumerables jóvenes de todos los países que reconocen una pieza musical sólo si está cantada en inglés...

¿Iremos hacia un gusto generalizado, a punto tal que ya no podremos distinguir el pop chino del pop norteamericano? ¿O bien veremos perfilarse formas de localización, de tal modo que las diferentes culturas producirán interpretaciones distintas del mismo estilo o programa artístico?

En todo caso, nuestro gusto quedará marcado por el hecho de que ya no parece posible experimentar asombro (o incomprensión) ante lo desconocido. En el mundo de mañana, lo desconocido, si todavía queda algo, estará solamente más allá de las estrellas. ¿Esa falta de asombro (o de rechazo) contribuirá a una mayor comprensión entre las culturas o a una pérdida de identidad? Ante este desafío, es inútil huir: es preferible intensificar los intercambios, las hibridaciones, los mestizajes. En el fondo, en botánica, los injertos favorecen los cultivos. ¿Por qué no en el mundo del arte?

©Le Monde y Clarín, 2009. Traduccion de Estela Consigli. Texto escrito para el Festival Reimes Scenes d'Europe, que se desarrolla hasta el 19 de diciembre.

Para los que no recuerden, hablamos de esto, el otro día. Me pareció interesante.
Eugeh

jueves, diciembre 10, 2009

Esto no es una pipa


Una estática de un video qué recorría incesantemente la mayoría de los medios de comunicación durante gran parte del tiempo en que estuvo desaparecida la familia Pomar.

La imagen parece elocuente. Algo malo le estaba sucediendo a este hombre que batía su mano como pidiendo auxilio y que se le adivinaba un rostro desencajado, rayano a la locura.

Veo a ese hombre, que no conozco, y se me disparan miles de hipótesis. Me mareo. Me hablan de un arma que se había comprado, mientras me refriegan una y otra vez esos gestos casi desquiciados. http://www.youtube.com/watch?v=DEqbXZXOH64
Temo el peor de los finales. Entro como un caballo.

La tele es la que alimenta mejor mis versiones más morbosas. Es terrible el poder de seducción de esa imagen en movimiento. Deudas de juego, problemas de infidelidad, drogas, venganzas, etc. etc. Divago, arriesgo hipótesis, como todos. Veo el rostro de ese hombre, y temo por su familia. Algo habrá hecho.

Veinticuatro días después, la quimera se evapora. No veo más esa foto. Se habrá perdido. En cambio, escucho a la mayoría de la gente de los medios refunfuñando por la incapacidad, probada al fin, de los investigadores. En la calle, tal vez instigados por ese discurso, se inhala el mismo aire inquisidor. Todos se deleitan por la torpeza del otro, pero nadie es capaz de admitir que estamos empapados en ella.

Todos nos olvidamos de nuestra propia estupidez. Borramos de un plumazo las barbaridades que dijimos. Seguimos en pantalones cortos vergonzosos de reconocer los errores.


fv

sábado, noviembre 28, 2009

Rayuela, Capítulo 7


Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mi como una luna en el agua.


Julio Cortazar, Rayuela, Capítulo 7.

miércoles, noviembre 25, 2009

PURA FICCION

El pecado de todo lector…intentar escribir. El segundo desliz, pretender que otros lo lean. Allí vamos. fv



Fue en un viaje urbano que compartimos luego de una tertulia del grupo. Apenas nos sentamos, él se aferró a un pequeño crucifijo de madera. El colectivo estaba vacío y las calles desiertas. El hombre, una leyenda viviente de la irascibilidad, nunca hablaba demasiado. Solo cuando podía justificar el uso de una filosa replica que hiera de muerte el engreimiento de su ocasional interlocutor. Era corrector literario. Uno de los mejores.

Me estaba empezando a fastidiar su plegaria en susurros. El corpulento anciano debía aspirar a la condonación de una falta muy grave, única razón, según mi particular teoría que resume al rezo como una mera especulación utilitarista de probabilidades, de ostentar semejante fervor espiritual.

Decidí que era un buen momento para degustar su famosa altanería. El bamboleo que provocaba el andar sobre una calle adoquinada acomodó las palabras que se alistaban en mi mente para resquebrajar el hielo. Sin anestesia le comenté que su oficio me parecía inmoral. Su murmullo esoterico cedió. Agazapado, aguardó con una mirada fulminante que adhiera algún argumento a mí afirmación.

Callé por algunos segundos, hundido en alucinaciones sobre la salvaje reacción que hubiese ocasionado si optaba por mi otra alternativa de provocación: su absurdo apego a la religión. Divagué sobre una desmedida réplica física que me emprendía el pendenciero ante la ironía de índole sexual con la que fustigaba sus creencias. En esa escena imaginaria, sus ojos desorbitados enmarcaban los ataques que me propinaba con la punta del crucifijo. Vociferaba fórmulas en latín ante cada estocada que hundía en mi entrepierna. Sentí alivio de haber descartado esa opción hostil. Lo guardé en la manga y regresé al campo de batalla consciente de mi débil arsenal de argumentos.

Básicamente, agregué que era extravagante y artificial que un ilustrado en letras entrometa sus narices en la obra de un colega para censurar su personal estilo literario. Sobre la marcha, adicione la conclusión de que esas prácticas, a excepción de que la obra se encuentre encabezada por el escritor y su censor, son rayanas a las maniobras de un vulgar estafador e imputables a los dos participes de esa asociación ilícita.

Poco convencido del planteo estratégico de mi arremetida proseguí, estoico, con una metáfora gráfica que intentó reforzar mi particular opinión. Enuncié, ante la atónita expresión del corrector, que es tan absurdo como si en pintura permitiéramos que un autor, luego de terminada su obra, la haga retocar, en sus trazos o matices supuestamente irregulares, por un experto en las técnicas que rigen la representación gráfica y que, luego de ese arreglo, la exponga como de su exclusiva autoría.

Finalice diciendo que esa usual conducta del ambiente literario falsea el genuino mensaje que pretendió fluir del espíritu del creador y, además, permite la subsistencia de los burócratas de la técnica, que desprovistos de un alma con aptitud para irradiar mensajes creativos, se irguen en escribas de las reglas protocolares de la literatura.

No me creí ni una sola palabra. Carezco de la estúpida arrogancia del insurrecto crónico que presume sapiencia por desautorizar la Biblia y el calefón. Reconozco la utilidad de los correctores. Un nuevo par de ojos entendidos en letras son imprescindibles para detectar falencias en los laberintos de signos que fueron sembrados por alguien encandilado por la potente luz creativa.

Pese a ello, mi falacia surtió efecto. El corrector pronunció para sí las palabras: estafador, opresor, desalmado, aprovechador y burócrata. Precavido, observé su lenta modulación y cualquier indicio corporal que me alerte sobre un inminente ataque físico hacía mi persona. No me miraba. Gritando, continuó exclamando el escueto resumen que había elaborado sobre mis agravios: estafador, opresor, desalmado, aprovechador y burócrata. Lo censuré. Más que desalmado, le dije, yo diría alma estéril. Sufra en persona el amargo gusto de su propia medicina, pensó mi personaje.

El colectivero, acostumbrado a los preámbulos que anuncian riñas, observaba de reojo mientras especulaba un posible recorrido hacía la comisaría más cercana. De ahí en adelante solo recuerdo una frase demasiado ingeniosa para el contexto de los rústicos códigos que rigen el lenguaje de un pleito callejero: “perverso filosofo academicista, sí eres tan digno pensador como presumes, refútate ésta”.

Unas horas después, desperté mareado en la cama de un hospital, reprochándome mi estúpida costumbre de comprobar los mitos. No tendría que haber sido tan sedicioso con un irascible mastodonte del que cuelgan manos que, a simple vista, se adivinan todavía más pesadas que las campanas de la catedral. Todavía repiquetean en mi cabeza.

martes, noviembre 24, 2009

Zapatos italianos

Evidentemente soy un abonado a la melancolía. Pasó un mes, ya, increíblemente, desde que hice un esbozo de lo que me había pasado con el libro de Paolo Giordano. Como todos los lectores, seguí leyendo. Y esta vez por recomendación de mi novia, Anita, aterricé cerca de Suecia. O quizá en Suecia mismo, vaya uno a saber.

Lo que sí es seguro es que una vez más aterricé en un lugar vecino de la nostalgia.



Arranqué a leer a Henning Mankell. Para quien no lo conozca, aclaro: el tipo es uno de los escritores más prolíficos que tiene el planeta. No quiero exagerar, así que voy a intentar ser exacto: según las últimas mediciones tiene 1.342.978 títulos publicados. Casi todos son policiales. Y de éxito, según me cuentan.

No es el caso de esta novela. Diría que es una historia intimista, de personajes. Diría que es un transcurrir del amor. Diría que es una pintura de la vejez, de las posibilidades perdidas. Diría que es una oda a los finales, y a la posibilidad de que hayan podido ser felices aunque no lo sean.

Diría muchísimas cosas, pero la verdad es que aún hoy, habiéndolo leído y terminado, habiéndolo disfrutado, habiéndolo compartido mis horas con noches frías de perros y gatos viejos, no sé muy bien de qué se trata.

Así que dejo que hable el libro:

"-No esperaba que vinieras.
-¿Te habías imaginado alguna vez que volverías a verme?
No contesté. Una persona que ha abandonado a otra sin explicarle la razón no tiene, en el fondo, nada que decir. Hay desengaños que no pueden ni perdonarse ni apenas explicarse. Y lo que yo le había hecho a Harriet era precisamente eso. De modo que no contesté. Me quedé sentado mirando la llama de la vela y esperando.
-No he venido para acusarte, sino para pedirte que cumplas tu promesa.
Enseguida supe a qué se refería".

De nuevo pienso que la calidad de escritura es innegable: esta vez me encuentro con un escritor maduro y lleno de oficio. Eso también se nota, y el único temor como lector es haberme enfrentado a una obra de efectos automáticos y estudiados; una serie de recursos con efectividad comprobada para que el libro tenga sentido.

Uno pensaría que no, por lo novedoso del género para un autor que se siente cómodo desentramando misterios. La única forma de comprobarlo es leer algún otro de los numerosos libros de Mankell. Ganas no me faltan.

domingo, noviembre 22, 2009

Fsf VIII. Volvimos



Pensar que casi no se hace. Que muchas decepciones y críticas ridículas casi terminan con esta tradición.

“Son pocos los buenos, cuidalos”.

Y esta es una de las cosas que cambian a muchos, es una de las cosas que hacen diferente a nuestra facultad, y a quienes frecuentamos sus pasillos.

Es algo que solo tiene 8 años y miren cuan grande es.

Es mi tercer año, y yo lo esperaba con ganas, por que hago lo que quiero con todos, y me los llevo en mí y descubro en muchos lo que no se imaginan, y logro que se vean como nunca se vieron ni se van a ver nunca en un espejo. Y yo no aparezco, pero estoy ahí en cada una.

En un momento, cuando presté la cámara varias veces pensé, “uh no, después no voy a saber cuales saqué yo”, pero no, esta vez no, no me pasó, cuando las ví, no lo dudé. Regular el obturador de mi cámara se volvió una hazaña difícil para quienes intentaron.


Esta vez fueron los gestos, en eso estoy últimamente. Se las regalo a los “pocos, pero buenos” que frecuentan el ágora de aopusal.

Gracias.

Euge H


Hagan click en la foto pata verlas todas




miércoles, noviembre 18, 2009

Minorías

En mi pueblo de raza verde
salí entre gris y morado.

Llamé la atención por raro
y nunca me aceptaron en parte alguna.

Ante el agobio de la desventaja
queda la alternativa de ser bufón o ermitaño.

Pero, indolente, como soy o como me hicieron,
preferí volverme invisible.

José Emilio Pacheco, La Arena Errante.
Vía Langosta, periodista deportivo.

lunes, noviembre 16, 2009

diluviada

Me hierve la sangre y tengo mucha bronca por nosotras, las mujeres, porque los hombres nos consideran capaces de hacer cualquier cosa. (10)

no sin razón de nosotras surgen las tragedias. Nada somos más que coger y parir. (137)

Lisístrata, Aristófanes

Tengo frío. Voy por la calle con un vestido nuevo que me compré hace una hora y media, cuando empapada, empapadísima y con más frío todavía, crucé Medrano y Corrientes y tuve que afirmar los pies sobre el asfalto porque no sabía qué pisaba y la fuerza del agua era tal que tiraba como tiran las corrientes marinas cuando uno se para un poco más allá de la orilla. Me refugié bajo el techo de un local, me sequé los ojos, retorcí el vestido que llevaba puesto y entré. No quiero mojar, perdón. No te preocupes. Te doy unas servilletas para que te seques. Gracias. ¿Qué buscas? Necesito algo para cambiarme. Un vestido. Yo soy de los vestidos. Éste, ¿cuánto sale? 35. Dice “musculosa”, pero es un vestido. Lo llevo. ¿De qué color? El gris… No, mejor el violeta. No, a ver, dame el gris. Bueno. Mirá cómo estás, toda empapada. ¿Querés que me fije si hay una toalla? ¿Querés cambiarte? No, gracias. Me quedan un par de cuadras todavía y sigue lloviendo a cántaros. Me cambio cuando llegue a terapia. Gracias. Perdón, les mojé todo. No hay drama. Y después, la lluvia violenta de nuevo, pero no tan violenta como la que me agarró en Loyola y las vías. Y eso que la de Loyola y las vías no fue tan violenta como la que me agarró en Villa Crespo, buscando con desesperación alguna boca de subte cuando tuve que parar en una esquina. Mirá como estás, entrá, querida. No, gracias, tengo que seguir. Miro para adentro. Es un restorán. El tipo se levantó de una mesa y abrió la puerta especialmente para decirme eso. Cruzo. Me quedo cinco minutos parapetada bajo el toldo de una heladería, muerta de frío, sin saber qué hacer. Es imposible seguir, no se ve nada. El vestido se me pega al cuerpo. El corpiño strapless armado, que me compré especialmente para ese vestido strapless, está empapado. Pesa. El vestido también pesa y se me pega al cuerpo. Lo retuerzo un poco, pero es inútil. Disculpá, ¿sabés a cuántas cuadras hay una boca de subte? A unas cuatro, dice la mujer con cara de pocas probabilidades. Sigo. Busco refugio en las esquinas o a mitad de cuadra. La lluvia cae con una fuerza tal que una no puede quedarse paradita a cielo abierto esperando que las luces del semáforo cambien de color.

Es el segundo subte que me tomo en menos de dos horas. En la estación, el calor y el vaho son impresionantes. Siento la presión baja. Siento el estómago revuelto por la adrenalina. Agarro un caramelo y me lo meto en la boca. Mi cartera, a esta altura, está tan inutilizable como quedará, al menos, por un par de días. Como la billetera, como los billetes, como los papeles que le llevo a mi psicoanalista, como mi libreta, como mi documento. El guardia de seguridad de la estación me ve empapada y dice: “mi reino por un vaso de agua”. Sonríe. No lo entiendo. Le sonrío igual. En el vagón, una mujer me mira con pena. ¿Querés sentarte? No, gracias, voy a empapar todo. Y veo el charco que se forma debajo de mí. A esta altura estoy con mucho frío. Los ventiladores del subte, que remueven aire caliente, me ayudan un poco, pero salgo, dos estaciones más adelante y la lluvia sigue violenta, furiosa y yo me empapo un poco más. Cruzo corriendo Medrano y Corrientes y tengo que afirmar los pies sobre el asfalto porque no sé qué piso y la fuerza del agua es tal que tira como tiran las corrientes marinas cuando uno se para un poco más allá de la orilla. Me refugio bajo el techo de un local, me seco los ojos, retuerzo el vestido que llevo puesto y entro. ¿Qué buscas? Necesito algo para cambiarme. Un vestido. Yo soy de los vestidos. El gris, dame el gris. ¿Querés cambiarte? No, gracias. Me cambio cuando llegue a terapia. Pienso en subirme a un taxi, pero así no puedo subir a ningún lado. Ningún taxista me lo permitiría. Igual no se ven taxis vacíos. Camino. A dos cuadras del consultorio hay un bazar gigante, de esos que venden desde un lápiz hasta una cortina de baño. Voy en busca de un repasador.

Tengo la imagen de V., hace un rato, saliendo de la redacción. ¿Te llevo a algún lado?. No, gracias. Tengo que seguir hablando con el editor y después, a lo que vine, a buscar mi pago (o mejor, la “cuota” de mi pago porque me pagaron $350 en dos cuotas). Claro que no esperaba que el cielo se pusiera así y que el agua cayera con tanta fuerza y que yo, que uso musculosa en invierno, pudiese sentir este frío alguna vez.

En el bazar, un tipo limpia el piso y yo dejo una estela de agua a mi paso. Me siento culpable. Encima no hay repasadores de toalla. Compro uno de tela, el menos chillón. Seis pesos. A esta altura la lluvia calmó su intensidad, se parece a una caricia. Unos carniceros aguardan en la cornisa de su local. Ojalá que llueva hasta las cuatro y media, dice uno, pero las cuatro y media pasaron hace rato. Necesito cambiarme. Entonces voy al bar de la esquina. ¿Puedo pasar al baño? Sí, al fondo a la derecha. Me saco el vestido. Mis zapatos tienen agua adentro. La ropa interior está empapadísima. Agarro el repasador, me seco la piel como puedo. El corpiño está mojadísimo, ¿me lo saco? No, no puedo ir a terapia sin corpiño. Y lo dejo que se escape ridículo por el escote del vestido nuevo que parece una enagua antigua.

Es temprano. Paulo me hace pasar al hall. Le cuento de mi periplo, haciendo ademanes para evitar que el corpiño se asome tanto por el escote. Agarro el repasador. Frente al espejo, me seco un poco más. Me siento en un escalón al fondo. Me saco los zapatos. Los pongo en la misma bolsa en la que puse el vestido mojado que, aunque retorcí como un trapo, sigue empapadísimo. Me quedo descalza. Me seco los pies. Tengo frío. (Hacía mucho que no sentía un frío de este tipo).

Llega el licenciado. Trae paraguas. Prevenido. Yo no uso paraguas y para piloto hacía demasiado calor. Paulo le cuenta que me cambié en la esquina. ¿Querés pasar al baño a secarte un poco? Ah, entonces hay baño acá, pienso, pero me limito a decir que no, que gracias, que está bien. De todos modos, él me da una toalla de mano y yo me suelto el pelo y me lo seco. Ya está. Ahora sí, con el corpiño que se ve y todos los pelos de mi cabeza revueltos por la lluvia, la humedad y la toalla parezco una de esas histéricas que aparecen en las películas blanco y negro sobre Freud. Sólo que yo no soy histérica. Sólo que me acurruco en el diván muerta de frío, con los brazos cruzados para abrigarme. Sólo que él me ofrece su abrigo y yo le digo que no (quizás haya algún tipo de cuestión ética que impida que una paciente use el abrigo de su psicoanalista, pienso), pero estoy muerta de frío, entonces, finalmente, lo acepto. No quiero mojarlo.

Salgo de la sesión. Tengo frío y un sol radiante sobre mi cabeza. Tengo unas ganas terribles de hacer pis y el corpiño se me ve y debo hacer malabares continuamente. Así no puedo estar en la calle, es ridículo. Entro en el baño de otro bar. Hago pis y aprovecho para sacarme el corpiño. Sin corpiño y con ese vestido que parece un camisolín viejo, me siento un poco Lisístrata, aquella dama, que en la genial comedia de Aristófanes, organiza una “huelga” de sexo –las mujeres de la Antigua Grecia y alrededores juran que no cogerán a sus maridos (aunque los histeriquearán a más no poder) hasta que no firmen la paz– para frenar la guerra del Peloponeso. Leí esa obra por primera vez en primer año de la facultad, con algunas partes censuradas. Censurada y todo Lisístrata se convirtió en una de mis lecturas fundamentales (aunque nunca supe bien por qué).

El hecho es que aquello de sentirme Lisístrata o alguna de las mujeres encolumnadas detrás de ella, enfundadas con esas túnicas transparentes, azafranadas (amarillentas) que bien describe Aristófanes, capaces de seducir a cualquiera, me dura muy poco. Yo no quiero hacerle la guerra a mi marido y a sus congéneres para frenar la guerra. ¿O sí? ¿Qué guerra? De todos modos, apenas aparece mi posibilidad de seducción y el sentimiento de libertad que me da el vestido (y la ausencia de corpiño), se me viene la mente mi marido y su eterna explicación sobre el efecto que surten en la masculinidad de los hombres los pezones que se deducen tras una remera o un vestido.

Ahora lejos de sentirme libre, me siento mirada. No es paranoia. Lo juro. Jamás en mi vida me miraron tanto las tetas (o lo que se adivina de ellas). Entonces, empiezo a taparme como puedo. Me pongo los brazos sobre los pechos en posición de rezo. Empiezo a rezar para que el camino no sea tan largo. Intento acortar con el subte, pero no anda y la cola del colectivo llega hasta mitad de cuadra. Camino rápido, ligero, tapada como puedo, pero los tipos miran igual.

Entonces, unas 20 cuadras después, llego a casa, con los pelos revueltos y esa pinta de histérica de película vieja. El marido repite tres veces: “estás en camisón”, “estás en camisón”, “estás en camisón”. Y la mujer, que soy yo, lo niega tres veces. Porque aunque crea que el vestido se parece a un camisón, ante tanta insistencia (y la menor posibilidad de paz), lo mejor, es negar, negar y negar, ponerse en el bando contrario, abrirse de la opinión del otro, hacer la guerra (y no el amor). Y yo que sigo y seguiré con este frío.

domingo, noviembre 15, 2009

El Hombre y el mar

¡Hombre libre, por siempre has de querer el mar!
Es tu espejo: contemplas a tu espíritu mismo
en su ola que se desenrolla sin cesar;
y tu alma no es menos amarga que su abismo.

Gozas hundiéndote en el seno de tu imagen;
la acaricias con brazos y ojos; tu corazón
se distrae muchas veces de su propia emoción
al eco de esa queja indomable y salvaje.

Ambos sois tenebrosos a la vez y discretos:
hombre, nadie ha sondeado el fondo de tu abismo;
oh mar, nadie ha llegado a tu tesoro mismo,
¡con tan celoso afán guardáis vuestros secretos!

Y entre tanto van ya siglos innumerables
que sin piedad ni remordimiento os atacáis;
de tal modo la muerte y la matanza amáis,
¡oh eternos luchadores, oh hermanos implacables!


Charles Baudelaire, Las flores del mal.



Me gustó, lo comparto.
eugeh

lunes, noviembre 09, 2009

Un día de esos

Soy, como todos, una pobre mezcla
De lo divino al fin y lo bestial.


Alfonsina Storni
vía Langosta.

jueves, noviembre 05, 2009

INSEGURIDADES


Hoy leí ese artículo de Orlando D´Adamo en la La Nación.
D´Adamo, a quién, por gestiones de Natalio, tuvimos el gusto de oír en una de las clases de la Maestría de la USAL, ofrece una interesante estadística (fatto in casa) sobre la modificación en los hábitos de vida qué generó la cuestión de la delincuencia callejera:
“… a lo largo de los últimos cuatro años, en promedio, más del 50% de la gente modificó sus hábitos de vida por temor, redujo su vida social, se retrajo. Sistemáticamente, también en los últimos cuatro años, más del 70% de los ciudadanos percibe que la inseguridad es alta. Un 65% cree, asimismo, que aumentó en ese mismo período. Tampoco confían en que se haga nada eficaz para cambiar esto…”

Sobre esto, tres reflexiones al pie.

1. En mi opinión, pese a qué realmente existe un índice mayor de inseguridad ciudadana que debe ser atendido y abordado por las correspondientes políticas públicas, el temor social que revela D’Adamo en su encuesta tiene mucho que ver, muchísimo, con el incontrastable dato de que desde que nos levantamos, hasta que nos acostamos, escuchamos incesantemente noticias vinculadas a hechos de inseguridad ciudadana. Aunque se haya producido un solo hecho grave en toda la jornada, consumimos una incesante reproducción –cada vez más escabrosa- del acontecimiento policial del día. Obviamente, una comunicación de esa calaña, mete miedo a cualquiera.

2. Necesariamente, según mi humilde opinión, el tipo de encuesta presentada públicamente por D´Adamo debe ser complementada con un relevamiento que de cuenta si los encuestados han sido recientemente afectados, directa o indirectamente, por un hecho de inseguridad, destacando su gravedad, o, en su defecto, explicite que fue lo que le generó su percepción sobre el aumento en la tasa de delincuencia con semejante incidencia como para generarles un temor paralizante. En síntesis, tratar de otorgar elementos para comprender como se construyó esa percepción.


3. La invasión mediática sobre hechos de delincuencia callejera está relacionado con qué es una noticia barata –fácil de conseguir-, admite un análisis superfluo (ideal para la chatura periodística vernácula) y vende mucho. Chocolate por la noticia, pero, inexplicablemente, siempre se obvia el dato para analizar su incidencia, que encima, tiene un correlato decisivo en las estrategias electorales de candidatos conservadores.

Entiendo que sí, por milagro divino, los medios de comunicación se obstinaran en repetirse incesantemente sobre asuntos de corrupción pública y criminalidad empresaria, cambiarían positivamente los hábitos de conducta de los ciudadanos. Seguramente, empezaríamos a votar mejor, a desmitificar a muchas personalidades públicas y a rechazar las propuestas comerciales de los empresarios carentes de valores, y de forma mediata, a corregir las deficiencias públicas que fomentan la delincuencia callejera. A partir de allí, también, dejaríamos de prestarle atención a una blonda contrabandista de autos de lujo que da cátedra sobre políticas públicas de represión de delitos o soportar los aires de criminólogo de un periodista deportivo devenido en crack del showbusiness, sospechado de evadir millones en impuestos.

Excúsenme por la catarsis. Pese al pequeño reproche que le efectué, aplaudo a D´Adamo, por mantener, a lo largo de su nota, su envidiable compostura en un tema tan delicado.
FV

miércoles, noviembre 04, 2009

Claude Lévi-Strauss, el padre de la antropología moderna, fallece a los 100 años


• Cambió la visión occidental sobre las culturas «primitivas»
• El autor de ‘Tristes trópicos’ destruyó las pretensiones científicas del racismo

El próximo 28 de noviembre habría cumplido 101 años. El antropólogo Claude Levi-Strauss, padre del estructuralismo, falleció en París –ayer trascendió su muerte el pasado fin de semana– dejando tras de sí una vida dedicada innovar el pensamiento y a cambiar la mirada de la sociedad occidental hacia las llamadas culturas «primitivas» o «salvajes».
Levi-Strauss desapareció con la discreción que le caracterizaba, en silencio, sin grandes funerales ni despedidas multitudinarias. Su muerte sorprendió a todos cuando ya se habían celebrado sus exequias en la intimidad familiar. El último gesto humildad de una gran personalidad en el plano intelectual y humano.

ARROGANCIA OCCIDENTAL / «Odio los viajes y los exploradores. Y aquí estoy aprestándome a relatar mis expediciones...». Así empieza Tristes trópicos (1955), la obra con la que Levi-Strauss revolucionó su época desmontando la idea de que hay sociedades superiores a otras y, en consecuencia, destruyendo las pretensiones científicas del racismo. Durante su vasta carrera, no dejó de denunciar la arrogancia occidental poniendo de relieve la complejidad y riqueza cultural de las civilizaciones consideradas inferiores. «Nada permite afirmar la superioridad o inferioridad intelectual de una raza respecto de otra», sentenció.
Nacido en Bruselas en el seno de una familia judía, a los 27 años Levi-Strauss partió a Brasil para enseñar sociología en la Universidad de Sao Paulo. De su contacto con los indios bororos y caduveos del Mato Grosso y los nambikwaras de las selva amazónica nace una inquietud por el planeta que le convertiría en precursor del ecologismo. «Los humanos se dirigen hacia una especie de envenenamiento interno», había declarado.
A su regreso a París, en 1941 tuvo que emigrar a Nueva York huyendo de la amenaza nazi. Allí conoció al lingüísta Roman Jakcobson, cuya colaboración fue determinante para el nacimiento del método estructuralista, que pone el acento en la estructura y no en el sujeto, en el todo sobre la parte. Es decir, es la sociedad la que moldea al individuo. Lévi-Strauss aplicó este sistema al conjunto de sus estudios.

UN PRECURSOR / En El pensamiento salvaje (1962), el antropólogo exploró los mecanismos ocultos de las culturas, defendiendo que eran igualmente complejos en las sociedades sin escritura que en las consideradas desarrolladas. En su obra, denuncia también lo que califica de «uniformización del mundo». Adelantándose de nuevo a su tiempo, predice los efectos perfersos de la globalización. «La humanidad se instala en una monocultura, se apresta a producir una civilización de masa», lamentó en una de sus raras entrevistas el hombre que escrutó la mitología y desveló el enigma del tótem.
Hace un año, el museo del Quai Branly, dedicado a las civilizaciones no occidentales, celebró el centenario del antropólogo con un homenaje al que finalmente no asistió. Pudieron verse, no obstante, su colección de arte –1.500 piezas recogidas durante sus expediciones– y las magníficas fotografías tomadas en 1930 de las tribus brasileñas.

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