martes, septiembre 26, 2006

Encuesta

¿Hay que matar a Videla?

A un muchacho de 25 años le detectan una enfermedad incurable y decide suicidarse. Perdido por perdido, se le ocurre que es mejor irse de este mundo como un héroe. Y entonces urde un plan para matar a Videla.
Hasta aquí, lo que hay. Nicolás Capelli (guionista y director de "Matar a Videla") me acaba de mandar el trailer de este largometraje, que aún no se terminó de rodar. Me dice que estará atento a los comentarios, porque no tiene decidido el final. Así que pónganse las pilas y ayúdenlo a elegir finales posibles.

http://petit.orsai.es/2006/09/encuesta_hay_que_matar_a_videla.php

Flor

25 comentarios:

Anónimo dijo...

Les presento a "otra" Florencia.

Florencia fue una de las personas que hace casi una década me escuchó decir "Buenos días: esto es Comunicación Social".

Esta dama (a veces rubia, a veces azabache, a veces carmín) fue parte del grupo de alumnos del primer año de Pilar al que entré por primera vez a dar la primera clase universitaria de mi vida.

Creo recordar que preparé esa primera clase durante días. Creo recordar que quizá salió bastante bien. Creo recordar que supieron ser benévolos conmigo. Creo recordar que yo sólo tenía unos pocos (y por primera vez) 22 años.

Era 1998. Era el primer compás de la milonga.

Nos vamos poniendo tecnos.


NS

L>S>D>A dijo...

Más tarde postearé mi punto de vista sobre el asesinato del asesino.

Mientras tanto, para dejar constancia de mi lectura -que admito apagada por causas ajenas a mi voluntad de un tiempo a esta parte- debo decir que el comentario de las Flores y la primavera de Ulrica fue una de las peores cosas que vi en mi vida.

Un abrazo afectuoso a todos, y espero no herir con mi sarcasmo juguetón.
Los quiere y los extraña.

una langosta

t dijo...

A veces pienso que en Argentina hace falta una autocrítica de toda la sociedad, de la sociedad civil, que ayudó o no hizo nada para cambiar el rumbo. Sí, sé que hacer algo individualmente implicaba la posibilidad de perder la vida, pero fueron pocos los que se animaron a correr ese riesgo. También existía la posibilidad de, como fuera, manifestarse en conjunto. Si hubiera habido manifestaciones de miles de personas en Plaza de Mayo, no sé qué hubiera pasado.
En Argentina, nadie dijo "No puede haber poesía después de la última dictadura". No hubo un debate ni una autocrítica, hubo apenas una "primavera alfonsinista" que sirvió para que muchos lavasen sus culpas sin preguntarse si podían haber hecho algo.
Hoy se pueden realizar actos más nimios (hasta los cobardes los podemos llevar a cabo), como dejar de comprar las cosas de Editorial Atlántida. Sin embargo, Atlántida vende miles y miles.
Más en concreto sobre el post. Obviamente, creo que no hay que matar a Videla ni a Massera ni a nadie. Una de las mejores cosas que han ocurrido en Argentina es que nadie ha intentado matarlos luego de que se reestableciese la democracia. Igualmente, no creo que sería sólo "matar al asesino" porque los militares no sólo asesinaron sino que también hicieron un golpe, tomaron el Estado, instituyeron un sistema económico excluyente, torturaron, desaparecieron a personas, robaron bebés, robaron campos, dinero... Creo que ésa es una de las cosas que hacen impensable la teoría de los dos demonios: la picana no tiene nada que ver con el foquismo.
Me fui otra vez. Vuelvo. Creo que ha sido importantísimo un acto que se llevó a cabo en Catamarca hace varios años: alguien le escupió la cara a Astiz en público. Ése es un acto fuertemente simbólico que no pone en riesgo la integridad física de nadie.
Me fui al carajo con la extensión. Igual, quisiera pegar aquí un breve cuento, escrito hace ya mucho tiempo. Sé que no es bueno.

Maníes

Basilvo, en algún momento, había levantado la vista de la sección espectáculos del diario y había mirado la pequeña lastimadura de su abuelo Lisarpe, que mojaba el pan en el café con leche y se lo llevaba a la boca –la masa, ya mojada, prácticamente se disolvía al contacto con su saliva–.
Sólo una pequeña lastimadura en la frente le había quedado a su abuelo luego de que ese mismo día un muchacho, gritando “Muerte a Pinoché” (sin pronunciar una “t” que parecía imposible al final del apellido), lo tacleara y saliera corriendo. Y es que Lisarpe se parecía mucho a Pinochet. Por eso era frecuente que en la calle alguien, confundiéndolo, lo insultara, lo taclease o le pegara.
Lisarpe y Basilvo estaban sentados, merendando, en la mesa del comedor, y cada uno leía una sección distinta del mismo diario.
El viejo, a su edad, mantenía un buen estado físico, y los ataques, en general, sólo dejaban alguna mísera señal en su cuerpo, como la pequeña lastimadura en su frente.
Antes de que Basilvo levantara la vista del diario para mirar la lastimadura, casi un rasguño en la frente de Lisarpe, Lisarpe lo había mirado fijo, lo había llamado por su nombre (“Basilvo”, le había dicho), requiriendo su atención, y le había preguntado si creía que él se parecía realmente a Pinochet. Basilvo había respondido afirmativamente, sin pronunciar palabra, apenas con un gesto, moviendo apenas su cabeza de abajo hacia arriba y otra vez hacia abajo.
–¿Y si me saco los bigotes?
Basilvo lo miró, pensativo. Se quedó dos o tres segundos en silencio.
–Vas a quedar como Pinochet sin bigotes.
–¿Y si me dejo la barba?
Esta vez la respuesta fue casi automática:
–Vas a quedar como Pinochet con barba.
–¿Y si me hago una cirugía de las que se hacen ahora?
Y entonces Basilvo había sonreído pensando en la posibilidad de que su abuelo se hiciera una cirugía estética. Le parecía ridículo que su abuelo pensara en eso. Y le parecía extrañísimo que repentinamente se hubiera puesto a hablar con él sobre ese tema, sobre esa cuestión, sobre su parecido con Pinochet. Porque, aunque era un tema común (una o dos veces por semana tacleaban o fajaban a Lisarpe), nunca se hubiera imaginado que su abuelo le podía preguntar si se parecía a Pinochet. Y menos aún que le pidiera una opinión con respecto a sus rasgos. Lisarpe le había preguntado si creía que sus rasgos cambiarían al afeitarse, al dejarse la barba o al hacerse una cirugía estética.
A pesar de la sonrisa de Basilvo, la pregunta había quedado suspendida, flotando en el aire.
Después de un largo silencio, luego de que cada uno volviera a internarse en la sección del diario que le interesaba, Basilvo había levantado la cabeza y había dicho: “Vas a quedar como Pinochet después de hacerse una cirugía estética”. Liraspe, sin dejar de leer el diario, había dicho por lo bajo: “Ese hijo de puta...”.

Eso era lo que Basilvo les contaba a Blor y Musirto en la noche densa de verano, mientras tomaban una cerveza en el bar de siempre, en una mesa al aire libre, los tres en cuero.
Blor y Musirto se reían mucho de lo que Basilvo contaba; les causaba gracia ese tipo de anécdotas. Y Basilvo disfrutaba de la atención que sus amigos le prestaban mientras contaba, y de sus risas, aunque sentía cierta pena por su abuelo, a quien le pegaban o lo insultaban dos por tres. Más de una vez, el viejo había llegado a decir –enojadísimo– que, si realmente era tan parecido a Pinochet, le tenían que pegar más seguido, que no podía ser que no se ligara todos los días algún golpe, que Pinochet se merecía muchos más golpes de los que recibía él.
Los otros dos (Blor y Musirto) también sentían cierta pena por el viejo, pero en realidad ninguno de los tres lo manifestaba. Les causaba gracia el malentendido, y las situaciones que el malentendido generaba, el hecho de que se golpeara a alguien (a un viejo) confundiéndolo con otra persona. Además, la charla, que a Basilvo le había resultado muy extraña, a Musirto y a Blor les causaba gracia; no entendían cómo Liraspe le podía haber hablado así, de ese modo, a su nieto.

Cuando Basilvo terminó de contar, con una gruesa gota de sudor abriéndose paso en su frente joven, sin arrugas, los otros tardaron varios segundos en reponerse, en frenar sus risas. Y de repente estaban los tres en silencio, mirando el platito con maníes que había en el medio de la mesa.
Empezó a correr algo de viento, a refresacar un poco, y los tres parecían ya más relajados. A Blor le dio un escalofrío y, sin decir nada, se calzó la remera que colgaba en el respaldo de su silla.
Musirto soltó una última risotada, como si de repente recordara lo que Basilvo les había contado, y después sirvió lo que quedaba en la botella de cerveza en los vasos.
Blor se paró.
–¿Te vas?
–Ya vengo. Tengo que hacer un llamado.
–¿A la mina? –preguntó Musirto.
Blor se fue sin responder hacia donde estaba el telefóno público. Basilvo le preguntó a Musirto quién era la mina a la que el otro iba a llamar.
Musirto le dijo que Blor la había conocido el día anterior en la cola de un banco, que le había hecho alguna broma, se habían puesto a conversar y, justo antes de que le tocara el turno, antes de que el cajero le dijera que pasase, Blor había alcanzado a pedirle el número de teléfono. Ella se lo había dado y él lo había retenenido (solía darse cierto dique con su capacidad para memorizar teléfonos).
La historia sonaba bien, le daba cierto aire heroico a Blor, porque conseguir el teléfono de una chica en la cola de un banco, hacerle frente a la situación, manejar los tantos en una así, no es moco de pavo, ¿no?
Aparte, según Musirto le contaba a Basilvo que Blor le había dicho, la mina partía el suelo; era una morocha bronceadita, de ojos entre verdes y marrones, con una boca bien carnosa y unas tetas así.

Blor siempre tenía ese tipo de historias.
Un mes antes le había pedido el número de teléfono a una moza, pero había olvidado preguntarle el nombre. Entonces había llamado preguntando por una chica así y asá, describiéndole, al hombre que lo había atendido, las características de la mina. El tipo le había dicho que en esa casa no había nadie con esas características. Blor había ido, entonces, otra vez al bar, para buscarla, pero la moza ya no estaba. Entonces jugó su última carta: le preguntó al cajero, y el cajero le dijo que no, que nunca habían tenido una moza como la que él describía.
Musirto y Basilvo se reían de esas situaciones, aunque envidiaban, en cierto punto, la capacidad que tenía el otro para ponerse a hablar con cualquier mina, para vivir esas historias que en general no llegaban a nada, pero que les sonaban heroicas.
Mientras miraban a Blor hablando desde el teléfono público que quedaba a unos cincuenta metros del bar (Basilvo aún entusiasmado por lo que Musirto le acababa de referir y un poco perplejo por el contacto que Blor había logrado en la cola de un banco), se terminaron la cerveza que quedaba en sus vasos y pidieron otra.

Blor llegó a la mesa justo cuando el mozo se apartaba con la botella vacía y Musirto se servía de la llena.
–¿Y? –se animó Basilvo, como si no importara que él hubiera conocido la historia por medio de un tercero.
–Equivocado.
–¿Cómo equivocado?
–Sí, la mina me dio cualquier número.
–¿Estás seguro de que marcaste bien?
–Llamé tres veces. La vieja que atiende casi terminó puteándome.
–No puede ser. Capaz que es la madre, que...
–No, me dio un número cualquiera.
Musirto intervino:
–¿Estás seguro de que te lo acordás bien?
–Claro. Mi memoria no falla en estos casos.
Y Basilvo otra vez:
–Pero para darte un número cualquiera no te hubiera dado nada.

Se quedaron los tres en silencio, mirando el platito de maníes en el centro de la mesa, con una misma desazón en el pecho. No importa a cuál de los tres se le humedecieron los ojos, todos prefirieron disimular, hacer como si no pasara nada, y se pusieron a hablar de que la materia prima no estaba llegando a la fábrica porque el camión se había roto otra vez.

Anónimo dijo...

Pero a mí el cuento de T. me gustó...

t dijo...

N: ¿Qué le gustó del textillo?
F (U): ¿Y a usté?
NSVP: Hable, nomás, que no hay problema.
Perdón por instigar.

t dijo...

Está perfecto.
Obviamente, tenés razón.
Gracias.

Anónimo dijo...

VISTO:

Que mi participación en este blog está tendiendo al grado cero de escritura y pensamiento.

Y CONSIDERANDO

Que es probable que no se revierta esta situación en las próximas décadas.

PREGUNTO:

¿Quién es nuestra sra. de los v. p.?

Y HEREDO:

Señoras/es: empiecen a pensar en seguir esto sin mí. (Una formalidad, pues muy bien han sabido hacerlo hasta ahora).



Discreto,
NS.

L>S>D>A dijo...

Yo creí que la vaca multicolor era un hombre.

Hay una vaca multicolor al final de un capítulo de Nietzche, si no me equivoco en Así habló Zaratustra que no entendí.

¿Es Zaratustra?

P.

Anónimo dijo...

¿Se dan cuenta ahora?

Ahora sé que supe en algún momento quién era Nuestra Señora (Mercedes). Supe y me olvidé. Y ahora recuerdo que supe y soy conciente de que olvidé. Hasta recuerdo que, en medio de cientos de alumnos de aquí y de allá, alguna vez supuse quién podría ser. Creo que fue en ocasión del post de Chéjov, aunque ya sospechaba desde antes. Y le atiné. Soy (era) muy bueno para eso. Casi como un juego. (¿El ajedrez? Quizá. De pequeñín lo jugaba. En una ocasión le gané una partida a mi profesor de años. Por supuesto, nunca más volví a jugar. A la semana siguiente empecé con el paddle).

------

Pero me olvidé.

Por eso me voy, porque he bebido el licor del olvido.

En mis clases son cada vez menos las personas que hablan. Lo que para algún docente extraviado puede constituir un gesto de milagrosa homeostasis, para mí es creciente y alarmante entropía.

Qué pena.

(Y abandonó su cueva, ardiente y fuerte como el sol cuando sale detrás de montañas oscuras).

L>S>D>A dijo...

Una vez, Marcelo Bielsa me preguntó:
"¿Y a usted qué periodistas le gustan?".
Le conté.
"Sí, esos son buenos. Y digame ¿porque no se juntan todos los buenos para ganarles a los malos?".


Si te vas, Natalio. Si cedés. ¿Qué queda para los malos?

Anónimo dijo...

NS (/NC):
Sus clases me parecen interesantes pero hay que seguir el cronograma de lecturas para saber sobre que está hablando y estar medio despierto para entender los chistes.
Si no hablé durante el tiempo en que fui su alumno fue por timidez y no por desgano.
Coincido con la sra. Ulrikke en que el blog no es lo mismo sin usted. No obstante la langosta lisérgica, Mr.T, Nuestra señora (es muy largo para hacer chistes)y la ya nombrada Ulrica hacen muy llevadera la lectura.
Saludos.

Anónimo dijo...

En realidad entender los de Stecconi no me daba pereza aunque por un momento pensé que todos los demás estaban dormidos porque nadie se reía.
Es dibujoanimada, pero como se llama LSDA pensé que el ácido era parte de su esencia.

Anónimo dijo...

I´m dreaming about you
taking the same pills
dreaming off you
taking the same skills
that we took when April
was just two leaves in the carpet
when our kisses were just April in
the calendar,
just to leaves,
just the cruelest month when April
was just the most beatiful girl taking
the same pills and the cruelest month.

Anónimo dijo...

I´m dreaming about you
taking the same pills
dreaming off you
taking the same skills
that we took when April
was just two leaves in the carpet
when our kisses were just April in
the calendar,
just two leaves,
just the cruelest month when April
was just the most beatiful girl taking
the same pills and the cruelest month.

Anónimo dijo...

Me voy de chopin un par de días y ya les agarra el desvarío.

Así no se puede.

t dijo...

Yo diría que está pintando la demencia, una frase que, en forma preocupante, me veo repetir muy seguido por aquí.
Me dan ganas de hacer un insulto colectivo, pero sería tomado como un insulto y ésa no es la idea. ¿Cuántas cosas puede decir un insulto? (frase que los creativos publicitarios podrían usar en casi cualquier campaña)
N: No se vaya. Si hasta me dan ganas de decirle "profesor", aunque no lo haya tenido de profesor...

Anónimo dijo...

Fácil:
Hilos Tomasito = Sra.

t dijo...

La cadena se salta, no se sale.
¿Qué es ese poema en inglés en medio de todo esto?
Siempre me pareció que, más que una langosta, es un mamboretá, bicho noble y criollo.
Ulrikke: yo digo que sos señora. Si no estás de acuerdo, lo discutimos en casa, a sopapo limpio.

t dijo...

¿Y eso de que "barato" sea un insulto? Si el olor fuera a telo caro, ¿lo preferirías?

Anónimo dijo...

Quedó señora porque me olvidé de poner el paréntesis que iba a decir "o señorita", no era mi intención destruir una familia o generar violencia hogareña.
Hilos Tomasito me trajo hermosos recuerdos de mi infancia cuando acompañaba a mi abuela a la mercería (que nombre para un negocio) y comprábamos esos hilos y las agujas que venían en un estuche de cartón con la cara de un indio.
Pd: Ni lloro ni guiño, cierro uno para poder ver mejor con el otro.

Anónimo dijo...

Esa última línea es impecable.

Anónimo dijo...

Ayer (lunes) fue un buen día para pasarles a los chicos de Callao el video "20-12-01 / Hasta el desgarro", de Florencia Codagnone.

Llovía. Estaba oscuro. Humedad y pegote. Costaba respirar.

Es probable que Nuestra Sra. de los V.P. haya reconocido -sin psudonónimo borgeano- a la autora de aquella obra.


O no, qué se yo.


Al cabo que nimimporta.


(Sin querer queriendo),

NS

Anónimo dijo...

Sí y también algo de miopía.
Cuando los chicos me contaron que pasaron un video sobre el 20.12.01 me quedé con muchísimas ganas de verlo y ahora que me entero que es de Ulrikke, más ganas aun.
Será el año que viene.

Anónimo dijo...

NSVP:

En realidad, usted sabe que sí mimporta.

Flor: ese video carga con el valor de aquel momento, aunque sepas que hoy podés hacer las cosas mil veces mejor.

N.

t dijo...

Y ves brillar el sol tras de mí.
Ves rodar la ilusión,
un poco de rock and roll.
No es mejor quedarse mirando
el cielo sin hablar
balbuceando en la ciudad.
[...]
El amor nos vuelve felices.
Parece que
se dice que
nos cuentan que ahora
puedes ver mejor.