sábado, septiembre 02, 2006

La isla de los condenados

Me pareció muy interesante. Quería compartirlo. Lo saqué de las primeras páginas de “Sin trama y sin final”. El subrayado es mío. Nuestra Sra, Mercedes.

La isla de los condenados

Un paso atrás. A los treinta años, Chéjov emprendió un viaje a la isla de Sajalín, la isla de los deportados. Las cartas que envió desde Sajalín constituyen una parte muy significativa de su epistolario. En muchas de ellas afloran los motivos más profundos de su escritura: la fuerza moral que guiaba su pluma, así como la progresiva superación de los obstáculos que se interponían entre la experiencia vivida y su traducción literaria. Las personas próximas a Chéjov no comprendieron los motivos de una empresa tan fatigosa. A su editor Suvorin, que consideraba inútil el viaje, le respondió:

Sajalín puede ser inútil y carecer de interés solo para una sociedad que no deporte allí millares de hombres y no gaste en ella millones de rublos. […] Sajalín es un lugar donde los hombres, ya sean libres o prisioneros, tiene que soportar sufrimientos intolerables. […] Lamento no ser un sentimental, de otro modo diría que deberíamos ir en peregrinación a lugares como Sajarín, como los turcos van a La Meca; en cuento a los hombres de mar y a los estudiosos de los problemas carcelarios, deberían mostrar el mismo interés por Sajalín que los militares por Sebastopol. De los libros que he leído y estoy leyendo se desprende que hemos hecho que millones de hombres se pudran en prisión; hemos dejado que se pudran sin razón alguna, sin criterio, de un modo bárbaro; les hemos obligado a recorrer miles de verstas en medio del frío, encadenados; les hemos contagiado la sífilis, los hemos corrompido, hemos multiplicado la delincuencia, y toda la culpa se la echamos a los carceleros borrachos de nariz roja. En la actualidad toda la Europa culta sabe que la culpa no es de los carceleros, sino de cada uno de nosotros; no obstante, nada de eso nos importa ni nos interesa. (1)

Chéjov sentía sobre “cada uno de nosotros” la responsabilidad de lo que estaba sucediendo en un lugar aparentemente lejano. Escribir sobre Sajalín era un modo de salir de la indiferencia. Había libros sobre Sajalín, pero eran ejercicios retóricos. “Hablando en general –escribió su editor-, en nuestra dialéctica patria hay una enorme pobreza de hechos y una gran riqueza de razonamientos de todo tipo; es algo de lo que me voy convenciendo a medida que leo los libros que existen sobre Sajalín.” (2). Decidió ir a echar un vistazo. Sus amigos le aconsejaron que solicitara cartas de presentación a alguna autoridad. Pero Chéjov no les hizo caso.
El viaje a través de Liberia fue largo y difícil; la elaboración de la encuesta muy fatigosa. “He visitado todas las colonias- escribió-, he entrado en cada casa y he hablado con todo el mundo. Para el censo he empleado un sistema de fichas y he registrado a cerca de diez mil personas, entre detenidos y colonos. En otras palabras, no hay en Sajalín un trabajador forzado o un colono que no haya hablado conmigo”.(3) Conoció a “todas las celebridades” de la isla.(4) Le ofrecieron ayudantes, pero prefirió confeccionar el censo solo. No estaba interesado en el número de fichas, sino en los encuentros personales y en lo que veía y experimentaba en su interior mientras confeccionaba la encuesta. En el libro explico: “El objetivo principal no eran los resultados, sino las impresiones que me proporcionaba el propio proceso de investigación”. (5)
A causa del cólera, Chéjov tuvo que regresar por el mar de Japón, el océano Índico, Ceilán y el canal de Suez. Una vez en casa, se encontró con un baúl lleno de documentos. Aunque había estado fuera tres meses, se sentí con fuerzas para ponerse a trabajar. Escribió a Suvorin: “Por fin estoy en casa, sentado delante de mi escritorio. Rezo a mis olvidados penates y le escribo. Experimento una sensación de bienestar, como si nunca hubiera salido de casa”. (6).
Quería escribir una relación del viaje, pero, a pesar de las miles de fichas y apuntes, no lo conseguía. Los primeros intentos tenían un tono falso. Con el tiempo comprendió el motivo y así pudo terminar el libro, que vio la luz más de tres años después del viaje. “El tono falso- escribió su editor- consistía en que daba la impresión de que con mi Sajalín pretendía dar una lección a alguien, y al mismo tiempo parecía que escondía algo, que no decía todo lo que quería. Pero apenas me puse a describir lo extraño que me sentía en Sajalín y que clase de puercos hay allí, el trabajo avanzo a buen ritmo y sin impedimentos.”(7)
El viaje a Sajalín ayudó a Chéjov a comprender por qué escribía y a reflexionar sobre los fines de la escritura. La enseñanza que extrajo (o que vio confirmada) se resume quizá en las palabras que anoto en una libreta de apuntes: “La vida es una marcha hacia la cárcel. La verdadera literatura debe enseñar a escapar o prometer la libertad”. (8)
Chéjov escribió en una carta que “la vida rusa aplasta al hombre hasta que no queda de él ni siquiera una traza de humildad; lo aplasta como haría una roca”. (9)Miraba a su alrededor. Se sentía extraño. Escribir era un acto de libertad en un país “donde no hay libertad de prensa ni libertad de conciencia, […] donde la vida es sofocante y miserable, y apenas hay esperanzas en un futuro mejor”. (10) No quería dar lecciones, sino ser “un simple cronista” cuyo objetivo es “la verdad incondicional y honrada”.(11)




(1) Carta a Alekséi Suvorin, Moscú, 9 de marzo de 1890.
(2) Carta a Alekséi Suvorin, Moscú, 23 de febrero de 1890.
(3) Carta a Alekséi Suvorin, vapor Baikal, Estrecho de Tartaria, 11 de septiembre de 1890.
(4) Ibidem.
(5) Antón Chéjov, L´isola di Sachalin, Dagli appunti di viaggio, Editori Riuniti, Roma, 1985, p. 32.
(6) Carta a Alekséi Suvorin, Moscú, 9 de diciembre de 1890.
(7) Carta a Alekséi Suvorin, Mélijovo, 28 de julio, 1893
(8) I quaderni…pag. 263
(9) Carta a Dmitri Grigoróvich, Moscú, 5 de febrero de 1888
(10)Carta a Alekséi Suvorin, Moscú, 24 de abril de 1899.
(11) Carta a María Kiseliova, Moscú, 14 de enero de 1887.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Curioso.

Siempre me gustó mucho Chéjov.

Anónimo dijo...

Y gracias. Bellísimo texto.