Vengo atrasado, muy atrasado con mis deberes autoimpuestos. Había dicho cada mes. Fallé. Así que ahora traigo todo, y lo traigo todo junto.

Leí un libro maravilloso de Nick Hornby, que se llama Slam y que se tradujo Todo por una chica. Ahí hay un adolescente tan tierno como el más tierno y tan estúpido como todos supimpos ser. La prosa de Hornby es una pátina de manteca fina sobre una tostada tierna. Invita a morder, tiene sustancia, superficialidad, textura, olor, encanto. Y es difícil comer sólo una. Si no conocen al autor, los invito -en especial a los futboleros- a desenfundarlo.

Leí un libro increíble de una autora que no conocía. Amelie Nothomb nació en Kobe, Japón, porque su padre era un diplomático belga. Llegué a ella por recomendación de mi librero amigo. Hojeé la primera página de Ordeno y mando para ver de qué se trataba y no cerré el libro hasta que se terminó. Página 157. Fin. Malditas mentes torcidas que se inclinan con el pensamiento a las ficciones más ruidosas. Maldita acción. Quiero otra dosis. Hoy compré Cosmética del enemigo. Si se apuran lo consiguen en los quioscos, por la colección de Página/12, a 9 pesos.

Leí una delicia del delicioso fabricante de literatura bienamada. Alessandro Baricco volvió a darle una definición a la palabra fantástico. Es un género y es una cualidad, y es la forma de su escritura: fantástica. Leí Tierras de Cristal, y estoy enamorado.

Leí una novela de Julian Barnes firmada con seudónimo, en la que un detective bisexual intenta desentramar un misterio futbolístico. Es parte de una trilogía que no se tradujo al español. En realidad, sólo una parte se tradujo, esa primera parte, Con las botas puestas, que yo leí. Es el único policial con que me topé en el que no se da una respuesta al misterio planteado. Quizá por eso -quizá, acaso, por lo pueril que se presupone el género- Barnes no lo quiso firmar.

Leí, estoy leyendo, al polaco Ryszard Kapuscinsky. Me gustaría decir con qué me encontré, con qué me estoy encontrando. Pero no puedo. Es un periodista, un cronista de época, un historiador, un literato, un filósofo, un sociólogo, un hombre perdido. Le digo Kapu, con cariño. Kapu quiere cruzar la frontera. ¿A donde? A cualquier lado: piensa en Checoslovaquia, piensa en Hungría. Es soviético y viven en el '53. Es comunista y su mundo termina en el Este europeo. No sabe otro idioma que polaco. Nunca salió de su pueblo.
Lo mandan a la India.
Después a China.
Y dice: "Pues la Gran Muralla -y es una muralla-gigante, una muralla-fortaleza que se alarga miles de kilómetros a través de cordilleras vacías y deshabitadas, una muralla-objeto de orgullo y, como he mencionado, una de las maravillas del mundo- al mismo tiempo es la prueba de la debilidad y aberración humanas, de un enorme error cometido por la historia, que condenó a la gente de esta parte del planeta a la incapacidad para entenderse, para convocar a una reunión en torno a una mesa donde, todos juntos, se plantearan cómo emplear con proveho el ingenio y las energías acumuladas de otras personas.
Tal cosa resultaba una quimera, pues la primera reacción ante cualquier amago de problema era otra bien distinta: levantar una muralla. Encerrarse, separarse. Pues todo lo que llegaba del exterior,
desde allí, no podía ser otra cosa que un peligro, el anuncio de una desgracia, un augurio del mal, vaya, la misimísima encarnación del mal.
Pero la muralla no sirve sólo para defenderse. Al tiempo que protege de la amenaza que acecha desde el exterior permite controlar lo que sucede en el interior. Al fin y al cabo, en una muralla hay aberturas, puertas y verjas. O sea, al vigilar estos lugares controlamos quién entra y quién sale, hacemos preguntas, comprobamos la validez de los salvoconductos, apuntamos nombres y apellidos, escrutamos los rostros, observamos, lo grabamos todo en la memoria. Así que la muralla es a la vez escudo y trampa, mampara y jaula.
Su peor característica consiste en que engendra en mucha gente la actitud de defensor de la muralla, crea una manera de pensar en la que todo está atravesado por esa muralla que divide el mundo en malo e inferior: el de afuera, y bueno y superior: el de dentro. Por añadidura, ni siquiera hace falta que ese defensor esté físicamente presente junto a la muralla, puede permanecer bien lejos de ella, pero basta que lleve dentro su imagen y obedezca las reglas que su lógica impone".
Viajes con Heródoto, se llama el libro. Y yo escribí mucho, de más. Muy largo. Espero que disculpen y que algo de todo esto les guste.
Un saludo a todos.
L>S>D>APD: Me caso. Digo.