Muchachos, quiero decirles, he llegado a un final. El final es la muerte. Y la muerte, sumada a la muerte, deja muchos cuerpos por enterrar. Así que, en respuesta al abrumador éxito del gato y el ratón, la primera descripción de mi vida post-Perfil (este es mi pequeño deceso; relataré mi salida en detalle más tarde) va a ser de un cementerio.
Para guardar cierta precisión: el cementerio Pere Lachaise, de París. Lo visité el último día de mi viaje, con un pie y medio en Buenos Aires (y también diría que no uno, sino dos, afuera del diario). La idea era ver algunos famosos que desde hace rato descansan entre tierra y flashes: Jim Morrison (que, Flor podrá confirmarlo, está vivo en Bolivia), los Marcel: Duchamp y Proust, Honoré de Balzac, Emile Delacroix, Edith Piaf, etc.

Como el cementerio es muy grande -realmente grande, casi una mini ciudad, como Recoleta- compré el mapita típico del turista, que incluía a los grandes éxitos dibujados en relieve y señalados especialmente para no desorientarse.
Llovió. (Me es difícil y un poco doloroso explicar lo mucho que llovió).
Debajo de esa lluvia empecinada, con el mapa despedazado por el agua, yo me había puesto algo obtuso. Tenía un objetivo principal: ver la tumba de Oscar Wilde. La verdad es que la había visto en una película (Paris Je t'aime) y me había llamado mucho la atención. Es la que está en la foto.

Si no se nota bien, comento: tiene miles y miles de besos. Las chicas -algún hombre también seguramente- como agradecimiento al bueno de Wilde, besan la tumba y dejan la marca del rouge en la piedra. Tiene besos viejos, ya marrones y hasta grises oscuros, mezclándose con los rojos más recientes.
Después de la lluvia y el paseo de media hora (en el que te querés matar porque te das cuenta de que estás visitando un cementerio), eso realmente valió la pena.
Ahora, con alguna sinceridad, quiero que me digan: ¿ESO -besar la piedra que está sobre el cuerpo de un escritor muerto desde hace años- no es Opinión Pública?
La langosta.