jueves, agosto 31, 2006
miércoles, agosto 30, 2006
martes, agosto 29, 2006
¿...?
lunes, agosto 28, 2006
jueves, agosto 24, 2006
Libertad de expresión
lunes, agosto 21, 2006
Subte D, hora pico, estación Pueyrredón
sábado, agosto 19, 2006
Gota
Me reencontré con un escrito del profe Máximo Paz al que hace mucho tiempo adjunté un brevísimo comentario. Viene a colación de un enojo compartido por unas específicas situaciones también compartidas.
Naturalmente, es el texto de Paz el que vale. Mi comentario es sólo una gota en su inefable océano.
Y a pesar de lo que reza el último comentario, nunca volví a inspirarme. Quizá para mejor.
El melancólico link es: http://literariamente.blogspot.com/2005/10/dilogo.html
Saludos,
NS.
jueves, agosto 17, 2006
Blancanieves posmoderna
martes, agosto 15, 2006
La ficción supera la realidad: en EE.UU., saben más de Superman que de actualidad
lunes, agosto 14, 2006
Paciencia S.A.
Tomado del diario Clarín del 8 de agosto.
http://www.clarin.com/diario/2006/08/10/sociedad/s-04301.htm
Tizón: "La impaciencia es el peor enemigo de la democracia"
Por Fernando García
Tarde o temprano, el señor juez de San Salvador de Jujuy y el escritor que se reinvindica como altoperuano aunque el alcance de su mirada sea universal se iban a encontrar. En la encrucijada, Héctor Tizón bajó a Buenos Aires para presentar la flamante y necesaria edición de sus Cuentos completos (Alfaguara) y ahora, mientras encuentra en el silencio la manera de degustar ese collage esponjoso llamado mondongo, estira la mano para mostrar la secuela de una afección cardíaca que lo tuvo a mal traer hace un par de años.
—Viene medio lento lo de las memorias porque tuve este problema en el dedo y no puedo escribir en la computadora —dice Tizón, que, es verdad, hace rato amaga con la autobiografía.
Entonces dicta. Dice que nunca lo hizo como escritor pero sí como juez y es curioso porque muchos de sus primeros cuentos parecen arrastrados por la operación contraria: dictámenes estéticos resueltos por la narrativa. Y jueces, reos, linchamientos populares, personajes y situaciones basculando la frontera de lo justo y lo injusto con el páramo como marco.
"No es que haya tomado las historias del estrado sino que siempre me ha preocupado el valor justicia ante esa cosa incontrolable que tienen las masas lanzadas a la calle y manipuladas", dice Tizón y su imagen tiene alcances bíblicos y electrónicos. Poniendo en orden su pensamiento, acompasado por esos silencios de roca que tiene, dirá que el "arte de narrar con imágenes, la Biblia de los pobres llega a hoy absolutamente pervertido porque no hay nada más antidemocrático que la TV".
—¿Y eso?
—No puede existir justicia verdadera porque la TV sacraliza el linchamiento. La gente sale a la calle a que la televisen y no pide justicia sino venganza. Una multitud que provoca golpes como el que se dio en Buenos Aires.
—Se refiere a Ibarra...
—Por supuesto. No voy a opinar del sobreseimiento porque no tengo detalle del expediente, pero lo otro fue una iniquidad. No hay nada más antidemocrático que la impaciencia. Si nos lanzamos a la calle tras la TV... las formas de la democracia terminaron. Yo he presenciado los primeros juicios de la Revolución Cubana y no podía dejar de pensar en la Revolución Francesa, que de pronto no podía saciar la venganza. El cuento "Ahora te toca a ti" es sobre esa experiencia.
—¿Llegó el final para Cuba?
—No, y menos en la forma wagneriana que imagina Bush. Fidel Castro ya ha dado todo de sí: lo bueno y malo. Llegó la hora de que reinventemos la Revolución.
—¿Por qué habla en plural?
—Cuba nos atañe a todos los latinoamericanos, no podemos aislarla. Cuántas generaciones de seudodemocracias se hubieran necesitado para que el pueblo cubano pudiera leer o curarse.
—¿El precio fue el destierro de un Cabrera Infante?
—Cabrera Infante fue funcionario de la peor época: cuando se fusilaba a diestra y siniestra. Tendría que explicar qué hizo ahí hasta que renunció. Lo mismo Vargas Llosa. Se cansó de recibir honores de Cuba hasta que sacó la bolilla de pope neoliberal.
—En este contexto de justicia mediatizada, ¿cómo atravesó el caso Tejerina?
—Sólo intervine en la etapa final del juicio. Aseguro que no hubo violación, ni remotamente. Entonces quedó un bebé al que se le metieron 17 puñaladas. El caso es que seguimos sin discutir si es posible la legalización de ciertos abortos. También sucede que en el fondo del imaginario público aparece el primer juez que se lavó las manos y condenó a un inocente. Y eso está muy bien explotado por quienes quieren una justicia de mierda.
—Volvamos al escritor. En perspectiva, estos cuentos arman una tregua entre Horacio Quiroga y Borges. ¿Buscó eso?
—Sí. Yo creo que no fueron tan distintos. Quiroga fue el primer escritor profesional argentino y Borges, a su vez, no era extranjerizante en absoluto. Sus héroes son cuchilleros y compadritos, como sucede en "El Sur", que es su mejor cuento.
—Usted hizo una nueva versión. ¿Por qué?
—Se lo dije a Borges una vez que me visitó en Yala: 'Es su mejor cuento, pero no me gusta el final.' Y él me dijo: 'Hágalo, escríbale otro final'.
—Y usted hizo suicidar al personaje...
—Primero, imaginé que sobrevivía al duelo. Y después creo que no soportaba haber matado al malevo que, en verdad, es su otro yo. Siempre me pareció que el final de Borges no era justo con el personaje.
—¿Lo reescribió como juez?
—Tiene razón, no lo pensé.
miércoles, agosto 09, 2006
Walter Lippmann - El mundo exterior y nuestras imágenes mentales
En La opinión pública, Compañía General Fabril Editora, Buenos Aires, 1964, publicación original de 1922. Gentileza de Natalio Stecconi
-Lo veo.
-Imagínate, ahora, a hombres que pasen ocultamente por detrás de la tapia transportando sobre ella vasijas que se proyectan en la pared interior de la cueva, así como también, figuras de hombres y animales realizados en madera y en piedra, y, como habría de esperarse, que algunos de estos hombres conversen y otros permanezcan en silencio.
-Este cuadro es singular y los prisioneros extraños.
-Tan extraños como nosotros. Ellos ven solamente sus propias sombras que la luz proyecta sobre la pared interior de la cueva.
-Eso es verdad. ¿Cómo atinarían a ver otra cosa que sus sombras si no les es permitido volver el rostro?
- ¿Y no crees que de los objetos transportados sólo verían sus sombras?
-Ciertamente.
-Y si pudieran hablar entre ellos, ¿no convendrían mutuamente en dar a las sombras el nombre de las cosas mismas que representan?"
PLATÓN. "La República", Libro VII.
1
Hay una isla en el medio del océano donde vivían, en 1914, algunos ingleses, franceses y alemanes. El telégrafo no 1lega a la isla y el paquebote británico pasa cada sesenta días. Todavía no había llegado en el mes de septiembre y los isleños aun comentaban el último periódico con noticias del próximo juicio de la señora Caillaux, la asesina de Gastón Calmette. Así fue que un día, a mediados de septiembre, se reunió toda la colonia en el muelle, con más entusiasmo que el de costumbre, para oír de boca del capitán cuál había sido el veredicto. Se enteraron, en cambio, de que, desde hacía más de seis semanas, los ingleses y franceses, defendiendo la inviolabilidad de los tratados, se hallaban en guerra con los alemanes. Durante aquellas seis extrañas semanas se habían comportado como amigos, cuando en realidad eran enemigos.
Sin embargo, el problema de estos hombres no era tan distinto del de la mayoría de los habitantes de Europa. Para ellos el error había durado seis semanas: en el continente, el intervalo fue quizá tan sólo de seis días, o de seis horas, pero también hubo intervalo. Durante un momento, la imagen de Europa, según la cual los hombres manejaban como de costumbre sus asuntos, no correspondió para nada a la Europa que estaba por sembrar el desorden en sus vidas. Para cada hombre hubo un período de tiempo durante el cual se encontró aun adaptado a un ambiente que ya no existía. Por todo el mundo, y hasta en fechas tan tardías como el 25 de julio, los hombres seguían fabricando mercaderías que ya no podrían exportar, compraban otras que les sería imposible importar, proyectaban estudios, consideraban negocios, vivían esperanzados y a la expectativa, siempre en la creencia de que el mundo que conocían era el mundo real. Confiando en la imagen mental que de él se hacían, hasta escribían libros para describirlo. Y luego, pasados más de cuatro años, un jueves por la mañana, llegó la noticia del armisticio, y la gente pudo, por fin, manifestar un alivio inefable al saber que la matanza había acabado. No obstante lo cual durante los cinco días que precedieron al armisticio efectivo, y a pesar de que se hubiese celebrado ya el fin de la guerra, murieron aun varios miles de jóvenes en los campos de batalla.
Mirando hacia atrás vemos cuán indirecto es nuestro conocimiento del ambiente en el cual vivimos. Las noticias nos llegan a veces con rapidez, otras veces con lentitud, pero tomamos lo que creemos ser una imagen verdadera por el ambiente auténtico. Resulta más difícil aplicar esto a las creencias que rigen actualmente nuestros actos, pero en lo que se refiere a otros pueblos y a tiempos remotos, pretendemos que es fácil saber cuándo se tomaba absolutamente en serio lo que sólo eran imágenes ridículas del mundo. Gracias a nuestra visión a posteriori, insistimos en que el mundo, tal como deberían haberlo conocido esos pueblos, y el mundo tal como en efecto lo conocieron, fueron a menudo dos cosas completamente contradictorias. Vemos también que, mientras gobernaban y luchaban, mientras comerciaban y pretendían realizar reformas en el mundo que ellos imaginaban, obtenían resultados, o no los obtenían, en el mundo tal como era de verdad: salieron en busca de las Indias y descubrieron a América; diagnosticaron al maligno y quemaron ancianas; creyeron que podrían enriquecerse vendiendo siempre sin comprar nunca; un califa, obedeciendo a lo que él tomaba por voluntad de Alá, quemó la biblioteca de Alejandría.
Alrededor del año 389, San Ambrosio cita en sus escritos el caso del prisionero de la caverna de Platón que se niega resueltamente a dar vuelta la cabeza. "La discusión sobre la naturaleza y la posición de la tierra no contribuye en nada a nuestra esperanza de una vida futura. Basta saber lo que afirman las Escrituras: ‘Dios cuelga la tierra sobre la nada' (Job, XXVI, 7) ¿Por qué entonces discutir si Dios colocó la tierra en el aire o en el agua, e iniciar una controversia sobre la manera en que el aire liviano puede sostenerla, o, si fue colocada sobre las aguas, razón por la cual no va a estrellarse contra el fondo?... No es porque se encuentre en el centro, como suspendida en equilibrio, que la tierra permanece estable por encima de la inestabilidad y del vacío, sino porque la majestad de Dios la obliga a ello por la ley de Su voluntad."
No contribuye para nada a nuestra esperanza de una vida futura, basta saber lo que afirman las escrituras, no vale la pena discutir... Sin embargo, un siglo y medio más tarde la opinión seguía perturbada, en esta ocasión por el problema de los antípodas. Se le encargó entonces a un monje llamado Cosmas, famoso por sus triunfos científicos, que escribiera una topografía cristiana, u "Opinión cristiana sobre el mundo". No hay duda que Cosmas sabía exactamente lo que se esperaba de él, pues basó todas sus conclusiones sobre su interpretación de las Escrituras: el mundo es un paralelogramo chato, dos veces más ancho de este a oeste que de norte a sur; en el centro está la tierra, rodeada de océano, el cual, a su vez, está rodeado por otra tierra donde vivían los hombres antes del diluvio; de esta otra tierra zarpó Noé; en el norte se encuentra una elevada montaña cónica, alrededor de la cual giran el Sol y la Luna; cuando el Sol se esconde detrás de la montaña es de noche; el cielo está pegado a los bordes de la tierra exterior y consta de cuatro altas paredes que se encuentran en un techo cóncavo, de manera que la tierra es el piso del universo; hay un océano del otro lado del cielo que forma "las aguas que están sobre los cielos"; el espacio entre el océano celestial y el último techo del universo pertenece a los benditos y el espacio entre la tierra y el cielo está habitado por los ángeles; finalmente, puesto que San Pablo ha dicho que todos los hombres fueron creados para vivir sobre "la faz de la tierra", ¿cómo se podría vivir sobre el dorso, donde se supone que están los Antípodas? "Con este pasaje ante sus ojos, un cristiano no debería ni hablar de los Antípodas."
Menos aun debe ir hacia los Antípodas y ningún príncipe cristiano debe darle una embarcación para intentarlo. Por otra parte, un marino religioso ni siente deseos de hacerlo. Cosmas no encontraba, en lo más mínimo, que su mapa fuese absurdo. Sólo al pensar en su convicción absoluta de que éste era el mapa del universo, podemos llegar a comprender el temor que le hubiesen inspirado Magallanes, Peary o el aviador que corrió el riesgo de chocar con los ángeles y la bóveda celeste al volar en el aire a una altura de siete millas. De la misma manera, podremos comprender mejor la furia de las guerras y de la política si recordamos que casi todos los partidos creen, en forma absoluta, en la imagen que se hacen de la oposición y que toman por hechos, no los que en realidad lo son, sino los que suponen ser hechos. Como Hamlet, apuñalan a Polonio detrás de la cortina que cruje, creyendo que es el rey, y quizá como Hamlet agreguen:
"¡Y tú, miserable, temerario, entremetido, bobo, adiós!
Te había tomado por alguien más elevado; sufre tu suerte."
2
En general, el público conoce a los grandes hombres, aun durante su vida, a través de una personalidad ficticia. De ahí la parte de verdad que hay en el dicho: "Ningún hombre es un héroe para su criado". Sólo una parte de verdad, ya que a menudo el criado, o el secretario privado, se encuentran presos también de la ficción. Los personajes de la realeza tienen, por supuesto, personalidades fabricadas. Pueden creer ellos mismos en el personaje público que encarnan o limitarse a que el chambelán dirija sus entradas en escena, pero siempre están compuestos de, por lo menos, dos seres distintos: un yo público y real, otro privado y humano. Más o menos todas las biografías de los grandes hombres se reducen a las historias de estos dos seres: el biógrafo oficial reproduce la vida pública, las memorias revelan la otra. El Lincoln de Charnwood, por ejemplo, es un retrato lleno de nobleza, no de un ser humano real y efectivo, sino de una figura épica, repleta de significado, que se mueve casi al mismo nivel que Eneas o San Jorge. El Hamilton de Oliver es una majestuosa abstracción, la escultura de una idea, "un ensayo de la unión americana", como lo llama el mismo Oliver. Es un monumento solemne a 1a política del federalismo, pero apenas la biografía de una persona. A veces, cuando la gente cree revelar su vida interior no hace más que crearse una fachada. Los diarios de Repington y de Margot Asquith son tipos de autorretratos en los cuales el detalle íntimo constituye un indicio sumamente revelador de lo que los autores gustan pensar de ellos mismos.
Pero el tipo de retrato más interesante es el que nace espontáneamente en las mentes de la gente. Cuando subió al trono la reina Victoria, dice Lytton Strachey, "hubo una gran ola de entusiasmo en el público de afuera. Lo sentimental y lo novelesco se estaban poniendo de moda y el espectáculo de la niña reina, inocente y modesta, con cabellos rubios y mejillas rosadas, que atravesaba su capital, llenó los corazones de los espectadores de afecto y lealtad. Lo que más fuertemente impresionó a todos fue el contraste entre la reina Victoria y sus tíos. Los viejos desagradables, relajados, egoístas, testarudos y ridículos, con su eterna carga de deudas, confusiones y vergüenzas, habían desaparecido, como las nieves de invierno, y aquí, por fin, coronada y radiante, estaba la primavera".
Jean de Pierrefeu vio en forma directa esta idolatría de los héroes, pues era oficial del estado mayor de Joffre en la época de apogeo:
Durante dos años, el mundo entero rindió un homenaje casi divino al vencedor del Marne. El encargado de los equipajes se doblaba realmente en dos, bajo el peso de las cajas, los paquetes y las cartas que le enviaban gentes desconocidas, en testimonio frenético de admiración. Creo que ningún comandante, fuera del general Joffre, ha podido hacerse una idea semejante de la gloria durante la guerra. Le enviaban cajas de bombones de las más grandes confiterías del mundo, cajones de champaña, vinos finos de todas las cosechas, fruta, caza, adornos, utensilios, ropa, artículos para fumar, tinteros, pisapapeles. Cada región mandaba su especialidad. E1 pintor enviaba su cuadro, el escultor su estatuita, la encantadora anciana la bufanda o las medias y el pastor, en su choza, tallaba una pipa especialmente para él. Todos los fabricantes del mundo hostil a los alemanes enviaban sus productos: La Habana sus cigarros, Portugal su oporto. Conocí a un peluquero que no encontró nada mejor que hacer un retrato del general utilizando el cabello de sus seres queridos; un calígrafo profesional tuvo la misma idea, pero los rasgos estaban formados por miles de frases cortas, escritas con letra minúscula, que cantaban las alabanzas del general. En cuanto a las cartas, las tenía de todas las caligrafías, de todos los países, en todos los dialectos: cartas afectuosas, agradecidas, desbordantes de cariño, llenas de adoración. Lo llamaban el salvador del mundo, el padre de su país, el agente de Dios, el bienhechor de la humanidad, etc.... Y no sólo los franceses, sino también los norteamericanos, argentinos, australianos, etc., etc.... Miles de niñitos, sin que sus padres lo supieran, tomaban la pluma y le escribían para manifestarle su cariño: la mayoría lo llamaba Padre Nuestro. Estas efusiones, esta adoración, los suspiros de alivio que escapaban de miles de corazones ante la derrota del barbarismo, estaban impregnadas de una dolorosa agudeza. Para todas estas almas inocentes, Joffre era un San Jorge que aplasta al león. No hay duda de que encarnaba, en la conciencia de la humanidad, la victoria del bien sobre el mal, de la luz sobre las tinieblas.
Dementes, bobos, locos a medias y locos del todo dirigieron sus mentes ensombrecidas hacia él, como quien mira a la razón misma. He leído una carta de una persona que vivía en Sydney, pidiendo al general que lo salvara de sus enemigos; otro, un neocelandés, le pidió que mandase unos soldados a la casa de un señor que le debía diez libras y se negaba a pagárselas.
Finalmente, centenares de muchachas, venciendo la timidez característica del sexo, pidieron comprometerse con él, a escondidas de sus familias; otras deseaban tan sólo servirlo.
Las victorias ganadas por su estado mayor y sus tropas, la desesperación de la guerra, los duelos individuales y la esperanza de una futura victoria, todo esto combinado había creado la imagen idealizada de Joffre. Pero, además de la idolatría de los héroes, existe el exorcismo de los demonios, fabricados según el mismo mecanismo que encarna a los héroes. Si todo lo bueno provenía de Joffre, Foch, Wilson o Roosevelt, todo lo malo tenía su origen en el kaiser Guillermo, Lenin y Trotsky, quienes eran tan todopoderosos en el mal como lo eran los héroes en el bien. Para muchas mentes ingenuas y atemorizadas no había contratiempo político, huelga, obstáculo, muerte inexplicada o conflagración misteriosa en todo el mundo cuyas causas no se remontasen a estas fuentes personales de maldad.
3
El hecho de que todo el mundo concentre su atención sobre una personalidad simbólica es lo suficientemente raro como para que se lo encuentre extraordinario, y cada autor cita aquel caso preferido, para él sorprendente e incontestable. La vivisección de la guerra pone en evidencia dichos ejemplos, pero éstos no nacen de la nada. En una vida pública más normal, estas imágenes simbólicas influyen igualmente sobre el comportamiento, pero cada símbolo resulta menos concluyente por haber tantos otros que rivalizan con él. No sólo está cargado con menos sentimientos por representar a una parte de la población, sino que aun dentro de esa parte hay una supresión infinitamente menor de las diferencias individuales. En épocas de mediana seguridad, los símbolos de la opinión pública están sujetos a represiones, comparaciones y discusiones. Vienen y van, sirven de nexos, se olvidan, y nunca organizan del todo las emociones del grupo. Después de todo, queda tan sólo una actividad humana en la cual los pueblos llevan a cabo la unión sagrada: esto ocurre en esas fases intermedias de una guerra, cuando el temor, la pugnacidad y el odio han logrado dominar completamente al espíritu, ya sea para aplastar a los demás instintos que en él quedan, o bien para lograr su adhesión antes de que se canse.
En casi todos los demás momentos, y aun durante la guerra, cuando la lucha está paralizada, surge una gran cantidad de sentimientos, creando conflictos, opciones, hesitaciones y compromisos. Ya veremos más adelante que el simbolismo de la opinión pública lleva, en general, la marca de este interés oscilante. Pensemos, por ejemplo, en lo rápido que desapareció, después del armisticio, el símbolo precario de la Unión Aliada, que nunca llegó a implantarse con éxito, y cómo, inmediatamente después, se derrumbaron las imágenes simbólicas que cada país se hacía de los demás: Gran Bretaña, defensora de la ley pública; Francia, vigía en la frontera de la libertad; Norteamérica, conductora de cruzadas. Pensemos además cómo se fue diluyendo dentro de cada nación, la imagen simbólica que tenía de sí misma, cuando, por conflictos de clase y partido y por ambiciones personales, se empezaron a remover cuestiones que habían sido postergadas; cómo cayeron las imágenes simbólicas de los líderes, Wilson, Clemenceau y Lloyd George, que cesaron de encarnar la esperanza humana y se volvieron tan sólo los negociadores y administradores de un mundo desilusionado.
No se trata de saber aquí si lamentamos este hecho como uno de los dulces males de la paz o si lo aplaudimos como un regreso a la cordura. Nuestra primera preocupación al tratar con ficciones y símbolos es olvidar sus valores en el orden social existente y pensar que son simplemente una parte importante de la maquinaria de la comunicación humana. Ahora bien, en cualquier sociedad que no se encierre por completo en sus propios intereses y que sea lo suficientemente reducida para que cada uno se entere a fondo de todo lo que ocurre, las ideas se refieren a sucesos lejanos y difíciles de comprender. La señorita Sherwin, en Gopher Prairie, sabe que en Francia hay una guerra terrible y quiere imaginársela. No ha estado nunca en ese país y por cierto que nunca ha recorrido lo que, en ese momento, es el frente de batalla. Ha visto fotografías de soldados franceses y alemanes, pero le es imposible imaginar tres millones de hombres. Nadie, por otra parte, es capaz de imaginar tal cosa, y los profesionales ni intentan hacerlo. Cuando piensan en los soldados, lo hacen más bien en términos de divisiones. Pero la señorita Sherwin no tiene ningún acceso al universo de la tacticografía y si ha de pensar en la guerra, se aferra mentalmente a Joffre y al kaiser como si estuviesen comprometidos en un duelo personal. Si pudiésemos ver lo que ella ve con la mente, la estructura de esta imagen se parecería sin duda bastante a los grabados del siglo XVIII que representan al gran soldado: de pie, audaz y sereno, de estatura mayor que la real, con un nublado ejército de minúsculas figuras que se pierden en el paisaje de fondo. Parece que los grandes hombres también tienen en cuenta estas ilusiones. Jean de Pierrefeu relata la visita de un fotógrafo a Joffre. El general estaba "en su despacho burgués, frente a una mesa sin papeles a la cual se sentaba para firmar. De golpe notó que no había mapas en las paredes y como, según las ideas populares, no es posible concebir a un general sin mapas, se colocaron, para la foto, algunos que luego fueron retirados".
El único sentimiento que puede experimentar una persona sobre un hecho no vivido, as el sentimiento que despierta en ella la imagen mental que se hace del hecho. Por ello no podemos comprender verdaderamente los actos de los demás mientras no sepamos lo que ellos creen saber. He visto cómo una joven, criada en una ciudad minera de Pennsylvania, pasaba del más absoluto buen humor a un paroxismo de tristeza cuando un golpe de viento rompió uno de los vidrios de la ventana de la cocina. Durante horas estuvo desconsolada, sin que yo pudiera comprenderla. Cuando pudo hablar, explicó que si un vidrio se rompía eso significaba que un pariente cercano había muerto. La joven lloraba a su padre, de cuya casa había huido por el temor que le inspiraba. Por supuesto que el padre se encontraba bien vivo y una averiguación telegráfica nos lo confirmó poco después. Pero, hasta que llegó el telegrama, el vidrio roto fue para la joven un mensaje auténtico.
Sólo un hábil psiquiatra, mediante una investigación a fondo, podría demostrarnos la razón de esta actitud. Pero, hasta el observador más fortuito hubiese podido ver que la joven había sufrido una alucinación, y, terriblemente trastornada por sus problemas familiares, había creado una ficción pura a partir de un hecho externo, del recuerdo de una superstición, de un alborotado arrepentimiento y del miedo y cariño que sentía hacia su padre.
En estos casos la anormalidad es sólo una cuestión de intensidad. Cuando un secretario de Justicia, asustado por la explosión de una bomba en el umbral de su casa, se convence, al leer lecturas revolucionarias, que estallará una revolución el 19 de mayo de 1920, reconocemos, en gran parte, que actúa el mismo tipo de mecanismo. La guerra, claro está, proporcionó muchos ejemplos de este proceso: el caso fortuito, la imaginación creadora, el deseo de creer y, como resultado de estos tres elementos, la falsificación de la realidad que provocaba una reacción violenta e instintiva. Es evidente que, bajo ciertas condiciones, los hombres responden con la misma fuerza a las ficciones y a la realidad, y que en muchos casos contribuyen a crear aquellas ficciones a las cuales responden. Que arroje da primera piedra quien no pensó que el ejército ruso pasaría por Inglaterra en agosto de 1914, quien no aceptó cualquier relato de atrocidades sin pruebas directas, quien nunca creyó ver un ardid, un traidor, o un espía donde no lo había. Que arroje la primera piedra quien nunca anunció a los demás lo que había oído decir a alguien, no mejor informado que él, como si se tratase de da verdad real y profunda.
En todos estos ejemplos debemos notar, particularmente, un factor común: la inserción de un pseudoambiente entre el hombre y su ambiente real. El comportamiento del hombre responde a ese pseudoambiente, pero, como es comportamiento efectivo, las consecuencias, si son actos, obran no en el pseudoambiente donde el comportamiento encuentra su estímulo, sino en el verdadero ambiente donde se desarrolla la acción. Si el comportamiento no es un acto práctico, sino lo que llamamos, aproximadamente, pensamiento y emoción, puede pasar mucho tiempo antes de que haya una ruptura notable en da textura del mundo ficticio. Pero cuando el estímulo del peseudohecho se resuelve en acción sobre las cosas o sobre las demás gentes, pronto surge la contradicción. Entonces uno tiene la sensación de golpearse la cabeza contra un muro de piedra, de estar aprendiendo por experiencia, de asistir a una tragedia de Herbert Spencer, el "Asesinato de una Bella Teoría por una Pandilla de Hechos Brutales". En suma, la sensación molesta de una mala adaptación, ya que indudablemente, en el nivel de la vida social, lo que llamamos adaptación del hombre a su ambiente se lleva a cabo por intermedio de ficciones.
Por ficción no quiero decir mentira, sino representación del ambiente que, en mayor o menor grado, ha sido hecha por el hombre mismo. El campo abarcado por la ficción va desde la completa alucinación hasta el caso del científico que utiliza a sabiendas el modelo esquemático, o decide que la exactitud, más allá de un cierto número de decimales, carece de importancia en su problema particular. Una obra de ficción puede tener cualquier grado de fidelidad, y mientras se pueda tener en cuenta dicho grado, la ficción no es engañosa. La cultura humana es, en gran parte, selección, orden, planeamiento y estilización de lo que William James 1lamó: "las irradiaciones y los apaciguamientos fortuitos de nuestras ideas". Alterna con el uso de ficciones la exposición total a las mareas y contramareas de la sensación. No es ésta una verdadera alternación, ya que, por más refrescante que sea a veces mirar con ojos perfectamente inocentes, la inocencia no es una sabiduría por sí misma, si bien puede ser una fuente y también un correctivo de la sabiduría.
El verdadero ambiente es, en su conjunto, demasiado vasto, demasiado complejo y demasiado fugaz para el conocimiento directo. No estamos equipados para tratar con tanta sutileza, tanta variedad, tantas permutaciones y combinaciones. Y aunque debemos actuar en ese medio, tenemos que reconstruirlo sobre un molde más sencillo antes de poder manejarlo. Los hombres necesitan mapas del mundo para poder recorrerlo: la dificultad invariable es encontrar mapas en los cuales sus necesidades propias, o las de los demás, no los hayan impulsado a dibujar la costa de Bohemia.
4
El analista de la opinión pública debe comenzar por reconocer la relación triangular entre la escena de la acción, la representación humana de dicha escena y la respuesta del hombre a esa representación que se manifiesta en la escena de la acción. Vendría a ser una comedia sugerida a los actores por sus propias experiencias, pero cuya trama se desarrolla en la vida real de los actores y no sólo en sus papeles. El cinematógrafo acentúa, a menudo con gran habilidad, este doble drama de motivación interna y comportamiento externo. Dos hombres están discutiendo, ostensiblemente, por un dinero, pero la pasión que los anima resulta inexplicable. Luego la imagen se desvanece y nos muestran lo que uno y otro hombre ven mentalmente. Frente a frente, sentados a la mesa, discutían por dinero; pero, en el recuerdo, volvían a sus días de juventud cuando una chica lo dejó a uno de ellos para ir con el otro. El drama exterior ha sido explicado: el héroe no es codicioso, está enamorado.
Una escena no muy diferente fue representada en el Senado de los Estados Unidos. El 29 de septiembre de 1919 a la hora del desayuno, varios senadores leyeron un comunicado de prensa en el Washington Post, sobre el desembarco de la infantería de marina norteamericana en la costa dálmata. Decía el diario:
HECHOS YA ESTABLECIDOS
Parecen confirmados los siguientes hechos de importancia: las órdenes dadas al contralmirante Andrews, comandante de las fuerzas navales norteamericanas en el Adriático, provinieron del Almirantazgo Británico, por intermedio del Consejo de Guerra y del contralmirante Knapps, de Londres. No se solicitó la aprobación ni la desaprobación del Ministerio de Marina norteamericano...
SIN EL CONOCIMIENTO DE DANIEL
El señor Daniel admitió encontrarse en una posición algo particular cuando, al llegar aquí los cablegramas, se supo que las fuerzas sobre las cuales él tenía supuestamente un control exclusivo, estaban librando, ni más ni menos, un combate naval sin su conocimiento. Era evidente que el Almirantazgo Británico pudiese querer dar órdenes al contralmirante Andrews para actuar en nombre de Gran Bretaña y sus aliados, ya que la situación requería sacrificios de parte de alguna nación, si se quería frenar a los partidarios de D'Annunzio.
Pero era también evidente que, según el nuevo plan de la Liga de las Naciones, los extranjeros estarían en posición de dirigir las fuerzas de la marina norteamericana, en casos de emergencia con o sin el con: sentimiento del Ministerio de Marina norteamericano..., etc. (Subrayado por mí.)
El primer senador que hizo un comentario fue Knox, de Pennsylvania. Lleno de ira, reclama una investigación. En el caso de Brandegee, de Connecticut, quien habló después, la indignación ya ha estimulado la credulidad. Mientras Knox, indignado, deseaba saber si el comunicado era verídico, Brandegee, medio minuto más tarde, quiere saber lo que hubiese ocurrido si hubiesen matado a soldados norteamericanos. Knox, olvidando que ha hecho una pregunta, responde: si hubieran matado a soldados norteamericanos, habría guerra. El tono del debate es aun condicional. Continúa la sesión. McCormick, de Illinois, recuerda al Senado que la administración de Wilson es favorable a las guerras poco importantes y no autorizadas. Repite el dicho de Teodoro Roosevelt: "hacer la paz guerreando". Más debate. Brandegee advierte que los soldados actuaron "según órdenes de un Consejo Supremo que celebraba sesiones en algún lado", pero no puede recordar quién representaba a los Estados Unidos en ese cuerpo. La Constitución norteamericana desconoce dicho Consejo. Entonces, el señor New, de Indiana, presenta una resolución para solicitar los hechos verídicos.
Hasta allí los senadores aun admiten vagamente estar discutiendo un rumor. Como abogados, todavía recuerdan algunas de las formas de la evidencia, pero como hombres de carne y hueso experimentan, desde ya, toda la indignación propia al hecho de que un gobierno extranjero haya dado órdenes a la marina norteamericana de hacer una guerra, sin el consentimiento del Congreso. Emocionalmente desean creerlo, porque son todos miembros del partido republicano y combaten a la Liga de las Naciones. Esto sacude al señor Hitchcock, de Nebraska, líder demócrata, quien defiende al Consejo Supremo por haber actuado con poderes de guerra. La paz aun no ha sido declarada y el atraso, según él, se debe a los republicanos; por lo tanto, la acción era necesaria y legal. Ambos lados aceptan ahora que el comunicado es verídico y las conclusiones que de él sacan son conclusiones de partido. Y, sin embargo, esta extraordinaria suposición se da en un debate donde se trata la investigación de la autenticidad de dicha suposición. Esto revela cuán difícil es, aun para abogados experimentados, suspender la reacción hasta saber los resultados. La reacción es instantánea: la ficción es tomada como verdad porque se la necesita con urgencia.
Días más tarde, un comunicado oficial mostró que los infantes de marina no habían desembarcado por orden del gobierno británico ni del Consejo Supremo. No habían luchado contra los italianos; a pedido del gobierno italiano habían desembarcado para protegerlos, y las autoridades italianas habían agradecido al comandante norteamericano. La marina norteamericana no estaba en guerra contra Italia, simplemente había actuado de acuerdo con una práctica internacional establecida, que nada tenía que ver con la Liga de las Naciones.
La escena de la acción fue el Adriático. La imagen mental que se hicieron los senadores en Washington de esta escena les fue inspirada, probablemente con intenciones de engaño, por un hombre a quien nada le importaba el Adriático, pero sí mucho derrotar a la Liga. A esta imagen respondió el Senado con una ratificación de las diferencias partidarias sobre la Liga.
5
No es necesario decidir en este caso particular si el Senado se encontraba por encima o por debajo de su estado normal; ni tampoco si se puede comparar al Senado favorablemente con el Parlamento británico, ni con otros parlamentos. En este momento, sólo quiero considerar el espectáculo, aplicable a todo el mundo, de unos hombres que actúan sobre su ambiente, impulsados por estímulos de sus pseudoambientes. Cuando se hacen concesiones para los casos de fraude deliberado, la ciencia política debiera aun explicar hechos tales como el de dos naciones que se atacan mutuamente, convencida cada una de ellas de que está actuando en defensa propia, o el de dos clases que luchan entre sí, segura cada una de que lo hace en representación del interés común. Podríamos decir que viven en mundos diferentes, o, para ser más exactos, que viven en el mismo mundo, pero piensan y sienten en mundos diferentes.
A estos mundos especiales, a estas creaciones que nacen del individuo, del grupo, de la clase, de la región, de la ocupación, de la nación o de las sectas, se adapta la humanidad de la Gran Sociedad. Resulta imposible describir lo variados y complejos que son, y, sin embargo, estas ficciones determinan una buena parte del comportamiento político de los hombres. Debemos figurarnos quizá cincuenta parlamentos soberanos, formados al menos por cien cuerpos legislativos; junto con ellos existen no menos de cincuenta jerarquías de asambleas provinciales y municipales y todo esto, con sus órganos ejecutivos, administrativos y legislativos, constituye la autoridad formal sobre la Tierra. Pero esto apenas comienza a revelarnos la complejidad de la vida política, ya que, en cada uno de estos incontables centros de autoridad, hay partidos, que forman a su vez jerarquías arraigadas en clases, secciones, pandi1las y clanes, y dentro de estas últimas categorías hay políticas individuales, cada uno centro de una red de conexiones, recuerdos, miedos y esperanzas.
De alguna manera, y en general por razones necesariamente oscuras, estos cuerpos políticos, tras compromisos, cabildeos y dominaciones, dan órdenes que movilizan ejércitos o forjan la paz, que reclutan vidas, cobran impuestos, destierran y encarcelan, protegen la propiedad o la confiscan, alientan ciertas empresas, desalientan otras, facilitan o dificultan la inmigración, mejoran la comunicación o la censuran, fundan escuelas, construyen armadas, proclaman "programas políticos" y "destinos", levantan barreras económicas, construyen o destruyen propiedades, someten un pueblo al gobierno de otro, o favorecen una clase a expensas de otra. Para cada una de estas decisiones se tiene por concluyente una cierta visión de las hechos, se acepta una cierta visión de las circunstancias como base de ilación y como estímulo del sentimiento. ¿Cuál es esa visión de los hechos, y por qué se ha elegido precisamente ésa?
Sin embargo, ni aun esto comienza a disipar la complejidad. La estructura política antes mencionada se da en un ambiente social donde existen incontables corporaciones e instituciones numerosas o reducidas, asociaciones voluntarias o semivoluntarias, agrupaciones nacionales, provinciales, urbanas o vecinales, que toman, la mayoría de las veces, aquellas decisiones que registra el cuerpo político. ¿Sobre qué se basan estas decisiones?
"La sociedad moderna", dice Chesterton, "es intrínsecamente insegura porque se basa en la noción de que todos los hombres harán la misma cosa por motivos diferentes... Y que, mientras en la mente de un condenado está el infierno de un crimen solitario, en la casa o bajo el sombrero de cualquier empleado suburbano estará el limbo de una filosofía muy distinta. Supongamos que un primer hombre sea completamente materialista y que sienta que su propia mente es una fabricación de la horrible máquina de su cuerpo. Quizá hasta escuche sus pensamientos como el pesado tictac de un reloj. Su vecino podrá ser un adepto a la Ciencia Cristiana que considere su cuerpo como algo casi menos sustancial que su propia sombra. Podrá llegar casi a creer que sus propios brazos y piernas son ilusiones, como las serpientes movedizas en el sueño de delirium tremens. Puede que un tercer vecino no sea un adepto a esta secta, sino, por lo contrarío, un cristiano. Vivirá un cuento de hadas, como dirían sus vecinos, un cuento de hadas misterioso pero sólido, lleno de caras y presencias de amigos extraterrenos. El cuarto hombre puede ser teósofo, y, con toda probabilidad, vegetariano. Y no veo por qué no puedo darme el gusto de imaginarme el quinto como un adorador del diablo... Sea o no valiosa una variedad semejante, la unidad que resulta carece de solidez. Pretender que todos los hombres de todos los tiempos seguirán pensando cosas diferentes y que, sin embargo, harán las mismas cosas, es una especulación dudosa. Sería fundar una sociedad no sobre la base de una comunión, ni aun de una convención, sino de una coincidencia. Cuatro hombres pueden reunirse bajo un mismo farol; uno para pintarlo de color verde cotorra, participando así en la gran reforma municipal; otro, para leer su breviario bajo la luz; el tercero, para abrazarlo con casual apasionamiento, en un arranque de entusiasmo alcohólico, y, el último, tan sólo porque el farol verde cotorra es un punto de referencia visible para citarse con su novia. Pero sería imprudente esperar que esto ocurra todas las noches. . ."
Reemplacemos a los cuatro hombres alrededor del farol por los gobiernos, partidos, corporaciones, sociedades, grupos sociales, oficios y profesiones, universidades, sectas y nacionalidades del mundo. Pensemos en el legislador que vota un estatuto que afectará a pueblos lejanos, en el estadista que llega a una decisión, en la Conferencia de la Paz que reconstituye las fronteras de Europa, en el embajador ante un país extranjero que trata de discernir entre las intenciones de su propio gobierno y las del gobierno extranjero, en un agente que se ocupa de una concesión en un país subdesarrollado, en un editor que reclama una guerra, en un sacerdote que pide a la policía que controle las diversiones, en los miembros de un club que discuten en el salón sobre una huelga, en una asociación femenina que se dispone a arreglar el sistema escolar, en los nueve jueces que deciden si la legislatura de Oregón puede establecer horarios de trabajo para las mujeres, en una reunión de gabinete para decidir si se reconoce a un gobierno, en una asamblea de partido para elegir candidato y fijar una plataforma, en veintisiete millones de electores que echan la boleta en la urna, en un irlandés de Cork que piensa en un irlandés de Belfast, en una Tercera Internacional que piensa reconstruir totalmente la sociedad humana, en una junta de directores ante una lista de demandas de sus empleados, en un joven que elige una carrera, en un comerciante que calcula la oferta y la demanda para la temporada venidera, en un especulador que predice el curso del mercado, en un banquero que decide si debe dar crédito a una nueva empresa, en el que redacta los avisos publicitarios, en el que los lee... Pensemos en los diferentes tipos de norteamericanos cuando examinan sus propios conceptos sobre "el Imperio Británico", "Francia", "Rusia" o "México". No hay tanta diferencia con los cuatro hombres de Chesterton junto al farol verde cotorra.
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Por lo tanto, antes de complicarnos con la selva de sombras formada por las diferencias congénitas de los hombres, haremos bien en fijar la atención sobre las enormes diferencias entre las concepciones humanas del mundo. No dudo de que haya diferencias biológicas importantes: desde el momento en que el hombre es un animal, sería extraño que no las hubiera. Pero, como seres racionales, sería más que superficial empezar a generalizar sobre los comportamientos comparativos, mientras no haya una semejanza mensurable entre los medios a los cuales responden esos comportamientos. El valor pragmático de esta idea es el de introducir un sutil matiz en la vieja controversia sobre naturaleza y nutrición, cualidad ingénita y medio ambiente, pues el pseudoambiente es un compuesto híbrido de "naturaleza humana" y de "condiciones". A mi entender, esto demuestra la inutilidad de discurrir sobre lo que es y siempre será el hombre, partiendo de lo que le vemos hacer, o sobre aquellas condiciones que son necesarias en la sociedad, ya que no sabemos cómo se comportarían los hombres si respondiesen a los hechos de la Gran Sociedad. Todo lo que sabemos en realidad es cómo se comportan cuando responden a lo que razonablemente podemos llamar una imagen muy inadecuada de la Gran Sociedad. Partiendo de esta evidencia, no se puede sacar ninguna conclusión honesta sobre el hombre ni sobre la Gran Sociedad.
Será ésa, por lo tanto, la clave de nuestra encuesta. Supondremos que lo que hace cada hombre no se basa en el conocimiento directo y seguro, sino en las imágenes hechas por él mismo o que le han sido dadas. Si su atlas le dice que la Tierra es plana, no navegará cerca de lo que él cree que es el borde de nuestro planeta, por miedo a caerse; si en sus mapas figura una fuente de Juvencia, saldrá un Ponce de León a buscarla; si alguien desentierra un polvo amarillo que parece oro, se comportará durante un tiempo como si hubiese encontrado oro. La manera cómo imaginan el mundo determina en todo momento lo que harán los hombres. No determina lo que lograrán hacer: determina su esfuerzo, sus sentimientos, sus esperanzas, pero no sus éxitos y resultados. Los hombres que proclaman con mayor fuerza su "materialismo" y su desprecio por los "ideólogos", los comunistas marxistas, ¿en qué ponen su esperanza? En la formación, mediante la propaganda, de un grupo con conciencia de clase. Pero, ¿qué es la propaganda, sino el esfuerzo de modificar la imagen a la cual responden los hombres, de sustituir un molde social por otro? ¿Qué es la conciencia de clases sino una manera de tomar conciencia del mundo? ¿Y qué la conciencia de especie, del profesor Giddings, sino un proceso de creer que reconocemos en la muchedumbre a algunos seres marcados como pertenecientes a nuestra especie?
Intentemos explicar la vida social diciendo que es la persecución del placer y la prevención del dolor. Pronto diremos que el hedonista asume la cuestión sin pruebas, puesto que aun suponiendo que el hombre persiga estos fines, el problema decisivo de la razón por la cual cree que seguir un curso dado le proporcionará más placer que seguir otro, está aun por resolver. ¿Explica el problema el decir que la conciencia del hombre es su guía? Entonces, ¿por qué tiene la conciencia particular que tiene? ¿La teoría del interés propio? Pero, ¿cómo conciben los hombres su propio interés en un sentido y no en otro? ¿El deseo de seguridad, de prestigio, de poder o de una vaga realización de sí mismo? Pero ¿cómo conciben los hombres su seguridad, qué consideran prestigio, cómo entienden los medios de llegar al poder y cuál es esa noción de ser que desean realizar? Placer, dolor, conciencia, adquisición, protección, aumento de valor, dominio, he ahí algunos nombres que, sin duda, podemos dar a las maneras de comportarse de la gente. Puede que haya disposiciones instintivas que contribuyan a esos fines, pero no basta nombrar el fin, ni describir la tendencia a obtenerlo, para explicar el comportamiento que resulta. El mero hecho de que los hombres teoricen es la prueba de que sus pseudoambientes, sus imágenes interiores del mundo, son elementos determinantes del pensamiento, el sentimiento y la acción; si la relación entre la realidad y la reacción humana fuese directa e inmediata, en cambio de indirecta y deducida, no se conocerían la indecisión y el fracaso, y (si cada uno de nosotros cupiese en el mundo tan cómodamente como el niño en la matriz) Bernard Shaw no hubiese podido decir que ningún ser humano se las arregla tan bien como una planta, salvo durante los primeros nueve meses de su vida.
La gran dificultad de adaptar el planteo psicoanalítico al pensamiento político surge de esta relación. Los freudianos se preocupan por la inadaptación de individuos determinados frente a otros individuos y a situaciones concretas. Han supuesto que, si los desarreglos internos se pudiesen solucionar, no habría casi confusión en la relación normal y evidente. Pero la opinión pública trata con hechos indirectos, invisibles y enmarañados, en los cuales nada es evidente. Las situaciones a las cuales se refiere, se conocen sólo como opiniones. El psicoanalista, en cambio, pretende casi siempre que es posible conocer el ambiente y que, si no es conocible, es por lo menos soportable, para cualquier inteligencia despejada. De esta suposición surge el problema de la opinión pública. En lugar de dar por aceptado aquel ambiente que se conoce fácilmente, el analista social se preocupa más por estudiar la concepción de un ambiente político más amplio. El psicoanalista estudia da adaptación al elemento X, que él llama ambiente; el analista social estudia el elemento X, pero lo llama pseudoambiente.
Por supuesto que está permanentemente en deuda con la nueva psicología, no sólo por lo mucho que ayuda a la gente a desempeñarse por sí sola, cuando está bien aplicada, sino porque el estudio de los sueños, la fantasía y la racionalización han aclarado el proceso de formación del pseudoambiente, pero no puede asumir como criterio suyo lo que se llama "una carrera biológica normal" dentro del orden social existente, ni una carrera "liberada de la opresión religiosa y de las convenciones dogmáticas" fuera de ese orden. Pues, ¿qué es, para un sociólogo, una carrera social normal o una carrera libre de opresiones y convenciones? Los críticos conservadores asumen, claro está, la primera idea y, los románticos, la segunda. Pero, al asumirlas, dan por aceptado al mundo entero. Dicen, efectivamente, o bien que la sociedad corresponde a la idea que ellos se hacen de la normalidad, o bien que corresponde a la idea de libertad. Ambas ideas no son más que opiniones públicas, y mientras que el psicoanalista, como médico, puede quizá asumirlas, el sociólogo no puede tomar el producto de la opinión pública existente como criterio para estudiar la opinión pública.
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El mundo con el cual debemos tratar políticamente se encuentra fuera del a1cance de la vista y de la mente. Debe ser explorado, divulgado e imaginado. El hombre no es ningún dios aristotélico que abarca toda la vida de un vistazo, sino la criatura de una evolución, y apenas puede abarcar la porción de realidad suficiente para poder sobrevivir, arrebatando lo que en la escala del tiempo no son más que unos minutos de discernimiento y felicidad. Sin embargo, esta misma criatura ha inventado maneras de ver lo que es imposible ver a simple vista, de oír lo que ningún oído puede oír, de pesar masas inmensas o infinitesimales, de contar y separar más elementos de los que puede recordar individualmente. Está aprendiendo a ver con la mente vastos sectores del mundo que antes no podía ver, tocar, oler, oír o recordar. Poco a poco se hace una imagen mental fidedigna del mundo que no alcanza.
Llamamos, en general, asuntos públicos a aquellos rasgos del mundo exterior que tienen algo que ver con el comportamiento de otros seres humanos, en la medida en que ese comportamiento se cruza con el nuestro, depende de nosotros o nos resulta interesante. Las imágenes mentales de estos seres humanos, las imágenes de ellos mismos, de los demás, de sus necesidades, propósitos y relaciones, constituyen sus opiniones públicas. Aquellas imágenes, influidas por grupos de personas o por individuos que actúan en nombre de grupos, constituyen la Opinión Pública, con mayúscula. Así, en los siguientes capítulos, averiguaremos primero algunas de las razones por las cuales la imagen mental engaña tan a menudo a los hombres en su relación con el mundo exterior. Bajo este encabezamiento consideraremos primero los factores principales que limitan el acceso a los hechos, a saber: la censura artificial, los contactos sociales limitados, el tiempo relativamente reducido del cual se dispone diariamente para atender a los asuntos públicos, la tergiversación que surge de que los hechos deban ser abreviados en mensajes muy cortos, la dificultad de expresar un mundo complicado con un vocabulario reducido, y, finalmente, el temor de afrontar aquellos hechos que parecerían amenazar la rutina establecida de la vida humana.
Luego de estas limitaciones más o menos externas, pasaremos a analizar en qué forma este desfile de mensajes del mundo exterior se encuentra afectado por las imágenes almacenadas, las concepciones previas y los prejuicios que interpretan y clasifican estos mensajes, dirigen el movimiento de nuestra atención y aun nuestra visión. De allí pasamos a examinar cómo, en cada persona, los limitados mensajes del mundo exterior, formando un molde estereotipado, se identifican en cada individuo con sus propios intereses, tal como él los siente y concibe. En las secciones que siguen, examinamos de qué manera se cristalizan las opiniones formando lo que se llama la Opinión Pública, cómo se forma una Voluntad Nacional, una mentalidad de grupo, un propósito social o lo que sea.
Las cinco primeras partes constituyen el sector descriptivo del libro. Sigue luego un análisis de la tradicional teoría democrática de la opinión pública. La sustancia del razonamiento es que la democracia, en su forma original, nunca afrontó seriamente el problema de que las imágenes mentales de la gente no coincidiesen automáticamente con el mundo exterior. Luego, puesto que la teoría democrática está sometida a la crítica de los pensadores socialistas, viene un examen de aquellos juicios críticos más avanzados y más coherentes, tales como los formulados por los miembros de la Liga Inglesa de Socialistas. Es mi propósito averiguar si estos reformistas tienen en cuenta las principales dificultades de la opinión pública, y llego a la conclusión de que las ignoran tan completamente como los demócratas, porque ellos también aceptan, y en un mundo mucho más complicado, que de alguna misteriosa manera existe en los corazones de los hombres un conocimiento del mundo exterior.
Yo sostengo que el gobierno representativo, tanto en lo que comúnmente se llama política como en la industria, no puede funcionar con éxito, cualesquiera sean las bases de la elección, si no hay una organización experta e independiente que haga inteligibles los hechos ocultos para aquellos que toman las decisiones. Por lo tanto, intento argumentar que sólo aceptando seriamente el principio de que la representación personal debe ser suplida por la representación de los hechos ocultos, se podría llegar a una descentralización satisfactoria y escaparíamos a la intolerable e inútil ficción de que cada uno de nosotros debe adquirir una opinión competente sobre todos los asuntos públicos. Mantengo que el problema de la prensa es confuso porque los críticos y apologistas esperan que ella lleve a cabo esa ficción, compensando todo lo que no estaba previsto en la teoría de la democracia, y los lectores esperan que este milagro se cumpla sin ocasionarles gasto ni molestia. Las personas democráticas ven en los periódicos las panaceas para sus defectos, mientras que el análisis de la índole de las informaciones y del fundamento económico del periodismo parecería mostrar que los periódicos, necesaria e inevitablemente, reflejan, y, por ende, de mayor o menor manera intensifican, la organización defectuosa de la opinión pública. Concluyo que las opiniones públicas deben organizarse para la prensa, si se quiere que sean sólidas, y no ser organizadas por la prensa como ocurre actualmente. Concibo que esta organización será, en primera instancia, la tarea de una ciencia política que habrá ganado su verdadero lugar de expositora que se adelanta a la decisión efectiva, en vez de ser apologista, crítica o relatora, después que la decisión ha sido tomada. Trato de demostrar cómo las perplejidades del gobierno y la industria conspiran para dar a la ciencia política esta enorme oportunidad de enriquecerse y servir al público, y por supuesto que espero que estas páginas ayuden a algunos a tomar más plenamente conciencia de esta oportunidad y, por lo tanto, a dedicarse a ella más profundamente.
lunes, agosto 07, 2006
A propósito de la guerra.

Anécdota. Este verano visitamos con tito (de espalda y pelo largo) un par de ciudades y de pueblitos de la provincia de Santa Cruz. En todos y cada uno había negocios relacionados con el sionismo. A todos y cada uno quise sacarles fotos (¡cuándo no!), pero la cámara siempre, de alguna forma inexplicable, se ponía en modo AV. Cinco fotos a comercios sionistas, todas veladas. Esta foto, en la que aparece el comercio "Monte de Sion" -de violeta y verde furioso-, quedó en pie porque la saqué dos veces. Algo inexplicable. La nueva guerra (la guerra de siempre, la guerra como excusa) me hizo recordar esta particular anécdota y me llevó, de vuelta, a la foto.
domingo, agosto 06, 2006
Plagia bien sin mirar a quién
También vale ver algunos artículos relacionados con esto en La mala palabra (http://www.milmamuts.com.ar/lamalapalabra/); en el número 12, por ejemplo, el de Benjamín Kozag ("Apuntes para explicar algunas cuestiones sobre copyright, autoría y plagio en diez minutos") o, en el número 13, el de Pedro de las Heras Quirós y Jesús González Barahona ("Y la información sera libre, ¿o no?").
¿Existe el "robo" aceptable?
Por Eduardo Berti
Para que no me acusen de plagio voy a empezar por citarme: entre los personajes de Todos los Funes hay un abogado que refiere el caso de un escritor al que le plagian su primera novela de manera desfachatada: se trata del mismo libro, sólo que donde él escribe "la casa era grande", el otro pone "el hogar era espacioso", y así sucesivamente. Lo que indigna no es tanto que el tipo haya plagiado (todo camino artístico es una imitación poco o más feliz, poco o más fiel), sino la extrema pobreza del procedimiento.
¿Hay un plagio "aceptable" y otro que no? Si el método es creativo, no un simple robo; si da como resultado una obra que se vale por sí misma, ¿qué sentido tiene una caza de brujas? Ni hablar cuando a estos requisitos se le suma alguna honesta alusión al procedimiento, sea explícita o no tanto. "Apropiarse" implica tomar algo ajeno. Si el resultado aún parece ajeno, si el artista no hizo propia la obra, ha fracasado. El mejor modo de evaluar una obra es su calidad, o al menos sus ambiciones en tal sentido y, si alguna apropiación no deshonesta ha servido para estos fines, es asunto secundario. Lo "malo" de Bucay no es que haya plagiado; lo malo son sus libros, aun el caso de que él hubiese sido el plagiado.
Puedo entender la bronca o la impotencia de un escritor, músico o cineasta que se han visto despojados. Tienen todo el derecho de defenderse. El riesgo es ponerse "políticamente correctos" (ingenua o perversamente), perder de vista cuánto de juego hay en el arte y rasgarse las vestiduras por cada obra que se parece "demasiado" a otra. ¿"Demasiado" para quién? ¿Con qué criterios?
Hay, a veces, un abuso por parte de ciertos artistas que invocan la tan manoseada "intertextualidad". Pero también lo hay por parte de quienes, a la primera ocasión, se arrojan como cuervos al grito de "¡plagio!". Una forma de vanidad no está excluida: sé de más de un escritor acusado de plagio por un ignoto autor contemporáneo; en la mayoría de los casos, los supuestos plagiarios no han leído la obra del otro.
viernes, agosto 04, 2006
miércoles, agosto 02, 2006
Muere gordo aplastado por su propio peso
domingo, julio 30, 2006
Poema dominical
Aunque lo del texto anterior todavía está fresquito, buscando entre las cosas que me gustan de otra gente encontré un poema, así que lo comparto.
Flor.
Lo que queda de té
Nunca fuimos tanto.
Un escuadrón nos matará en Brasil.
No quiero estar cuando saltés.
Las lagunas son tu línea
y un jardín que se estruja.
Buscamos como tontos en la brea
una pantalla que nos mire,
pero el té que toma el asesino
es de la misma marca
que el que compramos nosotros.
Somos como un torturador
a la hora del té.
Somos como un torturador
durmiendo la siesta,
cuando duerme la siesta.
Nunca fuimos tan poco.
Pero algo nos iguala.
Nos deja tontos
hablar de esto.
Sólo reconocemos nuestros cuerpos:
las palabras se rompen
y nuestros espejos
se van a tapar algún día.
Sabemos que nuestra sangre
acabará dura, que las charlas
se olvidan, y que nos esperan
en otro lado.
En breve habremos de irnos;
hablamos de no hacer.
sábado, julio 29, 2006
Carlitos y Estados Unidos
Del blog de Santiago Roncagliolo: http://blogs.elboomeran.com/roncagliolo/
Cuando era niño, Lima me parecía horrible. Había bombas y apagones. No podías salir por la calle tranquilamente. Todos los niños de mi edad estaba obsesionados con el sexo y yo ni siquiera sabía qué era eso. Todos jugaban fútbol y a mí me daba miedo. Solía encerrarme a leer en mi cuarto y olvidarme del mundo. Me consideraba más inteligente que los demás, y atribuía a ello mi incapacidad para relacionarme. Hasta que llegó Carlitos.
A Carlitos lo trajo su mamá de la mano una tarde. Había visto que yo vivía en el edificio, y creía que podríamos ser amigos. Me había visto llevar libros, y consideraba que yo debía ser un chico decente. No sé si tenía razón, pero Carlitos y yo nos hicimos amigos rápidamente. Supongo que me hacía falta hablar con un ser humano.
El padre de Carlitos era almirante de la Marina, y la familia había pasado una temporada en la base americana de Naples. Desde entonces, eran fanáticos de los Estados Unidos. Todo lo que viniera de allá les gustaba. Carlitos tenía hasta guantes de béisbol que nadie sabía usar. Y su madre, cuando algo le parecía muy moderno, solía decir que era “como allá”. “Allá” significaba América, el paraíso. Comparaban todo lo peruano con “allá” y lo despreciaban. También el padre tenía esa afición. Llegaba a la casa, bajaba del auto escoltado por dos camionetas de seguridad con cristales polarizados y le decía a Carlitos:
–Hey Paul, did you do your homework?
–Yes, dad –respondía mi amigo. Nunca los escuché hablar en castellano.
Por supuesto, el hermano mayor de Carlitos fue enviado a estudiar a EEUU. Carlitos siempre hablaba de lo bien que le iba, de cómo se divertía, de todo lo que se compraba allá. Pero tres años después, cuando el hermano regresó, había perdido por lo menos diez kilos. Por entonces, éramos ya unos adolescentes, y al hermano le gustaba alardear de sus juergas en EEUU. Decía que mucha gente se pasaba la vida estudiando y trabajando, pero que él se había farreado cada minuto de los últimos años, y eso lo hacía sentirse satisfecho con su vida.
Meses después, el hermano fue preso. Lo capturaron cuando intentaba pasar cocaína hacia Miami. En atención a su padre el almirante, consiguió una celda especial en el presidio. Murió de SIDA ahí mismo un año después.
Según la cadena de mando, el padre de Carlitos estaba destinado a ser comandante general de la Marina. Su hoja de servicios era impecable, y había hecho una carrera brillante. Pero el gobierno truncó sus planes: se saltó a su promoción para poner a una más afín a sus propósitos. Súbita e injustamente, el papá de Carlitos se encontró en el retiro.
Por supuesto, viajó a Estados Unidos para ver si conseguía un lugar ahí, en alguna escuela naval. Pero estaba acostumbrado a sus honores militares y su estatuto semi diplomático. Esta vez, en cambio, en Houston lo detuvieron y revisaron. Quizá porque llevaba el apellido de su hijo, o quizá por el acoso que los americanos empezaban a hacerle a los militares fujimoristas. No se sabe. El caso es que lo tuvieron cuatro horas en una oficina del aeropuerto, la experiencia más humillante a la que se había sometido. Al final se embarcó en el siguiente vuelo a Miami para regresar, pero su corazón no resistió la experiencia. Murió durante la escala.
Hoy he pasado por la antigua casa de Carlitos, que ha sido reformada y ampliada. Pero mi viejo amigo ya no vive ahí. Me han dicho que está en Carolina del Norte, trabajando para un canal de televisión hispano. Su madre también vive ahí, o más bien, “allá”. Parece que está contenta, al fin.
jueves, julio 27, 2006
Hablando de una fábula
(...)En pocas palabras se cuenta, y aquí la vamos a dejar para ilustración de las nuevas generaciones que la desconocen, con la esperanza de que no se burlen de ella por ingenua y sentimental. Atención, pues, a la lección moral. Érase una vez, en el antiguo país de las fábulas, una familia integrada por un padre, una madre, un abuelo que era el padre del padre y un niño de ocho años, un muchachito. Sucedía que el abuelo ya tenía mucha edad, por eso le temblaban las manos y se le caía la comida de la boca cuando estaban a la mesa, lo que causaba gran irritación al hijo y a la nuera, siempre diciéndole que tuviera cuidado con lo que hacía, pero el pobre viejo, por más que quisiera, no conseguía contener los temblores, peor aún si le regañaban, el resultado era que siempre manchaba el mantel o el suelo al dejar caer la comida, por no hablar de la servilleta que le ataban al cuello y que era necesario cambiarla tres veces al día, en el desayuno, al almuerzo y a la cena. Estaban las cosas así y sin ninguna expectativa de mejoría cuando el hijo decidió acabar con la desagradable situación. Apareció en casa con un cuenco de madera y le dijo al padre, A partir de ahora, comerá aquí, sentado en el patio que es más fácil de limpiar para que su nuera no tenga que estarse preocupando con tantos manteles y tantas servilletas sucias. Y así fue. Desayuno, almuerzo y cena, el viejo sentado solo en el patio, llevándose la comida a la boca conforme era posible, la mitad se perdía en el camino, una parte de la otra mitad se le caía por la boca abajo, no era mucho lo que se le deslizaba por lo que el vulgo llama canal de la sopa. Al nieto no parecía importarle el feo tratamiento que le estaban dando al abuelo, lo miraba, luego miraba al padre y a la madre, y seguía comiendo como si nada tuviera que ver con el asunto. Hasta que una tarde, al regresar del trabajo, el padre vio al hijo trabajando con una navaja un trozo de madera y creyó que, como era normal y corriente en esas épocas remotas, estaría construyendo un juguete con sus propias manos. Al día siguiente, sin embargo, se dio cuenta de que no se trataba de un carro, por lo menos no se veía el sitio donde se le pudieran encajar unas ruedas, y entonces preguntó, Qué estás haciendo. El niño fingió que no había oído y siguió excavando en la madera con la punta de la navaja, esto pasó en el tiempo que los padres eran menos asustadizos y no corrían a quitar de las manos de los hijos unos instrumentos de tanta utilidad para la fabricación de juguetes. No me has oído, qué estas haciendo con ese palo, volvió a preguntar el padre, y el hijo, sin levantar la vista de la operación, respondió, Estoy haciendo un cuenco para cuando seas viejo y te tiemblen las manos, para cuando tengas que comer en el patio, como el abuelo. (...)
Saramago, José. Las intermitencias de la muerte. Buenos Aires, Alfaguara, 2005. Páginas 104, 105 y 106.
L>S>D>A
miércoles, julio 26, 2006
NIEVE MORTAL
Hoy. Aquí. Hace unas horas.
"Copos satánicos caen / como ayer"
Muy eternauta todo.
Para amenizar el clima. Melingo cantando "Nieve Mortal", de su disco H2O (inspirado en El Eternauta).
En: http://flor.leak.com.ar/granizo/
¡Disfruten!
La viveza entre la inteligencia y la estupidez
lunes, julio 24, 2006
Bebé fumador
domingo, julio 23, 2006
Sin duda
miércoles, julio 19, 2006
Fíjese en los zapatos de Van Gogh
¿En la vida real usted también prefiere a las mujeres de volúmenes exagerados?
¡Pero si en esta época ya no hay gordas! El sentido actual de la belleza relega las formas voluptuosas. Sin embargo, la belleza del arte no tiene nada que ver con la belleza de la naturaleza. Lo que es bello en la naturaleza es banal en el arte. Y viceversa. Por eso, los retratos más maravillosos de la historia del arte son retratos de mujeres feas, pero que son bellas en el arte. Fíjese en los atardeceres que, experimentados, transmiten una enorme sensación de hermosura. Pero en la actualidad, si uno pinta un atardecer, esa pintura se transforma en algo banal. Lo que es bello en la naturaleza es feo en la plástica. Una modelo, la más bella del mundo, en pintura es fea y también innecesaria. Pero observe el arte precolombino: es estrambótico, casi incomprensible, sus figuras no alcanzan el sentido común de la hermosura, pero, sin duda, poseen una gran belleza. Para eso existe el artista, que, a través de su sentido estético y la cadena de convicciones sobre su estilo –que tardan una vida en desarrollarse– realiza obras maravillosas. Para alcanzar la sensualidad no es necesario remitir a los hechos conocidos comúnmente como sensuales. Para alcanzar la coherencia estética de una obra no son necesarios más que cuatro espárragos. Fíjese en los zapatos de Van Gogh, en sus sillas: son obras maestras. Es un estilo que vuelve maravillosas a las cosas.
lunes, julio 17, 2006
Se extraña tanto el fútbol...
(Por lo demás, vi el back y el actor es una bestia).
sábado, julio 15, 2006
Nunca supimos si fue a la hora del té
miércoles, julio 12, 2006
Esto que pasa
Background:
-La empresa Editorial Perfil abrió un Diario en 1998. Cerró con escándalo. Echó a todo su personal. Lanata medió a favor de los empleados.
-La empresa refundó el diario en 2005, como una Sociedad Anónima aparte.
-Los empleados (redactores) con sueldo más bajo cobran 800 pesos y 220 pesos en ticket Restaurant (no canasta), unos vales que no pueden ser utilizados en el supermercado.
-La masa laboral pidió un aumento. La empresa se negó. Los periodistas decidieron sacar sus firmas como protesta.
-El director del diario avisó que, sin esas firmas, el diario no salía. Aseguró que era falto de ética. En cambio les pidió a los editores que firmaran las notas de los redactores.
Lanata escribió esto:
Querido Nelson:Tengo un problema. Soy, en esta redacción, el único que vio este asunto del lado de Fontevecchia. Quiero decir: sé qué significa sacar un diario contra viento y marea, con casi todo en contra y sólo con los lectores a favor. (Y si quisiera tenerme aún más lástima podría agregar que yo tenía 26 años, y ni un centavo, y ninguna editorial de revistas para apoyarme). Para colmo, durante toda la semana el Presidente y la señora CK se empeñaron en darnos clases de periodismo, de modo que no estamos en un gran día.Cuando Oscar Wilde decía que el hombre destruye lo que ama, creo que se refería a los periodistas. Formo parte de un gremio donde el puterío por metro cuadrado es altísimo, somos vedettes culposas de las plumas y pensamos que el Universo entero está ahí detenido, esperando nuestra palabra. Somos (y sólo en eso K y CK tienen razón) corporativos y tan corruptos como los políticos, y nos encanta protegernos en lo políticamente correcto sin arriesgar nunca nada. También es cierto que las empresas que tratan de conquistar la selva del periodismo son muchas veces impresentables: lobbys con plata negra de la política, o aventureros que utilizan los medios para presionar al poder y conseguir negocios. No cuento ninguna novedad si digo que existen las notas vendidas, los reportajes arreglados, los suplementos especiales con sobre incorporado, y, desde las empresas, la explotación de los estudiantes como mano de obra casi esclava, la violación de los derechos de autor, etcétera, etcétera. Se le agrega al periodismo una frutilla sobre el helado: un convenio increíble, lúcido y maravilloso cuando sos periodista. Pero muy difícil de cumplir cuando intentás llevar adelante una empresa en la vida real. Calma, calma: no estoy proponiendo incumplir el convenio. Pero creo que sería útil que el público conociera algunos de nuestros privilegios (o nuestros derechos adquiridos, si se quiere).Un periodista se convierte en trabajador efectivo al día 28 de su labor. Si al día 29 nuestro colega llega de mal humor y mea el escritorio de su jefe debe cobrar, por ser despedido, el equivalente a 13 salarios más el proporcional de vacaciones y aguinaldo, claro. Más claro: si gana mil pesos y es echado al mes, cobrará unos 14.000. Esta previsión indemnizatoria tiene una lejana razón de ser, en la época en la que se abrían diarios con fines electorales y se cerraban a poco de perderse tal o cual elección. Esta era una manera de proteger la fuente de trabajo. Hoy, este régimen provoca lo siguiente: si alguien quiere sacar un medio debe tener, en previsión de sus eventuales pasivos contingentes, uno o dos millones de dólares para pagar indemnizaciones en el caso de que todo vaya mal, y tenerlos antes de empezar. Preguntarnos por qué, en este país devastado y flexibilizado, se mantuvo el Estatuto del Periodista es obvio: el poder de turno nos tiene miedo, prefiere no pelearse con el gremio. ¿Quiero que lo saquen? De ningún modo, soy periodista, me encanta. Me pregunto sobre su incidencia en la aparición de proyectos nuevos.De todos modos, ningún empresario trucho se amilanó con la ley para despedir a cientos de trabajadores: lo hicieron igual, y estamos llenos de diarios y revistas cerrados que dejaron a mucha gente colgando del pincel. Debo agregar algo en descargo de PERFIL: cuando el primer diario cerró, negoció y pagó millones de dólares en indemnizaciones. Asistí, en estos treinta y dos años de trabajo, al cierre de varios diarios: siempre ganaron los empresarios y muchas veces las mismas comisiones internas se encargaron de darles una mano al extremar más y más sus posiciones. Si empezás un conflicto tomando rehenes, ¿qué te queda para negociar después? La mecánica de convocar asambleas en horarios de trabajo, por ejemplo, sigue siendo una manera de realizar paros virtuales. Eso sin hablar de la hipocresía de quienes lo llevan a cabo: me pasé la vida viendo a tipos que no son capaces de hablar en voz alta en Clarín, pero que en PERFIL o en Página arengaban a los gritos desde arriba de un escritorio emulando a Lenin en la famosa locomotora. En general, he advertido que somos más revolucionarios donde podemos revolucionar, que donde no podemos, y no me gustan los que les ponen el pecho a las balas cuando están seguros de que son de salva.Y ahí estábamos, en los primeros años de Página, tratando de sacar plata de abajo de las baldosas para pagar los sueldos, y con una pérdida mensual de unos ochenta mil dólares de entonces. Con casi nada de publicidad y peleando para sobrevivir. Nunca tuvimos tantas medidas de fuerza como entonces: el Partido Comunista, consciente de nuestras dificultades, decidió que era mucho mejor sacar otro diario para competir en lugar de ayudarnos, y sacó Sur, que duró un año y luego cerró. Papel Prensa negándose a vendernos papel más barato, cuando Clarín y La Nación lo compraban a la mitad del precio de mercado, subsidiados por el Gobierno. Nosotros, a la vez, discutiendo con la interna una cláusula automática de ajuste inflacionario, que finalmente aceptábamos, a costa de nuevas pérdidas. A pesar de eso, salía un diario. Creo que me hice católico en esos tiempos, frente a aquel milagro:---Ah, traje nuevo –me dijo un día un delegado– y después nos dicen que no pueden aumentar los sueldos...A ese grado podía llegar la estupidez en una discusión. Cosas tan distintas discutíamos. Y me olvidaba: agreguemos a Ambito Financiero, Menem, la SIDE, los distintos servicios, las revistas truchas, todos siempre bien dispuestos a informar sobre los conflictos de los “progres” que pagaban malos sueldos. Una vez, en medio de una maniobra extorsiva para “exteriorizar el conflicto”, me harté. ¿Por qué tenía que tener miedo de que la gente se enterara del problema? Contemos todo –dije– y es más: voy a publicar, uno por uno, la lista de salarios de todos. El conflicto se levantó. Los periodistas ganaban bastante más que los lectores, y pensaron que no lograrían su adhesión.---Vamos a terminar hablando de Página/12 en los bares. Diciendo: “Te acordás...”.Fue lo que sucedió. Al octavo año el diario cambió de dueños y yo di vuelta una página en mi carrera.No volví a trabajar en un diario sino hasta ahora. No recuerdo si en el primer o segundo año de Página (87 u 88) publicamos, por primera vez en la historia, una columna de la Comisión Interna explicando los motivos de un paro y convocando a él, y una mía, como director, donde decía que nuestra manera de protestar es informar, instándolos al trabajo. Pasó desde entonces mucha agua bajo el puente pero nunca mas vi, ni aquí ni en el exterior, un debate de este tenor abierto al público. Es saludable que todo esto suceda.La aparición de este conflicto motivó la decisión empresarial de postergar la salida cotidiana de los sábados, como paso obligado hacia el proyecto de salida diaria. Espero que esa suspensión no sea permanente, y el proyecto reencuentre su cauce fuera de la puja sindical. Los trabajadores y la empresa tienen que encontrar la manera de volver a caminar juntos un camino de dos o tres años de crecimiento y billeteras ajustadas. ¿Cuánto va a perder Fontevecchia con esto? ¿Siete millones? Bueno, que pierda ocho... Esa respuesta es la más fácil, la mas cómoda, pero también la más idiota. Dejemos de tropezar, siempre, con la misma piedra.
Jorge Lanata
Capital Federal
Disculpen la extensión. Pero así están mis días. Creo que el conflicto es valioso para el análisis. Hay falsedades en este texto, tendenciosamente indignante. Las enumeraré más tarde. Los abrazo.
L>S>D>A


