miércoles, agosto 09, 2006

Walter Lippmann - El mundo exterior y nuestras imágenes mentales

De http://www.nombrefalso.com.ar/apunte.php?id=41

En La opinión pública, Compañía General Fabril Editora, Buenos Aires, 1964, publicación original de 1922. Gentileza de Natalio Stecconi

"-Imagínate a seres humanos que vivan en una cueva subte­rránea por cuya entrada se filtre la luz exterior; que estos seres hayan permanecido allí desde su infancia con sus piernas y cuellos encadenados de tal manera que no se puedan mover ni volver el rostro, mirando siempre hacia adelante. Imagínate que detrás de ellos brille, a cierta altura, el resplandor de una fogata, y que entre el fuego y los prisioneros cruce un camino escarpado. Figúrate a lo largo de este camino una tapia semejante a la pantalla que los titereros levantan entre ellos y sus espectadores para ocultarles los secretos de las maravillas que les enseñan.
-Lo veo.
-Imagínate, ahora, a hombres que pasen ocultamente por detrás de la tapia transportando sobre ella vasijas que se proyectan en la pared interior de la cueva, así como también, figuras de hombres y animales realizados en madera y en piedra, y, como habría de es­perarse, que algunos de estos hombres conversen y otros permanezcan en silencio.
-Este cuadro es singular y los prisioneros extraños.
-Tan extraños como nosotros. Ellos ven solamente sus propias sombras que la luz proyecta sobre la pared interior de la cueva.
-Eso es verdad. ¿Cómo atinarían a ver otra cosa que sus som­bras si no les es permitido volver el rostro?
- ¿Y no crees que de los objetos transportados sólo verían sus sombras?
-Ciertamente.
-Y si pudieran hablar entre ellos, ¿no convendrían mutuamente en dar a las sombras el nombre de las cosas mismas que representan?"

PLATÓN. "La República", Libro VII.


1

Hay una isla en el medio del océano donde vivían, en 1914, algu­nos ingleses, franceses y alemanes. El telégrafo no 1lega a la isla y el paquebote británico pasa cada sesenta días. Todavía no ha­bía llegado en el mes de septiembre y los isleños aun comentaban el último periódico con noticias del próximo juicio de la señora Caillaux, la asesina de Gastón Calmette. Así fue que un día, a mediados de septiembre, se reunió toda la colonia en el muelle, con más entusiasmo que el de costumbre, para oír de boca del capi­tán cuál había sido el veredicto. Se enteraron, en cambio, de que, desde hacía más de seis semanas, los ingleses y franceses, de­fendiendo la inviolabilidad de los tratados, se hallaban en guerra con los alemanes. Durante aquellas seis extrañas semanas se ha­bían comportado como amigos, cuando en realidad eran enemigos.
Sin embargo, el problema de estos hombres no era tan distinto del de la mayoría de los habitantes de Europa. Para ellos el error había durado seis semanas: en el continente, el intervalo fue quizá tan sólo de seis días, o de seis horas, pero también hubo intervalo. Durante un momento, la imagen de Europa, según la cual los hombres manejaban como de costumbre sus asuntos, no correspondió para nada a la Europa que estaba por sembrar el desorden en sus vidas. Para cada hombre hubo un período de tiem­po durante el cual se encontró aun adaptado a un ambiente que ya no existía. Por todo el mundo, y hasta en fechas tan tardías como el 25 de julio, los hombres seguían fabricando mercaderías que ya no podrían exportar, compraban otras que les sería imposible importar, proyectaban estudios, consideraban negocios, vivían esperanzados y a la expectativa, siempre en la creencia de que el mundo que conocían era el mundo real. Confiando en la imagen mental que de él se hacían, hasta escribían libros para describirlo. Y luego, pasados más de cuatro años, un jueves por la mañana, llegó la noticia del armisticio, y la gente pudo, por fin, manifestar un alivio inefable al saber que la matanza había acabado. No obs­tante lo cual durante los cinco días que precedieron al armisticio efectivo, y a pesar de que se hubiese celebrado ya el fin de la guerra, murieron aun varios miles de jóvenes en los campos de batalla.
Mirando hacia atrás vemos cuán indirecto es nuestro conoci­miento del ambiente en el cual vivimos. Las noticias nos llegan a veces con rapidez, otras veces con lentitud, pero tomamos lo que creemos ser una imagen verdadera por el ambiente auténtico. Resulta más difícil aplicar esto a las creencias que rigen actual­mente nuestros actos, pero en lo que se refiere a otros pueblos y a tiempos remotos, pretendemos que es fácil saber cuándo se to­maba absolutamente en serio lo que sólo eran imágenes ridículas del mundo. Gracias a nuestra visión a posteriori, insistimos en que el mundo, tal como deberían haberlo conocido esos pueblos, y el mundo tal como en efecto lo conocieron, fueron a menudo dos cosas completamente contradictorias. Vemos también que, mien­tras gobernaban y luchaban, mientras comerciaban y pretendían realizar reformas en el mundo que ellos imaginaban, obtenían re­sultados, o no los obtenían, en el mundo tal como era de verdad: salieron en busca de las Indias y descubrieron a América; diag­nosticaron al maligno y quemaron ancianas; creyeron que podrían enriquecerse vendiendo siempre sin comprar nunca; un califa, obedeciendo a lo que él tomaba por voluntad de Alá, quemó la biblioteca de Alejandría.
Alrededor del año 389, San Ambrosio cita en sus escritos el caso del prisionero de la caverna de Platón que se niega resuel­tamente a dar vuelta la cabeza. "La discusión sobre la naturaleza y la posición de la tierra no contribuye en nada a nuestra espe­ranza de una vida futura. Basta saber lo que afirman las Escri­turas: ‘Dios cuelga la tierra sobre la nada' (Job, XXVI, 7) ¿Por qué entonces discutir si Dios colocó la tierra en el aire o en el agua, e iniciar una controversia sobre la manera en que el aire liviano puede sostenerla, o, si fue colocada sobre las aguas, razón por la cual no va a estrellarse contra el fondo?... No es porque se encuentre en el centro, como suspendida en equilibrio, que la tierra permanece estable por encima de la inestabilidad y del vacío, sino porque la majestad de Dios la obliga a ello por la ley de Su voluntad."
No contribuye para nada a nuestra esperanza de una vida fu­tura, basta saber lo que afirman las escrituras, no vale la pena discutir... Sin embargo, un siglo y medio más tarde la opinión seguía perturbada, en esta ocasión por el problema de los antí­podas. Se le encargó entonces a un monje llamado Cosmas, fa­moso por sus triunfos científicos, que escribiera una topografía cristiana, u "Opinión cristiana sobre el mundo". No hay duda que Cosmas sabía exactamente lo que se esperaba de él, pues basó todas sus conclusiones sobre su interpretación de las Escrituras: el mundo es un paralelogramo chato, dos veces más ancho de este a oeste que de norte a sur; en el centro está la tierra, ro­deada de océano, el cual, a su vez, está rodeado por otra tierra donde vivían los hombres antes del diluvio; de esta otra tierra zarpó Noé; en el norte se encuentra una elevada montaña cónica, alrededor de la cual giran el Sol y la Luna; cuando el Sol se esconde detrás de la montaña es de noche; el cielo está pegado a los bordes de la tierra exterior y consta de cuatro altas pare­des que se encuentran en un techo cóncavo, de manera que la tie­rra es el piso del universo; hay un océano del otro lado del cielo que forma "las aguas que están sobre los cielos"; el espacio entre el océano celestial y el último techo del universo pertenece a los benditos y el espacio entre la tierra y el cielo está habitado por los ángeles; finalmente, puesto que San Pablo ha dicho que todos los hombres fueron creados para vivir sobre "la faz de la tierra", ¿cómo se podría vivir sobre el dorso, donde se supone que están los Antípodas? "Con este pasaje ante sus ojos, un cristiano no debería ni hablar de los Antípodas."
Menos aun debe ir hacia los Antípodas y ningún príncipe cristiano debe darle una embarcación para intentarlo. Por otra parte, un marino religioso ni siente deseos de hacerlo. Cosmas no encontraba, en lo más mínimo, que su mapa fuese absurdo. Sólo al pensar en su convicción absoluta de que éste era el mapa del universo, podemos llegar a comprender el temor que le hubiesen inspirado Magallanes, Peary o el aviador que corrió el riesgo de cho­car con los ángeles y la bóveda celeste al volar en el aire a una altura de siete millas. De la misma manera, podremos compren­der mejor la furia de las guerras y de la política si recordamos que casi todos los partidos creen, en forma absoluta, en la imagen que se hacen de la oposición y que toman por hechos, no los que en realidad lo son, sino los que suponen ser hechos. Como Hamlet, apuñalan a Polonio detrás de la cortina que cruje, creyendo que es el rey, y quizá como Hamlet agreguen:
"¡Y tú, miserable, temerario, entremetido, bobo, adiós!
Te había tomado por alguien más elevado; sufre tu suerte."


2

En general, el público conoce a los grandes hombres, aun durante su vida, a través de una personalidad ficticia. De ahí la parte de verdad que hay en el dicho: "Ningún hombre es un héroe para su criado". Sólo una parte de verdad, ya que a menudo el criado, o el secretario privado, se encuentran presos también de la ficción. Los personajes de la realeza tienen, por supuesto, per­sonalidades fabricadas. Pueden creer ellos mismos en el perso­naje público que encarnan o limitarse a que el chambelán dirija sus entradas en escena, pero siempre están compuestos de, por lo menos, dos seres distintos: un yo público y real, otro privado y humano. Más o menos todas las biografías de los grandes hom­bres se reducen a las historias de estos dos seres: el biógrafo oficial reproduce la vida pública, las memorias revelan la otra. El Lincoln de Charnwood, por ejemplo, es un retrato lleno de no­bleza, no de un ser humano real y efectivo, sino de una figura épica, repleta de significado, que se mueve casi al mismo nivel que Eneas o San Jorge. El Hamilton de Oliver es una majestuosa abstracción, la escultura de una idea, "un ensayo de la unión americana", como lo llama el mismo Oliver. Es un monumento solemne a 1a política del federalismo, pero apenas la biografía de una persona. A veces, cuando la gente cree revelar su vida inte­rior no hace más que crearse una fachada. Los diarios de Reping­ton y de Margot Asquith son tipos de autorretratos en los cuales el detalle íntimo constituye un indicio sumamente revelador de lo que los autores gustan pensar de ellos mismos.
Pero el tipo de retrato más interesante es el que nace espon­táneamente en las mentes de la gente. Cuando subió al trono la reina Victoria, dice Lytton Strachey, "hubo una gran ola de entusiasmo en el público de afuera. Lo sentimental y lo novelesco se estaban poniendo de moda y el espectáculo de la niña reina, inocente y modesta, con cabellos rubios y mejillas rosadas, que atravesaba su capital, llenó los corazones de los espectadores de afecto y lealtad. Lo que más fuertemente impresionó a todos fue el contraste entre la reina Victoria y sus tíos. Los viejos desagra­dables, relajados, egoístas, testarudos y ridículos, con su eterna carga de deudas, confusiones y vergüenzas, habían desaparecido, como las nieves de invierno, y aquí, por fin, coronada y radiante, estaba la primavera".
Jean de Pierrefeu vio en forma directa esta idolatría de los héroes, pues era oficial del estado mayor de Joffre en la época de apogeo:
Durante dos años, el mundo entero rindió un homenaje casi divino al vencedor del Marne. El encargado de los equipajes se doblaba real­mente en dos, bajo el peso de las cajas, los paquetes y las cartas que le enviaban gentes desconocidas, en testimonio frenético de admira­ción. Creo que ningún comandante, fuera del general Joffre, ha po­dido hacerse una idea semejante de la gloria durante la guerra. Le enviaban cajas de bombones de las más grandes confiterías del mun­do, cajones de champaña, vinos finos de todas las cosechas, fruta, caza, adornos, utensilios, ropa, artículos para fumar, tinteros, pisa­papeles. Cada región mandaba su especialidad. E1 pintor enviaba su cuadro, el escultor su estatuita, la encantadora anciana la bufanda o las medias y el pastor, en su choza, tallaba una pipa especialmente para él. Todos los fabricantes del mundo hostil a los alemanes en­viaban sus productos: La Habana sus cigarros, Portugal su oporto. Conocí a un peluquero que no encontró nada mejor que hacer un re­trato del general utilizando el cabello de sus seres queridos; un calí­grafo profesional tuvo la misma idea, pero los rasgos estaban for­mados por miles de frases cortas, escritas con letra minúscula, que cantaban las alabanzas del general. En cuanto a las cartas, las tenía de todas las caligrafías, de todos los países, en todos los dialectos: car­tas afectuosas, agradecidas, desbordantes de cariño, llenas de adora­ción. Lo llamaban el salvador del mundo, el padre de su país, el agen­te de Dios, el bienhechor de la humanidad, etc.... Y no sólo los fran­ceses, sino también los norteamericanos, argentinos, australianos, etc., etc.... Miles de niñitos, sin que sus padres lo supieran, tomaban la pluma y le escribían para manifestarle su cariño: la mayoría lo lla­maba Padre Nuestro. Estas efusiones, esta adoración, los suspiros de alivio que escapaban de miles de corazones ante la derrota del barba­rismo, estaban impregnadas de una dolorosa agudeza. Para todas estas almas inocentes, Joffre era un San Jorge que aplasta al león. No hay duda de que encarnaba, en la conciencia de la humanidad, la victoria del bien sobre el mal, de la luz sobre las tinieblas.
Dementes, bobos, locos a medias y locos del todo dirigieron sus mentes ensombrecidas hacia él, como quien mira a la razón misma. He leído una carta de una persona que vivía en Sydney, pidiendo al ge­neral que lo salvara de sus enemigos; otro, un neocelandés, le pidió que mandase unos soldados a la casa de un señor que le debía diez libras y se negaba a pagárselas.
Finalmente, centenares de muchachas, venciendo la timidez carac­terística del sexo, pidieron comprometerse con él, a escondidas de sus familias; otras deseaban tan sólo servirlo.

Las victorias ganadas por su estado mayor y sus tropas, la desesperación de la guerra, los duelos individuales y la esperanza de una futura victoria, todo esto combinado había creado la ima­gen idealizada de Joffre. Pero, además de la idolatría de los héroes, existe el exorcismo de los demonios, fabricados según el mismo mecanismo que encarna a los héroes. Si todo lo bueno provenía de Joffre, Foch, Wilson o Roosevelt, todo lo malo tenía su origen en el kaiser Guillermo, Lenin y Trotsky, quienes eran tan todopoderosos en el mal como lo eran los héroes en el bien. Para muchas mentes ingenuas y atemorizadas no había contratiempo político, huelga, obstáculo, muerte inexplicada o conflagración misteriosa en todo el mundo cuyas causas no se remontasen a es­tas fuentes personales de maldad.


3

El hecho de que todo el mundo concentre su atención sobre una personalidad simbólica es lo suficientemente raro como para que se lo encuentre extraordinario, y cada autor cita aquel caso preferido, para él sorprendente e incontestable. La vivisección de la guerra pone en evidencia dichos ejemplos, pero éstos no nacen de la nada. En una vida pública más normal, estas imágenes simbólicas influyen igualmente sobre el comportamiento, pero cada símbolo resulta menos concluyente por haber tantos otros que rivalizan con él. No sólo está cargado con menos sentimientos por representar a una parte de la población, sino que aun dentro de esa parte hay una supresión infinitamente menor de las dife­rencias individuales. En épocas de mediana seguridad, los sím­bolos de la opinión pública están sujetos a represiones, compara­ciones y discusiones. Vienen y van, sirven de nexos, se olvidan, y nunca organizan del todo las emociones del grupo. Después de todo, queda tan sólo una actividad humana en la cual los pueblos llevan a cabo la unión sagrada: esto ocurre en esas fases inter­medias de una guerra, cuando el temor, la pugnacidad y el odio han logrado dominar completamente al espíritu, ya sea para aplastar a los demás instintos que en él quedan, o bien para lo­grar su adhesión antes de que se canse.
En casi todos los demás momentos, y aun durante la guerra, cuando la lucha está paralizada, surge una gran cantidad de sen­timientos, creando conflictos, opciones, hesitaciones y compromi­sos. Ya veremos más adelante que el simbolismo de la opinión pública lleva, en general, la marca de este interés oscilante. Pen­semos, por ejemplo, en lo rápido que desapareció, después del armisticio, el símbolo precario de la Unión Aliada, que nunca llegó a implantarse con éxito, y cómo, inmediatamente después, se derrumbaron las imágenes simbólicas que cada país se hacía de los demás: Gran Bretaña, defensora de la ley pública; Fran­cia, vigía en la frontera de la libertad; Norteamérica, conductora de cruzadas. Pensemos además cómo se fue diluyendo dentro de cada nación, la imagen simbólica que tenía de sí misma, cuando, por conflictos de clase y partido y por ambiciones personales, se empezaron a remover cuestiones que habían sido postergadas; cómo cayeron las imágenes simbólicas de los líderes, Wilson, Clemenceau y Lloyd George, que cesaron de encarnar la esperanza humana y se volvieron tan sólo los negociadores y administrado­res de un mundo desilusionado.
No se trata de saber aquí si lamentamos este hecho como uno de los dulces males de la paz o si lo aplaudimos como un regreso a la cordura. Nuestra primera preocupación al tratar con ficcio­nes y símbolos es olvidar sus valores en el orden social existente y pensar que son simplemente una parte importante de la ma­quinaria de la comunicación humana. Ahora bien, en cualquier so­ciedad que no se encierre por completo en sus propios intereses y que sea lo suficientemente reducida para que cada uno se entere a fondo de todo lo que ocurre, las ideas se refieren a sucesos le­janos y difíciles de comprender. La señorita Sherwin, en Gopher Prairie, sabe que en Francia hay una guerra terrible y quiere imaginársela. No ha estado nunca en ese país y por cierto que nunca ha recorrido lo que, en ese momento, es el frente de batalla. Ha visto fotografías de soldados franceses y alemanes, pero le es imposible imaginar tres millones de hombres. Nadie, por otra parte, es capaz de imaginar tal cosa, y los profesionales ni intentan hacerlo. Cuando piensan en los soldados, lo hacen más bien en términos de divisiones. Pero la señorita Sherwin no tiene ningún acceso al universo de la tacticografía y si ha de pensar en la guerra, se aferra mentalmente a Joffre y al kaiser como si es­tuviesen comprometidos en un duelo personal. Si pudiésemos ver lo que ella ve con la mente, la estructura de esta imagen se parecería sin duda bastante a los grabados del siglo XVIII que representan al gran soldado: de pie, audaz y sereno, de estatura ma­yor que la real, con un nublado ejército de minúsculas figuras que se pierden en el paisaje de fondo. Parece que los grandes hombres también tienen en cuenta estas ilusiones. Jean de Pierre­feu relata la visita de un fotógrafo a Joffre. El general estaba "en su despacho burgués, frente a una mesa sin papeles a la cual se sentaba para firmar. De golpe notó que no había mapas en las paredes y como, según las ideas populares, no es posible concebir a un general sin mapas, se colocaron, para la foto, algunos que luego fueron retirados".
El único sentimiento que puede experimentar una persona sobre un hecho no vivido, as el sentimiento que despierta en ella la imagen mental que se hace del hecho. Por ello no podemos comprender verdaderamente los actos de los demás mientras no sepa­mos lo que ellos creen saber. He visto cómo una joven, criada en una ciudad minera de Pennsylvania, pasaba del más absoluto buen humor a un paroxismo de tristeza cuando un golpe de viento rompió uno de los vidrios de la ventana de la cocina. Durante ho­ras estuvo desconsolada, sin que yo pudiera comprenderla. Cuando pudo hablar, explicó que si un vidrio se rompía eso signi­ficaba que un pariente cercano había muerto. La joven lloraba a su padre, de cuya casa había huido por el temor que le inspiraba. Por supuesto que el padre se encontraba bien vivo y una averi­guación telegráfica nos lo confirmó poco después. Pero, hasta que llegó el telegrama, el vidrio roto fue para la joven un men­saje auténtico.
Sólo un hábil psiquiatra, mediante una investigación a fondo, podría demostrarnos la razón de esta actitud. Pero, hasta el ob­servador más fortuito hubiese podido ver que la joven había su­frido una alucinación, y, terriblemente trastornada por sus pro­blemas familiares, había creado una ficción pura a partir de un hecho externo, del recuerdo de una superstición, de un alborotado arrepentimiento y del miedo y cariño que sentía hacia su padre.
En estos casos la anormalidad es sólo una cuestión de intensi­dad. Cuando un secretario de Justicia, asustado por la explosión de una bomba en el umbral de su casa, se convence, al leer lec­turas revolucionarias, que estallará una revolución el 19 de mayo de 1920, reconocemos, en gran parte, que actúa el mismo tipo de mecanismo. La guerra, claro está, proporcionó muchos ejemplos de este proceso: el caso fortuito, la imaginación creadora, el deseo de creer y, como resultado de estos tres elementos, la falsificación de la realidad que provocaba una reacción violenta e instintiva. Es evidente que, bajo ciertas condiciones, los hombres responden con la misma fuerza a las ficciones y a la realidad, y que en mu­chos casos contribuyen a crear aquellas ficciones a las cuales res­ponden. Que arroje da primera piedra quien no pensó que el ejér­cito ruso pasaría por Inglaterra en agosto de 1914, quien no acep­tó cualquier relato de atrocidades sin pruebas directas, quien nunca creyó ver un ardid, un traidor, o un espía donde no lo había. Que arroje la primera piedra quien nunca anunció a los de­más lo que había oído decir a alguien, no mejor informado que él, como si se tratase de da verdad real y profunda.
En todos estos ejemplos debemos notar, particularmente, un factor común: la inserción de un pseudoambiente entre el hom­bre y su ambiente real. El comportamiento del hombre responde a ese pseudoambiente, pero, como es comportamiento efectivo, las consecuencias, si son actos, obran no en el pseudoambiente donde el comportamiento encuentra su estímulo, sino en el verdadero ambiente donde se desarrolla la acción. Si el comportamiento no es un acto práctico, sino lo que llamamos, aproximadamente, pen­samiento y emoción, puede pasar mucho tiempo antes de que haya una ruptura notable en da textura del mundo ficticio. Pero cuando el estímulo del peseudohecho se resuelve en acción sobre las cosas o sobre las demás gentes, pronto surge la contradicción. Entonces uno tiene la sensación de golpearse la cabeza contra un muro de piedra, de estar aprendiendo por experiencia, de asistir a una tragedia de Herbert Spencer, el "Asesinato de una Bella Teoría por una Pandilla de Hechos Brutales". En suma, la sen­sación molesta de una mala adaptación, ya que indudablemente, en el nivel de la vida social, lo que llamamos adaptación del hom­bre a su ambiente se lleva a cabo por intermedio de ficciones.
Por ficción no quiero decir mentira, sino representación del ambiente que, en mayor o menor grado, ha sido hecha por el hom­bre mismo. El campo abarcado por la ficción va desde la completa alucinación hasta el caso del científico que utiliza a sabiendas el modelo esquemático, o decide que la exactitud, más allá de un cierto número de decimales, carece de importancia en su proble­ma particular. Una obra de ficción puede tener cualquier grado de fidelidad, y mientras se pueda tener en cuenta dicho grado, la ficción no es engañosa. La cultura humana es, en gran parte, selec­ción, orden, planeamiento y estilización de lo que William James 1lamó: "las irradiaciones y los apaciguamientos fortuitos de nues­tras ideas". Alterna con el uso de ficciones la exposición total a las mareas y contramareas de la sensación. No es ésta una ver­dadera alternación, ya que, por más refrescante que sea a veces mirar con ojos perfectamente inocentes, la inocencia no es una sabiduría por sí misma, si bien puede ser una fuente y también un correctivo de la sabiduría.
El verdadero ambiente es, en su conjunto, demasiado vasto, demasiado complejo y demasiado fugaz para el conocimiento directo. No estamos equipados para tratar con tanta sutileza, tanta variedad, tantas permutaciones y combinaciones. Y aunque debemos actuar en ese medio, tenemos que reconstruirlo sobre un molde más sencillo antes de poder manejarlo. Los hombres necesi­tan mapas del mundo para poder recorrerlo: la dificultad inva­riable es encontrar mapas en los cuales sus necesidades propias, o las de los demás, no los hayan impulsado a dibujar la costa de Bohemia.


4

El analista de la opinión pública debe comenzar por reconocer la relación triangular entre la escena de la acción, la representa­ción humana de dicha escena y la respuesta del hombre a esa representación que se manifiesta en la escena de la acción. Vendría a ser una comedia sugerida a los actores por sus propias experien­cias, pero cuya trama se desarrolla en la vida real de los actores y no sólo en sus papeles. El cinematógrafo acentúa, a menudo con gran habilidad, este doble drama de motivación interna y compor­tamiento externo. Dos hombres están discutiendo, ostensiblemen­te, por un dinero, pero la pasión que los anima resulta inexplica­ble. Luego la imagen se desvanece y nos muestran lo que uno y otro hombre ven mentalmente. Frente a frente, sentados a la mesa, discutían por dinero; pero, en el recuerdo, volvían a sus días de juventud cuando una chica lo dejó a uno de ellos para ir con el otro. El drama exterior ha sido explicado: el héroe no es codicio­so, está enamorado.
Una escena no muy diferente fue representada en el Senado de los Estados Unidos. El 29 de septiembre de 1919 a la hora del desayuno, varios senadores leyeron un comunicado de prensa en el Washington Post, sobre el desembarco de la infantería de ma­rina norteamericana en la costa dálmata. Decía el diario:

HECHOS YA ESTABLECIDOS
Parecen confirmados los siguientes hechos de importancia: las órde­nes dadas al contralmirante Andrews, comandante de las fuerzas na­vales norteamericanas en el Adriático, provinieron del Almirantazgo Británico, por intermedio del Consejo de Guerra y del contralmirante Knapps, de Londres. No se solicitó la aprobación ni la desaprobación del Ministerio de Marina norteamericano...

SIN EL CONOCIMIENTO DE DANIEL
El señor Daniel admitió encontrarse en una posición algo particular cuando, al llegar aquí los cablegramas, se supo que las fuerzas sobre las cuales él tenía supuestamente un control exclusivo, estaban li­brando, ni más ni menos, un combate naval sin su conocimiento. Era evidente que el Almirantazgo Británico pudiese querer dar órdenes al contralmirante Andrews para actuar en nombre de Gran Bretaña y sus aliados, ya que la situación requería sacrificios de parte de alguna nación, si se quería frenar a los partidarios de D'Annunzio.
Pero era también evidente que, según el nuevo plan de la Liga de las Naciones, los extranjeros estarían en posición de dirigir las fuerzas de la marina norteamericana, en casos de emergencia con o sin el con: sentimiento del Ministerio de Marina norteamericano..., etc. (Subra­yado por mí.)

El primer senador que hizo un comentario fue Knox, de Pennsylvania. Lleno de ira, reclama una investigación. En el caso de Brandegee, de Connecticut, quien habló después, la indignación ya ha estimulado la credulidad. Mientras Knox, indignado, de­seaba saber si el comunicado era verídico, Brandegee, medio mi­nuto más tarde, quiere saber lo que hubiese ocurrido si hubiesen matado a soldados norteamericanos. Knox, olvidando que ha hecho una pregunta, responde: si hubieran matado a soldados norteamericanos, habría guerra. El tono del debate es aun condicional. Continúa la sesión. McCormick, de Illinois, recuerda al Senado que la administración de Wilson es favorable a las guerras poco importantes y no autorizadas. Repite el dicho de Teodoro Roosevelt: "hacer la paz guerreando". Más debate. Brandegee advierte que los soldados actuaron "según órdenes de un Consejo Supremo que celebraba sesiones en algún lado", pero no puede recordar quién representaba a los Estados Unidos en ese cuerpo. La Constitución norteamericana desconoce dicho Consejo. Entonces, el señor New, de Indiana, presenta una resolución para solicitar los hechos verídicos.
Hasta allí los senadores aun admiten vagamente estar discutiendo un rumor. Como abogados, todavía recuerdan algunas de las formas de la evidencia, pero como hombres de carne y hueso experimentan, desde ya, toda la indignación propia al hecho de que un gobierno extranjero haya dado órdenes a la marina norteamericana de hacer una guerra, sin el consentimiento del Congreso. Emocionalmente desean creerlo, porque son todos miem­bros del partido republicano y combaten a la Liga de las Nacio­nes. Esto sacude al señor Hitchcock, de Nebraska, líder demócrata, quien defiende al Consejo Supremo por haber actuado con poderes de guerra. La paz aun no ha sido declarada y el atraso, según él, se debe a los republicanos; por lo tanto, la acción era necesaria y legal. Ambos lados aceptan ahora que el comunicado es verídico y las conclusiones que de él sacan son conclusiones de partido. Y, sin embargo, esta extraordinaria suposición se da en un debate donde se trata la investigación de la autentici­dad de dicha suposición. Esto revela cuán difícil es, aun para abo­gados experimentados, suspender la reacción hasta saber los re­sultados. La reacción es instantánea: la ficción es tomada como verdad porque se la necesita con urgencia.
Días más tarde, un comunicado oficial mostró que los infantes de marina no habían desembarcado por orden del gobierno britá­nico ni del Consejo Supremo. No habían luchado contra los ita­lianos; a pedido del gobierno italiano habían desembarcado para protegerlos, y las autoridades italianas habían agradecido al co­mandante norteamericano. La marina norteamericana no estaba en guerra contra Italia, simplemente había actuado de acuerdo con una práctica internacional establecida, que nada tenía que ver con la Liga de las Naciones.
La escena de la acción fue el Adriático. La imagen mental que se hicieron los senadores en Washington de esta escena les fue inspirada, probablemente con intenciones de engaño, por un hom­bre a quien nada le importaba el Adriático, pero sí mucho derro­tar a la Liga. A esta imagen respondió el Senado con una ratifi­cación de las diferencias partidarias sobre la Liga.


5

No es necesario decidir en este caso particular si el Senado se encontraba por encima o por debajo de su estado normal; ni tam­poco si se puede comparar al Senado favorablemente con el Parla­mento británico, ni con otros parlamentos. En este momento, sólo quiero considerar el espectáculo, aplicable a todo el mundo, de unos hombres que actúan sobre su ambiente, impulsados por estímulos de sus pseudoambientes. Cuando se hacen concesiones para los casos de fraude deliberado, la ciencia política debiera aun explicar hechos tales como el de dos naciones que se atacan mutuamente, convencida cada una de ellas de que está actuando en defensa propia, o el de dos clases que luchan entre sí, segura cada una de que lo hace en representación del interés común. Podríamos decir que viven en mundos diferentes, o, para ser más exactos, que viven en el mismo mundo, pero piensan y sienten en mundos di­ferentes.
A estos mundos especiales, a estas creaciones que nacen del in­dividuo, del grupo, de la clase, de la región, de la ocupación, de la nación o de las sectas, se adapta la humanidad de la Gran So­ciedad. Resulta imposible describir lo variados y complejos que son, y, sin embargo, estas ficciones determinan una buena parte del comportamiento político de los hombres. Debemos figurarnos quizá cincuenta parlamentos soberanos, formados al menos por cien cuerpos legislativos; junto con ellos existen no menos de cin­cuenta jerarquías de asambleas provinciales y municipales y todo esto, con sus órganos ejecutivos, administrativos y legislativos, constituye la autoridad formal sobre la Tierra. Pero esto apenas comienza a revelarnos la complejidad de la vida política, ya que, en cada uno de estos incontables centros de autoridad, hay partidos, que forman a su vez jerarquías arraigadas en clases, sec­ciones, pandi1las y clanes, y dentro de estas últimas categorías hay políticas individuales, cada uno centro de una red de cone­xiones, recuerdos, miedos y esperanzas.
De alguna manera, y en general por razones necesariamente oscuras, estos cuerpos políticos, tras compromisos, cabildeos y dominaciones, dan órdenes que movilizan ejércitos o forjan la paz, que reclutan vidas, cobran impuestos, destierran y encarcelan, protegen la propiedad o la confiscan, alientan ciertas empresas, desalientan otras, facilitan o dificultan la inmigración, mejoran la comunicación o la censuran, fundan escuelas, construyen ar­madas, proclaman "programas políticos" y "destinos", levantan ba­rreras económicas, construyen o destruyen propiedades, someten un pueblo al gobierno de otro, o favorecen una clase a expensas de otra. Para cada una de estas decisiones se tiene por conclu­yente una cierta visión de las hechos, se acepta una cierta visión de las circunstancias como base de ilación y como estímulo del sentimiento. ¿Cuál es esa visión de los hechos, y por qué se ha elegido precisamente ésa?
Sin embargo, ni aun esto comienza a disipar la complejidad. La estructura política antes mencionada se da en un ambiente social donde existen incontables corporaciones e instituciones numero­sas o reducidas, asociaciones voluntarias o semivoluntarias, agru­paciones nacionales, provinciales, urbanas o vecinales, que toman, la mayoría de las veces, aquellas decisiones que registra el cuerpo político. ¿Sobre qué se basan estas decisiones?
"La sociedad moderna", dice Chesterton, "es intrínsecamente insegura porque se basa en la noción de que todos los hombres ha­rán la misma cosa por motivos diferentes... Y que, mientras en la mente de un condenado está el infierno de un crimen solitario, en la casa o bajo el sombrero de cualquier empleado suburbano estará el limbo de una filosofía muy distinta. Supongamos que un primer hombre sea completamente materialista y que sienta que su propia mente es una fabricación de la horrible máquina de su cuerpo. Quizá hasta escuche sus pensamientos como el pe­sado tictac de un reloj. Su vecino podrá ser un adepto a la Cien­cia Cristiana que considere su cuerpo como algo casi menos sus­tancial que su propia sombra. Podrá llegar casi a creer que sus propios brazos y piernas son ilusiones, como las serpientes move­dizas en el sueño de delirium tremens. Puede que un tercer vecino no sea un adepto a esta secta, sino, por lo contrarío, un cristiano. Vivirá un cuento de hadas, como dirían sus vecinos, un cuento de hadas misterioso pero sólido, lleno de caras y presencias de amigos extraterrenos. El cuarto hombre puede ser teósofo, y, con toda probabilidad, vegetariano. Y no veo por qué no puedo darme el gusto de imaginarme el quinto como un adorador del diablo... Sea o no valiosa una variedad semejante, la unidad que resulta carece de solidez. Pretender que todos los hombres de todos los tiempos seguirán pensando cosas diferentes y que, sin embargo, harán las mismas cosas, es una especulación dudosa. Sería fundar una so­ciedad no sobre la base de una comunión, ni aun de una conven­ción, sino de una coincidencia. Cuatro hombres pueden reunirse bajo un mismo farol; uno para pintarlo de color verde cotorra, participando así en la gran reforma municipal; otro, para leer su breviario bajo la luz; el tercero, para abrazarlo con casual apasionamiento, en un arranque de entusiasmo alcohólico, y, el últi­mo, tan sólo porque el farol verde cotorra es un punto de referen­cia visible para citarse con su novia. Pero sería imprudente espe­rar que esto ocurra todas las noches. . ."
Reemplacemos a los cuatro hombres alrededor del farol por los gobiernos, partidos, corporaciones, sociedades, grupos sociales, oficios y profesiones, universidades, sectas y nacionalidades del mundo. Pensemos en el legislador que vota un estatuto que afec­tará a pueblos lejanos, en el estadista que llega a una decisión, en la Conferencia de la Paz que reconstituye las fronteras de Euro­pa, en el embajador ante un país extranjero que trata de discernir entre las intenciones de su propio gobierno y las del gobierno ex­tranjero, en un agente que se ocupa de una concesión en un país subdesarrollado, en un editor que reclama una guerra, en un sa­cerdote que pide a la policía que controle las diversiones, en los miembros de un club que discuten en el salón sobre una huelga, en una asociación femenina que se dispone a arreglar el sistema escolar, en los nueve jueces que deciden si la legislatura de Ore­gón puede establecer horarios de trabajo para las mujeres, en una reunión de gabinete para decidir si se reconoce a un gobierno, en una asamblea de partido para elegir candidato y fijar una plataforma, en veintisiete millones de electores que echan la bole­ta en la urna, en un irlandés de Cork que piensa en un irlandés de Belfast, en una Tercera Internacional que piensa reconstruir totalmente la sociedad humana, en una junta de directores ante una lista de demandas de sus empleados, en un joven que elige una carrera, en un comerciante que calcula la oferta y la de­manda para la temporada venidera, en un especulador que predi­ce el curso del mercado, en un banquero que decide si debe dar crédito a una nueva empresa, en el que redacta los avisos publi­citarios, en el que los lee... Pensemos en los diferentes tipos de norteamericanos cuando examinan sus propios conceptos sobre "el Imperio Británico", "Francia", "Rusia" o "México". No hay tanta diferencia con los cuatro hombres de Chesterton junto al farol verde cotorra.


6

Por lo tanto, antes de complicarnos con la selva de sombras for­mada por las diferencias congénitas de los hombres, haremos bien en fijar la atención sobre las enormes diferencias entre las concepciones humanas del mundo. No dudo de que haya diferencias biológicas importantes: desde el momento en que el hombre es un animal, sería extraño que no las hubiera. Pero, como seres racio­nales, sería más que superficial empezar a generalizar sobre los comportamientos comparativos, mientras no haya una semejanza mensurable entre los medios a los cuales responden esos compor­tamientos. El valor pragmático de esta idea es el de introducir un sutil matiz en la vieja controversia sobre naturaleza y nutrición, cualidad ingénita y medio ambiente, pues el pseudoambiente es un compuesto híbrido de "naturaleza humana" y de "condicio­nes". A mi entender, esto demuestra la inutilidad de discurrir sobre lo que es y siempre será el hombre, partiendo de lo que le vemos hacer, o sobre aquellas condiciones que son necesarias en la sociedad, ya que no sabemos cómo se comportarían los hombres si respondiesen a los hechos de la Gran Sociedad. Todo lo que sabemos en realidad es cómo se comportan cuando responden a lo que razonablemente podemos llamar una imagen muy inadecuada de la Gran Sociedad. Partiendo de esta evidencia, no se puede sacar ninguna conclusión honesta sobre el hombre ni sobre la Gran So­ciedad.
Será ésa, por lo tanto, la clave de nuestra encuesta. Supondre­mos que lo que hace cada hombre no se basa en el conocimiento directo y seguro, sino en las imágenes hechas por él mismo o que le han sido dadas. Si su atlas le dice que la Tierra es plana, no navegará cerca de lo que él cree que es el borde de nuestro plane­ta, por miedo a caerse; si en sus mapas figura una fuente de Juvencia, saldrá un Ponce de León a buscarla; si alguien desentie­rra un polvo amarillo que parece oro, se comportará durante un tiempo como si hubiese encontrado oro. La manera cómo imaginan el mundo determina en todo momento lo que harán los hombres. No determina lo que lograrán hacer: determina su esfuerzo, sus sentimientos, sus esperanzas, pero no sus éxitos y resultados. Los hombres que proclaman con mayor fuerza su "materialismo" y su desprecio por los "ideólogos", los comunistas marxistas, ¿en qué ponen su esperanza? En la formación, mediante la propaganda, de un grupo con conciencia de clase. Pero, ¿qué es la propaganda, sino el esfuerzo de modificar la imagen a la cual responden los hombres, de sustituir un molde social por otro? ¿Qué es la conciencia de clases sino una manera de tomar conciencia del mundo? ¿Y qué la conciencia de especie, del profesor Giddings, sino un proceso de creer que reconocemos en la muchedumbre a algunos seres marcados como pertenecientes a nuestra especie?
Intentemos explicar la vida social diciendo que es la persecución del placer y la prevención del dolor. Pronto diremos que el hedonista asume la cuestión sin pruebas, puesto que aun suponiendo que el hombre persiga estos fines, el problema decisivo de la razón por la cual cree que seguir un curso dado le proporcionará más placer que seguir otro, está aun por resolver. ¿Explica el problema el decir que la conciencia del hombre es su guía? Entonces, ¿por qué tiene la conciencia particular que tiene? ¿La teoría del interés propio? Pero, ¿cómo conciben los hombres su propio interés en un sentido y no en otro? ¿El deseo de seguridad, de prestigio, de poder o de una vaga realización de sí mismo? Pero ¿cómo conciben los hombres su seguridad, qué consideran prestigio, cómo entienden los medios de llegar al poder y cuál es esa noción de ser que desean realizar? Placer, dolor, conciencia, adquisición, protección, aumento de valor, dominio, he ahí algunos nombres que, sin duda, podemos dar a las maneras de comportarse de la gente. Puede que haya disposiciones instintivas que contribuyan a esos fines, pero no basta nombrar el fin, ni describir la tendencia a obtenerlo, para explicar el comportamiento que resulta. El mero hecho de que los hombres teoricen es la prueba de que sus pseudoambientes, sus imágenes interiores del mundo, son elementos determinantes del pensamiento, el sentimiento y la acción; si la relación entre la realidad y la reacción humana fuese directa e inmediata, en cambio de indirecta y deducida, no se conocerían la indecisión y el fracaso, y (si cada uno de nosotros cupiese en el mundo tan cómodamente como el niño en la matriz) Bernard Shaw no hubiese podido decir que ningún ser humano se las arregla tan bien como una planta, salvo durante los primeros nueve meses de su vida.
La gran dificultad de adaptar el planteo psicoanalítico al pensamiento político surge de esta relación. Los freudianos se preocupan por la inadaptación de individuos determinados frente a otros individuos y a situaciones concretas. Han supuesto que, si los desarreglos internos se pudiesen solucionar, no habría casi confusión en la relación normal y evidente. Pero la opinión pública trata con hechos indirectos, invisibles y enmarañados, en los cuales nada es evidente. Las situaciones a las cuales se refiere, se conocen sólo como opiniones. El psicoanalista, en cambio, pretende casi siempre que es posible conocer el ambiente y que, si no es conocible, es por lo menos soportable, para cualquier inteligencia despejada. De esta suposición surge el problema de la opinión pú­blica. En lugar de dar por aceptado aquel ambiente que se conoce fácilmente, el analista social se preocupa más por estudiar la concepción de un ambiente político más amplio. El psicoanalista estudia da adaptación al elemento X, que él llama ambiente; el analista social estudia el elemento X, pero lo llama pseudoambiente.
Por supuesto que está permanentemente en deuda con la nueva psicología, no sólo por lo mucho que ayuda a la gente a desempe­ñarse por sí sola, cuando está bien aplicada, sino porque el estudio de los sueños, la fantasía y la racionalización han aclarado el proceso de formación del pseudoambiente, pero no puede asumir como criterio suyo lo que se llama "una carrera biológica normal" dentro del orden social existente, ni una carrera "liberada de la opresión religiosa y de las convenciones dogmáticas" fuera de ese orden. Pues, ¿qué es, para un sociólogo, una carrera social normal o una carrera libre de opresiones y convenciones? Los críticos conservadores asumen, claro está, la primera idea y, los románticos, la segunda. Pero, al asumirlas, dan por aceptado al mundo entero. Dicen, efectivamente, o bien que la sociedad corresponde a la idea que ellos se hacen de la normalidad, o bien que corresponde a la idea de libertad. Ambas ideas no son más que opiniones públicas, y mientras que el psicoanalista, como médico, puede quizá asumirlas, el sociólogo no puede tomar el producto de la opinión pública existente como criterio para estudiar la opinión pública.


7

El mundo con el cual debemos tratar políticamente se encuentra fuera del a1cance de la vista y de la mente. Debe ser explo­rado, divulgado e imaginado. El hombre no es ningún dios aristotélico que abarca toda la vida de un vistazo, sino la criatura de una evolución, y apenas puede abarcar la porción de realidad su­ficiente para poder sobrevivir, arrebatando lo que en la escala del tiempo no son más que unos minutos de discernimiento y felici­dad. Sin embargo, esta misma criatura ha inventado maneras de ver lo que es imposible ver a simple vista, de oír lo que ningún oído puede oír, de pesar masas inmensas o infinitesimales, de con­tar y separar más elementos de los que puede recordar indivi­dualmente. Está aprendiendo a ver con la mente vastos sectores del mundo que antes no podía ver, tocar, oler, oír o recordar. Poco a poco se hace una imagen mental fidedigna del mundo que no alcanza.
Llamamos, en general, asuntos públicos a aquellos rasgos del mundo exterior que tienen algo que ver con el comportamiento de otros seres humanos, en la medida en que ese comportamiento se cruza con el nuestro, depende de nosotros o nos resulta interesan­te. Las imágenes mentales de estos seres humanos, las imágenes de ellos mismos, de los demás, de sus necesidades, propósitos y relaciones, constituyen sus opiniones públicas. Aquellas imágenes, influidas por grupos de personas o por individuos que actúan en nombre de grupos, constituyen la Opinión Pública, con ma­yúscula. Así, en los siguientes capítulos, averiguaremos primero algunas de las razones por las cuales la imagen mental engaña tan a menudo a los hombres en su relación con el mundo exterior. Bajo este encabezamiento consideraremos primero los factores principales que limitan el acceso a los hechos, a saber: la censura artificial, los contactos sociales limitados, el tiempo relativamente reducido del cual se dispone diariamente para atender a los asun­tos públicos, la tergiversación que surge de que los hechos deban ser abreviados en mensajes muy cortos, la dificultad de expresar un mundo complicado con un vocabulario reducido, y, finalmente, el temor de afrontar aquellos hechos que parecerían amenazar la rutina establecida de la vida humana.
Luego de estas limitaciones más o menos externas, pasaremos a analizar en qué forma este desfile de mensajes del mundo exterior se encuentra afectado por las imágenes almacenadas, las concepciones previas y los prejuicios que interpretan y clasifican estos mensajes, dirigen el movimiento de nuestra atención y aun nuestra visión. De allí pasamos a examinar cómo, en cada perso­na, los limitados mensajes del mundo exterior, formando un mol­de estereotipado, se identifican en cada individuo con sus propios intereses, tal como él los siente y concibe. En las secciones que siguen, examinamos de qué manera se cristalizan las opiniones formando lo que se llama la Opinión Pública, cómo se forma una Voluntad Nacional, una mentalidad de grupo, un propósito social o lo que sea.
Las cinco primeras partes constituyen el sector descriptivo del libro. Sigue luego un análisis de la tradicional teoría demo­crática de la opinión pública. La sustancia del razonamiento es que la democracia, en su forma original, nunca afrontó seria­mente el problema de que las imágenes mentales de la gente no coincidiesen automáticamente con el mundo exterior. Luego, puesto que la teoría democrática está sometida a la crítica de los pensadores socialistas, viene un examen de aquellos juicios críticos más avanzados y más coherentes, tales como los formulados por los miembros de la Liga Inglesa de Socialistas. Es mi propósito averiguar si estos reformistas tienen en cuenta las principa­les dificultades de la opinión pública, y llego a la conclusión de que las ignoran tan completamente como los demócratas, porque ellos también aceptan, y en un mundo mucho más complicado, que de alguna misteriosa manera existe en los corazones de los hombres un conocimiento del mundo exterior.
Yo sostengo que el gobierno representativo, tanto en lo que comúnmente se llama política como en la industria, no puede funcionar con éxito, cualesquiera sean las bases de la elección, si no hay una organización experta e independiente que haga inteligibles los hechos ocultos para aquellos que toman las decisiones. Por lo tanto, intento argumentar que sólo aceptando seriamente el principio de que la representación personal debe ser suplida por la representación de los hechos ocultos, se podría llegar a una descentralización satisfactoria y escaparíamos a la intolerable e inútil ficción de que cada uno de nosotros debe adquirir una opinión competente sobre todos los asuntos públicos. Mantengo que el problema de la prensa es confuso porque los críticos y apologistas esperan que ella lleve a cabo esa ficción, compensando todo lo que no estaba previsto en la teoría de la democracia, y los lectores esperan que este milagro se cumpla sin ocasionarles gasto ni mo­lestia. Las personas democráticas ven en los periódicos las pana­ceas para sus defectos, mientras que el análisis de la índole de las informaciones y del fundamento económico del periodismo parecería mostrar que los periódicos, necesaria e inevitablemente, reflejan, y, por ende, de mayor o menor manera intensifican, la organización defectuosa de la opinión pública. Concluyo que las opiniones públicas deben organizarse para la prensa, si se quiere que sean sólidas, y no ser organizadas por la prensa como ocurre actualmente. Concibo que esta organización será, en primera ins­tancia, la tarea de una ciencia política que habrá ganado su ver­dadero lugar de expositora que se adelanta a la decisión efecti­va, en vez de ser apologista, crítica o relatora, después que la de­cisión ha sido tomada. Trato de demostrar cómo las perplejidades del gobierno y la industria conspiran para dar a la ciencia polí­tica esta enorme oportunidad de enriquecerse y servir al público, y por supuesto que espero que estas páginas ayuden a algunos a tomar más plenamente conciencia de esta oportunidad y, por lo tanto, a dedicarse a ella más profundamente.

lunes, agosto 07, 2006

A propósito de la guerra.


Anécdota. Este verano visitamos con tito (de espalda y pelo largo) un par de ciudades y de pueblitos de la provincia de Santa Cruz. En todos y cada uno había negocios relacionados con el sionismo. A todos y cada uno quise sacarles fotos (¡cuándo no!), pero la cámara siempre, de alguna forma inexplicable, se ponía en modo AV. Cinco fotos a comercios sionistas, todas veladas. Esta foto, en la que aparece el comercio "Monte de Sion" -de violeta y verde furioso-, quedó en pie porque la saqué dos veces. Algo inexplicable. La nueva guerra (la guerra de siempre, la guerra como excusa) me hizo recordar esta particular anécdota y me llevó, de vuelta, a la foto.

domingo, agosto 06, 2006

Plagia bien sin mirar a quién

Tomado de la Ñ de ayer.
También vale ver algunos artículos relacionados con esto en La mala palabra (
http://www.milmamuts.com.ar/lamalapalabra/); en el número 12, por ejemplo, el de Benjamín Kozag ("Apuntes para explicar algunas cuestiones sobre copyright, autoría y plagio en diez minutos") o, en el número 13, el de Pedro de las Heras Quirós y Jesús González Barahona ("Y la información sera libre, ¿o no?").


¿Existe el "robo" aceptable?
Por Eduardo Berti

Para que no me acusen de plagio voy a empezar por citarme: entre los personajes de Todos los Funes hay un abogado que refiere el caso de un escritor al que le plagian su primera novela de manera desfachatada: se trata del mismo libro, sólo que donde él escribe "la casa era grande", el otro pone "el hogar era espacioso", y así sucesivamente. Lo que indigna no es tanto que el tipo haya plagiado (todo camino artístico es una imitación poco o más feliz, poco o más fiel), sino la extrema pobreza del procedimiento.
¿Hay un plagio "aceptable" y otro que no? Si el método es creativo, no un simple robo; si da como resultado una obra que se vale por sí misma, ¿qué sentido tiene una caza de brujas? Ni hablar cuando a estos requisitos se le suma alguna honesta alusión al procedimiento, sea explícita o no tanto. "Apropiarse" implica tomar algo ajeno. Si el resultado aún parece ajeno, si el artista no hizo propia la obra, ha fracasado. El mejor modo de evaluar una obra es su calidad, o al menos sus ambiciones en tal sentido y, si alguna apropiación no deshonesta ha servido para estos fines, es asunto secundario. Lo "malo" de Bucay no es que haya plagiado; lo malo son sus libros, aun el caso de que él hubiese sido el plagiado.
Puedo entender la bronca o la impotencia de un escritor, músico o cineasta que se han visto despojados. Tienen todo el derecho de defenderse. El riesgo es ponerse "políticamente correctos" (ingenua o perversamente), perder de vista cuánto de juego hay en el arte y rasgarse las vestiduras por cada obra que se parece "demasiado" a otra. ¿"Demasiado" para quién? ¿Con qué criterios?
Hay, a veces, un abuso por parte de ciertos artistas que invocan la tan manoseada "intertextualidad". Pero también lo hay por parte de quienes, a la primera ocasión, se arrojan como cuervos al grito de "¡plagio!". Una forma de vanidad no está excluida: sé de más de un escritor acusado de plagio por un ignoto autor contemporáneo; en la mayoría de los casos, los supuestos plagiarios no han leído la obra del otro.
Decía Paul Valéry: "Resumir una tesis es retener lo esencial. Reemplazar una obra de arte por un resumen es perder lo esencial". La ética de quienes promueven cada vez más juicios por plagio no siempre va por los carriles del arte. De primar su lógica no habrían existido ni Las Meninas de Picasso, ni Duchamp, ni el blues o la milonga, ni la sola idea de las variaciones, ni la genial canción de Leo Maslíah "No necesitamos otro héroe, Valderrama". Tampoco habrían sido posibles ni el Quijote de Cervantes, ni el de Avellaneda, ni la segunda parte de Cervantes, ni el Quijote Evangélico, ni D.Q. de Rubén Darío, ni el Monseñor Quijote de Graham Greene, ni Pierre Menard. Dudo que el mundo, por ello, hubiese sido más justo. Sé que, en cambio, hoy sería menos bello.

miércoles, agosto 02, 2006

Muere gordo aplastado por su propio peso

por Álex de la Iglesia. El País.es, 02-08-2006

Me levanto destrozado por un dolor terrible de espalda provocado por la tensión que ejerce mi barriga sobre la espina dorsal. Las sábanas me estrangulan, enroscadas como anguilas húmedas alrededor de mi cuerpo. No he pegado ojo por el increíble calor que hace, sudando como una perra en celo. La almohada parece un pastelito relleno de licor, ahogada por el peso de mi enorme cabeza. Creo que ha crecido durante la noche, alimentándose de algún problema que no he conseguido resolver. Tenía que hacer algo, algo importante. Y sin embargo, aquí estoy, tirado sobre la cama, como un buda que ha bebido demasiado, como un querubín de Rubens jubilado, como un elefante marino esperando que suba la marea. Miro a mi alrededor y no encuentro el periódico. Claro, estoy de vacaciones y no hay periódicos. Están todos amontonándose en mis aposentos de invierno, y nadie los recoge. ¿Cómo afrontar el día sin haber leído lo que pasa? Es absurdo, en verano nunca pasa nada. Los periódicos no saben qué inventarse. Meten cuentos para llenar las páginas (bueno, eso pasa siempre) y gente extraña sustituye a los habituales columnistas intentando rellenar los huecos que producen sus vacaciones. En verano el universo deja de expandirse, los efectos no siguen a las causas. Todo se detiene. Y yo permanezco en la cama, intentando recordar algo que tenía que hacer. Por otro lado, es ridículo que las noticias esperen al invierno para ocurrir. Las noticias son imprevisibles, si se pudiera prever, dejarían de ser noticias. Sin embargo, da la impresión de que lo importante se deja para septiembre y lo que sucede estos días es irrelevante. Programan un par de catástrofes, algún incendio para dar emoción, pero en general, nos reservamos lo bueno para el invierno. Qué triste ser noticia de verano. Las noticias de verano tienen algo de frívolo que les resta trascendencia. Son carne de chiringuito, chascarrillos que no pasarán de la paella. En el postre uno ya está pensando en la siesta y no recuerda nada. Ahora me da un patatús de esos que dan a los ancianos sin aire acondicionado -soy un perfecto ejemplo-, y a nadie le importa, porque me convertiría en una triste noticia de verano. Palman 100 abuelos en Francia y un gordo en España. No recuerdo qué tenía que hacer, pero mi destino está clarísimo. Mi cuerpo desaparecerá diluido entre sábanas correosas y nadie prestará atención a la noticia, camuflada entre incendios y fiestas de pueblo, accidentes de tráfico y avistamientos de ovnis. Me ahogaré en mis propios fluidos corporales, y el asunto no dará ni para 500 palabras. Dios, ahora caigo: tenía que escribir algo para el periódico.

domingo, julio 30, 2006

Poema dominical

Aunque lo del texto anterior todavía está fresquito, buscando entre las cosas que me gustan de otra gente encontré un poema, así que lo comparto.

Flor.

Lo que queda de té

Nunca fuimos tanto.
Un escuadrón nos matará en Brasil.
No quiero estar cuando saltés.
Las lagunas son tu línea
y un jardín que se estruja.
Buscamos como tontos en la brea
una pantalla que nos mire,
pero el té que toma el asesino
es de la misma marca
que el que compramos nosotros.
Somos como un torturador
a la hora del té.
Somos como un torturador
durmiendo la siesta,
cuando duerme la siesta.
Nunca fuimos tan poco.
Pero algo nos iguala.
Nos deja tontos
hablar de esto.
Sólo reconocemos nuestros cuerpos:
las palabras se rompen
y nuestros espejos
se van a tapar algún día.
Sabemos que nuestra sangre
acabará dura, que las charlas
se olvidan, y que nos esperan
en otro lado.
En breve habremos de irnos;
hablamos de no hacer.

sábado, julio 29, 2006

Carlitos y Estados Unidos

Del blog de Santiago Roncagliolo: http://blogs.elboomeran.com/roncagliolo/

Cuando era niño, Lima me parecía horrible. Había bombas y apagones. No podías salir por la calle tranquilamente. Todos los niños de mi edad estaba obsesionados con el sexo y yo ni siquiera sabía qué era eso. Todos jugaban fútbol y a mí me daba miedo. Solía encerrarme a leer en mi cuarto y olvidarme del mundo. Me consideraba más inteligente que los demás, y atribuía a ello mi incapacidad para relacionarme. Hasta que llegó Carlitos.
A Carlitos lo trajo su mamá de la mano una tarde. Había visto que yo vivía en el edificio, y creía que podríamos ser amigos. Me había visto llevar libros, y consideraba que yo debía ser un chico decente. No sé si tenía razón, pero Carlitos y yo nos hicimos amigos rápidamente. Supongo que me hacía falta hablar con un ser humano.
El padre de Carlitos era almirante de la Marina, y la familia había pasado una temporada en la base americana de Naples. Desde entonces, eran fanáticos de los Estados Unidos. Todo lo que viniera de allá les gustaba. Carlitos tenía hasta guantes de béisbol que nadie sabía usar. Y su madre, cuando algo le parecía muy moderno, solía decir que era “como allá”. “Allá” significaba América, el paraíso. Comparaban todo lo peruano con “allá” y lo despreciaban. También el padre tenía esa afición. Llegaba a la casa, bajaba del auto escoltado por dos camionetas de seguridad con cristales polarizados y le decía a Carlitos:
–Hey Paul, did you do your homework?
–Yes, dad –respondía mi amigo. Nunca los escuché hablar en castellano.
Por supuesto, el hermano mayor de Carlitos fue enviado a estudiar a EEUU. Carlitos siempre hablaba de lo bien que le iba, de cómo se divertía, de todo lo que se compraba allá. Pero tres años después, cuando el hermano regresó, había perdido por lo menos diez kilos. Por entonces, éramos ya unos adolescentes, y al hermano le gustaba alardear de sus juergas en EEUU. Decía que mucha gente se pasaba la vida estudiando y trabajando, pero que él se había farreado cada minuto de los últimos años, y eso lo hacía sentirse satisfecho con su vida.
Meses después, el hermano fue preso. Lo capturaron cuando intentaba pasar cocaína hacia Miami. En atención a su padre el almirante, consiguió una celda especial en el presidio. Murió de SIDA ahí mismo un año después.
Según la cadena de mando, el padre de Carlitos estaba destinado a ser comandante general de la Marina. Su hoja de servicios era impecable, y había hecho una carrera brillante. Pero el gobierno truncó sus planes: se saltó a su promoción para poner a una más afín a sus propósitos. Súbita e injustamente, el papá de Carlitos se encontró en el retiro.
Por supuesto, viajó a Estados Unidos para ver si conseguía un lugar ahí, en alguna escuela naval. Pero estaba acostumbrado a sus honores militares y su estatuto semi diplomático. Esta vez, en cambio, en Houston lo detuvieron y revisaron. Quizá porque llevaba el apellido de su hijo, o quizá por el acoso que los americanos empezaban a hacerle a los militares fujimoristas. No se sabe. El caso es que lo tuvieron cuatro horas en una oficina del aeropuerto, la experiencia más humillante a la que se había sometido. Al final se embarcó en el siguiente vuelo a Miami para regresar, pero su corazón no resistió la experiencia. Murió durante la escala.
Hoy he pasado por la antigua casa de Carlitos, que ha sido reformada y ampliada. Pero mi viejo amigo ya no vive ahí. Me han dicho que está en Carolina del Norte, trabajando para un canal de televisión hispano. Su madre también vive ahí, o más bien, “allá”. Parece que está contenta, al fin.

jueves, julio 27, 2006

Hablando de una fábula




(...)En pocas palabras se cuenta, y aquí la vamos a dejar para ilustración de las nuevas generaciones que la desconocen, con la esperanza de que no se burlen de ella por ingenua y sentimental. Atención, pues, a la lección moral. Érase una vez, en el antiguo país de las fábulas, una familia integrada por un padre, una madre, un abuelo que era el padre del padre y un niño de ocho años, un muchachito. Sucedía que el abuelo ya tenía mucha edad, por eso le temblaban las manos y se le caía la comida de la boca cuando estaban a la mesa, lo que causaba gran irritación al hijo y a la nuera, siempre diciéndole que tuviera cuidado con lo que hacía, pero el pobre viejo, por más que quisiera, no conseguía contener los temblores, peor aún si le regañaban, el resultado era que siempre manchaba el mantel o el suelo al dejar caer la comida, por no hablar de la servilleta que le ataban al cuello y que era necesario cambiarla tres veces al día, en el desayuno, al almuerzo y a la cena. Estaban las cosas así y sin ninguna expectativa de mejoría cuando el hijo decidió acabar con la desagradable situación. Apareció en casa con un cuenco de madera y le dijo al padre, A partir de ahora, comerá aquí, sentado en el patio que es más fácil de limpiar para que su nuera no tenga que estarse preocupando con tantos manteles y tantas servilletas sucias. Y así fue. Desayuno, almuerzo y cena, el viejo sentado solo en el patio, llevándose la comida a la boca conforme era posible, la mitad se perdía en el camino, una parte de la otra mitad se le caía por la boca abajo, no era mucho lo que se le deslizaba por lo que el vulgo llama canal de la sopa. Al nieto no parecía importarle el feo tratamiento que le estaban dando al abuelo, lo miraba, luego miraba al padre y a la madre, y seguía comiendo como si nada tuviera que ver con el asunto. Hasta que una tarde, al regresar del trabajo, el padre vio al hijo trabajando con una navaja un trozo de madera y creyó que, como era normal y corriente en esas épocas remotas, estaría construyendo un juguete con sus propias manos. Al día siguiente, sin embargo, se dio cuenta de que no se trataba de un carro, por lo menos no se veía el sitio donde se le pudieran encajar unas ruedas, y entonces preguntó, Qué estás haciendo. El niño fingió que no había oído y siguió excavando en la madera con la punta de la navaja, esto pasó en el tiempo que los padres eran menos asustadizos y no corrían a quitar de las manos de los hijos unos instrumentos de tanta utilidad para la fabricación de juguetes. No me has oído, qué estas haciendo con ese palo, volvió a preguntar el padre, y el hijo, sin levantar la vista de la operación, respondió, Estoy haciendo un cuenco para cuando seas viejo y te tiemblen las manos, para cuando tengas que comer en el patio, como el abuelo. (...)


Saramago, José. Las intermitencias de la muerte. Buenos Aires, Alfaguara, 2005. Páginas 104, 105 y 106.

L>S>D>A

miércoles, julio 26, 2006

NIEVE MORTAL



Hoy. Aquí. Hace unas horas.

"Copos satánicos caen / como ayer"



Muy eternauta todo.

Para amenizar el clima. Melingo cantando "Nieve Mortal", de su disco H2O (inspirado en El Eternauta).
En:
http://flor.leak.com.ar/granizo/

¡Disfruten!

La viveza entre la inteligencia y la estupidez

Por Marco Denevi. En: La comunicación. Un oasis. Carta de Noticias de distribución gratuita. Copyright 2006, by Roberto J. Jakobsen. Jueves 13 de julio de 2006 - Año V - Nº 320.

Frente a un problema concreto, la reacción mental del hombre inteligente es dinámica: buscará el camino de la solución, a menudo a través de exploraciones, de asedios desde distintos flancos, de razonamientos abandonados en un punto y recomenzados en otro, hasta encontrar la salida.
En Latín, salida se dice "Exitus", que los ingleses tradujeron por "Exit".
La inteligencia conduce al éxito.
Aquel mismo idioma, madre del nuestro, cuyo estudio hoy les parece superfluo a algunas autoridades universitarias, tiene un verbo "stupere", que significa quedarse quieto, inmóvil, paralizado, y en sentido traslaticio, mentalmente detenido como delante de un cartel que dijera "Stop".
De aquí deriva la palabra "estúpido": hombre que permanece entrampado por un problema sin atinar con la salida, aunque a veces adopte la agitación convulsa de una mariposa encandilada por una luz muy fuerte o los movimientos desesperados de un animal dentro de una jaula. Hablo siempre de lo que ocurre en la mente. Las dos únicas reacciones del estúpido serán la resignación o la violencia: dos falsas salidas, dos fracasos. Salvo casos patológicos, todos somos inteligentes frente a un tipo de problemas, y estúpidos respecto a otros tipos de problemas. Pero nuestra inteligencia y nuestra estupidez no dependen de nuestra moral. Hay inteligentes moralmente canallas, y hay estúpidos moralmente intachables.
Cuánto deben la inteligencia y la estupidez a los genes, y cuánto a la educación (digamos la gimnasia), es un asunto que dejaré de lado para que no me usurpe todo el espacio del que dispongo. Pero no querría pasar por alto un dato: sin el auxilio del intelecto (esto es la capacidad de análisis critico del problema), y sin la posesión de conocimientos relacionados con ese problema y adquiridos por experiencia propia, o por revelación ajena, la pura inteligencia que acumule conocimientos no sabe qué hacer con ellos. Y no es raro que un intelectual ducho en el análisis crítico, sea incapaz de hallar soluciones.
El desarrollo en un mismo individuo de la inteligencia, del intelecto y de los conocimientos bien puede llamarse sabiduría, si no en la aceptación teísta que le dan las escrituras, por lo menos como tributo humano susceptible de adquisición o pérdida.
Con alguna frecuencia, la realidad nos pone, de momento, mentalmente paralíticos. Es cuando decimos que estamos estupefactos, lo cual significa "estar hechos unos estúpidos". La inteligencia, si la tenemos, vendrá a rescatarnos de esa pasajera estupidez, que por no ser insalvable, se llama estupefacción.
Situada a mitad de camino entre la inteligencia y la estupidez está la "viveza", capaz de producir acciones en cualquier dirección, excepto hacia la salida del problema. Este es su secreto: la fórmula intrascendente que le permite ponerse a salvo y resguardo de la humillación y desprestigio que se sufren en la estupidez.
La viveza creo yo, es la habilidad mental para manejar los efectos de un problema sin resolverlo. La persona dotada de viveza no ejercita la inteligencia, sino un sucedáneo apto para entenderse con las consecuencias prácticas del problema, pero no con la sustancia del problema. En otras palabras, el vivo se mueve mentalmente en procura de cómo eludir los efectos de los problemas, cómo volverlos benéficos para él, o lo peor de todo, cómo desviarlos en perjuicio de un tercero.
La viveza, entonces, se conecta imprescindible e irrenunciablemente con la moral. Sin el concurso del egoísmo, no resulta posible ser vivo, y para echarle el fardo al prójimo sin que este se resista, es necesario cierto grado de inescrupulosidad, y hace falta practicar algún género de fraude, siquiera verbal.
Observado durante un corto plazo, el vivo da la impresión de haber obtenido el éxito, de ser inteligente: se desplaza entre los problemas sin padecer las consecuencias, o mejor aún, sacándoles provecho. Pero el flujo de los efectos del problema es ininterrumpido, por lo que el vivo no puede entregarse a los ocios y recesos de la inteligencia. De ahí que se los pueda calificar de "despiertos". Aparentan una brillantez mental que engaña a las miradas superficiales. El inteligente, como está armando sus estrategias para resolver el problema, parece amodorrado y en comparación con el vivo, un tanto estúpido.
Cuanto más complejo sea el problema, más exigirá al inteligente paciencia y esfuerzo, más lo someterá al silencioso y tedioso análisis crítico, y al repaso constante de sus conocimientos. La viveza no puede permitirse estas demoras. Los efectos prácticos del problema no esperan mucho tiempo para hacerse sentir, de modo que el vivo está obligado a la rapidez, y consecuentemente a la improvisación de sus métodos, generalmente empíricos. Otra vez el inteligente en comparación con el vivo parecerá lento y hasta torpe.
Si los efectos del problema por magnitud o complejidad sobrepasan las posibilidades de ser eludidos por la viveza, el vivo resulta acorralado como un estúpido, y no sucumbiendo a la resignación o la violencia, no confesará jamás su fracaso, buscando algún chivo emisario en quien cargar las culpas.
En todas las sociedades conviven los inteligentes, los vivos y los estúpidos en proporciones distintas para cada una de ellas. Para Borges, entre los italianos y judíos no hubo nunca ningún estúpido. Exageraba, a no dudarlo.
Pero imaginemos ahora un país ficticio, donde por razones genéticas o históricas, los vivos sean mayoría.
Esbozaré la novela de lo que en ese país imaginario podría ocurrir. Puesto que son mayoría, unos vivos ocuparían el gobierno. Y otros vivos los eligen. Estos vivos que eligen con el concurso de los estúpidos, incapaces de solucionar los problemas del país, los transferirían a los elegidos. Estos, como vivos que son, se dedicarán a lo suyo, o sea, ponerse a salvo de los efectos de los problemas, sacarles provecho o desviarlos a otros terceros, así estos sean vivos, inteligentes o estúpidos. Durante un tiempo, los estúpidos parpadearán de catatonía mental. Los inteligentes se sentirán más marginados. Y los vivos tratarán de imitar a los gobernantes. Mientras tanto los problemas sin resolver se acumulan, se multiplican, se potencian, y se superponen. Hasta que fatalmente llega el día en que los problemas acumulados forman una pared compacta con un cartel que dice: "Stop, ¡no va mas!".
Es aquí donde la sociedad de detiene y paraliza, y los estúpidos si no se resignan se vuelven violentos. Los inteligentes toman las valijas y huyen, y los vivos corren de efecto en efecto, vendando aquí, remendando allá, y emperchando más allá. Dejan los bofes en este desesperado trajín por entre el caos sin control. Y para disimular su impotencia recurren a los fantasmas de los chivos expiatorios internos y externos, y a un lenguaje esquizofrénico que disociado con la realidad circundante seguirá pronunciando aquellos discursos con los que alguna vez embaucaron a la estupidez.
Estúpidos de brazos cruzados o de brazos armados, inteligentes en ese país ficticio caído al pie del ominoso "stop": no habrá para vuestro país otra salvación posible que no sea "¡la inteligencia al poder!", salvo que todos los inteligentes hayan huido, hipótesis altamente improbable, la novela podría tener un final feliz.

lunes, julio 24, 2006

Bebé fumador

Siempre es un shock descubrir que tu hijo fuma. Sobre todo, si es bebé.
Lo que nunca hiciste por vos misma, al menos hacelo por tu bebé. GONZALEZ TABOADAGUEVARA

domingo, julio 23, 2006

Sin duda

Va este brevísimo texto tomado del Libro del humor negro 2, a cargo de don Eduardo Stilman. Esto fue tomado, a su vez, de ICI PARÍS, donde se publicó el 6 de septiembre de 1954.
t
"Se ruega a los lectores que no dirijan más cartas a la sección titulada 'La vida es bella, sin duda'; su autor ha muerto".

miércoles, julio 19, 2006

Fíjese en los zapatos de Van Gogh

Fragmento de la entrevista a Fernando Botero realizada por Diego Rojas y publicada en la revista Veintitrés del 6 de julio.

¿En la vida real usted también prefiere a las mujeres de volúmenes exagerados?
¡Pero si en esta época ya no hay gordas! El sentido actual de la belleza relega las formas voluptuosas. Sin embargo, la belleza del arte no tiene nada que ver con la belleza de la naturaleza. Lo que es bello en la naturaleza es banal en el arte. Y viceversa. Por eso, los retratos más maravillosos de la historia del arte son retratos de mujeres feas, pero que son bellas en el arte. Fíjese en los atardeceres que, experimentados, transmiten una enorme sensación de hermosura. Pero en la actualidad, si uno pinta un atardecer, esa pintura se transforma en algo banal. Lo que es bello en la naturaleza es feo en la plástica. Una modelo, la más bella del mundo, en pintura es fea y también innecesaria. Pero observe el arte precolombino: es estrambótico, casi incomprensible, sus figuras no alcanzan el sentido común de la hermosura, pero, sin duda, poseen una gran belleza. Para eso existe el artista, que, a través de su sentido estético y la cadena de convicciones sobre su estilo –que tardan una vida en desarrollarse– realiza obras maravillosas. Para alcanzar la sensualidad no es necesario remitir a los hechos conocidos comúnmente como sensuales. Para alcanzar la coherencia estética de una obra no son necesarios más que cuatro espárragos. Fíjese en los zapatos de Van Gogh, en sus sillas: son obras maestras. Es un estilo que vuelve maravillosas a las cosas.
tito

lunes, julio 17, 2006

Se extraña tanto el fútbol...

Isenbeck - Anti Sponsor Oficial Brasil vs Australia


Uno de los seis spots de Isenbeck. Yo tengo mi opinión pero quiero leer las suyas.
(Por lo demás, vi el back y el actor es una bestia).
Flor

sábado, julio 15, 2006

Nunca supimos si fue a la hora del té

Las patas en las orejas. Y, después, el dedo en el ombligo. Y las cosquillas que crecen, como plantas, en el vientre. Ya no hay pistas. Los ojos cerrados, la boca como una cereza, roja, madura, jugosa. Ahora, los pies en la cabeza, fuera de las sábanas. Y las manos que se multiplican como panes. Ya no hay voces. Algún te-quiero se pierde entre los muslos erguidos. Las risas como gritos, desnudos, nerviosos, certeros. La piel de gallina por la ventana abierta. Afuera se escuchan tiros, adentro, la violencia es dulce. La cabeza entre las piernas y la lengua hundida. La cabeza entre las piernas y la lengua hundida. Y las uñas mal pintadas en la espalda. El baile de los cuerpos. La guerra de los cuerpos. Las palabras asesinan y la cama gime (y gime) y la razón se pierde vaya a saber en qué pensamiento. Los sexos que se olfatean como perros y se encuentran. Se funden la miel y la leche y, ahí (justo ahí), la sangre es una. Se caen los templos. Se celebra el pecado. Primero, ella. Después, él. Bandera blanca, mi amor. Hasta después del cigarrillo. Hasta el próximo baile. Y las patas en las orejas. Tregua, mi amor.

miércoles, julio 12, 2006

Esto que pasa

Después de todo somos periodistas, o buscamos serlo. Yo quiero compartir esto con ustedes. Es una carta que se refiere al Diario Perfil y su política laboral. La escribió Jorge Lanata.

Background:

-La empresa Editorial Perfil abrió un Diario en 1998. Cerró con escándalo. Echó a todo su personal. Lanata medió a favor de los empleados.

-La empresa refundó el diario en 2005, como una Sociedad Anónima aparte.

-Los empleados (redactores) con sueldo más bajo cobran 800 pesos y 220 pesos en ticket Restaurant (no canasta), unos vales que no pueden ser utilizados en el supermercado.

-La masa laboral pidió un aumento. La empresa se negó. Los periodistas decidieron sacar sus firmas como protesta.

-El director del diario avisó que, sin esas firmas, el diario no salía. Aseguró que era falto de ética. En cambio les pidió a los editores que firmaran las notas de los redactores.

Lanata escribió esto:
Querido Nelson:Tengo un problema. Soy, en esta redacción, el único que vio este asunto del lado de Fontevecchia. Quiero decir: sé qué significa sacar un diario contra viento y marea, con casi todo en contra y sólo con los lectores a favor. (Y si quisiera tenerme aún más lástima podría agregar que yo tenía 26 años, y ni un centavo, y ninguna editorial de revistas para apoyarme). Para colmo, durante toda la semana el Presidente y la señora CK se empeñaron en darnos clases de periodismo, de modo que no estamos en un gran día.Cuando Oscar Wilde decía que el hombre destruye lo que ama, creo que se refería a los periodistas. Formo parte de un gremio donde el puterío por metro cuadrado es altísimo, somos vedettes culposas de las plumas y pensamos que el Universo entero está ahí detenido, esperando nuestra palabra. Somos (y sólo en eso K y CK tienen razón) corporativos y tan corruptos como los políticos, y nos encanta protegernos en lo políticamente correcto sin arriesgar nunca nada. También es cierto que las empresas que tratan de conquistar la selva del periodismo son muchas veces impresentables: lobbys con plata negra de la política, o aventureros que utilizan los medios para presionar al poder y conseguir negocios. No cuento ninguna novedad si digo que existen las notas vendidas, los reportajes arreglados, los suplementos especiales con sobre incorporado, y, desde las empresas, la explotación de los estudiantes como mano de obra casi esclava, la violación de los derechos de autor, etcétera, etcétera. Se le agrega al periodismo una frutilla sobre el helado: un convenio increíble, lúcido y maravilloso cuando sos periodista. Pero muy difícil de cumplir cuando intentás llevar adelante una empresa en la vida real. Calma, calma: no estoy proponiendo incumplir el convenio. Pero creo que sería útil que el público conociera algunos de nuestros privilegios (o nuestros derechos adquiridos, si se quiere).Un periodista se convierte en trabajador efectivo al día 28 de su labor. Si al día 29 nuestro colega llega de mal humor y mea el escritorio de su jefe debe cobrar, por ser despedido, el equivalente a 13 salarios más el proporcional de vacaciones y aguinaldo, claro. Más claro: si gana mil pesos y es echado al mes, cobrará unos 14.000. Esta previsión indemnizatoria tiene una lejana razón de ser, en la época en la que se abrían diarios con fines electorales y se cerraban a poco de perderse tal o cual elección. Esta era una manera de proteger la fuente de trabajo. Hoy, este régimen provoca lo siguiente: si alguien quiere sacar un medio debe tener, en previsión de sus eventuales pasivos contingentes, uno o dos millones de dólares para pagar indemnizaciones en el caso de que todo vaya mal, y tenerlos antes de empezar. Preguntarnos por qué, en este país devastado y flexibilizado, se mantuvo el Estatuto del Periodista es obvio: el poder de turno nos tiene miedo, prefiere no pelearse con el gremio. ¿Quiero que lo saquen? De ningún modo, soy periodista, me encanta. Me pregunto sobre su incidencia en la aparición de proyectos nuevos.De todos modos, ningún empresario trucho se amilanó con la ley para despedir a cientos de trabajadores: lo hicieron igual, y estamos llenos de diarios y revistas cerrados que dejaron a mucha gente colgando del pincel. Debo agregar algo en descargo de PERFIL: cuando el primer diario cerró, negoció y pagó millones de dólares en indemnizaciones. Asistí, en estos treinta y dos años de trabajo, al cierre de varios diarios: siempre ganaron los empresarios y muchas veces las mismas comisiones internas se encargaron de darles una mano al extremar más y más sus posiciones. Si empezás un conflicto tomando rehenes, ¿qué te queda para negociar después? La mecánica de convocar asambleas en horarios de trabajo, por ejemplo, sigue siendo una manera de realizar paros virtuales. Eso sin hablar de la hipocresía de quienes lo llevan a cabo: me pasé la vida viendo a tipos que no son capaces de hablar en voz alta en Clarín, pero que en PERFIL o en Página arengaban a los gritos desde arriba de un escritorio emulando a Lenin en la famosa locomotora. En general, he advertido que somos más revolucionarios donde podemos revolucionar, que donde no podemos, y no me gustan los que les ponen el pecho a las balas cuando están seguros de que son de salva.Y ahí estábamos, en los primeros años de Página, tratando de sacar plata de abajo de las baldosas para pagar los sueldos, y con una pérdida mensual de unos ochenta mil dólares de entonces. Con casi nada de publicidad y peleando para sobrevivir. Nunca tuvimos tantas medidas de fuerza como entonces: el Partido Comunista, consciente de nuestras dificultades, decidió que era mucho mejor sacar otro diario para competir en lugar de ayudarnos, y sacó Sur, que duró un año y luego cerró. Papel Prensa negándose a vendernos papel más barato, cuando Clarín y La Nación lo compraban a la mitad del precio de mercado, subsidiados por el Gobierno. Nosotros, a la vez, discutiendo con la interna una cláusula automática de ajuste inflacionario, que finalmente aceptábamos, a costa de nuevas pérdidas. A pesar de eso, salía un diario. Creo que me hice católico en esos tiempos, frente a aquel milagro:---Ah, traje nuevo –me dijo un día un delegado– y después nos dicen que no pueden aumentar los sueldos...A ese grado podía llegar la estupidez en una discusión. Cosas tan distintas discutíamos. Y me olvidaba: agreguemos a Ambito Financiero, Menem, la SIDE, los distintos servicios, las revistas truchas, todos siempre bien dispuestos a informar sobre los conflictos de los “progres” que pagaban malos sueldos. Una vez, en medio de una maniobra extorsiva para “exteriorizar el conflicto”, me harté. ¿Por qué tenía que tener miedo de que la gente se enterara del problema? Contemos todo –dije– y es más: voy a publicar, uno por uno, la lista de salarios de todos. El conflicto se levantó. Los periodistas ganaban bastante más que los lectores, y pensaron que no lograrían su adhesión.---Vamos a terminar hablando de Página/12 en los bares. Diciendo: “Te acordás...”.Fue lo que sucedió. Al octavo año el diario cambió de dueños y yo di vuelta una página en mi carrera.No volví a trabajar en un diario sino hasta ahora. No recuerdo si en el primer o segundo año de Página (87 u 88) publicamos, por primera vez en la historia, una columna de la Comisión Interna explicando los motivos de un paro y convocando a él, y una mía, como director, donde decía que nuestra manera de protestar es informar, instándolos al trabajo. Pasó desde entonces mucha agua bajo el puente pero nunca mas vi, ni aquí ni en el exterior, un debate de este tenor abierto al público. Es saludable que todo esto suceda.La aparición de este conflicto motivó la decisión empresarial de postergar la salida cotidiana de los sábados, como paso obligado hacia el proyecto de salida diaria. Espero que esa suspensión no sea permanente, y el proyecto reencuentre su cauce fuera de la puja sindical. Los trabajadores y la empresa tienen que encontrar la manera de volver a caminar juntos un camino de dos o tres años de crecimiento y billeteras ajustadas. ¿Cuánto va a perder Fontevecchia con esto? ¿Siete millones? Bueno, que pierda ocho... Esa respuesta es la más fácil, la mas cómoda, pero también la más idiota. Dejemos de tropezar, siempre, con la misma piedra.

Jorge Lanata
Capital Federal


Disculpen la extensión. Pero así están mis días. Creo que el conflicto es valioso para el análisis. Hay falsedades en este texto, tendenciosamente indignante. Las enumeraré más tarde. Los abrazo.

L>S>D>A

lunes, julio 10, 2006

Secreto

Cti Movil - Secreto ©2006

Ya sé que hablamos al respecto pero no sé si en particular de esta publicidad. Así que, aquí va.
Flor

jueves, julio 06, 2006

Aforismos verdes

Van algunos aforismos del amigo Millôr Fernandes (brasileño). Si alguien sabe de otras cosas traducidas de él, le agradeceré la información. Ésta es una selección de una selección que encontré por ahí.
Me dicen que hay que firmar. Seré considerado y lo haré, aunque me resulta un poco molesto (leo en un libro: "Aun a pesar de los condicionantes culturales y sociopolíticos de cada país, Internet facilita un proceso de globalización en el arte que potencia el anonimato y trasciende la idea de territorio o la noción de patria. La Red es el paraíso del no-lugar").

Firmo: tito.


LA BIBLIA DEL CAOS
Aforismos de Millôr Fernandes
[Traducción y selección de Mario Jursich Durán]

. Responda de prisa: ¿cuando un médico muere, la tasa de mortalidad del país aumenta o disminuye?
. Morir, por ejemplo, es una cosa que siempre se debe dejar para después.
. Mi epitafio: "No cuenten más conmigo".
. ¿Eutanasia? Es la última cosa que haría en la vida.
. Las modas van y vienen, cambian siempre; el ridículo es permanente.
. Afinidad: Cuando dos personas odian a la misma persona, tienen la impresión de que se estiman.
. Analista es un sujeto que partiendo de premisas falsas consigue llegar a conclusiones perfectamente equivocadas.
. Anatomía es esa cosa que los hombres también tienen, pero que en las mujeres queda mucho mejor.
. El mayor anticonceptivo es el mal aliento.
. A la hora del hambre todo revolucionario acaba aceptando una buena sopa reaccionaria.
. La ingenuidad del antimilitarista es no comprender que se puede matar sin odio.
. Conozco personas que pensaban tener el activismo del Che y la filosofía de Marx y tenían apenas el asma del Che y los furúnculos de Marx.
. El pie de atleta es una enfermedad fácilmente curable. El cerebro de atleta no tiene cura.
. ¿Por qué nunca ningún país erigió un monumento autocrítico, el Arco de la Derrota?
. Quien no tiene buena apariencia encuentra que las apariencias engañan.
. El hecho de que una persona sea una gran autoridad no elimina la posibilidad de que acierte de vez en cuando.
. Autoritario es el sujeto que te da la respuesta sin que le hayas hecho la pregunta.
. Cuando se habla de bancos y robos, pregunto de inmediato: ¿de afuera para adentro o de adentro para fuera?
. La belleza es la inteligencia a flor de piel.
. El amanecer es el precio que paga el bohemio por vivir en el sistema solar.
. La felicidad conyugal sólo es posible entre tres.
. Un gobernante que se rodea de asesores más competentes que él es más competente que ellos.
. El gobierno afirma que no hay miseria en Brasil; ése es un complot de las imágenes de la televisión amangualadas con los editoriales de los periódicos y con unos cincuenta millones de personas hambrientas y agresivas que vagabundean por las calles.
. La belleza no sirve la mesa. Y desarregla la cama.
. Consuélate, amigo: el sol da todo ese espectáculo al comenzar el día y la mayor parte de la platea continúa durmiendo.
. Ciertos crepúsculos, se nota con facilidad, quieren ingresar a la Academia de Bellas Artes.
. La democracia es la creencia en que una multitud de idiotas juntos puede resolver problemas mejor que un cretino solo.
. Si el radio hubiera sido inventado después del televisor, nos parecería genial un aparato que no nos obliga a ver la cara de los locutores.
. ¿Por qué se empeñan los autores teatrales en escribir diálogos naturales si en la vida es rarísimo que una persona hable con naturalidad?
. La diferencia entre el hombre y la mujer es ínfima, pero aumenta cuando los dos se aproximan.
. Responda de prisa: ¿por qué, bajo una dictadura, sólo acontecen cosas impublicables?
. Algunas cosas que hacen envejecer prematuramente: el exceso de trago, el exceso de comida, los excesos sexuales, el exceso de trabajo -y la ausencia de cualquier exceso.
. La diferencia fundamental entre derecha e izquierda es que la derecha cree ciegamente en todo lo que le enseñaron, y la izquierda cree ciegamente en todo lo que enseña.
. ¿Por qué será que cuando marcamos mal un número nunca está ocupado?
. Ser pobre no es un crimen, pero ayuda a llegar hasta allí.
. Toda fotografía antigua es una puñalada.
. Misterios económicos: ¿cómo es que un padre, pobre, cansado, mal instruido, consigue mantener a cuatro o cinco hijos, y cuatro o cinco hijos, una vez criados y educados, no consiguen mantener a un padre?
. El primer requisito para ser un gran hombre es estar muerto.
. Todos los días, por la mañana, abro la ventana, miro al mundo con supremo desdén y comienzo a contar: "10-9-8-7-6-5-4-3-2...". Un día acertaré.
. La humildad es una especie de orgullo que le apuesta al perdedor.
. En el Nordeste una familia que come dos veces al día ya es considerada pequeñoburguesa.
. Dicen que cuando un idiota muere en un accidente, toda una telenovela pasa delante de sus ojos.
. Si no fuese por la ignorancia, ¿qué sería de los diccionarios?
. Y pensar que fueron necesarios millones de años de evolución de la especie para hacer un animador de televisión.
. Soy del tiempo en que el sexo era hecho a mano.
. Cuando alguien a tu lado comience a hablar de integridad intelectual, principios morales inatacables y conducta ejemplar, cuidado con la billetera.
. Las esposas que leen con demasiado interés detalles de crímenes pasionales corren el serio riesgo de quedar viudas.
. La informática creó una cosa realmente maravillosa: errores cada vez más grandes cometidos en lapsos cada vez más breves.
. Finalmente se descubrió para qué sirve un intelectual: para conferir respetabilidad a los culos en las revistas para hombres.
. Antiguamente un padre tenía por lo menos diez hijos. Hoy un hijo tiene por lo menos seis padres.
. Tengo realmente la más sincera admiración por las personas que saben perder. Sobre todo cuando estoy del lado opuesto.
. Lo importante es escandalizar a la juventud, tan conservadora.
. Una cosa que lamento de mi educación es no haber estado nunca en una facultad. ¡Adoraría haber sido expulsado de una!
. Nuestra libertad comienza donde podemos impedir la del otro.
. Cuando alguien, maliciosamente, te pregunte si te gustan las mujeres, responde: ¿comparadas con qué?
. Marxismo actualizado: "Ya que no podemos hacer nada por los miserables, necesitamos, por lo menos, disminuir la gritería de los contentos".
. ¿Qué es peor: la falta de asistencia médica o su exceso?
. El camino más corto entre dos bares es el zigzag.
. Cuando el médico te diga que no tienes más de tres meses de vida, dile que no tienes con qué pagar la cuenta. Te dará más de tres meses.
. El fuego de la pasión, como cualquier otro fuego, no vive sin oxígeno. Ahora díganme qué significa el oxígeno en esta parábola que acabo de inventar.
. Se llama monogamia a la capacidad de ser infiel a la misma persona toda la vida.
. Moral o inmoral, ambos acaban cometiendo las mismas inmoralidades. La diferencia es que el moralista no se divierte.
. Multinacional es la patria de los que no tienen ninguna.
. Y, al final, el decapitado se casa con la mocha: una historia sin pies ni cabeza.
. La telenovela era tan mala que la estrellita joven le preguntó a la vieja: "Marcia, por favor, ¿a quién se lo tengo que dar para salir de esta mierda?".
. El ajedrez es un juego que desarrolla la inteligencia... para jugar ajedrez.
. ¿Qué es más difícil: aceptar al más fuerte, soportar al más rico o reconocer al más bonito?

martes, julio 04, 2006

Del azar y los penales

Alemania vence a Argentina en la ronda de penales y avanza a la semifinal del Mundial de fútbol.

Entender a los disparos desde el punto del penal como expresiones del azar, como bolillas que van saliendo sin remedio o como impropias soluciones para un juego que tiene que encontrar un final es desestimar el báculo que supone la inteligencia humana. Lo sabían John Fiske y Krippendorff; lo sabe Eliseo Verón. El análisis de contenido no es más que una técnica de investigación para la descripción objetiva, sistemática y cuantitativa del contenido manifiesto de la comunicación. Entonces, ¿es posible encontrar parámetros constantes en un deporte liderado por artistas e improvisadores? Veamos.

Uno de los responsables directos de la eliminación argentina se llama Urs Siegenthaler. Este analista suizo fue contratado por la Federación Alemana de Fútbol para realizar un análisis cuantitativo y longitudinal. Durante tres años se dedicó a observar a los principales jugadores de las selecciones que muy posiblemente jugarían el mundial. A partir de allí estableció, parámetros de aparición y repetición mediante, cuáles serían los jugadores que patearían penales en caso de una definición y cuál sería la dirección del disparo en cada caso. El arquero alemán, Jens Lehmann, tuvo un 50% de eficacia en la detención de los disparos y un 100% en la elección de las direcciones. ¿Casualidad? Lo único verdaderamente cierto es que existen fenómenos de aparente resolución aleatoria pero que sin embargo encuentran su legitimación en análisis de contenido y estudios probabilísticos.

Encuentros venideros podrán ofrecer una situación similar a la siguiente. El delantero contrario pensará: Si acaso el arquero alemán sabe en qué dirección voy a patear el penal entonces cambio; pero si acaso él sabe que yo he tomado debida nota de sus artimañas, entonces mantendré mi predilección. Lo quimérico del caso no es únicamente el problema entre atacante y defensor, sino la posibilidad de un desfasaje cognitivo que diera lugar a una profecía que se autocumple. A menudo la profecía es la causa principal del acontecimiento profetizado. En fin, ya nada podrá hacer que Esteban Cambiasso coloque su disparo al palo derecho del arquero.

Dijo Jorge Luis Borges: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”. Es tiempo de empezar a ver los aciertos ajenos para volcarlos y manchar por completo las desgracias propias. Borges odiaba el fútbol pero seguramente compartiría la idea de que la excusa del azar pretende declararnos inocentes frente a la realidad. Jens Lehmann nos expulsó del paraíso del presunto “ser así” del mundo, del cual empero sólo nos sentimos responsables en muy limitada medida. Es preciso aguardar cuatro años más para volver a depositar en veintitrés almas el sueño de toda una Nación. Ojalá aprendamos que no se trata únicamente de hombres detrás de un balón en una secuencia indeterminada de movimientos. Gracias a Dios el fútbol es mucho más que eso.
Federico Di Benedetto

Morin vuelve a las pistas


Acá les transcribo una entrevista que salió en el diario El Mundo de España el domingo pasado. El muchacho reporteado es Edgar Morin, con una lucidez de un tipo de 40, el gran pensador francés responde a los 84 sobre los temas de la actualidad mundial. Vale la pena, que lo disfruten.

“Los nacionalismos étnicos y religiosos son producto del miedo”

Pensador inclasificable, sus libros y estudios aúnan las ciencias y las humanidades. Historiador, sociólogo, escritor, investigador... propone una reforma radical de la enseñanza que empieza a fraguar con la UNESCO y advierte: sólo una mundialización del pensamiento nos salvará de la catástrofe. Además, analiza con visión de futuro los disturbios de Francia: “El destino de Europa es el mestizaje”.

Por Elena Pita, fotografía de Luis Areñas

Le han llamado "pensador planetario", y a él le gusta. Predica una nueva mundialización entendida como la toma de conciencia de un destino común, un pensamiento global para evitar "la catástrofe". Catástrofe es una palabra que se repite en su plática. Catástrofe es el futuro del hombre fragmentado, nacionalista, melancólico del pasado; y catástrofe es también lo que hoy sucede en su casa del Marais parisino porque, según va informando a los amigos que llaman, debe aplazar todas sus citas por una hemorragia de nariz que trae de su periplo por universidades de Centroamérica, recién llegado el pensador. Edgar Morin, que en realidad es Edgar Nahoum (París, 1921), hijo de inmigrantes sefardíes de Salónica, Grecia, que adoptó como nombre su apodo en la resistencia del PCF (Partido Comunista Francés) a los nazis, es un señor de aspecto rudo, mirada ceñuda, boca chillona, que conserva sin embargo la ternura de un niño y la coquetería de un joven romántico; tal es su espíritu. Morin, sociólogo, politólogo, antropólogo, escritor, historiador, investigador emérito del Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS en francés), cuyas obras van desde la reflexión filosófica a la economía, tiene en su haber dos fórmulas magistrales de tiempo futuro. Una se refiere a la educación: unificar la cultura científica y las humanidades. La otra es una receta de vida feliz: mantener un punto de luz en la pasión, y una gota de pasión en el razonamiento.
Él mismo confiesa que necesita la combustión del amor para escribir y crear, y entonces le pregunto cómo se las ha arreglado a lo largo de sus 84 años de vida y sus 44 libros; que cuántas veces ha tenido que cambiar de pareja. Se sonroja, aparta sus ojos del trayecto de los míos y se explica:


R. Eh..., varias. Yo no busco la combustión, son encuentros que suceden. El hecho de escribir y publicar me ha permitido tener muchos amigos entre la gente que es sensible a mis libros. Gracias a mi obra recibo mucho amor, que a su vez me permite seguir produciendo.

P. Señor Morin, ¿qué es su "patria terrestre"?

R. Vivimos en un mundo interdependiente, necesitamos que la sociedad tome conciencia de su destino común para afrontar los peligros mortales y transformar la actual evolución, que se encamina al desastre. Existe un territorio comunicado y una economía global, es decir, una infraestructura de sociedad moderna, pero falta la conciencia del destino común, o sea, la estructura. La ONU y las instituciones económicas actuales no son suficientes.

P. ¿En qué debe consistir esta segunda mundialización en la que estaríamos inmersos?

R. La globalización económica ha sido muy cruel, pero ha ido paralela a una mundialización de los derechos humanos, las democracias y una cultura planetaria. Una mundialización humana que no reduzca el mundo a un asunto de mercado. Nuestra paradoja histórica es que Occidente ha sido el sujeto de la dominación, pero también el precursor de las ideas de emancipación: una corriente autocrítica que parte de Bartolomé de las Casas y que llega hasta hoy.

P. Y ¿qué es el pensamiento "ecologizante", señor Morin?

R. Una corriente que nace en los años 60 y cuya primera materialización se dio en el Club de Roma, año 70, que advertía que el desarrollo técnico constituye un peligro común. Luego se sucedieron las catástrofes como Chernóbil, las lluvias ácidas y el agujero de ozono, y así la conciencia ecológica se extendió a muchos sectores de la opinión pública y la política, de ahí las reuniones de Río de Janeiro, Kioto o Sudáfrica.

P. A su juicio somos víctimas de la tecnociencia burocratizada y el nacionalismo étnico. ¿Qué propone para liberarnos?

R. Tiene que darse una revolución del pensamiento científico, que en su modo clásico separa las disciplinas del saber y excluye el gran conocimiento. Por otro lado, los nacionalismos étnicos y religiosos son producto del miedo a que la occidentalización destruya la autenticidad y singularidad de las culturas. Cuanto más se extiende la mundialización, más crece la resistencia a conservar la identidad; una resistencia férrea que se asienta en las raíces étnicas y religiosas. Además, gran parte del planeta vive sin perspectiva de futuro, desengañada del progreso, que tiene sus rasgos regresionistas. Si a esta angustia de futuro le unimos un presente malo, la gente se vuelve hacia el pasado en busca de una solución. Y si a todo esto añadimos el fallecimiento de las fórmulas socialistas y de nuestra democracia, y la incapacidad de la economía liberal, el resultado es el resurgimiento de una visión del islam como oposición a la civilización occidental. Esta lucha de civilizaciones, planteada como lucha religiosa, es muy peligrosa.

P. Es un panorama muy sombrío...

R. No soy ni pesimista ni lo contrario: soy consciente y vigilante. Cuando un sistema no puede abordar sus problemas vitales, el desenlace es desintegración o metamorfosis. Hoy el sistema planetario es incapaz de solucionar problemas como el hambre o las guerras. Existe una probabilidad de catástrofe, pero también una improbable mejora: confío en los pensamientos minoritarios o dispersos de cambio en la evolución, pero hace falta mucha voluntad.

P. ¿Bastaría con retomar la filosofía como método de reflexión y conocimiento?

R. No, porque la filosofía también está cerrada en sí misma. Los científicos, los políticos, los expertos no reflexionan sobre los acontecimientos, sobre la actualidad más allá de hoy; no leen: no tienen un pensamiento global. En tiempo pasado la filosofía servía a los políticos para reflexionar; pensemos en Tocqueville, Proudhon, Marx... eran pensadores de la evolución del mundo. Hoy en día esto ya no existe, además nadie tendría tiempo de leer sus obras. Falta un pensamiento complejo para analizar una realidad compleja.

P. ¿La culpa es de la cultura científica, que fragmenta, que no promueve la reflexión?

R. No hay una culpa concreta, es producto de una evolución histórica que comenzó con la separación de la filosofía y la ciencia, cortando la comunicación entre ambos saberes. Y luego la ciencia se subdividió en disciplinas de lenguaje esotérico, y la técnica desarrolló el saber analítico y despreció la síntesis. Hay una inteligencia ciega: se necesita una resurrección del pensamiento complejo.

P. Pero, ¿a quién beneficia que el ciudadano no entienda, por ejemplo, el curso de la economía? ¿No es más fácil dominar a los ciegos?

R. Sí, pobrecitos que no pueden entender los asuntos de expertos y científicos, pero es evidente que los que dominan también están dominados por este modo de pensamiento.

P. Propuso ante la UNESCO una reforma educativa. ¿Lo fundamental en la primaria es la curiosidad natural?

R. Eso es evidente, todo parte de las preguntas esenciales que se plantean los niños: quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos. La reforma educativa necesita revisar los asuntos vitales: qué es la identidad humana, cuál es nuestra identidad física, nuestra relación con el universo o cuál es la realidad de nuestra subjetividad, asuntos que sólo encontramos en la literatura, que la educación rechaza como si fuera un lujo. No se enseña cómo afrontar la incertidumbre, ni la comprensión humana, ni el conocimiento como fuente de ilusiones y equivocaciones.

P. ¿Qué dicen los expertos en educación secundaria cuando les explica que lo fundamental es magnificar las humanidades y el arte?

R. Son gente que vive en el inmovilismo y están tan ciegos que les satisface la situación actual de la enseñanza. Esta reforma, de la que soy un inspirador, ha tenido eco sobre todo en América Latina, y en España, Portugal e Italia, donde la están desarrollando en varios institutos.

P. ¿Por qué un ser sin capacidad para apreciar el arte es un ser incomprensivo?

R. Creo en las virtudes integradoras de la filosofía, la poesía y las artes en general. No se trata de leer por el placer de la literatura, sino como un modo de comprensión del mundo. Mi idea antropológica del ser humano no se reduce al ser racional, sino al ser poético, mitológico, lúdico. Actuamos por obligación, para sobrevivir, y éste es nuestro rasgo prosaico, pero luego está la cualidad poética, que son los sentimientos, las emociones, las comuniones, los placeres.

P. Según sus reflexiones, todos llevamos dentro un sabio (el homo sapiens, brillante) y un loco (el homo demens, oscuro), ¿sólo vive en paz aquél que logra conjugar sus dos yo?

R. No hay una frontera entre ambos, si bien uno puede perder toda su racionalidad cegado por una locura de odio o de amor. La cuestión está en salvaguardar una pequeña luz de razón en las pasiones, y conservar pasión en las razones. Éste es el juego de la naturaleza afectiva del humano: no existe la razón pura y fría.

P. ¿Usted ha conseguido ese equilibrio en su vida?

R. No hay un equilibrio estático, sino una dinámica permanente. La felicidad encierra infelicidad: si yo soy feliz porque amo a alguien, tengo que pagarlo con la posibilidad de que se muera o desaparezca. Ésta es la nueva sabiduría que debemos entender, porque ya no existe la sabiduría antigua, que se alcanzaba eliminando la pasión, la poesía de la vida.

P. Señor Morin, ¿cuál es su primera vocación, la metáfora, la escritura o la voluntad de comprensión?

R. La metáfora ayuda al entendimiento. La escritura se ha convertido en mi modo natural de comunicarme con los otros y con el universo, y de comprender: va todo junto. Un libro es como un árbol cuyas semillas se las lleva el viento, y así nacen nuevos árboles.

P. ¿Y su oficio?

R. Yo no tengo una carrera, sino una vida, que no puede reducirse a la sociología. Fui profesor en la Escuela Superior de Estudios Sociales de París, y en algunos países extranjeros, pero mi trabajo como director de investigación en el CNRS me ha permitido la libertad de evolucionar sin estar prisionero de una disciplina.

Edgar Morin disfruta sembrando su pensamiento, como semillas, viéndome esta mañana ahí enfrente con gesto admirado, abobada ante su lucidez y su tanto saber. Así que cuando anuncio una última pregunta, "¿la última?", repite él, con pena. Sí, ¿qué le ocurre al hombre cuando busca la verdad absoluta?

R. Las únicas verdades absolutas son los hechos pequeños, como este encuentro. Pero sobre las grandes cuestiones no hay verdad absoluta, sólo misterio: son las limitaciones de la mente humana.

Su análisis de las revueltas y quemas de coches en París. Hablaba Edgar Morin hace años del colapso de lo que él llama “la máquina de afrancesar inmigrantes”, que tan bien había funcionado con las hordas extranjeras (incluidos sus propios padres) llegadas al país desde el siglo XIX. Pero pasan los años y el complejo de inferiorirdad de los inmigrantes aumenta, viven en barrios aislados, en situaciones insostenibles, un hecho explosivo que va gestándose hasta que en diciembre del pasado año estalla una lucha urbana (guerrillas contra la policía, quemas de coches) que se prolonga hasta nuestros días. Pero ni esto ni la reaccionaria respuesta oficial ensombrecen su pensamiento planetario, avieso, vigilante: “No me parece un fracaso total: sus propios ídolos pop les están pidiendo que dejen las revueltas y voten. A la vez, los franceses se han tenido que plantear ser más solidarios y menos racistas, pese a la reacción de miedo que manipula el Gobierno con sus medidas restrictivas.

Saludos, FP

sábado, julio 01, 2006

domingo, junio 25, 2006

AOP, unidad 2

(Clarín, 25/06/06) http://www.clarin.com/diario/2006/06/25/sociedad/s-05001.htm

CULTURA: UN MANUAL DEL ODIO RACIAL Y EL EXTERMINIO
Polémica en Buenos Aires por la venta de "Mi Lucha", el libro de Hitler
Una nueva copia chilena se vende mucho en la feria del Parque Rivadavia. Prohibido en Alemania y otros países europeos, aquí es un best seller clandestino.

María Luján Picabea
mlpicabea@clarin.com

En letras rojas sobre un fondo negro resalta el título Mi lucha. El libro de Adolf Hitler, manual del odio racial, se exhibe y vende bien a veinticinco pesos en los stands del Parque Rivadavia, la feria de libros usados más importante de Buenos Aires, junto a best seller, rarezas y clásicos.
El nuevo ejemplar llega importado desde Chile, editado por Ediciones Trasandinas. "La primera edición en castellano totalmente traducida de la versión alemana de enero de 1934", aclara la portada sin otros datos de traductor o editores. En el parque lo venden como "la mejor traducción al castellano del libro". El sitio www.broli.com, en tanto, vende una vieja edición argentina (Luz Editores, 1935) a 25 euros.
En el Parque es un best seller clandestino. Los compradores suelen dar muchas explicaciones al llevarlo. Hay puesteros que dejaron de venderlo por decisión personal, pero admiten que lo tuvieron, porque hay demanda y sale mucho en otros stands.
Mi lucha no está prohibido en Argentina pero sí en Alemania, Suiza, Suecia y Noruega. En el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI) advirtieron que en la legislación argentina no existe una reglamentación que prohíba su venta, pero que "se podría llegar a invocar la figura de apología del delito".
En lo que va del año, la DAIA recibió diez denuncias por exhibición y venta de literatura antisemita, "a razón de dos denuncias al mes". De todos modos, comentaron, "no toda exhibición puede ser interpretada como incitación al odio racial". ¿Acaso la prohibición puede ser una opción? "Nosotros la consideramos contraproducente", sentenció Marisa Braylan, del Centro de Estudios Sociales de DAIA, y agregó: "La exhibición es amenazante si el libro aparece en una vidriera con calcomanías, prendedores y otro tipo de literatura antisemita. Allí sí funciona como propaganda". En 2005 recibieron 6 denuncias de estas características.
Para el editor Daniel Divinsky, "no se puede solventar una opinión que destruya los puntos de vista contenidos en el libro sin haberlo leído". Carlos Alberto Borro, director general del Libro de la Ciudad, cree que "en una biblioteca pública no puede estar un libro cuyo autor fue juzgado por genocida".
A la muerte de Hitler, Mi Lucha había vendido 8 millones, segundo detrás de la Biblia. Con la caída del régimen, el libro dejó de distribuirse por ser considerado propaganda contra las fuerzas aliadas, pero en EE.UU. nunca dejó de editarse desde su primera salida en 1933 y en 2005 llegó a ser best seller en Turquía. Aquí, en 2006, no deja de provocar escozor ver exhibido entre la poesía de Withman, los cuentos de Cortázar e incluso el Nunca Más, un libro que dice: "El judío no renuncia espontáneamente a su aspiración de una dictadura mundial, ni reprime su ansia eterna en ese sentido. Sólo puede ser repelido por la fuerza, porque su deseo de dominio universal sólo desaparecerá con la extinción de la raza".

jueves, junio 22, 2006

pausa.

1. f. Breve interrupción del movimiento, acción o ejercicio.
2. f. Tardanza, lentitud. Hablar con pausa.
3. f. Ling. Interrupción de la fonación, de duración variable, que delimita un grupo fónico en un enunciado.
4. f. Mús. Breve intervalo en que se deja de cantar o tocar.
5. f. Mús. Signo de la pausa en la música escrita.
a ~s.
1. loc. adv. Interrumpidamente, por intervalos.

martes, junio 13, 2006

Televisión hoy

Esta nota de La Nación es un buen complemento para la teoría de los indicadores culturales y el cultivo televisivo de Gerbner. También hay puntos que permiten ser comparados con Ferrés.
Es fundamental poder reconocer cómo se van confirmando o rectificando algunas premisas teóricas con el paso del tiempo, y cómo los hallazgos producidos por la investigación nos invitan a repensar continuamente aquello que vamos aprendiendo.

Hay muchos puntos espléndidos. Cito sólo uno de ellos: observen que la respuesta de la investigadora a "¿Cómo es el consumo televisivo de los niños en la Argentina?" incluye magistralmente una de las actualizaciones críticas más importantes al conocido trabajo de Gerbner de los años setenta y ochenta.

Pregunto y los incito a escribir: ¿qué piensan? ¿qué podemos rescatar y discutir a partir de la lectura de esta nota?

Saludos,
NS

(Agradezco a Federico Di Benedetto -2do. Pilar- por haberme mostrado este texto).

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"La escuela tiene que educar en una mirada crítica hacia la TV"

Viviana Minzi, experta en comunicación, dice que los medios fijan modelos de vida
Quien intente explicarle a un niño que en la Tierra hubo vida antes de la televisión corre el riesgo de ser tomado por un fabulador. Para los chicos, la tele es tan natural como el aire. Para los padres y los docentes, un motivo de desvelo. Prohibirles que se asomen a esa ventana abierta al mundo sería un anacronismo malsano. Dejarlos navegar sin brújula por ese mar de ofertas heterogéneas parece, cuanto menos, irresponsable.
Licenciada en Ciencias de la Comunicación (Universidad de Buenos Aires) y máster en Educación (Universidad de San Andrés), Viviana Minzi estudia el complejo universo de los niños, los medios y la educación. Actualmente se desempeña como coordinadora del Componente Tecnologías de la Información y la Comunicación, de un programa de la Unión Europea con el Ministerio de Educación de la República Argentina, y como docente de la UBA. Entre otros libros, es autora de "Vamos que venimos" y coautora de "Internet y la escuela"y "Mercado para la infancia o una infancia para el mercado".
-En un artículo, usted afirma: "Los niños de hoy no son como los de antes". ¿Qué problemas plantea la diferencia?
-El problema radica en la distancia entre el ideal de niño que tienen los docentes y los padres y la realidad de los chicos. Los docentes se han preparado para interactuar con un niño quieto, que presta atención, pero se encuentran con chicos que pueden procesar información sin necesidad de estar mirando al maestro a los ojos y que pueden hacer varias cosas a la vez sin que esa multiplicidad de actividades les impida comprender.
-¿A qué obedece esa transformación?
-A la interpelación de las imágenes, que no se basa en la disciplina: uno mira televisión mientras hace otras cosas. Las nuevas tecnologías, en general, no interpelan al sujeto desde lo racional, sino desde la emoción, el sentimiento y la pasión. A eso se suma el peso que se les ha ido dando a los derechos de los niños; entre otros, el derecho a ser escuchado.
-A fuerza de reivindicar los derechos de los niños, ¿no se les estará quitando uno fundamental: el derecho a salir de la ignorancia?
-Hay que separar el movimiento cultural que exige respetar la subjetividad de los niños del modo en que el mercado utiliza ese discurso. Hoy se ve un deslizamiento del derecho al capricho, que está insuflado por los medios. En ese marco, hay que establecer un diálogo sin perder de vista que la asimetría entre el niño y el adulto existe. En función de su experiencia y del conocimiento de reglas que el chico ignora, el adulto debe enseñarle que el derecho no es todo lo que uno desea.
-¿Cuál es el lugar de la escuela ante el auge de la televisión?
-Cuando un niño comienza la escolarización, ya lleva varios años en contacto con la TV. A las funciones sociales de la escuela se agrega la de dar herramientas para que el sujeto pueda enfrentar las propuestas de los medios de comunicación. Pero la idea no es que la escuela se parezca a la tele, porque el colegio sigue siendo el lugar destinado a la construcción sistemática del saber. El docente tendría que promover la reflexión para que los niños puedan distinguir cuánto de todo lo que circula en la tele les sirve para transformar la realidad personal. Eso es parte de la formación ciudadana, porque hoy la mayor parte de la información acerca de lo social la recibimos de los medios, sobre todo de la TV.
-¿Cómo es el consumo televisivo de los niños en la Argentina?
-Los estudios dicen que es de unas cuatro horas diarias. Entonces, algunos concluyen que los niños pasan más tiempo frente a la pantalla que en la escuela. Un razonamiento con trampa. Lo importante no es cuántas horas están frente a la tele, sino cuál es el vínculo que establecen con ella. Muchos adultos tienen una mirada demonizante respecto de la TV y no ven que a veces los niños se apropian de ciertos contenidos de un modo positivo.
-¿Cómo es esa apropiación infantil?
-Lo explico con un ejemplo real. En el curso de un trabajo de investigación en una escuela porteña, una nena comentó que miraba "Operación Triunfo" y que, cuando algo le iba mal en el colegio, se acordaba de todo lo que había tenido que pasar una de las participantes para llegar hasta la última etapa de la competencia. "Entonces -dijo-, decido que me voy a esforzar porque a ella también le costó mucho, pero le fue bien."
-¿Qué efecto tienen en los más chicos los canales de cable que transmiten programación infantil durante las 24 horas?
-Según los resultados de las encuestas, los amigos influyen aún más que la TV en el consumo infantil. Cada grupo familiar resuelve individualmente el conflicto del consumo, y esas lógicas diversas chocan cuando los niños entran en contacto con sus pares. La frase típica es: "Si a Fulanita la dejan comprar eso o ver tal programa, ¿por qué vos no me dejás?".
-¿Qué ocurre con el consumo de programas en chicos mayores de seis años?
-Los padres y los docentes ignoran lo que los niños consumen. Saben que miran determinado programa, pero desconocen en qué consiste exactamente. Si uno se pone a ver el programa que miran sus hijos y comprueba que los valores que exhibe no condicen con lo que uno quiere inculcarles, no hay duda en cuanto a la necesidad de frenarlo. Pero muchos padres compran el discurso de que los chicos son maduros, autónomos, y que cualquier intervención es un signo de autoritarismo. Eso es peligroso, porque la prédica que vende el derecho del niño a la autonomía termina proclamando su derecho a la soledad.
-¿Diría que, con la apariencia de la libertad, se fomenta la dependencia de padres e hijos respecto del mercado?
-Creer que el llamado "mundo de los niños" está construido por niños es la gran confusión; está armado por adultos que no son los docentes ni los padres, sino los publicistas que, preocupados como están por la comercialización, no dimensionan el impacto que ese bombardeo tiene en las criaturas. Una estrategia recurrente del mercado de productos para niños consiste en borrar la figura del adulto. Es preocupante el modo como los padres convalidan esa táctica al desentender los consumos culturales de los chicos. En el tema de los regalos, por ejemplo, se ha dado una transformación que merece ser analizada.
-¿Cuál es esa transformación?
-Para los chicos de mi generación, el regalo que nos elegían nuestros padres era una sorpresa bien recibida. Ahora, los niños piden los regalos con tal especificidad que los padres optan por ir con ellos a la juguetería para que les muestren lo que quieren. La televisión tiene un papel central en este asunto, porque los programas poseen una lógica interna que los padres desconocen. Sobre la base de esa misma lógica, el mercado promociona una cantidad de objetos.
-¿Cuál es el ejemplo paradigmático?
-"Pokemon" y, luego, "Digimon". Ese fue un caso extremo de la publicidad que en treinta segundos explica un juego, ofrece un postrecito e invita a coleccionar los muñecos de los cuarenta personajes. El padre no puede ponerse a aprender los cuarenta personajes, pero al menos debería saber que existen y decidir si quiere comprarle a su hijo todo lo que trata de venderle el aviso o si prefiere negociar con él otras alternativas. En la cuestión del consumo y los chicos, los padres necesitan definir estrategias. Frente a un no, hay que estar dispuesto a soportar el berrinche del chico y la propia ansiedad por no satisfacerlo.
-¿Cómo viven los chicos de menor poder adquisitivo el bombardeo publicitario?
-Si bien las publicidades televisivas les hablan a quienes tienen la capacidad de comprar, su mensaje de un ideal de vida basado en la abundancia y la acumulación llega a todos. Rosana Reguillo Cruz, una autora que estudia el tema de las culturas juveniles, plantea un vínculo entre la presión del mercado y la delincuencia. Expone casos de chicos a los que no les falta el calzado y que, sin embargo, salen a robar zapatillas de marca. Lo que los consumos culturales instalan en los chicos es un modelo de valores y de vida.
-¿Cómo debería trabajar la escuela, con miras a formar televidentes críticos?
-No todos dan por sentado que la escuela deba trabajar el tema de la televisión; hay quienes piensan que la escuela no debería perder el tiempo en eso. Yo creo que hoy nuestro conocimiento de la sociedad y de la política está muy mediatizado y, en consecuencia, la escuela tiene que educar en una mirada crítica hacia los medios. Esa enseñanza es un modo de alfabetización cívica. Una línea de trabajo es problematizar el consumo televisivo: ¿por qué miro tal programa? ¿por qué miro la televisión en soledad? ¿por qué necesito mirar lo que miran los demás para sentirme parte de un grupo? Otra tarea es abrir la agenda temática de los alumnos más allá de lo que les propone la tele, para formar ciudadanos que no sean meros receptores de productos, sino sujetos con capacidad de proponer. La pregunta es en qué medida la escuela está preparada para eso. No hay que olvidar que vivimos en una sociedad empobrecida y que la escuela forma parte de ella.
Por Adriana Schettini
La Nación, sábado 3 de Junio de 2006

viernes, junio 09, 2006

Bienvenidos al mundo del video

¡Gente! Viendo que esto necesitaba movimiento. Decidí adentrarme en el fabuloso mundo de la tecnología. Así es que nos logueé en youtube.com. El usuario es aopusal, la contraseña igual. El mail es aopusal@gmail.com y la contraseña analisis.

Igual, si les parece mal (porque cambia el diseño)o no están de acuerdo pueden volarlo sin tapujos. Éste es sólo un ejemplo. Aún no sé cómo bloguear videos que ya estén en la base de datos. Pero si se copan, lo vamos a lograr.

Flor