Me agradó el texto por la forma en que elabora conceptos no sólo a partir de la información, sino también a partir de la foto que la acompaña. Cuando lo leí me hizo acordar al escrito de Roncagliolo sobre la foto de prensa, y a nuestras propias interpretaciones de las fotos cargadas en este blog. Además, y siendo sincero, es increíble.
NS
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China es grande. Y Yao Defen es la china más grande. Mide 2,36 metros, tiene 34 años y el rostro de serena tristeza que se ve. Su talla la distingue entre 1.300.000 millones de paisanos y 6.500.00 millones de terrícolas. Es un caso único. La mujer de la silla, la cama, la camisa, la sábana, la ropa más grande del mundo. Y la que cada mañana, cuando los demás saltan del lecho inquietos por saber del clima, recordar la agenda o desafiar al reloj, ella recae, un día y otro día, en la pregunta más grande del mundo. La madre de todas las preguntas: ¿por qué?
Yao es hija de la paradoja. Sus padres no miden más de 1,55 metros. Como cuarta hija, ella pesó 3 kilos al nacer y alcanzó los 2 metros a los 15 años. Lo suyo fue crecer fuera de libreto. Un duende botánico se alojó en su anatomía y se alzó del suelo a velocidad de planta más que de persona. Hasta que un bisturí resolvió el misterio: un tumor en la pituitaria producía hormonas de crecimiento de más. La medicina paró el desborde y el listín quedó en los 2 metros y 36 centímetros.
Demasiada talla para ser feliz. Yao pesa hoy 179 kilos, calza 78 (medida europea) y es una gigante de yeso. Su salud frágil la alejó del posible consuelo del estrellato deportivo. De estar sana y ser hombre se llenaría de millones por acercar al aro una pelota. Pero no hay piedad con Yao. Su padre (devenido manager de ocasión) la convirtió en artista de circo. Un malhadado oficio sponsoreado por su padre que la hundió en la humillación. Durante dos años fue paseada por los pueblos chinos como un orgullo nacional: la mujer más alta del mundo (que lo es, pues supera por 5 centímetros a Sandy Allen, de Estados Unidos, que vive en una silla de ruedas). Pero el fin era obsceno. Vean al monstruo. Y ¡plin! caja.
Iletrada, y tan pobre como su familia, Yao fue maltratada por el dueño del circo y acabó en un hospital por los golpes que recibió. El cúmulo de desdichas no consiguió borrar su sonrisa. Yao es bella y sobrelleva con humor el destino que la distingue entre todas las mujeres. Al creciente y fenomenal ascenso de su cuerpo siguieron la insensibilidad paterna, la humillante exposición pública y los golpes de su patrón. El plácido nácar del rostro de Yao le da un aire curioso de muñeca. No es efecto casual. Solitaria en su enorme humanidad, recordará a menudo a las muñecas cajas chinas más pequeñas y normales que pasaron por su cuerpo hasta acabar disueltas en esta última de 2006 que es ella misma. Muñeca china en la que laten la melancolía y el estrés. Y, penetrante (como un grito que no cesa), esa madre de todas las preguntas. Llueva, haya sol o anochezca: ¿por qué?
En la doméstica fotografía Yao ocupa una silla a su medida y ofrece sus largos pies al ojo recolector de asombros de la cámara. No participa de la escena. Facilita la labor del cronista pero no parece estar muy presente. Como si hubiera dejado en la silla el maniquí de su excepción absurda y guardado su cuestionado yo en un cofre de siete llaves. El rostro muestra los signos de esta ausencia. En el interior de la casa puede verse la cama-catre en la que descansa sus excesivos huesos y mitiga el dolor que le causan. A su vera, una amiga de talla normal teje y conversa. Esta sería la foto menos noticiera del mundo de no haberse producido el desmadre celular que provocó su pesadilla hasta convertirla en una flor azteca. Irse hacia arriba a una invisible pero rara velocidad. Comenzar a ver cómo la altura de sus semejantes descendía hasta quedar igualada en un molesto y curioso cabecerío que ahora flota medio metro debajo de sus ojos.
Su historia de vida (es un decir) tiene repercusión mundial. Es una fama amarga que no alcanza siquiera para que se ocupen de ella como merece. En la exótica lotería de las curiosidades de la especie, la cotorrita de la suerte le entregó a Yao un regalo averiado. La talla mayor del planeta. Un récord que no cierra. Que sólo sirve para sufrir. Un récord contra natura. No hay médico ni filósofo ni mago que consigan que deje de dolerle la pregunta de su vida. Tampoco ayuda meterse en el embrollo de si Dios juega a los dados o no. Aquí hay algo simple y cruel. A la gran muñeca Yao le tocaron el 2, el 3 y el 6. Sus dados genéticos estaban cargados. ¿Por qué?
1 comentario:
Pero che.
Es esto o vuelvo a mis chistes. ¿O es que me lo están rogando y yo no me doy cuenta? Que me tiento, que me tiento....
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