viernes, noviembre 18, 2005

Sobre "el refugio perdido" y la voluntad individual

MARTES, SEPTIEMBRE 20, 2005

Como considero que Natalio es un gran amigo (y sospecho -y espero- que el piense lo mismo), haré pleno abuso de este espacio que no es mío para hacer un comentario respecto del post que me precede.
Debo hacer una confesión: sobre este último, mi primera impresión fue de desagradable sorpresa. Luego mi humor cambió y me generó cierta ternura al sumergirme en un retorno a la inocencia y a cierto nivel de frescura de épocas pasadas.
No veo nada nocivo en la crítica, en la medida en la que sea constructiva y que no se transforme en un oscuro mesianismo; coartada intelectual y legitimación de una posición en la que nos "desembarazamos del problema". Fíjense que de esta forma caemos en el mismo reduccionismo que la izquierda cínica propone, o sea, ver los procesos sociales como ajenos a nosotros mismos, en donde la responsabilidad queda diluida "allá donde no nos toca".
Tengo que reconocer que mi visión también es parcial, ya que me unen a la USAL más de 10 años de convivencia, en donde he pasado por todas las relaciones posibles: alumno, egresado, graduado, ex-alumno, ayudante de cátedra y finalmente docente. En ocasiones me he sentido tan frustrado y despechado como el Sr. L>S>D>A. Otras he sentido -verdaderamente- un gran orgullo de pertenecer. Creo que estos dos sentimientos han sido exagerados y que como siempre, el criterio de lo razonable se ubica en un punto medio. Pero lo que se me debe reconocer, es que nunca, y digo NUNCA, he negado mi responsabilidad en el proyecto. En cualquier proyecto. Ya sea como alumno o docente, no le he dado la espalda a la historia y si en ocasiones las cosas no eran fáciles, la participación era innegable.
Por eso los invito a redimensionar lo que nuestro amigo L>S>D>A nos propone, pensando cuál es nuestra posición DENTRO del sistema que la USAL propone, y no ponernos en la visión cuestionadora desde FUERA del ecosistema comunicativo.
A propósito de esto último, siempre los soportes educativos han sido criticados: sí o no al powerpoint. Sí o no a Internet. Sí o no al aula. Clase expositiva o clase opinativa. Nos hemos perdido en dicotomías, y a la vez olvidamos que el verdadero espíritu educativo no está en los soportes o metodologías (sólo se expresa mediante éstos), sino en la actitud individual frente al conocimiento. Si no hacemos preguntas 5 minutos antes de que termine la clase, quiere decir que ya no sentimos pasión por lo que hacemos. Asociarse o comprometerse no tiene que ver con un bar, con una mejor infraestructura. Siempre tenemos los posibilidad de cuestionar y sobre todo cuestionarnos, sea cual sea el contexto. Siempre tenemos responsabilidad en lo que hacemos, aún en las condiciones más adversas (como a veces nos sucede en la USAL).
Estimado L>S>D>A, no se deje atemorizar por las frías escaleras de marmol (además es ud. ciertamente optimista al reconocer este material en las humildes escaleras de la facultad). Nadie quiere escupirlo. Hoy ud. se siente excluido y ajeno, pero como diría Aristóteles, "una golondrina no hace verano". Cuando sea ya un eximio egresado, a la distancia sentirá retornar el cariño perdido. Pero también será una ilusión, ya que "todo tiempo pasado fue mejor". Y volverá, le aseguro que volverá con una pasión más atemperada.


Máximo Paz

PD: una de las reglas básicas del periodismo es atribuir las fuentes y firmar las notas. Siempre que identificamos claramente al autor de los textos, les brindamos verosimilitud y veracidad. Nunca excluyamos nuestra autoría; es un signo de confianza en lo que nosotros mismos hacemos. Abrazo.

La Universidad como ámbito expulsivo

lunes, septiembre 19, 2005

Ey, un segundo. Observen hasta dónde se ha desplazado nuestro espacio de debate: hasta un escrito individual, en el vacío ciberespacial, dispuesto para el alcance voluntario de un alumnado limitado a imposiciones tecnológicas. Ni siquiera voy a empezar a hablar del sesgo económico-social que esto implica. Me limitaré a plantear lo supremo y único de mi pensamiento en este momento, a señalar la posibilidad de huida que posee cualquier lector ante una idea que no se parezca a aquella que hubiera deseado encontrar. Me limitaré a discutir la falta de una posición antagónica instantánea. Me limitaré a renegar la falta de discusión. La falta de riqueza dialéctica. La falta de crecimiento a partir de una sola idea. Algo no está bien.No quiero generar confusiones: mi búsqueda no es menospreciar las posibilidades de este medio que nos garantiza una expresión libre y sin ataduras formales. De hecho, celebro su existencia. Pero un blog es un blog. No es un aula, no es un claustro, no es un bar. No veo los ojos de mi interlocutor, no escucho su queja, ni su aprobación. Ni su grito de dolor ante mi burrada. Para graficarlo simplemente, estoy solo. Claro que decir "hablando solo" ya sería caer en la falsa imagen de una conversación que no sucede ni siquiera en el plano individual. Estoy escribiendo solo, exponiendo mis ideas (universitarias) bien alejado del ámbito de mis ideas (la Universidad) y de los destinatarios de mis ideas (los estudiantes universitarios). Sabrán disculpar mi insistencia: algo no está bien.Estamos desterrados de un lugar que nos pertenece. Muchos culparán a la era posmoderna, a la lógica televisiva o al abuso de los patrones en cuanto a la carga de su propia jornada laboral. La cuestión -sea quien sea el verdadero responsable- es que, hoy, el círculo de discusión académico universitario está confinado. Se encuentra (con esfuerzo), posteado en un foro común, que sólo puede existir de la mano de un profesor preocupado o voluntarioso. El aula es un sitio que ha perdido su significado real, un lugar de tránsito en el que se produce el seguimiento activo de una cantidad de textos que serán leídos durante la semana previa al parcial. Pero, así y todo, continúa siendo un refugio para la generación de ideas, para la inquietud, para el enfrentamiento ideológico, educacional y metodológico. En pocas palabras, sigue siendo un ámbito inclusivo: invita a llegar, invita a estar, invita a escuchar, invita a participar.La Universidad, en cambio, parece haber olvidado su rol principal como establecimiento productor de pensamiento crítico. Como institución, tiende a rebelarse ante uno de los componentes que forman su principio y esencia: el estudiante. Se ha convertido en un ámbito claramente expulsivo. En un monstruo de escaleras de mármol que decide escupirnos cada vez que cumplimos nuestro turno de clases. En nuestro edificio no hay un bar, pero a nadie parece sorprenderle esta realidad. Eso sin contar que una facultad como la de comunicación, cuya actividad principal gira alrededor de la escritura, posee apenas veinte computadoras (para, al menos, doscientos alumnos) y una impresora única cuyo funcionamiento es irregular.Contestemos preguntas: ¿Dónde nos juntamos a estudiar cuando se acercan los parciales? ¿Dónde tomamos un café entre hora y hora de cursada? ¿Dónde hacemos, estudiantes, los trabajos prácticos que nos solicitan? ¿Desde dónde bajamos los apuntes online que Stecconi pide para cada clase? ¿A qué distancia de nuestras aulas está ubicada la biblioteca? ¿Dónde podemos expresar nuestras ideas y dudas, nuestro análisis, nuestras certidumbres, nuestra repugnancia, nuestras aficiones? ¿En el aula?, es posible bajo ciertas circunstancias. ¿En la Universidad? Por supuesto que no.La Universidad -digámoslo con todas las palabras que puede decirse: EL SALVADOR- se ha convertido en un sitio ajeno. Es un sitio incómodo y de paso. Es un lugar que preferimos evitar. Es un lugar que sólo será visitado cuando sea indispensable. Es un lugar en el que conviene quedarse callado. Es un lugar en el que no formulo una pregunta cinco minutos antes del final de la clase para no permanecer allí después de hora. Es el opuesto a nuestro sillón favorito, ese que encontramos en el living de casa. Es el opuesto a la tranquilidad y a la familiaridad. Es, hoy por hoy, la negación de sí misma: es la no Universidad.Cuenten las veces -confío en que no serán tantas- que se han quedado conversando con sus compañeros dentro de ese edificio después de la una de la tarde. Algo no está bien. Esperemos, al menos, que la credencial inteligente tenga la suficiente capacidad intelectual como para debatir con nosotros cuando volvamos a casa, cuando estemos en el colectivo rumbo al trabajo o cuando veamos relegado nuestro discurso únicamente a los blogs.Por ahora parece nuestra única esperanza para que las ideas no se terminen cada día, cuando suena el último timbre.

L>S>D>A

Baldosas de opinión pública

JUEVES, SEPTIEMBRE 15, 2005

Hay una pintada sobre la vereda que piso al bajar del colectivo que me lleva a mi pueblo.
El color de la pintura es blanco, un tópico que más allá del irrisorio detalle mucho parece contar sobre la intuición plástica del anónimo enunciador: las baldosas son de un rojizo cargado, casi bermellón.
Como dije, no hay firma responsable; la fuente se cobijó en el confortable vacío de la nadiedad. Pero esa pintada, aunque sin fuente visible, es un mensaje dirigido a alguien, y ese alguien fue explicitado nominalmente por el enunciador. Ese alguien tiene un nombre, nombre que mi memoria, esquiva como suele definirme, no ha sabido resguardar. Pongamos por caso que ese nombre es "Ana".
Deben existir miles de graffitis en todo Buenos Aires que están dirigidos a alguien. Pero este, en las baldosas que piso cada tanto, me llamó la atención por tres razones.
1) La primera razón es la ubicación. En todos estos años he visto pintadas en paredes, en vallas publicitarias, en portones, en ochavas, en los andenes del subte, en las garitas de los colectivos, en los asfaltos y hasta en automóviles que han cometido el error de no ir a pasar la noche al garage. Tengo una hiperinformación que me ha saturado de percepciones graffitescas. Veo pintadas por todos lados. Las veo, pero ya no las miro. No las miro porque las veo en todos lados. Entrópico, pero real.
Este graffiti, en cambio, fue visto y mirado. Está en la vereda, lo cual ya es un toque de distinción que lo hace particular. Pero tampoco está en cualquier lugar de la vereda. Está impostado en las baldosas más pertinentes de toda la cuadra: las que uno debe pisar indefectiblemente (salvo que se posean dotes de milagrosa elasticidad física) al bajar del colectivo en esa esquina.
Doy por descontado que cualquiera de nosotros, al bajar de un colectivo, mira dónde va a ir dirigido el pie que nos separará del móvil ya detenido y nos depositará en tierra firme. Pues bien, allí donde se posa la mirada escrutadora antecesora del pie, está el graffiti. No se puede no mirarlo, no se puede no leerlo, no se puede no pisarlo.
2) La segunda razón por la que me llamó la atención el graffiti es la decisión de exponer públicamente un mensaje dirigido intencionalmente a una sola persona. Esto barre con el resto de los graffitis globalizantes y dictatorialmente unificadores del estilo "Palermo es de Chaca" o "Aguante Mambrú". Este era de "él" hacia "Ana". Simple, contundente, sin soberbia absolutista, libre de unanimidades generadas por el uso de la violencia discursiva.
Él le quería decir algo a ella, pero ese decir estaba en un segundo plano en relación con la necesidad de él de hacerlo público. Él le decía a ella, pero me lo dejaba saber a mí. O mejor dicho: él le decía a ella, pero quería que lo supiera yo al bajar del colectivo. ¿Lo hizo él porque ella tomaba ese colectivo, bajaba en esa esquina, pisaba esas baldosas y, por determinismo físico, no podría dejar de ver el graffiti? Quizás. Pero también podría haberla llamado por teléfono, o mandarle una carta, o transmitírselo a través de una amiga noble y confidente, o enviarle un tecnológico mensaje de texto.
Podría. Pero la fenomenología nos sacude con lo irrefutable: allí está pintado un mensaje privado hecho público. Está en la vereda, y la vereda es pública. Es de él, es de ella, es de todos, y mía también.
En días en los que la privacidad parece resguardarse inexorablemente del acontecer público que la condiciona y conforma –a no ser que esa privatización del espacio colectivo requiera de una movilización de intereses particulares que puedan promoverlo como universal (para que por efecto deductivo beneficie sólo a unos pocos)–, él sintió y expresó la necesidad de decirme a mí que ese mensaje estaba dirigido a ella, pero que no podía resistir la pulsión de hacer que yo lo supiera. No para apoyarlo, ni para ayudarlo, ni para convertirme en un activista de su causa. Él necesitó, simplemente, que yo lo supiera. De otra forma (o con otra intención), él habría firmado la pintada.
Él necesitaba hacer pública su anónima moción personal.
En medio de saturaciones informativas y de mensajes que no terminan de ser recibidos por culpa del mensaje segundón con ansias de primeridad que ya viene empujando desde atrás, él encontró el lugar y la ocasión para decirme que necesita decirme que desea decirle algo a ella. Decirme que dice que le dice algo que ahora digo y difundo yo. Perfecto.
Él hizo pública su opinión privada, pero sin obligarme a aceptarla; tan sólo me la comunicó y me dejó la libertad de decidir si la acepto y comprendo o no. No trató de transmitirme que esa es la opinión o moción de la mayoría de mi pueblo, a la cual debería yo plegarme o, ante mi potencial incorformidad, saber guardar el prudente silencio de la minoría. Sólo compartió su opinión conmigo. Compartió su opinión (su sentir) con un nadie-alguien que baja cada tanto de un colectivo cada vez más casual.
El pibe anónimo hizo pública su opinión individual, y hoy me entretengo con el deseo de saber que con eso pudo sentirse grande y pleno, sin bregar por imposiciones, mayorías aludidas, persuasiones encubiertas o citas a resultados de sondeos que marcan la tendencia mayoritaria acorde con su ideología (o infantil capricho). Sólo quiso entablar comunicación, sólo quiso promocionar que la función fática aun importa.
3) La tercera razón por la que la pintada me atrapó es el contenido del mensaje. Simple, honesto, directo y antológico. Desde hace un tiempo ese contenido forma parte de la colección de frases jamás creadas o dichas por mí, pero que me representan como si alguna vez hubiera podido (aunque no supe hacerlo) crearlas y decirlas yo.
La pintada sobre la vereda que piso al bajar del colectivo que cada tanto me devuelve a mi pueblo dice: "Ana, gracias por regalarme un cachito de tu vida".


Natalio Stecconi

Huracán

jueves, septiembre 08, 2005

“Un día, en Estados Unidos, la coincidencia de un atasco de autopistas con una paralización del tráfico ferroviario impide que el personal de relevo acceda a un gran aeropuerto. Los controladores no relevados, vencidos por el estrés, provocan la colisión entre dos cuatrirreactores, que se precipitan sobre una línea eléctrica de alta tensión, cuya carga, repartida entre otras líneas ya sobrecargadas, provoca un black out como el que ya sufriera Nueva York hace algunos años. Salvo que esta vez es más radical y dura varios días. Como nieva y las calles están bloqueadas, los automóviles forman monstruosos atascos; en las oficinas, se encienden fuegos para calentarse, estallan incendios y los bomberos no logran llegar a los sitios para apagarlos. La red telefónica queda bloqueada bajo el impacto de cincuenta millones de personas aisladas que tratan de comunicarse. Se inician marchas por la nieve, que ocasionan víctimas que se abandonan en las calles.Los viandantes, privados de aprovisionamientos de toda clase, intentan apoderarse de refugios y mercancías; entran en acción las decenas de millones de armas de fuego vendidas en Norteamérica. Las fuerzas armadas asumen el poder, pero son víctimas también de la parálisis general. La gente saquea los supermercados, en los hogares se acaban las reservas de velas, aumenta el número de muertos a causa del frío y el hambre, y en los hospitales los enfermos mueren por falta de cuidados. Después de algunas semanas, cuando penosamente se restablezca la normalidad, los millones de cadáveres dispersos por las ciudades y el campo comenzarán a propagar epidemias y provocarán flagelos de dimensiones parecidas a los de la peste negra, que en el siglo XIV destruyó dos tercios de la población europea. Surgirán entonces psicosis ‘de contagio’ y se afirmará un nuevo maccartismo mucho más cruento que el primero. La vida política, que habrá entrado en crisis, se subdividirá en una serie de subsistemas autónomos e independientes del poder central, con ejércitos mercenarios y administraciones autónomas de justicia. Mientras la crisis continuará indefinidamente, quienes lograrán superarla con más facilidad serán los habitantes de las áreas subdesarrolladas, ya preparados para vivir en condiciones elementales de vida y de competencia, y se producirán grandes migraciones, que darán lugar a fusiones y mezclas raciales, importación y difusión de nuevas ideologías. La propiedad, menguada la fuerza de las leyes y destruidos los catastros, se apoyará en el solo derecho de usurpación. Por otra parte, la rápida decadencia habrá reducido las ciudades a una serie de ruinas alternadas con casas habitables, y habitadas por quienes hayan logrado apoderarse de ellas, mientras las pequeñas autoridades locales podrán mantener cierto poder construyendo recintos y pequeñas fortificaciones. En este momento, se estará ya en plena estructura feudal…”

Fragmento de “Hacia una nueva Edad Media” (1972), ensayo de Umberto Eco sobre una hipótesis apocalíptica de R. Vacca. Extraído de Eco, U. La estrategia de la ilusión. Barcelona, Lumen, 1999.

Natalio Stecconi

A nosotros, los periodistas

martes, septiembre 06, 2005

A nosotros, los periodistas, reiteradas veces nos hacen responsables de ser los formadores del fenómeno de la Opinión Pública. Muchas veces tal responsabilidad se la asignan a los medios de comunicación donde los receptores son sólo pasivos espectadores que no participan de los procesos formadores de dicho fenómeno.Muchas encuestas han demostrado que las instituciones contribuyen a la formación de nuestro objeto de estudio.Si bien, cada uno de estos actores son responsables, debemos preguntarnos: ¿Cuál es el papel que deberíamos cumplir exactamente y de qué forma, para obedecer a las expectativas de los ciudadanos que se comprometen con la Realidad Social y Política Argentina?

Julieta Porco