Fue un segundo, apenas. Después de salir de Verona, una ciudad hermosa, romántica, shakespeariana, llena de puentes, ladrillos y pasión norteña, me acerqué de a poco a una pequeña villa de nombre llamativo: Mantova. Mantua, en español. La única forma de llegar era cruzando una ruta (autopista, carretera, no sé: no era muy grande) a través de un lago.
Tuvimos la suerte de llegar justo en el atardecer. Desde la ventana frontal del coche nos regocijamos con algo como esto:
Ese perfil urbano resultó ser apenas un aviso. Adentro, en una ciudad con tamaño de pueblo y dinámica de amistad, apareció la Italia que uno imagina pero nunca ve. Una Italia descontaminada, llena de gente recorriendo calles en bicicletas y abandonándolas en su destino sin preocuparse por atarlas o asegurarlas con un candado. Lleno de panaderías y almacenes. Llena de italianos sin turistas (más que uno, claro): la bella vita di provincia.
Yo no tengo ciudadanía europea, y de hecho vivo en una ciudad eléctrica que me obliga a estar alerta. No me arrepiento, por cierto, pero hay algo de ese ritmo que me obliga a reflexionar. Está claro que se puede vivir de otra manera y seguramente no hace falta ir hasta Mantova para verlo. Pero así de tonto, en mi caso, esa Venecia sin agua, esa joyita en potencia, ese castillo de arena, me hizo dar cuenta de que hay gente que es, sin más, y no necesita otra cosa.
1 comentario:
Uy, hay que implementar una campaña publicitaria para reposicionar a este Blog.
Gracias Pablo, la verdada es que no conozco Italia, pero necesito dejar de envidiar a la gente, asique me alegro por vos, y esa descripción que hacés. Eso es lo más lindo, no cruzarse con turistas, además me imagino lo que es Italia con ese tema.
La foto es de verdad muy buena, es tuya?
Cuándo volvés?
Saludos!
EugeH
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