
Esa madrugada se acordó de Bird, el viejo pistolero. Qué mecanismo más raro es la mente. Trabaja como le parece.
O quizás era aquella especie de cansancio. Algo parecido al cansancio sobre los hombros. La misma música que bailaba Bird. El viejo pistolero.
Bird.
Con senderos en la cara, surcados en infinitos tiroteos. Los ojos rasgados por el cráneo, y manos de olivo, las manos veloces, ramas de invierno. Cansadas. El peine, por la mañana, mojado con agua, rayando el pelo blanco hacia atrás, ya transparente. Pulmones de tabaco en la voz que lentamente dice: Qué viento hace hoy.
Nada peor para un pistolero que no morir.
Mirar siempre en torno, cada cara nunca vista antes puede ser la del idiota de turno que ha venido desde lejos para convertirse en el hombre que mató a Clay "Bird" Puller. Si quieres saber cuándo se ha convertido uno en un mito, entonces escúchame: es cuando te encuentras librando duelos siempre de espaldas. Mientras salgan a tu encuentro de frente, eres sólo un pistolero. La gloria es una estela de mierda a tus espaldas. Date prisa, imbécil, dijo sin darse vuelta siquiera. El muchacho llevaba un sombrero negro y en el bolsillo alguna idiotez que era el recuerdo de un odio lejano, y la promesa de una venganza. Demasiado tarde, capullo.
Con estos senderos en la cara, maldita vejez, meándome encima por las noches, con este condenado dolor bajo el cinturón, como una piedra al rojo entre la barriga y el culo, nunca llega el día, y cuando llega es un desierto de tiempo vacío, que hay que atravesar, ¿cómo he podido llegar yo hasta aquí?
Cómo disparaba Bird. Llevaba las cartucheras al revés, con la culata de la pistola asomando hacia adelante. Desenfundaba con los brazos cruzados, la pistola derecha en la mano izquierda, y viceversa. Así, cuando salía a tu encuentro, con los dedos rozando la culata de las pistolas, parecía una especie de reo, como un prisionero que fuera hacia el patíbulo con los brazos atados delante. Un instante después era un ave de presa que abría las alas, un latigazo en el aire, y el geométrico vuelo de las dos balas. Bird.
Y, entonces, ¿a qué viene este arrastrarse entre la niebla de mis cataratas, obligado a contar las horas, yo que conocía los instantes, y era el único tiempo que existía para mí? El nistagmo de una pupila, los nudillos blanqueando en torno a un vaso, una espuela en la ijada del caballo, la sombra de una sombra sobre la pared azul. He vivido eternidades allí donde los otros veían momentos. lo que para ellos era como un destello, para mí era un mapa; una estrella, donde yo veía cielos. Yo pensaba desde dentro de los pliegues del tiempo que para ellos eran ya recuerdos. No hay otra forma , me enseñaron, de ver la muerte antes de que llegue. Y, entonces, ¿a qué viene este arrastrarse entre la niebla de mis cataratas, obligado a espiar las cartas de los demás, mendigando bromas desde mi silla, siempre la misma, en segunda fila, lanzando piedras a los perros por la noche, en mi bolsillo el dinero de un viejo que las putas ya no quieren, será para un mariachi, cuando venga, que sea triste y larga tu canción, muchacho, dulce tu guitarra y lenta tu voz, quiero bailar, esta noche, hasta el ocaso de esta noche, bailaré.
Decían que Bird llevaba siempre encima un diccionario. De francés. Había estudiado todas las palabras, una tras otra, en orden alfabético. Era tan viejo que ya había dado una primera vuelta y ahora había llegado hasta la G, en la segunda. Nadie sabía por qué lo hacía. pero dicen que una vez, en Tandeltown, se acercó a una mujer, que era hermosísima, alta, de ojos verdes, no se sabía cómo había ido a parar allí. Él se acercó y le dijo: Enchanté.
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