jueves, marzo 09, 2006

Raro, como encendido

Cementerio de Tilcara (la muerte a color) o ¿será que asistimos al funeral del blog?

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo que es una vergüenza es que, con ligereza, veles a un ente vivo.

Enojado,
L>S>D>A

Anónimo dijo...

Epa.

Anónimo dijo...

Me bajé el mp3 del tema de inicio de Heidi. Y no es broma.





Paren de reírse: así como Miguel Hernández tiene un poema que cuenta que cada vez que escucha la palabra "naranja" se acuerda de las siestas de su niñez, la canción de Heidi, para mí, es algo que rumbea por ahí. En mi caso, Heidi es igual a las Rhodesias que me regalaba doña Coca cuando llegaba a casa en el tren de las 14:00, momento en que yo estaba viendo Heidi en la tele que era como un mueble. Doña Coca era mi abuela, la dama que aprendió a escribir su nombre luego de que se lo enseñara mi enorme abuelo Enrique, el tipo al que, según dicen, cada vez más me parezco -salvo por una diferencia de 20 cms-, ese que me llevaba a dar vueltas en su tractor y me hacía creer que era yo quien lo manejaba mientras me sacudía sentado en sus rodillas de Polifemo, el señor de las manos más grandotas que jamás pude conocer, el tipo que me llevaba en andas sobre sus hombros hasta hacerme marear para luego cortarme un trozo de sandía que su quinta, el gigante que me trataba de "usted" cuando yo sólo tenía 10 años, ése de quien hace un muy poco recibí un traje precioso e impecablemente planchado, a rayas, de tela exquisita, traje que sólo usé una vez ante mi vieja y nunca más, pues al verme con él me dijo "Estás igual a..." y no terminó la frase porque se largó a llorar. Mi abuelo Enrique, el que escuchaba la radio conmigo y me enseñaba -era como verlo- los colores de las camisetas de los tipos que pateaban la pelota imaginaria, el hombretón que tenía un tacho de lata lleno con medio litro de mate cocido en el que mojaba la indispensable galleta marinera, el esposo de doña Coca, la señora que me regalaba sus Rhodesias a la hora de Heidi en mi TV, las Rhodesias que sacaba de sus carterita negra, preciosa, brillante y espejada, esa que yo podría dibujar hoy en su mínimo detalle mientras escucho a una soprano adolescente cantando "Abuelito dime tú..."

Anónimo dijo...

Tengo cierta cuota de emoción, pero la suprimo. Peor aún: la reprimo. Hoy estoy para otra cosa, para demoler recuerdos de pureza e infantilidad impoluta.

La canción, esa canción, tu canción nueva de una época pasada, la del abuelo Enrique, esa canción es una canción sobre la droga.

Y lo lanzo sin miedo, desde un blog que analiza mensajes de los medios, mensajes liminales, sub y supraliminales y pseudoliminales. Pero esto es nominal y, claro, como no podía ser de otra manera, sale a esponsorearlo Doña Coca.

Hace no más de dos años, en FM La Tribu, en un programa que escuchábamos sólo aquellos que lo llevábamos a cabo, se expuso esta cuestión. El canto de Heidi es el canto de una niña enmarihuanada, el canto de los ojos rojos y de las preguntas post-alucinación. Es el dislate de una época: por qué yo en una nube voy, por qué soy tan feliz, por qué somos blancos. Un canto al humo, un canto a las epopeyas perdidas.

Tendrá que ver con la traducción, o con delatores del inframundo. A lo mejor se cuela entre los tantos popes de la tele un vivo. Y lleva a cabo, con sutileza, con el arma de la distinción, el lanzamiento de su diabólico reservorio de grandeza. Eternizándose en dos oraciones que lo vuelven gigante hasta los siglos de los nietos y de los abuelitos.

Anónimo dijo...

Ehhhhhhhhhhh....
Lo que escribí arriba no es serio ni en serio.
Por las dudas, vio.

Abrazo.
Y respetos a sus recuerdos, profesor. Cada uno cuenta con un gatillo emocional.

Anónimo dijo...

Un tipo entra al banco con un gato bajo el brazo. Le dice al cajero:

"Arriba las manos... esto es un asalto. Deme todo el dinero o aprieto el gatillo".

En fin. Gracias. Gracias por esta oportunidad.

NS