
Hora cero de un sábado de otoño. Una larga fila de taxis aguardaba la salida de los jugadores diurnos del colosal complejo de tragamonedas de Palermo. También era incesante el movimiento de autos que depositaban a los apostadores noctámbulos. Parada muy redituable aquella. El estacionamiento del hipódromo estaba colmado. El famoso efecto derrame benefició a los cuidacoches del exterior. Por cinco pesos aseguraban su vigilia. “Hasta las seis de la mañana estoy acá”, garantizó uno de ellos mientras revoleaba su linterna en busca de nuevos clientes.
Las imponentes escalinatas de acceso, resaltadas con una pomposa iluminación, otorgan un preámbulo magistral. Discretos hombres de seguridad se limitan a custodiar el ingreso sin reclamar entradas. Las amplias puertas del mundo onírico están abiertas para todos. Un señorial hall da la bienvenida. Varios peldaños hacia abajo espera el idilio.
Allí, en la profundidad, emergió otra dimensión. Efectos sonoros de tres mil máquinas tragamonedas se mixturan en un único eco ensordecedor. La fusión lumínica concede un espectáculo más agradable. Esa exuberancia de luces con infinidad de matices rememora una postal nocturna de una gran metrópolis. El ambiente estaba cargado de humo de cigarrillo. “Acá se puede fumar porque son tierras nacionales y las imposiciones de la ciudad no valen”, sentenció el encargado de una de las confiterías del sitio. Este universo tiene sus propias reglas.
Una mujer entrada en años, enfundada en una mini de leopardo y botas de caña, apostaba en una maquina en que debían coincidir personajes emblemáticos de la saga Star Wars. Consumía nicotina, café y créditos con idéntica avidez. A su lado, una joven, de atuendo más discreto, revelaba sin timidez su extraña ceremonia de invocación a la diosa fortuna. Mientras que la computadora digitaba los algoritmos de su siguiente jugada, la apostadora frotaba la pantalla frenéticamente. No tuvo suerte.
Al mismo tiempo, algo inescrutable del racimo de tragamonedas acuñadas bajo la leyenda Life of Luxury atrajo la atención de una gitana que deambulaba siguiendo su instinto. Juan Carlos exteriorizaba más su ansiedad. Su nombre figuraba en la pequeña pantalla de la maquina que lo tuvo a maltraer. Privilegio de los habitúes. Los nerviosos puñetazos que descargó sobre el aparato desentonaban con su madurez biológica y su pudiente aspecto. Una cámara, para nada indiscreta, estaba a la expectativa de sus próximos movimientos. “¡Qué guacha!”, le increpó una veinteañera a su amiga que contaba de a cien la ganancia obtenida. Juan no quiso ni mirar.
Era la hora de la cena para dos rubias que pisaban la quinta década. Disfrutaron una pizzeta sin abandonar su puesto en una sección titulada Juego de la vida. Entre bocado y bocado de una napolitana, accionaban los engrasados controles de su máquina.
El estridente barullo fue desafiado por una simpática melodía. Eran los alegres acordes de Santiago de Cuba, un dúo de salsa que actuó en la confitería principal del predio. Algunas parejas siguieron la propuesta con un bailecito improvisado. Unos asiáticos espiaban sentados alrededor de varias botellas de champagne. El ambiente festivo que se vivió allí contrastaba con lo que sucedía alrededor. Los jugadores no destilaban síntomas de felicidad. Una señora ganó 506 pesos. Rodeada por un grupo de curiosos, aguardó displicente sin quitarle la vista a su pantalla. El aparato, mediante luces y efectos sonoros rimbombantes, expresó mayor felicidad. Finalmente, para alivio de la dama, un empleado de la empresa asistió para certificar la buena nueva.
Infinidad de apostadores continuaban ensimismados en su juego. Un cartel de pie invita a la prudencia. Recomienda “Juego responsable” e indica que el público se “asesore en las mesas de atención al cliente”. El servicio propuesto no se halla visible; en cambio, al lado de la proclama, varias personas hacían fila en un cajero automático.
El clima se filtra hasta en los baños. Desde los parlantes allí ubicados se anunció “la hora del próximo sorteo Jackpot”. Frente al mingitorio, un cartelito recuerda el día del sorteo de la 4×4 negra exhibida entre las tragamonedas.
Las dos cincuentonas terminaron su pizza y se deleitaban con un brownie sin abandonar la posición, mientras que los asiáticos, de talante más jocoso, continuaban acumulando botellas de champagne.
En la sala de las ruletas electrónicas hubo mayoría de hombres. El ambiente de este sitio era más cálido. Una barra de licores, luces tenues y música tranquila. Ocho pantallas con sus respectivos apostadores rodean la ruleta. Una voz femenina artificial anunció “no va más”. El gordo de anteojos maldijo la prescripción. La automatizada ruleta empezó a girar mientras un efecto de latido de corazón acrecentaba el clima de suspenso. “Negro el once”, indicó la crupier virtual. La frialdad de los jugadores impidió determinar quién se favoreció esa vuelta.
La osada rubia seguía en su posición inicial. Más pocillos vacíos y un cenicero cargado revelaron su fidelidad a la máquina de Star Wars.
Juan Carlos abandonó su puesto. Permanecía fastidiado. Rumbo a la salida, pasó por debajo de un desopilante muñeco que evoca a un histriónico Einstein que baila sobre unos fajos de billetes. Por fortuna, el irascible Juan Carlos no se percató de la escena.
La melodía tropical se coló nuevamente. Los cubanos se despidieron con un estribillo pegadizo. “Eso no es nada caramba, eso no es nada”, repitieron incesantemente.
En un recoveco del hall de entrada se apiñan unas esculturas de Teresita Lo. Una figura abstracta de treinta centímetros llama la atención. Se titula El hombre hueco. Todo un símbolo.
12 comentarios:
Por fin.
Hola Fernando.
Y bienvenido.
*
A todos: les presento a Fernando. Como dice la opereta criolla de Dolina, no sabe aún en dónde se metió.
(Háganme la caridad y salúdenlo como se debe. No se pasen de orates tan al principio. Tal vez puedan exprimirle su talento antes de que se dé cuenta e intente salir rajando -arrepentido- de aquí).
Fernando, lo lamento. Pero ya está.
NS
Linda crónica posmoderna. Quizás sea ficción, pero no dejo de leerlo como una linda crónica y posmoderna(¿será que estuve leyendo a Zizek?)
Hola, Fernando, hola. Ya que lo pide el señorito Stecconi, dejo el saludo orate para más tarde.
Gracias por la bienvenida.
Flor, estuve allí. Pura realidad.
Disparen con ganas. Saca lo peor de mí.
F.V.
1) Y dale con lo de "señorito".
2) ¿Zizek? Eso no vale. Hiciste trampa. Vamos con una que sepamos todos. La última vez que di a Slavoj fue en el curso de FV, y así salió.
NS
Bienvenido Fernando, quiero que sepas que esto es un camino de ida. De ninguna manera planeo pasarme de orate como dijo el director, me acuerdo que al principio no me animaba a poner nada acá porque sentía que todos era súper intelectuales y le temía a las criticas. Además admiro a la gente que escribe bien, sobre todo porque es uno de los tantos dones que no me llegaron en la repartija. Muy bueno el texto.
Mi único problema es que desde que leí "Miedo y asco en Las Vegas" y posteriormente vi la película "Pánico y locura en Las Vegas" (las traducciones suelen ser tristes) no puedo dejar de pensar en los casinos bingos etc. como los muestra el gran Thompson, que si bien su visión está distorsionada por la drogas, es de una claridad única. Lo que por otro lado me recuerda a una canción de Soda Stereo (que no me gusta) que decía algo tan lindo como "cuando esta oscuro todo empieza a verse más claro".
Fer nuevamente bienvenido.
Saludos
MeGalómano!
Zizek es demasiado posmoderno para mi gusto. Me pone mal su posmodenidad (a veces soy una chica decimonónica). Tito se me ríe en la cara y me dice que soy tan posmoderna como Zizek. No, yo necesito las cosas más ordenaditas, una a una, sin tanto ingrediente.
Me lo pasó un conocido que estudia psicología cuando le dije que quería encontrar un vínculo entre psicoanálisis y periodismo. "Hay un tipo buenísimo que está loco, que, creo, podría gustarte".
No, no me gusta que mezcle tanto. Y estuve viendo unos videos, habla como escribe. un sacado. un sa-ca-do. No digo que algunas de las cosas que dice no sean interesantísimas, no, pero me hace recordar un poco a mí época de estudiante y esos debates sobre la cultura de masas y yo, yo estoy buscando otra cosa, orate (no puedo jurar solemnemente no decirle más señorito, he de confesar que a veces director me parece muy grande)
Sí, ¿no?
Pero cómo me gusta el casino.
Salud (desde Bilbao)
Welcome to the Hotel California, Fer, you can checkout any time you like, but you can never leave!
Lo del relato, qué cierto y qué triste. Pero que poder de observación, a mi me gustaría saber cuanto perdiste esa noche.
Cuando recién cumplía 18 fui al Casino Flotante, y esa es una de las cosas que uno sale corriendo a hacer cuando cumple 18. Gané $150. Con 18 y hace unos años era una fortuna. Invité a comer afuera a mi chico y me compré una remera. Mis otras vueltas por casinos fueron efímeras, tristes y aburridas.
Fer, como dijo Seba, esto es un camino de ida, y nunca hay que tener miedo, yo vengo sumando burradas de una manera colosal, y sigo acá.
Natalio te presentó a vos, a nosotros ya nos vas a ir conociendo de a poco.
Y qué lindo tanto movimiento por estos pagos.
Gracias por la calidez del recibimiento.
Esa noche, solo fui solo a observar.
Fernando
Acabo de entrevistar a una de las editoras más grandes (en edad y en repercusión) de españa. La mujer tiene un cuelgue con el juego, el azar y por supuesto los bingos. Salió del hotel con una amiga el domingo a la noche. "Al hotel Lavalle", dijeron. Imaginense a una viejecita extranjera a las dos de la mañana en medio de lavalle, perdida.
genial.
quise decir: bingo lavalle.
Fernando es un gran observador. Y tambíén un gran guionista... aunque supongo que ya contará a su debido tiempo.
Yo no tengo experiencia en casinos. Una vez fui a al bingo del Village Pilar y perdí 8 pesos (cada cartón salía 2 pesos; jugué cuatro veces y me frustré).
Hace unos años, cuando iba a dar clases a Misiones cada 15 días, fui a tomar un café tardío al casino de Posadas. Era lo único abierto a esa hora. Un ambiente muy luminoso y kitsch. Había unas tragamonedas con señoras (o señoras en las tragamonedas), una ruleta y otras mesas que debían ser para jugar a las cartas. Algunos reían, otros gritaban. Muchos insultos. En el escenario un muchacho tocaba melodías latinas con un piano o un teclado o algo parecido. Nadie le prestaba atención.
NS
Publicar un comentario