
Así se llama esta princesa egipcia de rasgos tan poco egipcios. Quizá recuerde un poco al África tribal. Quizá al oriente: dicen que fue ella la responsable de un principio de monoteísmo en la época faraónica del Nuevo Imperio. Su marido, Amenofis IV, parece un andrógino. El arte durante su reinado cambió para encontrar curvas, y evitar ese hieratismo estático típico de la época...
En fin, muchachos, deliro. Pido lo de entonces: ficción a partir de este pedazo de piedra. Sin cultura, sin referencias, sin contextualidad, sin Historia. Lo que quieran, como quieran.
Escriban.
Usted, lector. Escriba (II)
L>S>D>A
5 comentarios:
Dio dos pasos: arrastró sus zapatos de cuero recién lustrado y los embadurnó de ceniza. “Odio los incendios”, pensó mientras daba una última bocanada al cigarrillo. Lo tiró entre las ruinas, todavía encendido. Parecía una broma de mal gusto. Se acercó al oficial a cargo, le tocó el hombro y espero a que lo reconociera. No tuvo tanta suerte.
-Soy Larsen, comisario, de la agencia de seguros.
-Ah, sí, Larsen. Lo estábamos esperando. Creo que ustedes están hasta el cuello. ¡Ja!
No estaba de buen humor, y una mueca bastó para que el comisario entendiera.
-Deme la versión corta. ¿Qué pasó?
-No sabemos demasiado. Creemos que fue un accidente y tenemos la certeza de que comenzó en la sala egipcia. Los detectores nunca se activaron y cuando el humo se hizo evidente el incendio ya era irreversible.
-¿Víctimas?
-Sólo una. Es un día lento para el museo, y todavía era temprano. Ya sabe como son los martes en Berlín…
Larsen sabía. Lo que no sabía, ni podía entender, era como un pabellón de esculturas antiguas podía prenderse fuego por accidente.
-¿Quién vigilaba la sala egipcia?
El comisario lo miró, torció el labio y se sorbió sonoramente la nariz.
-Como le dije, era temprano. No había nadie en ese cuarto en particular. Pero puede hablar con Moller –el comisario señaló a un costado, donde había un individuo grueso con el pelo corto cubierto de cenizas-. Él es el custodio del subsuelo y estaba en servicio cuando todo arrancó.
No esperó más datos. Moller estaba sentado contra lo que quedaba de una columna. Lloraba. Larsen se paró a su lado y encendió otro cigarrillo.
-Moller, soy Larsen, de la agencia de seguros -Moller miró hacia arriba- ¿Cómo le va?
-En principio, asustado. ¿qué le parece? No es fácil estar en mi situación, ¿sabe? Yo hice lo que pude, pero me enteré tarde, estaba del otro…
-Ah, sí, el incendio… Mire, Moller, lamento su situación, pero necesito que me hable de lo que pasó esta mañana.
-Lo que sé es lo que ya dije. Estaba en el otro lado del subsuelo cuando pude oler el humo. Entonces corrí lo más rápido que pude escaleras arriba. No es un museo chico, ¿sabe? Y más de una vez les dije a los jefes que necesitábamos más personal. Pero no, me decían que no iba pasar nada, que…
-¿Vio a alguien esta mañana en la sala egipcia, Moller?
-Sí… Todavía era temprano, pero estaba el Sr. Jensen. ¿Sabe?, acá los martes son días lentos y…
-¿Jensen?
-Sí, señor. Matts Jensen. Es un profesor de antropología de la Universidad de Berlín. Viene religiosamente, todos los martes, a la misma hora. Se sienta en la sala egipcia y se queda dos horas mirando la misma escultura. Nunca estuvo aquí más de dos horas, y nunca lo vi mirar otra pieza. Ya nos habíamos hecho bastante amigos, un día me contó…
-¿Qué pieza, Moller?
-Un busto, de una reina. Era de colores y tenía el cuello así, para adelante. “La tuerta”, le decía Jensen, je. Un loco este Jensen. Usted sabe que…
-¿Cómo “le decía”?
-Sí, le decía, porque Jensen le hablaba. Todos los martes le hablaba. “Mi reina”, le decía, “mi tuerta”, le decía. “Te sigo esperando”. Muchas veces me quedé escuchando desde la puerta de la sala. Hablaba bien, Jensen, ¿sabe? Le hablaba como a una novia. Le decía “qué linda que estás”, le decía “te amo”…
-¿De qué habla, Moller?
-Es que el profesor estaba obsesionado. A veces me decía a mí que mirara con atención esa forma sensual de los pómulos, o el largo elegante del cuello o esos labios gruesos…
-¿Y usted qué le decía?
-A mí me daba miedo porque le faltaba un ojo. Él se reía, me cargaba… Me decía: “La tuerta es así”. ¿Sabe? Ahora que me dice, hoy el profesor estaba un poco caído. Cuando le pregunté qué le andaba pasando me tiró una de sus frases: “Me cansé de esperar”…
Larsen giró en redondo y se dirigió al comisario.
-El cadáver, ¿de quién es?
-Un tal Jensen. El fuego lo agarró temprano.
-¿Le revisó las manos, los bolsillos?
-Es casi un carbón, le digo que estaba en el lugar equivocado: fue una de las primeras cosas en arder.
-No, comisario. No fue una de las primeras. Fue la primera. Y estaba en el lugar justo. Yo, hoy, no voy a escribir ningún cheque. ¿Usted escuchó hablar de Nefertiti?
-¿De quién?
-Revise esos bolsillos, comisario. Busque un encendedor.
Cuenta la leyenda, que el dios Sol, Ra, enamorado de su extrema belleza prometió a Nefertiti un regalo digno del él. La bella Nefertiti, totalmente entregada a este dios al que veneraba con piedad, se confió esperando el regalo que la haría diferente a todo mortal. Fué cuando ella abrió sus ojos que brillaron más que nunca. Ra otorgó a la bella Nefertiti ojos de fuego.
Pablo, yo te re banco con este post. Me canta, y seguí poniendolo todos los jueves. Me encanta la Historia, y con esto se puede divagar de lo lindo!
Fui director del museo de El Cairo y Secretario General del Supremo Consejo de Antigüedades durante los últimos 17 años de mi vida. Antes, por más de tres décadas, me dediqué a labor arqueológica para desentrañar los secretos de nuestros antepasados.
En los últimos días de mi vida, en ese cargo público que tanto me honró, tuve el privilegio y la responsabilidad de luchar por recuperar el patrimonio que fue robado a nuestro pueblo, por el poder y el dinero de las grandes potencias colonialistas. El orgullo de la tarea me guió durante este tiempo. Saber que hacía algo por mi Patria, por mi gente, y por nuestra historia. Cada pedazo de piedra caliza, cada gema, cada tinte, cada fruto del eterno Nilo, debe volver a nuestro suelo. Lo dije cada vez que pude, y lo sostengo hasta el último momento.
La recuperación del busto de Amenofis III, sacado ilegalmente de Egipto por saqueadores británicos; la repatriación de la momia de Ramsés I, comprado por un museo de Filadelfia a una familia de contrabandistas que la profanó del Valle de los Reyes de Luxor en 1870; y la notable recuperación de la piedra Rosetta, tras más de cinco años de negociaciones diplomáticas con Gran Bretaña y su Museo Británico, son los ejemplos más notables de nuestra tarea. Muchos más tesoros invaluables de nuestra cultura fueron recuperados. Pero aún queda mucho por hacer.
Nada de todo eso se hubiera logrado sin la firme decisión de nuestro Gobierno de defender nuestro patrimonio, de recuperarlo en todo el todo el mundo. Nuestro esfuerzo más reciente estuvo dirigido a recuperar el busto de nuestra bella reina Nefertiti. La obra maestra de Tucmosis permanece en las garras de Dietrich Wildung, ese maldito comerciante de arte que es director del Museo de Berlín.
Sus esfuerzos por retener a esa extraordinaria pieza histórica, que le asegura medio millones de visitas al año y millones de dólares en regalías, fueron extraordinarios. Sin embargo, nuestra decisión nos puso a un paso de quebrar su voluntad. Hace una semana regrese de Berlín, de mirar cara a cara a Nefertiti y de sonreír frente a Wildung, con la satisfacción del deber cumplido.
Pero la traición ha vuelto a partir a nuestro pueblo. Nuestro presidente Hosni Mubarak, que me había asegurado hace tres días que Nefertiti volvería con nosotros, que las negociaciones con el gobierno alemán estaban cerradas, nos engañó a todos.
No soporto esa culpa. Siento pesar por nuestra sangre, por las arenas y los juncos del Nilo, que no podrán volver a reflejarse en el ojo de Nefertiti. Le fallé a mi pueblo y, aunque no soy el máximo responsable, no tolero saber que alguien de nuestro pueblo ha sido el culpable. Los contratos con automotrices y farmacéuticas, las limusinas Mercedes Benz y otros convenios tecnológicos, nos han vuelto a poner de rodillas ante las potencias.
Egipto no debe volver a eso. Yo no tolero verlo.
Por eso, renuncio a todos mis cargos y me despido agradecido. Esta serpiente pitón, que trajo paz a tantos ancestros, me dará un merecido descanso ante tanta inmundicia.
Zahi Hawass
Febrero 2019
Qué grande Goyo. Y qué placer.
Eugenia, me pone contento tu comentario. Y pese al modesto arrastre de la consigna no creo que me hagan parar...
Por lo que hicieron a su manera, gracias a los dos.
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